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China busca saciar su sed de petróleo en tierras africanas

“La industrialización y urbanización de China continuarán acelerándose y la demanda de energía seguirá aumentando”, advertían las autoridades de Beijing en un documento sobre política energética publicado en octubre de 2012. Allí se reconocía que la dependencia del exterior se había incrementado notablemente durante la primera década del siglo XXI, al pasar del 32 por ciento al 57 por ciento del total de petróleo consumido en el país. Esa cifra llegará al 77 por ciento en 2030, según las proyecciones de la Agencia Internacional de la Energía (AIE). Para hacer frente a esa urgente necesidad de nuevas fuentes de aprovisionamiento, el gobierno chino y sus principales compañías estatales han comenzado a dar importantes pasos fronteras afuera. No se trata únicamente de acceder a una materia prima fundamental para el desarrollo económico del gigante asiático. La diplomacia energética encarada por Beijing es, al mismo tiempo, un factor central para su seguridad nacional.

CHINA EN BUSCA DE SU SEGURIDAD ENERGÉTICA

En un trabajo publicado por la investigadora Carla Fernandes, de la Universidade Nova de Lisboa –Contributo de Angola para a Segurança Energética Chinesa–, se mencionan los aspectos centrales de la “diplomacia energética” de China, que se plantea como objetivo el abastecimiento de petróleo “a través de la compra de participaciones en mercados extranjeros, exploración y perforación en el exterior”, como así también “construcción de refinerías, gasoductos y oleoductos”. “La diplomacia energética funciona también como un impulso importante para la implementación del going out (Qu Chu Zou)”, destaca la autora, en referencia al proceso de internacionalización de la principales compañías chinas del sector. Allí es donde entran en escena, como actores protagónicos de esta ambiciosa estrategia, los colosos estatales CNPC (China National Petroleum Company), Sinopec (China National Petrochemical Corporation) y CNOOC (China National Offshore Oil Company).

Según explica Fernandes, desde finales de la década del 90, CNPC, Sinopec y CNOOC cuentan con el “apoyo político, diplomático y financiero” del gobierno chino, lo que se traduce –en términos económicos– en acceso a créditos preferenciales de bancos comerciales, como el China EximBank o el China Development Bank. Desde el punto de vista político, el anzuelo para convencer a los gobiernos africanos de los beneficios del comercio con Beijing es la oferta de distintos “paquetes” que se traducen en el intercambio de “petróleo por préstamos”, “petróleo por infraestructura” o “petróleo por armas”, según las necesidades de cada caso, como veremos a continuación, en el análisis de la relación bilateral con Angola y Nigeria. De esa forma, Beijing se asegura el petróleo que necesita –equity oil– y consigue, al mismo tiempo, nuevos mercados donde colocar sus exportaciones y radicar sus inversiones.

ANGOLA, UN SÓLIDO ALIADO COMERCIAL

El caso de Angola es un ejemplo exitoso de los mecanismos utilizados por China para su desembarco en la región. Establecidas en 1983 las relaciones diplomáticas entre ambos países y firmado un año más tarde el primer acuerdo comercial bilateral, hubo que esperar hasta 2004 –finalizada la guerra civil en Angola– para que Sinopec adquiriera su primera participación en la industria petrolera local, al quedarse con el 50 por ciento del bloque 18, ubicado en aguas profundas 160 kilómetros al noroeste de la capital Luanda –el restante 50 por ciento es controlado por la transnacional BP–. En los hechos, el ingreso de la empresa china se instrumentó a través de Sonangol Sinopec International Limited (SSI), una joint venture entre Sinopec y la compañía petrolera estatal Sonangol (Sociedade Nacional de Combustiveis de Angola).

