La Organización de las Naciones Unidas (ONU) atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia, con un Consejo de Seguridad bloqueado, una crisis financiera que amenaza su funcionamiento y una legitimidad cada vez más cuestionada. Este combo de factores recuerda, con matices, al ocaso de la Sociedad de Naciones, el organismo que precedió a la ONU en el período de posguerra tras la Primera Guerra Mundial.
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Creada en 1919 con el objetivo de evitar una nueva guerra mundial, la Sociedad de Naciones fracasó por causas similares a las que hoy golpean a la ONU:
- La falta de mecanismos de coerción efectivos,
- El escaso compromiso económico de sus miembros más poderosos
- La incapacidad de frenar a potencias agresoras.
Al final, se disolvió poco después de que naciera la ONU, pensada justamente para subsanar esas falencias.
Lo que golpea hoy a la ONU: parálisis por el derecho de veto
El Consejo de Seguridad fue diseñado para que las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial coordinaran sus decisiones sin enfrentarse entre sí. El artículo 27 de la Carta de la ONU permite a Estados Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido bloquear cualquier resolución con un solo voto en contra, más allá del respaldo que tenga entre el resto de los países.

Ese mecanismo se convirtió en una herramienta de bloqueo sistemático. Rusia veta de forma reiterada todo lo vinculado a Ucrania desde su invasión a gran escala, mientras Estados Unidos hizo lo propio con resoluciones sobre la ofensiva israelí en Gaza. El resultado es un Consejo cada vez más inoperante, con la menor cantidad de resoluciones aprobadas desde 1991.
Conflictos como los de Siria, Sudán y Myanmar permanecen estancados porque alguno de los cinco miembros permanentes protege a sus aliados o defiende sus propios intereses. La Sociedad de Naciones vivió algo parecido, aunque sin veto formal, cuando no logró frenar la invasión italiana a Etiopía ni la salida de Japón y Alemania de sus filas.
La aguda crisis financiera y operativa del organismo internacional
A la parálisis del Consejo se suma la falta de liquidez que amenaza con paralizar la operatividad diaria del organismo. Guterres advirtió que la ONU corría riesgo de quedarse sin fondos, una situación que llevó a recortar personal y a reducir el presupuesto de este año en cerca de un 7%.
Guterres calificó la situación como una “carrera hacia la bancarrota” producto de la insostenible situación financiera en la que está sumida la organización. El problema tiene dos raíces:
- El impago sistemático de cuotas por parte de varios países.
- Una norma vigente desde 1945 que obliga a devolver fondos no utilizados, incluso cuando ese remanente existe porque otros estados no pagaron.

Estados Unidos es responsable del 95% de la deuda acumulada, que ronda los 2.200 millones de dólares. Entre los escenarios evaluados figuranr el cierre temporal de la sede en Nueva York, la posible cancelación de la Asamblea General y el cierre de la oficina humanitaria del organismo.
La Sociedad de Naciones también sufrió tensiones crónicas, agravadas porque Estados Unidos nunca llegó a integrarla, pese a haberla impulsado. Hoy Washington sí forma parte de la ONU, pero su rol como principal moroso genera un vaciamiento similar.
Pérdida de legitimidad y dobles estándares
El tercer eje tiene que ver con la percepción de que la ONU aplica varas distintas según el conflicto y la potencia involucrada, algo que erosiona su autoridad moral. Un ejemplo reciente fue el retiro de Estados Unidos de una sesión del Consejo en protesta por las críticas de Francia, episodio que expuso la fractura entre Washington y sus socios europeos.
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La composición del Consejo alimenta este reclamo, ya que sus miembros permanentes representan hoy a una fracción minoritaria de la población mundial. La reciente elección de nuevos miembros no permanentes reflejó estas tensiones, con la derrota de Alemania frente a Austria y Portugal, leída por varios analistas como un reproche por su postura sobre Gaza.
En su momento, la Sociedad de Naciones perdió toda credibilidad cuando no pudo frenar la invasión japonesa a Manchuria ni la agresión italiana a Etiopía, episodios que evidenciaron la brecha entre sus principios fundacionales y su capacidad real de aplicarlos. Esa misma brecha, casi un siglo después, vuelve a atravesar a la ONU.




