El Mundial 2026 se convirtió en uno de los mayores eventos del planeta. Y, mientras en Europa y Medio Oriente las guerras continúan encendiendo las alarmas, Estados Unidos, México y Canadá son los anfitriones de un torneo que, además, se transformó en un escenario en el que también se disputa el poder. Detrás de cada partido, la geopolítica ocupa un lugar cada vez más visible.
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Para entender por qué el Mundial organizado por la FIFA debe ser entendido como una plataforma de poder blando, diplomacia y competencia simbólica, DEF recurrió al coronel (retirado) Omar Locatelli.
“Separar el balón del tablero de poder global es un ejercicio de ingenuidad”, reconoce a la hora de referirse al Mundial 2026, evento en el que las dinámicas geopolíticas no permanecen ocultas: “El fútbol se convirtió en una excelente ventana para analizar las relaciones internacionales contemporáneas”.

El Mundial de la FIFA, “un acelerador de partículas políticas”
–¿Los mundiales de fútbol son eventos deportivos o se transformaron en operaciones geopolíticas?
-Hoy vemos una metamorfosis del evento. Podemos decir que casi se transformaron en operaciones geopolíticas.
El Mundial sigue siendo un hecho deportivo, pero su envoltura es una operación de guerra híbrida y proyección de soft power. Funciona como un teatro de operaciones asimétrico donde los Estados no buscan destruir al adversario, sino colonizar su narrativa, ganar legitimidad y construir hegemonía cultural sin disparar un solo tiro.
-¿Cómo sería eso?
-Los Estados pueden utilizar este tipo de eventos para construir prestigio internacional, reforzar su legitimidad interna, mejorar su imagen exterior, mostrar capacidad organizativa, tecnológica y de seguridad, y atraer inversiones y turismo.
En términos de relaciones internacionales, el Mundial es una expresión de lo que el politólogo Frederic Charrillon definió como soft power (poder blando), entendido como la capacidad de influir mediante la atracción (más que por la coerción). Por ello, hoy sería difícil considerar una Copa del Mundo únicamente como un acontecimiento deportivo.
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-¿Puede una Copa del Mundo alterar la posición internacional de un país?
-Puede actuar como un acelerador de partículas políticas. El éxito puede consolidar el estatus de una potencia emergente o redefinir la percepción de una región (como lo hizo Qatar en 2022 al posicionarse como mediador diplomático indispensable). Un límite, al respecto, funciona si hay coherencia estructural detrás. Si un Estado intenta usarlo sólo como fachada (sportswashing), sin sustentarlo en realidades geopolíticas o económicas, el evento puede provocar un efecto bumerán, amplificando las críticas internacionales sobre sus vulnerabilidades internas.
Entonces, un Mundial no convierte automáticamente a una potencia regional en una potencia global. Sin embargo, puede aumentar la visibilidad internacional, reforzar la marca país, facilitar inversiones, y consolidar relaciones diplomáticas. Existen ejemplos interesantes: en el año 2006, Alemania utilizó el Mundial para proyectar una imagen moderna; luego, Sudáfrica apuntó a consolidar el liderazgo, y, finalmente, Qatar lo empleó como estrategia de posicionamiento global. En definitiva, el Mundial funciona como amplificador de poder, no como creador de poder.

Locatelli: “La FIFA tiene más Estados miembros que la ONU”
–Sobre la FIFA, ¿es una simple organización deportiva o es un actor de poder global con gran capacidad de influencia?
–La FIFA opera como un actor transnacional soberano. Tiene más estados miembros que la ONU, maneja presupuestos que superan el PBI de varias naciones y posee la capacidad jurídica de imponer “zonas de exclusión legal y fiscal” a los países organizadores. Su mayor demostración de poder duro (hard power) es la capacidad de excomunión cultural: suspender a una federación (como ocurrió con Rusia tras la invasión a Ucrania) equivale a borrar a ese país de la narrativa lúdica global.
La FIFA es mucho más que una organización deportiva, tiene gran capacidad para movilizar gobiernos, una influencia económica significativa y poder para premiar o castigar Estados. Y, aunque no es un actor estatal, opera como un actor transnacional con influencia política real. La elección de sedes, las sanciones deportivas y las decisiones sobre símbolos políticos generan consecuencias diplomáticas concretas.
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-¿El Mundial 2026 puede ser concebido como una demostración de liderazgo de Estados Unidos en un contexto de competencia con China?
-Puede ser considerado como una demostración de liderazgo de EE. UU. frente a China. Para Washington, este torneo conjunto con México y Canadá es una declaración de hegemonía hemisférica y capacidad de convocatoria global. En un momento donde China avanza con la Ruta de la Seda y acuerdos comerciales en América Latina, Estados Unidos proyecta un país integrado, hipertecnológico y capaz de organizar el evento más masivo de la historia (ahora con 48 equipos). China no está en la cancha, pero compite en el subsuelo mediante el patrocinio corporativo masivo de sus empresas tecnológicas y de infraestructura, disputando el relato del desarrollo.
No será una confrontación directa con China, pero sí una demostración de liderazgo occidental.
El peso de la copa del mundo, ¿se compara con el de un portaaviones?
-¿Los estadios reemplazan parcialmente a los portaaviones?
-No, pero los complementan en el espectro de la disuasión multidimensional. El poder duro (militar y económico) sigue siendo la última ratio, pero el costo de usarlo es altísimo. Los estadios operan en la zona gris, permitiendo medir fuerzas, canalizar nacionalismos y exhibir supremacía logística y tecnológica a una fracción del costo político de una movilización militar.
Los estadios también implican el smart power (combinación de poder duro y blando). Actualmente las grandes potencias compiten simultáneamente tanto en lo militar, como en lo económico, lo tecnológico, lo cultural y lo deportivo. La inauguración de un Mundial puede producir más impacto comunicacional global que el despliegue de una fuerza naval. Sin embargo, cuando surge una crisis estratégica grave, los portaaviones siguen siendo más decisivos.