A través de esa misma empresa binacional, Sinopec ingresó posteriormente en la explotación de los bloques 15/06 (SSI participa con un 25 por ciento), 17/06 (SSI controla el 27,5 por ciento) y 18/06 (SSI posee el 40 por ciento), todos ellos ubicados en aguas ultraprofundas frente a la costa angoleña. Una herramienta similar, la joint venture China Sonangol, le permitió a Sinopec entrar en los bloques 3/05 (con un 25 por ciento), 3/05A (con un 25 por ciento) y 6/06 (con un 20 por ciento). Finalmente, en julio de 2009, Sinopec y CNOOC llegaron a un acuerdo económico con la estadounidense Marathon Petroleum para quedarse con el 20 por ciento del bloque 32, también en aguas ultraprofundas. El único cortocircuito producido hasta el momento entre las autoridades de Beijing y de Luanda fue la fallida participación de Sinopec –con un aporte del 30 por ciento– en  la construcción de la refinería Sonaref, en la localidad costera de Lobito, 390 kilómetros al sur de Luanda. Finalmente, debido a desacuerdos comerciales, Sinopec desistió del proyecto y Sonangol decidió hacerse cargo de la financiación del 100 por ciento de la obra, que debería inaugurarse en 2015.

Actualmente, Angola se ha convertido en el segundo mayor proveedor de crudo de China –detrás de Arabia Saudita–, siendo China, a su vez, el principal destino de las exportaciones petroleras angoleñas. Carla Fernandes precisa que “el petróleo angoleño es más atractivo, aun cuando sea más caro que el de Medio Oriente, ya que es el más adecuado para las refinerías chinas diseñadas para el tipo de petróleo local, que tiende a ser, al igual que el angoleño, bajo en contenido de azufre”. ¿Cuál ha sido el modelo seguido por China para seducir al gobierno de Angola? Por una parte, el otorgamiento  de préstamos: desde 2002, el EximBank y el China Construction Bank (CCB) han suministrado financiación para la reconstrucción de la infraestructura dañada o inexistente luego de tres décadas de guerra civil. Por otro lado, Beijing se asegura la participación de sus empresas en las obras.

“Las empresas chinas traen el capital, la tecnología y equipos necesarios; como contrapartida, Angola paga a las empresas chinas con sus recursos”, sintetiza Carla Fernandes. Al ahondar en el mecanismo de funcionamiento de estos acuerdos, en un capítulo que integra el informe Thirst for African Oil publicado por Chatham House,  los investigadores Alex Vines, Markus Weimer e Indira Campos afirman que el éxito de los créditos chinos en Angola se debe “en parte a su tamaño, pero también a que los términos son más concesivos en cuanto a plazos de gracia y períodos de repago”. Además, claro está, se trata de “dinero fresco”. En la práctica –aclaran Vines, Weimer y Campos– funcionan como cuentas corrientes: “Cuando el Ministerio de Finanzas de Angola lo ordena, el EximBank realiza el desembolso transfiriéndolo directamente a las cuentas de los contratistas. El repago se inicia tan pronto como el proyecto ha sido completado. A su vez, los ingresos por la venta de petróleo, realizados bajo estos acuerdos, son depositados en una cuenta de garantía bloqueada, desde la cual se deducen los montos exactos destinados a hacer frente al servicio de la deuda. Por último, el gobierno de Angola es libre de utilizar discrecionalmente el dinero remanente”.

NIGERIA Y SUS VAIVENES POLÍTICOS

A diferencia de Angola, donde la conducción del presidente José Eduardo Dos Santos –en el poder desde 1979– ha asegurado una continuidad en las grandes líneas políticas, la experiencia china en Nigeria ha tenido mayores obstáculos debido a la sucesión de tres jefes de Estado en los últimos 15 años. La llegada de las empresas petroleras chinas se dio durante el mandato de Olusegun Obasanjo (1999-2007), favorable a la política de “petróleo por infraestructura”. Durante su administración, se realizaron cuatro rondas licitatorias. En la tercera de ellas, en 2006, se le adjudicaron a CNPC dos áreas en el delta del río Níger y otras dos en la cuenca del Chad, a cambio de un compromiso de inversión por 2000 millones de dólares en la modernización de la refinería de Kaduna, 211 kilómetros al norte de la capital Abuja. En la cuarta ronda que tuvo lugar en 2007, CNPC consiguió una concesión adicional y CNOOC pudo quedarse con cuatro áreas licitadas como contrapartida de un crédito del Exim Bank por 2500 millones de dólares para la modernización de la línea férrea Lagos-Kano y la construcción de la represa hidroeléctrica de Mambilla.

