La crisis migratoria volvió a poner en el centro de la escena a estas dos ciudades españolas del norte de África: Ceuta y Melilla. La llegada masiva de migrantes a España que cruzaron desde Marruecos generó momentos de fuerte tensión, con cargas policiales para contener el avance y un dispositivo estatal reforzado ante lo que las autoridades describieron como “un colapso fronterizo”. Cada vez que la frontera se convierte en noticia resurge la misma pregunta: ¿Cómo es que dos territorios ubicados en suelo africano permanecen bajo bandera española desde hace más de cinco siglos?
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De hecho, Ceuta y Melilla son los únicos territorios de la Unión Europea (UE) situados en el continente africano, una condición que explica buena parte de las tensiones diplomáticas entre ambos países. Marruecos las reclama como propias desde que logró su independencia en 1956, aunque el derecho internacional no las reconoce como colonias pendientes de descolonización.
El reclamo por Ceuta y Melilla: un origen ligado a la Reconquista ibérica
La presencia española en ambas ciudades se remonta a la Edad Media y está directamente relacionada con el proceso de la Reconquista cristiana en la península ibérica. Melilla fue la primera en caer bajo dominio español, en 1497, cuando una flota enviada por los Reyes Católicos, Fernando de Aragón e Isabel I de Castilla, conquistó ese puerto del norte de África. Esto ocurrió apenas cinco años después de la toma de Granada, en el marco del mismo impulso expansionista de la corona.
El caso de Ceuta tuvo un recorrido distinto. La ciudad fue conquistada por Portugal en 1415, cuando era uno de los puertos más relevantes del mundo islámico. Recién en 1580, tras la muerte sin herederos del rey portugués Sebastián I, Felipe II logró unificar las coronas de España y Portugal bajo la llamada Unión Ibérica. Fue, en ese contexto, que Ceuta pasó a integrar el dominio español. Cuando esa unión se disolvió en 1640, España conservó la ciudad, que desde entonces permanece de forma ininterrumpida bajo su soberanía.

Más allá del componente histórico, la permanencia de ambos territorios respondió siempre a una lógica estratégica. El control del acceso al Mediterráneo a través del Estrecho de Gibraltar fue prioritario para la corona española, y Ceuta, ubicada a apenas 14 kilómetros de la costa peninsular, se convirtió en un punto clave del comercio y del tránsito de personas entre Europa y África.
Esa relevancia geográfica volvió a manifestarse en el siglo XX. Entre 1912 y 1956, España y Francia administraron de forma conjunta un protectorado en el norte de África que ocupaba buena parte del actual Marruecos. España controló las franjas norte y sur de ese territorio, pero Ceuta y Melilla quedaron por fuera del protectorado y mantuvieron en todo momento su condición de ciudades españolas.
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La postura de la ONU al reclamo de Marruecos
Desde que Marruecos obtuvo su independencia, en 1956, el país reclamó en reiteradas ocasiones la soberanía sobre Ceuta y Melilla, dentro de la idea del Gran Marruecos, que incluye también al Sáhara Occidental y otras zonas del norte africano. Cuando llevó el reclamo ante las Naciones Unidas, donde lo presentó como un caso pendiente de descolonización, el organismo desestimó la solicitud.
España, por su parte, descarta cualquier tipo de negociación sobre la soberanía de ambas ciudades y sostiene que forman parte de su territorio desde hace más de cinco siglos. Además de Ceuta y Melilla, España mantiene bajo su control otros puntos cercanos a la costa marroquí, como el peñón de Vélez de la Gomera, el peñón de Alhucemas, las islas Chafarinas y el islote de Perejil.

Ambas ciudades tienen estatus de ciudades autónomas, con competencias similares a las de comunidades como Cataluña o el País Vasco, aunque su régimen funciona como un híbrido entre un municipio y una comunidad autónoma. Esa singularidad institucional convive con una realidad económica más frágil, marcada por la dependencia del comercio informal y del contrabando que circula entre ambos lados de la frontera desde hace décadas.
Su ubicación entre dos continentes y dos sistemas económicos y culturales distintos las vuelve sensibles a cualquier variación en el vínculo entre España y Marruecos, algo que la nueva oleada migratoria de esta semana volvió a poner en evidencia.




