El secretario general de las Naciones Unidas (ONU), António Guterres, instó a su próximo reemplazante —aún sin definir— a sostener la independencia del cargo y a promover la reforma del Consejo de Seguridad. Sus declaraciones llegaron desde Japón, donde el funcionario participó en una rueda de prensa. El mandato del portugués culmina a fin de año y el nuevo secretario general asumirá el 1 de enero de 2027.
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ONU: de qué se trata la reforma del Consejo de Seguridad
El Consejo de Seguridad de la ONU es el órgano responsable de mantener la paz y la seguridad internacionales. Está compuesto por 15 miembros, de los cuales 10 son rotativos con mandatos de dos años, y cinco son permanentes: Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido.
La última vez que el Consejo se reformó fue en 1965, cuando se amplió de 11 a 15 miembros al incorporar cuatro asientos no permanentes. Desde entonces, la estructura no registró ningún cambio pese a que más de 70 países se adhirieron a la organización. Hoy la ONU cuenta con 193 países miembro y el bloqueo de los cinco permanentes no se modificó nunca.
Para cambiar esa estructura es necesario reformar la Carta de Naciones Unidas, su hoja de ruta, que solo registró tres cambios desde su concepción en 1946. El principal obstáculo es que cualquier reforma requiere la aprobación de los mismos países que se benefician del sistema actual.

La primera vez que la reforma del Consejo apareció en la agenda de la Asamblea General fue en 1979. Sin embargo, el impulso más concreto llegó en 2005 de la mano del entonces secretario general ghanés, Kofi Annan. Desde ese momento, las negociaciones avanzaron poco y nada.
El núcleo del problema es el derecho a veto. Los cinco miembros permanentes pueden bloquear cualquier resolución aunque cuente con apoyo mayoritario, lo que paraliza al Consejo frente a las grandes crisis, muchas de ellas provocadas por ellos mismos.
En 2024, los miembros permanentes ejercieron ocho vetos contra siete proyectos de resolución, la cifra más alta desde 1986. En 2025, el número descendió a cuatro, dos de Estados Unidos sobre Gaza y dos de Rusia sobre Ucrania.

Ese año, solo se adoptaron 44 resoluciones, el nivel más bajo desde 1991, y apenas el 61,4% contó con apoyo unánime. Las divisiones impidieron dar respuestas significativas a los conflictos de Gaza, Myanmar, Sudán y Ucrania, sin contar la guerra aún activa entre Estados Unidos e Israel contra Irán.
La crisis de representatividad y las posiciones en juego
Guterres señaló que entre los cinco países con asiento permanente hay tres europeos, uno asiático y uno norteamericano, pero ninguno de África ni de América Latina. El secretario general calificó esa situación como un problema serio de legitimidad y efectividad, y pidió ampliar tanto la cantidad de miembros permanentes como la de no permanentes.

El funcionario también se mostró crítico con el poder de veto de los cinco permanentes. Esta denuncia surge en base a que Estados Unidos y Rusia lanzaron ofensivas militares en los últimos años contra otros países miembro de la ONU.
Por su parte, África hace años reclama mayor representación. El llamado Consenso de Ezulwini, una postura adoptada por la Unión Africana (UA) sobre la reforma de la ONU, exige al menos dos asientos permanentes con derecho a veto y cinco asientos no permanentes para el continente.
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A su vez, Francia trabaja junto a México en una iniciativa para regular el uso del veto en casos de atrocidades masivas como genocidio, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra a gran escala. Sin embargo, las conversaciones sobre la reforma siguen estancadas, en parte por el debate sobre si los nuevos miembros permanentes recibirían o no poder de veto, lo que complicaría aún más la toma de decisiones; y también porque los estados permanentes no quieren renunciar a su poder de veto.
En cuanto a la sucesión de Guterres, entre los nombres que suenan figuran el argentino Rafael Grossi, la chilena Michelle Bachelet, la costarricense Rebeca Grynspan, la ecuatoriana María Fernanda Espinosa y el senegalés Macky Sall.