Sin embargo, el escenario cambió con el final del segundo período de gobierno de Obasanjo –un cristiano yoruba del sur del país– y la llegada al poder, en mayo de 2007, de Umaru Yar’Adua –un musulmán fulani del norte–. El nuevo presidente adoptó una política que el periodista e investigador Gregory Mthembu-Salter define como “oil for cash” (“petróleo por efectivo”) y dejó de lado la posibilidad de ligar la explotación del crudo nigeriano a la realización de proyectos de infraestructura. “La suspensión por parte de la administración de Yar’Adua de los acuerdos de petróleo por infraestructura del período de Obasanjo significó un revés para la política del gobierno chino hacia Nigeria, lo que implicó una completa revisión del modo de hacer negocios con ese país”, señala el autor en su trabajo Elephants, Ants and Superpowers: Nigeria’s Relations with China, publicado por el South African Institute for Internationals Affairs (SAIIA). Una muestra de este nuevo enfoque fue la decisión de Sinopec de adquirir, en junio de 2009, los activos de la firma canadiense Addax Petroleum, quedándose con sus concesiones petroleras en Nigeria.

La muerte de Yar’Adua en mayo de 2010 modificó nuevamente el panorama político en una inestable Nigeria, que venía sufriendo desde 2006 una fuerte campaña de desestabilización y sabotaje a sus estratégicas instalaciones petroleras por parte del Movimiento para la Emancipación del Delta del Níger (MEND). De esa conflictiva región es justamente originario el nuevo presidente, Goodluck Jonathan, quien buscó encauzar las relaciones con China y, a poco de asumir, firmó un memorando de entendimiento con Beijing para la construcción de tres refinerías y una planta petroquímica. Un año más tarde, la compañía estatal NNPC (Nigerian National Petroleum Corporation) suscribió con la CSCEC (China State Construction Engineering Corporation) un acuerdo para la financiación de las obras por un total de 28.500 millones de dólares, que en un 80 por ciento provendrían de un crédito del Industrial and Commercial Bank of China (ICBC). En conjunto, las refinerías de Brass, Lokoja y Lekki deberían alcanzar una capacidad de procesamiento total de 400.000 barriles diarios. Sin embargo, hasta la fecha los trabajos no han comenzado.

En el caso nigeriano, concluye Gregory Mthembu-Salter, los acuerdos de “petróleo por infraestructura” han demostrado ser “inviables”. “Beijing –asevera este analista– ha tomado conciencia de lo duro que es en la Nigeria actual lidiar con los ciclos electorales que pueden echar por tierra cualquier negocio, ya que cuando el poder estatal es transferido a través de elecciones de una élite a otra, concretamente desde una élite procedente del sur cristiano a una musulmana del norte, el botín del Estado es sometido a una renegociación”. La recomendación del autor para las empresas chinas interesadas en Nigeria es que “adquieran los activos petroleros con pagos en efectivo” y les advierte que, aun así, es posible que “tengan que realizar pagos extras por sus adquisiciones cuando la siguiente élite asuma el control del Estado”.

PETRÓLEO, DIPLOMACIA E INVERSIONES

A pesar de los obstáculos, Beijing está decidido a hacer pie en el territorio africano y los resultados están a la vista. Entre 2001 y 2011, las importaciones chinas de crudo procedentes de África registraron una tasa de crecimiento anual acumulado del 34 por ciento. En 2011, por ejemplo, los países africanos fueron responsables de la producción del 18 por ciento del crudo importado por Beijing. Además, si tomamos el período acumulado 2003-2010, más de la mitad de la inversión extranjera directa de China en África se orientó hacia el sector petrolero. Esta demanda irá en aumento en el mediano plazo y las grandes compañías estatales del gigante asiático seguirán saciando su sed de petróleo en estas costas. El gran interrogante es si los gobiernos africanos serán capaces de aprovechar esta oportunidad para saldar sus cuentas pendientes en términos de mejora en las condiciones de vida de su población y modernización de su infraestructura.

