Al cumplirse el 112º aniversario del inicio de la Primera Guerra Mundial (PGM), y con varios frentes bélicos alrededor del planeta, es válido reflexionar de qué manera un hecho puntual puede transformarse en un conflicto de escala global. En 1914, bastó con el asesinato de un heredero al trono de Austria para activar un entramado de alianzas militares que arrastró a media Europa en cuestión de semanas. En la actualidad, se combinan varios focos de tensión que podrían servir como detonantes para un evento similar: la guerra entre Rusia y Ucrania; la confrontación entre Estados Unidos e Irán, y la presión de China sobre Taiwán.
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A este escenario se suma la fragilidad de los organismos multilaterales que elevan el riesgo de errores de cálculo con consecuencias impredecibles. En consecuencia, cuando el sistema internacional se encuentra atravesado por rivalidades nucleares, guerras híbridas y bloques económicos enfrentados, el interrogante sobre una guerra mundial vuelve a tener vigencia.
Primera Guerra Mundial: el detonante de 1914 y la lógica de alianzas que arrastró a todo un continente
El asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, actual capital de Bosnia y Herzegovina, el 28 de junio de 1914, un mes previo al estallido del conflicto, funcionó como el detonante -incluso muchos lo consideran una excusa– del conflicto. Detrás había años de carrera armamentista, rivalidades coloniales y un sistema de alianzas cruzadas entre imperios que convertía cualquier disputa bilateral en un problema a gran escala.
Ese sistema dividía a Europa en dos grandes bloques enfrentados:
- La Triple Alianza, integrada por el Imperio Alemán, el Imperio Austrohúngaro y el Reino de Italia. Este último terminó sumándose al bando contrario una vez iniciado el conflicto.
- La Triple Entente, conformada por Francia, el Imperio Ruso y el Reino Unido, a los que luego se sumarían Estados Unidos y otras potencias.

Detrás de esos pactos había objetivos que excedían la simple defensa mutua. Alemania buscaba consolidarse como potencia imperial a la altura de Francia y el Reino Unido, mientras disputaba con estos últimos el control de colonias y rutas comerciales. Austria-Hungría, por su parte, intentaba frenar el avance del nacionalismo eslavo en los Balcanes, una región que amenazaba con desintegrar su propio imperio multiétnico.
Rusia se presentaba como protectora de los pueblos eslavos y buscaba expandir su influencia hacia el Mediterráneo, mientras Francia arrastraba el resentimiento por la derrota frente a Alemania décadas atrás y ambicionaba recuperar territorios perdidos. El Reino Unido, por su parte, defendía su supremacía naval y su imperio colonial frente al creciente poderío industrial y militar alemán.
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Cuando Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia, Rusia se movilizó en defensa de su aliado eslavo. Alemania, en respuesta, activó su pacto con Viena, lo que arrastró a Francia y, poco después, al Imperio Británico. En pocas semanas, un homicidio político se había convertido en la primera guerra industrializada de la historia moderna.
Los focos de tensión que hoy podrían repetir ese patrón de escalada
La confrontación entre Estados Unidos e Israel, por un lado, e Irán, por el otro, concentra buena parte de la preocupación internacional. Los ataques selectivos y la posibilidad de una escalada en el estrecho de Ormuz mantienen a la región en alerta permanente, con el riesgo de que un incidente puntual derive en un conflicto de mayor magnitud.

Por otro lado, la guerra en Ucrania es el conflicto convencional de mayor magnitud en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Las llamadas “operaciones de zona gris” de Rusia contra países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), como sabotajes e incursiones con drones, generan un escenario en el que un error de cálculo podría activar mecanismos de defensa colectiva similares a los que en 1914 convirtieron una crisis regional en una guerra continental.
En Asia, por su parte, la presión de China sobre Taiwán y la fricción marítima con Filipinas en el mar del Sur de China, representan otro punto de tensión con potencial de escalar. La isla concentra la producción de los semiconductores más avanzados del mundo, algo que multiplica el impacto económico de cualquier crisis en la zona. Analistas coinciden en que un bloqueo prolongado, más que una invasión abierta, es el escenario más probable a corto plazo, aunque no descartan otros escenarios con consecuencias mayores.

A su vez, en África, Sudán, Myanmar, el Sahel y la disputa entre Etiopía y Eritrea completan un mapa de conflictos de baja intensidad que podrían intensificarse con menos margen de contención internacional que en décadas anteriores.
Finalmente, hay un factor que en 1914 no existía de la misma forma: la fragmentación del liderazgo global. La política exterior intervencionista de Estados Unidos, sumado al debilitamiento de organismos multilaterales, como es el caso de las Naciones Unidas (ONU), reduce los canales tradicionales de mediación diplomática justo cuando más se los necesita.




