La guerra civil sudanesa, que enfrenta desde 2023 a las Fuerzas Armadas de Sudán (SAF) contra las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), acaba de escalar hasta rozar un conflicto más amplio en África. A principios de mayo, unos drones lanzados desde Etiopía destruyeron terminales civiles del aeropuerto internacional de Jartum, dañaron un radar y derribaron un sistema de defensa aérea. El hecho ocurrió apenas una semana después de que 300 civiles aterrizaran en el primer vuelo internacional desde el inicio del conflicto.
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El gobierno sudanés identificó el origen del ataque mediante análisis técnico del dron derribado y la confirmación del fabricante. La aeronave, con número de serie S88, era propiedad de los Emiratos Árabes Unidos y había sido operada desde el aeropuerto etíope de Bahir Dar. Sudán calificó el episodio de “acto directo de agresión” y reforzó sus posiciones en las regiones fronterizas de Gedaref, colindantes con Etiopía.
Etiopía vs. Sudán: el ataque que convirtió una guerra civil en una crisis regional
El bombardeo no fue un episodio aislado. Desde el inicio de la guerra en 2023, la comunidad internacional temía que el conflicto sudanés terminara derramándose sobre sus vecinos y encendiendo una crisis mayor en el Cuerno de África. Lo que ocurrió en mayo confirmó esos temores, ya que, por primera vez, las SAF acusaron formalmente a un Estado vecino de cometer un acto de agresión militar directa.
Etiopía desmintió el mismo día y respondió con acusaciones de igual gravedad. El gobierno etíope afirmó tener evidencia creíble de que Sudán opera como base de lanzamiento para fuerzas antiEtiopía, y acusó a las SAF de armar y financiar a mercenarios tigrinos para infiltrarlos en la frontera occidental etíope. La referencia a “patrocinadores externos con agendas nefastas” en el comunicado oficial fue interpretada por analistas como una alusión directa a Egipto, el principal respaldo político y militar de las SAF.

El experto en Sudán, Elfadil Ibrahim, describió la situación como una escalada peligrosa dentro de lo que ya es uno de los conflictos de intermediación más enredados del mundo, con múltiples potencias externas que persiguen agendas propias y usan a los actores locales como palancas de influencia.
Alan Boswell, director del Crisis Group para el Cuerno de África, fue más directo en su diagnóstico. Ambos países enfrentan desafíos internos masivos y ahora cada uno percibe al otro como soporte activo de sus enemigos armados, lo que genera una dinámica donde los incentivos para la escalada superan a los de la contención. “La guerra en Sudán continúa escalando sin una salida clara y está empezando a desintegrar la región del Cuerno de África”, advirtió.
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El 7 de mayo, apenas dos días después del ataque, las SAF anunciaron el refuerzo de sus posiciones en las zonas fronterizas de East Gallabat, Basunda y Al-Fashaga, en el estado de Gedaref, que limita directamente con Etiopía. La respuesta militar, aunque contenida, marcó una nueva fase en la tensión bilateral.
África: un tablero regional que se fragmenta con nuevas alianzas y conflictos superpuestos
El contexto que rodea este choque bilateral es bastante complejo. Etiopía acumula hace años tensiones con casi todos sus vecinos de manera simultánea. El primer ministro, Abiy Ahmed, amenazó con acceder al mar Rojo por la fuerza, lo que generó alarma en Eritrea y Somalia.
Su proyecto hídrico de la Gran Presa del Renacimiento Etíope (GERD) desató una disputa de años con Egipto por el control de las aguas del Nilo. Y cuatro años después de la Guerra de Tigray, que dejó un estimado de 600.000 muertos, el gobierno federal etíope continúa con su lucha contra milicias en las regiones semiautónomas de Amhara y Oromia, las dos regiones más pobladas de Etiopía.

Sobre ese trasfondo, además, el gobierno etíope acusó a Eritrea de apoyar y coordinar operaciones con el Frente Popular de Liberación de Tigray (TPLF), el grupo paramilitar que protagonizó la guerra de 2020. Eritrea, que ya peleó su propia guerra contra Etiopía entre 1998 y 2000, se convierte así en otro actor con intereses activos en desestabilizar al gobierno de Abiy Ahmed.
En definitiva, lo que resulta claro es que la interacción entre la guerra civil sudanesa, los múltiples frentes internos de Etiopía y las disputas geopolíticas de fondo -como la del Nilo o el acceso al mar Rojo-, crean un escenario donde un error de cálculo puede escalar con rapidez hacia un conflicto armado entre Estados. Las consecuencias serían imprevisibles no solo para Sudán y Etiopía, sino para toda una región que ya acumula décadas de inestabilidad.