Almagro, nuevo secretario de la OEA

La Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA) eligió al canciller de Uruguay, Luis Almagro, como su nuevo secretario general para los próximos cinco años.

“La Justicia determinó que el responsable es Irán”

El director de la Cancillería israelí para América Latina, Modi Efraim, reclamó “que se haga todo lo posible para finalizar la investigación de los dos atentados”.

Brasil: cambios en la cúpula del Ejército

El general Sergio Westphalen Etchegoyen es el nuevo jefe del Estado Mayor del Ejército (EME) brasileño.

“Las mafias del crimen organizado actúan como un holding”

Gustavo Vera, legislador porteño, docente, titular de La Alameda y amigo del Papa Francisco, es un reconocido referente social. Conversamos con él acerca de sus principales banderas de lucha. Una entrevista de Susana Rigoz

Entre el agua y el fuego

Este verano, los eventos climáticos extremos ocurridos en diversas regiones de la Argentina obligaron a declarar la emergencia ambiental en varias provincias. Sobre el impacto de estos desastres naturales, conversamos con dos referentes de organizaciones ambientalistas: Diego Moreno (Vida Silvestre) y Hernán Giardini (Greenpeace Argentina). Por Susana Rigoz

Guerra

“Debemos prepararnos para una guerra larga”. Declaraciones del ministro de Defensa de Francia Jean-Ives Le Adrian, luego del atentado a Charlie Hedbo en París

 

guerra

Como es de conocimiento de la mayoría de nuestros lectores, DEF lanzó en el mes de diciembre una edición especial para conmemorar la llegada del número 100. También allí dimos amplia cobertura a un seminario de seguridad regional organizado por nuestra editorial. en conjunto con la DAIA, la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Colombia y la ONG Viva Río de Brasil. Allí reafirmamos lo que hemos procurado desde el inicio de nuestro proyecto hasta casi llegar a nuestros diez años de existencia: desarrollar temas “que generaran agenda”.

Por cierto, los dramáticos acontecimientos de este verano (invierno boreal) no han hecho más que corroborar lo que desgraciadamente analistas, periodistas y académicos plasmaron en documentos y exposiciones tanto en el seminario desarrollado en la UCA, como en la treintena de columnas especiales de aquellos intelectuales y expertos a quienes invitamos a publicar en nuestro número especial. Me permito sugerir su relectura porque, en sus dichos, hay claras premoniciones que apabullan, a la luz de los gravísimos acontecimientos que hoy ocurren en el mundo.

La aldea global es cada día más infinitamente pequeña y está rasgada por un largo camino de desaciertos en la política internacional de las grandes potencias, desde que en 1989 el Ayatolá Jomeiní condenó por apostasía a Salman Rushdie por su libro Los versos satánicos, hasta la publicación en estos días de la novela Sumisión de Michel Houellebecq, que escandaliza a toda Europa porque en su trama fantástica el Islam arriba al poder en Francia. Esa es la aldea global, que tuvo hace semanas los diecisiete muertos de París y los cuatro millones de manifestantes repudiando el atentado contra Charlie Hebdo, también tuvo la muerte de un fiscal en Buenos Aires vinculado a pistas iraníes investigadas en el atentado ocurrido en el año 1994 contra nuestra mutual judía AMIA, así como los imperdonables desastres humanitarios perpetrados por Boko Haram en África y las situaciones traumáticas provocadas por las cinematográficas ejecuciones del Estado Islámico en el desierto de Siria o de Irak. No podemos eludir, en este racconto, la emergencia internacional de los millones de refugiados y desplazados que toda esta situación genera. Todo ello, reunido, crea un estado de desesperanza con consecuencias para el mundo entero, que excede completamente a cada uno de esos lugares de conflicto.