-¿Qué país entendió mejor que nadie el valor geopolítico del fútbol?
-Como ejemplo, la evolución futbolística de las petromonarquías del Golfo Pérsico, con Qatar a la vanguardia, porque diseñó una doctrina de seguridad nacional integral donde el fútbol fue su escudo diplomático (compra del PSG, creación de la cadena BeIN Sports y la organización del Mundial 2022). Esta red de influencia fue clave para evitar el aislamiento definitivo durante el bloqueo regional que sufrió entre 2017 y 2021. El fútbol pasó de ser un juego a convertirse en una póliza de seguro geopolítico.
Otro caso destacable es el de Arabia Saudita, que está desarrollando la estrategia más ambiciosa: la compra de activos deportivos, la inversión en ligas y la organización de eventos globales como el Mundial 2034. Si la tendencia continúa, podría convertirse en el caso más significativo de la próxima década.
-Con la escalada en Medio Oriente, ¿cree que el deporte puede mantenerse al margen de los conflictos o ya es imposible?
-El frente de Medio Oriente produce un conocido elemento del diseño operacional llamado “niebla”. Si podemos hablar de “Niebla Deportiva” a los factores externos al evento en sí, implica que trasladan una faceta de guerra “No cinética” (entendidas como políticas de enfrentamiento no militar) al deporte. Con la altísima tensión en Gaza y el Líbano, el torneo actual refracta inevitablemente la crisis. El fútbol no es una burbuja aislada, es un espejo retrovisor de las tensiones del mundo real. Intentar despolitizar las canchas es tan imposible como querer hacerlo con la economía internacional.
Históricamente se intentó separar el deporte de la política, pero en la práctica debemos recordar que los atletas representan naciones y que las banderas tienen un significado político. Además, los boicots poseen impacto diplomático que hacen que los conflictos internacionales generen presión sobre las organizaciones deportivas.
El Mundial para la cuarta (generación)
–¿Existe el riesgo de que los grandes eventos deportivos se conviertan en escenarios de disputas políticas vinculadas al conflicto de Medio Oriente?
-El riesgo de disputas políticas en los estadios es total y se está materializando en la gestión cotidiana del torneo. Lo vemos en las fricciones por la asignación de visados y entradas a delegaciones oficiales de países de Medio Oriente (como las recientes quejas de Irán frente a las restricciones en suelo estadounidense), la seguridad antiterrorista en los estadios y las manifestaciones de las hinchadas. Los estadios del Mundial son cajas de resonancia hiperconectadas: un mensaje en una tribuna de Nueva Jersey o Los Ángeles viaja más rápido y tiene más impacto mediático que una resolución en la Asamblea General de la ONU.
-Mientras el mundo mira los partidos, ¿qué movimientos geopolíticos suelen pasar desapercibidos?
–Mientras las pantallas del mundo se llenan de goles, se genera el escenario ideal para la “niebla de guerra estratégica”. Históricamente, los megaeventos son el momento perfecto para que ciertos actores internacionales realicen movimientos de diseño complejo bajo el radar. Como ejemplo, la aprobación de leyes domésticas controvertidas o restrictivas o avances silenciosos en el despliegue de capacidades militares en zonas grises o disputadas, o acuerdos económicos estratégicos que vinculan corredores energéticos, contratos de infraestructura y acuerdos tecnológicos.
No obstante, lo más interesante son las eventuales operaciones híbridas que se desarrollen (que incluirían campañas de influencia y de desinformación, ciberoperaciones y competencia narrativa de distintos niveles ante diferentes públicos). La atención global es un recurso finito, cuando se concentra al 100% en una pelota, el resto del mapa queda tácticamente a oscuras.

-Entonces, ¿el Mundial puede ser un elemento de guerra de cuarta generación?
-En un sistema internacional cada vez más multipolar y mediático, la Copa del Mundo funciona simultáneamente como espectáculo deportivo, plataforma diplomática y escenario de competencia geopolítica global.
Si durante el siglo XIX las grandes potencias competían por controlar rutas marítimas y durante el siglo XX por controlar espacios ideológicos, en el XXI la competencia podría girar en torno a la atención global. No olvidemos que las guerras de cuarta generación son las que atacan a la mente de la población. El Mundial es, probablemente, el mayor concentrador de atención global que existe fuera de una guerra o una gran crisis internacional.




