El rol geopolítico de América Latina frente a Estados Unidos y China, los riesgos de la guerra híbrida, el crimen organizado transnacional y la parálisis de los organismos multilaterales tradicionales fueron los ejes centrales del debate sostenido por los analistas e investigadores Ricardo Ferrer Picado, Edgardo Glavinich, Lourdes Puente Olivera y Fabián Calle en la Universidad de El Salvador, en el marco de la presentación del informe “Shadow Alliances, Poderes autoritarios y el nexo de guerra híbrida en América Latina” del Center for the Study of Democracy (CSD).
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El retorno de la geopolítica y el fracaso multilateral
Durante tres décadas predominó la narrativa de la globalización, la cual sostenía que las fronteras y los territorios habían quedado obsoletos. Ricardo Ferrer Picado cuestionó con dureza este paradigma al señalar que “durante treinta años se nos enseñó todo lo contrario; se nos dijo que la geografía había sido derogada por los flujos, que el territorio era una categoría del siglo 19, que el comercio, el capital y la información habían disuelto las fronteras”.
Sin embargo, remarcó la ineludible vigencia geográfica actual: “Bastaron los últimos cinco años, cuando la pandemia del COVID-19 demostró que la cadena de suministros era una cuestión soberana. Una invasión a Europa del este mostró que las fronteras se siguen moviendo con tanques, y la guerra de los semiconductores mostró que la producción tiene un domicilio. La geografía volvió al centro”.

Esta reconfiguración dejó al descubierto las severas falencias de los organismos internacionales para gestionar los conflictos contemporáneos. Respecto al desempeño objetivo de la diplomacia global, Ferrer Picado afirmó que “el multilateralismo necesita repensarse; la arquitectura multilateral que heredamos está a todas luces en evidente necesidad de repensarse si se procura que sea algo consciente y no un foro en el que algún presidente o ministro tenga sus cinco o quince minutos para verse en el club mientras nadie lo escucha”.
En ese sentido, sobre las Naciones Unidas, concluyó que “un organismo que no puede impedir la guerra ni asegurar un estrecho ni sancionar una violación flagrante no es un organismo neutral, es un organismo que, por omisión, beneficia a quien viola las reglas, y la impotencia es una posición“.
América Latina: entre la identidad occidental y la pertenencia geográfica
La definición conceptual de la región generó un profundo análisis sobre el lugar que ocupa el continente en la escena internacional. Ferrer Picado rechazó enfáticamente la etiqueta ideológica de “Sur Global”, debido a que “América Latina no forma parte de ningún sur global. Esta categoría no nos describe en absoluto, nos asigna un lugar. El sur global es una categoría prestada que no construimos nosotros. Nosotros somos Occidente. Y no lo somos por geografía, lo somos por fundación, por valores, por el derecho romano, por la filosofía judeocristiana, por las revoluciones atlánticas, por el constitucionalismo republicano”.
Desde una perspectiva volcada al realismo político, Fabián Calle coincidió en la cercanía estructural con Occidente, pero puso el foco en la ineludible realidad geográfica de la región frente a la superpotencia del hemisferio. Calle explicó que “nosotros no estamos en la zona de seguridad de China, estamos en la zona de seguridad de Estados Unidos”, agregando que “hay un conjunto de factores que nos hacen cercanos a Estados Unidos, incluyendo a los que detestan a Estados Unidos”. Por ello, remarcó la importancia de la condición hemisférica: “La geografía favorece y condena a la vez”.
La guerra híbrida: crimen organizado, desinformación y dependencia tecnológica
La penetración de actores externos y la degradación institucional interna fueron abordadas desde el concepto de la guerra híbrida, aunque los expertos matizaron el origen real del problema. Lourdes Puente Olivera advirtió sobre la tentación de simplificar las dinámicas delictivas bajo etiquetas globales y señaló que “el concepto de guerra híbrida es hermoso porque mete todo, hacemos la sopa con las guerras híbridas y ya está, pero al final hay actores que se nos escapan”.
A su vez, situó la verdadera raíz de la vulnerabilidad regional en las profundas falencias de las instituciones locales, enfatizando que “el crimen organizado para América Latina es una herida muy grande porque tenemos Estados mucho más débiles en todos los sentidos, con crisis de la política y burocracias fragilizadas”.

Por su parte, Edgardo Glavinich desplazó el foco de atención hacia los peligros emergentes en el entorno tecnológico y la disputa por los datos. Glavinich afirmó que “hoy el problema está en los agentes digitales que no vemos. Cada día la producción de información genera agentes que van aprendiendo todo de ustedes: qué les gusta, tema de su salud, sus deseos, sus expectativas y sus fracasos”.
También advirtió sobre el impacto de la tecnología extraregional al señalar que “muchos de estos vehículos chinos son de alta tecnología y para ser reparados el software es actualizado directamente desde China. No solo conocen el software, conocen todos sus hábitos y hasta pueden llegar a identificar sus emociones”.
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Las “líneas rojas” en la disputa Washington – Pekín
El margen de maniobra diplomático de los países latinoamericanos ante la competencia geopolítica entre Washington y Pekín fue detalladamente expuesto por Fabián Calle, quien descartó que la región deba quedar atrapada en una disyuntiva excluyente.
Calle sostuvo que “China y Estados Unidos, a diferencia de la Unión Soviética en su momento, son socios comerciales, son los principales socios comerciales del mundo. Esta idea de que si nos llevamos bien con Estados Unidos tenemos que abandonar China, no. Argentina y los países de América Latina pueden comerciar normalmente con China si entienden las líneas rojas“.

Estas restricciones de seguridad nacional están claramente delimitadas en sectores clave de la infraestructura y la tecnología regional. Según Calle, “esas líneas rojas son 5G, 6G, hidrovía, puertos de la Patagonia, puertos con proyección a la Antártida, energía nuclear, armamento e inteligencia artificial“. Aclaró que “si uno entiende las líneas rojas, los gobiernos pueden navegar las aguas durante el tiempo necesario”, permitiendo “vender soja, trigo, carne, pollo, cerdo, minerales no raros, cobre, litio, petróleo y gas”.
Argentina y Chile: un Cono Sur unido frente al desafío antártico
El futuro del Atlántico Sur y la Antártida surgió como una prioridad estratégica insoslayable para la seguridad de la parte meridional del continente. Ricardo Ferrer Picado hizo un llamado urgente a consolidar una alianza bilateral profunda al señalar que “Argentina y Chile componemos el Cono Sur y tenemos que asumirnos como socios y no como competidores. Estos activos intangibles son los que nos permiten aportar seguridad al hemisferio occidental y no solamente ser sus consumidores”.
La urgencia de esta articulación radica en la proximidad de los plazos fijados por el marco normativo internacional que rige sobre la Antártida. Ferrer Picado advirtió que “el Tratado Antártico congela la reclamación de soberanía a partir del Protocolo de Madrid, que prohíbe la minería y admite revisión a partir de 2048. Faltan 22 años. Van a generarse reivindicaciones extrahemisféricas y no van a estar en nombre de la ciencia; van a estar en nombre del petróleo, de minerales críticos y del agua dulce”.
Ricardo Ferrer Picado concluyó que “la mejor defensa ambiental de la Antártida es la presencia efectiva de los Estados que se comprometieron a protegerla. Quien no esté presente, no tendrá voz en 2048″.