Quiere decir esto que después de un conmovedor grito occidental de “Je suis Charlie” en honor a aquellos periodistas asesinados, y la respuesta de la misma intensidad desde el mundo musulmán de “Je suis Mohamed” en contra de la satirización del profeta de su religión, solo queda por decir que estamos ante un mundo peor, un mundo más oscuro, menos tolerante donde la veta fascista ya ve al enemigo en el inmigrante y no en el fundamentalismo radical, donde empieza la hora del ultranacionalismo, de la xenofobia y del mesianismo.

Un cambio profundo y complejo verificado a partir del final de la Guerra Fría, que se acentuó con los atentados del 11 de septiembre de 2001, fue el surgimiento de un nuevo paradigma. El terrorismo transnacional se convirtió en un actor global, operativamente independiente y con fuentes autónomas de financiación, que funciona como una suerte de “franquicia” desplazándose por todo el planeta. Un claro ejemplo de ello es la red Al Qaeda y sus grupos afines, diseminados especialmente en Medio Oriente y África, pero con capacidad de golpear las principales metrópolis europeas y el propio corazón financiero y político estadounidense.

Si limitamos el análisis a la última década, de acuerdo con el Barómetro de Conflictos elaborado por la Universidad de Heidelberg, en 2005 existían en el planeta 249 conflictos políticos, de los cuales solo dos de ellos recibían abiertamente la calificación de “guerras” y 22 eran considerados “conflictos altamente violentos”. Mientras tanto, en el frente del terrorismo internacional, el 11 de marzo de 2004 se habían producido los atentados en Atocha, en Madrid, con un saldo de 191 muertos, y el 7 de julio de 2005 se produciría el atentado contra el metro y las redes de buses de Londres, con un saldo de 56 muertos. En ambos casos, quienes reivindicaron los actos “justificaron” sus acciones como una represalia por el apoyo brindado, respectivamente, por los gobiernos de José María Aznar y Tony Blair a la campaña militar de George W. Bush contra Irak en 2003.

Lejos de estabilizarse, la zaga de conflictos internacionales llegó en su punto de mayor virulencia en 2013, con 414 conflictos, de los cuales 45 eran calificados como “altamente violentos”. La guerra civil en Siria, la entrada en escena del Estado Islámico (EI) y la “Primavera Árabe” en Medio Oriente y el Maghreb desestabilizaron una región muy sensible del planeta. La caída de dictaduras longevas, como las de Hosni Mubarak en Egipto, Muamar Gadafi en Libia o Alí Abdullah Saleh en Yemen, sumaron tensión. A partir de marzo de 2013, y ya fuera de esa zona caliente del planeta, debemos sumar un grave conflicto en el patio trasero de Europa: la anexión de Crimea por parte de Rusia y el intento de secesión de dos regiones rusófonas del este de Ucrania (Donetsk y Lugansk).

En lo que se refiere al terrorismo internacional, a pesar de la desaparición física de Osama Bin Laden en mayo de 2011, el grupo se mantiene activo a través sus filiales, como Al Qaeda en el Maghreb Islámico (AQIM) y Al Qaeda en la Península Arábiga (AQAP). Hoy el foco de la atención internacional está puesto en Irak y Siria: la anarquía reinante en estos dos países clave de Medio Oriente despierta el temor de un nuevo Afganistán, es decir, una base de operaciones para grupos terroristas asociados al fundamentalismo islámico del EI. Se ha convertido además en una Meca de peregrinaje de jóvenes europeos de origen árabe y musulmán, como los hermanos Cherif y Said Kouachi, responsables de la masacre de Charlie Hebdo en París, quienes poco tiempo antes habían regresado de Siria.

Mientras tanto, en África, el clima de violencia se ha acentuado. De hecho, durante 2014 solamente en Nigeria se registraron más de 10.000 muertos por ataques terroristas, en tanto que la cifra alcanzó los 800 muertos en Kenia, dos de los países más golpeados por la violencia terrorista. En Nigeria el foco de atención está puesto en la organización Boko Haram (que significa “la educación occidental es pecado”, en una rudimentaria traducción al castellano). Por su parte, el grupo Al-Shaabab sigue lanzando ataques en territorio somalí y en el vecino Kenia contra iglesias y pastores cristianos para incitar al odio religioso. Su golpe más siniestro se produjo en septiembre de 2013, cuando un grupo comando copó el concurrido shopping mall Westgate, de Nairobi, y resistió durante 48 horas el asalto de las fuerzas militares locales, lo que dejó un saldo de 67 muertos.

Este más que reducido cuadro de situación está absolutamente alejado de las previsiones que los analistas internacionales hicieron hace una década sobre la marcha del mundo. La democracia y el capitalismo parecían entonces fórmulas imbatibles y era el objetivo a conquistar para quienes no pertenecieran a ese selecto club que, con comodidad, lideraban los EE. UU. Tal como manifiesta Rosendo Fraga en su columna de diciembre en DEF, a cada administración americana se le presenta al inicio de su mandato una prospectiva de alrededor de dos décadas adelante sobre escenarios futuros. En general hay aciertos, pero en todos los casos ocurre que los hechos acontecen a una velocidad impensada, acortando sensiblemente las previsiones analizadas. Este es un dato más para asegurar que el desafío que presenta este complejo primer tercio del siglo XXI es decididamente descomunal por la rapidez con que acontece, y pareciera que de nada o poco servirán los casi 700 billones de dólares que los americanos invierten en defensa para evitarlo. Más lógico parece pensar en que mucha inteligencia y mucho sentido común serán necesarios además para afrontar este tipo de conflicto. El ministro de Defensa francés, Jean Le Arian, advirtió: “Debemos prepararnos para una guerra que será larga”. El funcionario seguramente no se equivoca y es allí donde falla el ciudadano medio americano, para quien el conflicto prolongado, asimétrico y sin victorias aplastantes, es quizás el mayor y más complicado desafío a digerir. Aún vivimos tiempos como para la recién estrenada película El francotirador de Clint Eastwood, donde priva el patriotismo y el honor por sobre todas las cosas, pero el camino es corto para llegar a Regreso sin gloria, aquel drama desgarrador sobre la guerra de Vietnam que protagonizaron Jane Fonda y Jon Voight en 1978 y que fue engalanada con varios Oscar. Esos cambios de humor ya fueron vividos y finalizaron con grandes y estruendosos fracasos.

La situación registra algunos aliados fenomenales como para que occidente no tenga casi nada a favor en los años por venir. A saber:

– Una sociedad cada vez más hedonista, aferrada a los bienes materiales y a la obtención de la felicidad en el presente. En general, poco espiritual y poco afecta al sacrificio y que procura evitar el dolor y el sufrimiento, muchas veces casi como un fin en sí mismo. Esa sociedad enfrenta un terrorismo extremo con reglas que legitimizan los procedimientos más sórdidos, que encuentran en su propio martirio la salvación y que ven en su enemigo al infiel que es la razón de todas las impurezas del mundo.

– La comunicación y las redes sociales: la extraordinaria difusión del ataque a las Torres Gemelas en 2001, que multiplicó por millones el efecto devastador de la operación realizada, fue solo la muestra de lo que la instantaneidad y el cambio de paradigma en las comunicaciones trajo para el nuevo siglo. Hoy las posibilidades de sembrar el terror son no solo extraordinarias, no solo en tiempo real, sino que además son cada día más económicas y recorren el planeta en escasos segundos. Un europeo degollado en el desierto o un niño jugando con la cabeza de un soldado kurdo provocan un efecto devastador multiplicado a la enésima potencia por los medios y las redes sociales.

– La evolución tecnológica: desde algún punto de vista, quizás sea este el más aterrador de los aspectos que pueden analizarse para el porvenir. Ni siquiera los más audaces tecnócratas pueden asegurarnos dónde estaremos ya no en el 2050, sino en la próxima década. Qué giros y hacia dónde nos llevará ese impulso tecnológico, los nuevos mapas del ADN, la aplicación de la nanotecnología en miles de proyectos, los cambios industriales vinculadas a las apenas incipientes aplicaciones de 3D, la cibernética del futuro, la bioimpresión de prótesis de órganos y tejidos del cuerpo humano, la teletransportación, los androides y las posibilidades de hacer la guerra sin la intervención humana directa solo algunos de esos aspectos. Ellos, en parte, solucionarán millones de problemas, habrá además un fuerte abaratamiento de estos desarrollos, muchos de los cuales ya existen. Ahora bien, todo ello caído en las manos equivocadas, puesto a disposición de un grupo de fanáticos dispuesto a todo, podrían permitir hacer un daño infinitamente superior al que conocemos hasta hoy. Solo un ejemplo para inquietarnos: ¿podría Occidente soportar sin paralizarse que uno de cada cinco aviones de transporte de pasajeros que cruzaran el Atlántico explotara en manos de un suicida o por la acción de un dron hiperdesarrollado que existirá en pocos años? Esta pregunta, que hoy solo puede ser respondida buceando en las novelas de Bradbury o Asimov, podría volverse una realidad en el futuro cercano.

El entramado es complejísimo y tampoco resulta fácil para el terrorismo islámico, debido a las infinitas internas entre Al Qaeda, Hamas y el propio Hezbollah para obtener la supremacía que les garantice, entre otras cosas, las fuentes de financiamiento. Fuentes que son provistas por aquellos países que se favorecen de esta lucha por cuestiones religiosas, geopolíticas y aun, económicas. La guerra está declarada y no habrá un paso atrás de parte de aquellos que interpretan la religión como una verdad irrefutable. Aquellos para quienes la superioridad del Islam los invita a inmolarse y a intentar transformar a los integrantes del mundo entero en “soldados de Alá”.

En diciembre pasado, en nuestro seminario, Ely Karmon, famoso investigador del International Institute for Counter-Terrorism del Interdisciplinary Center (IDC) manifestaba: “El objetivo estratégico final en esta guerra es lograr una hegemonía, no en el Golfo o Medio Oriente, sino en todo el planeta. Ese es el método de lucha, el método que legitima el terrorismo y la subversión política”. Quizás los infinitos y malogrados esfuerzos del gobierno japonés por salvarle la vida al periodista Kenji Goto (de la cadena televisiva NHK), secuestrado en Siria y decapitado hace pocos días, sea un ejemplo más de la internacionalización del conflicto.

Curiosamente, al mismo tiempo se produjo en Francia un mayúsculo escándalo a raíz de un interrogatorio policial realizado en Niza a un niño de ocho años que declaró en su escuela su apoyo a los terroristas. Hamed le dijo a su maestro: “Je suis avec les terroristes” y de allí en más fue objeto de acciones del propio colegio y de interrogatorios en la comisaría del lugar, que obviamente muchos consideraron inadmisibles en un estado de derecho.

Quizás estas situaciones no vinculadas en nada marcan el grado de tensión general que tan graves acciones terroristas provocan y, al mismo tiempo, el infinito esfuerzo que Occidente deberá realizar para dar batalla y ganarla, sin caer en la xenofobia y el autoritarismo. Si ello no ocurriera, finalmente quedará afectado nuestro propio sistema de vida, ese que nos llevó siglos y millones de vidas construir.

Dijo Franciso: “El fanatismo y el fundamentalismo, así como los miedos irracionales que propicia la discriminación, deben ser enfrentados con la solidaridad de todos”. No son estas inocentes palabras que parten de un guía espiritual sino que, por el contrario, conllevan un mensaje de integralidad y convocan a la imprescindible unión para lograr afrontar con éxito a estos mensajeros de la muerte.

Europa: ¿El fin del ajuste?

En su libro “Diálogos sobre Europa”, el actual embajador argentino en Portugal, Jorge Argüello, da cuenta del nuevo escenario político en el Viejo Continente. Apoyada en el testimonio de 23 líderes políticos y académicos de distinta extracción ideológica, la obra permite comprender las causas y vislumbrar las posibles salidas a la crisis de la Unión Europea. Entrevista de Mariano Roca

Brasil: Más que una promesa

El análisis de Andrei Serbin Pont (Especial para DEF)