La noche del 1 de abril de 1982, en Malvinas, estaba cerrada y con el Mar Argentino apenas en calma. A bordo de la fragata ARA “Santísima Trinidad”, el teniente de corbeta Bernardo Schweizer ultimaba detalles junto a sus hombres para actuar de forma decisiva: debía elegir una playa y liderar el desembarco en el archipiélago para que, luego, el resto de los comandos anfibios puedan recuperar el territorio (usurpado por el Reino Unido desde 1833).
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Cuatro décadas después, Schweizer revive para DEF una historia atravesada por el secreto, la incertidumbre, el combate y la convicción de que la causa Malvinas sigue vigente.
Operación Rosario: “Me indicaron que no le podía decir a mi esposa el motivo del regreso”
En marzo de 1982, Bernardo era teniente de corbeta, tenía 24 años, hacía cuatro años que había egresado de la Escuela Naval y, además, había logrado atravesar con éxito el curso de Comandos Anfibios. Es decir, integraba un grupo de soldados de élite, el de las fuerzas especiales de la Armada Argentina
Un detalle, nada menor: había contraído matrimonio el 12 de marzo de ese año y se encontraba de luna de miel en Brasil cuando recibió el llamado que le cambiaría su vida. “Tenía que presentarme de inmediato”, contó. Del otro lado del teléfono, el mensaje fue claro: debía hacerlo para participar de una operación real.

“Cuando me llamaron, me indicaron que no le podía decir a mi esposa. Me pidieron que dijera que se trataba de un entrenamiento. Al día siguiente, ella se quedó en Buenos Aires y yo me fui a Mar del Plata”, relata a DEF el militar retirado, quien también recuerda: “No me volvió a ver hasta el 8 de abril”.
Armada Argentina: el largo camino hacia las fuerzas especiales
¿Quién era Bernardo Schweizer antes de ir a la guerra? Un joven nacido en Concordia, Entre Ríos, y criado en Corrientes. En sus venas corrían las raíces del Litoral y el eco del sapucay, ese grito ancestral que identificó a muchos de los soldados provenientes de esa región de la Argentina que también combatieron en Malvinas.
Según reveló a DEF, fue en Corrientes donde conoció a un compañero del secundario que le “llenó la cabeza”: “Hasta entonces, yo quería ser arqueólogo. Pero él me convenció de entrar a la Armada. Así que lo hice, básicamente porque me entusiasmó”.
Fue cuando lo llevaron a recorrer las distintas ramas de la Armada que se planteó que, en caso de guerra, él no podría cambiar el destino desde un buque. “Yo quiero llevarme al menos uno conmigo”, pensaba. Esa idea fue la que marcó el rumbo de su incipiente carrera hasta que, un día, en la Escuela Naval, vio pasar a un oficial “con aires de Rambo”: “Ahí supe que era de las fuerzas especiales de la Armada. Y yo soy cabezadura. Si él había podido, ¿por qué yo no?. Fue un desafío personal. Así que esperé a poder hacer el curso”.
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Durante esta formación, Bernardo atravesó distintas etapas: buceo, paracaidismo, reconocimiento anfibio y, en la última, una capacitación con los comandos del Ejército. Según recordó, el entrenamiento buscaba recrear las condiciones más cercanas posibles al combate real, con escaso descanso, hambre, frío, incertidumbre y ejercicios realizados con munición de guerra. El curso también incluía reconocimiento anfibio, orientado a la obtención de información sobre playas, objetivos, buques y aeronaves enemigas. Schweizer destacó la extrema exigencia de la instrucción, al punto de que dos integrantes de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos abandonaron el programa antes de completarlo.

“De 96 que empezamos, terminamos 22. Éramos personas probadas en pruebas muy duras, con un potencial poder de combate muy fuerte. Se calcula que por cada comando son 10 efectivos”, explica. Por entonces, Schweizer desconocía que aquel riguroso entrenamiento fue la preparación para, poco tiempo después, enfrentar uno de los desafíos más grandes de su vida.
El despliegue secreto que antecedió al desembarco
Ya en Mar del Plata, él y otro grupo de efectivos se mantuvieron acuartelados en la base naval. “Éramos más de los que estábamos destinados. Se habían agregado unos 30 comandos anfibios”, rememora.
“Nos quedamos acuartelados, no nos dejaban salir por el tema del secreto. Nos llegó armamento nuevo y mucha munición. También nos completaron la cantidad de botes neumáticos, con motor fuera de borda, y kayaks”, refiere, al tiempo que revela que, por entonces, no imaginaban que estaban siendo parte de la Operación Rosario: “Nos dijeron que nos íbamos a enterar de todo cuando fuese estrictamente necesario. Así que nos limitábamos a cumplir las órdenes. Y el 24 de marzo llegaron unos micros de larga distancia. Nos subimos y nos desplazamos hasta Puerto Belgrano. Allí nos embarcamos en la fragata ARA “Santísima Trinidad””.
Desembarco en Malvinas: 11 hombres para cambiar la historia
Cuenta Schweizer que no había lugar para todos, pues se trataba de un buque de guerra. Así que debieron habilitar el hangar para que los efectivos puedan permanecer allí durante la navegación: “Fueron cuatro días en los que, además, nos tocó mal tiempo. Tormentas espantosas. Se movía todo. Cuando zarpó, nos enteramos de que la cosa era grande, porque la flota estaba integrada por otros siete buques y submarinos. Salimos hacia el sur, con eso aumentaban las sospechas de que íbamos a Chile”.
Fue la voz del contraalmirante Carlos Alberto César Büsser, comandante de la Fuerza de Desembarco, la que quebró el secreto: “No dijo que íbamos a Malvinas para recuperar las islas después de tantos años y que íbamos a escribir una página de oro en la historia del país. Fue una emoción tremenda. Sabíamos que nos íbamos a enfrentar a un enemigo preparado y con mucha experiencia de combate, los ingleses. Pero nos sentíamos con capacidad de hacerlo. No hubo temor”.

A partir de ese momento, las órdenes tomaron forma. Schweizer supo que debía ser el jefe de la vanguardia: tenía que elegir a 11 hombres para desembarcar antes que el resto. Lo iban a hacer con botes -con motor fuera de borda- hasta cierto punto y, luego, se aproximarían a la costa con los kayaks, una forma silenciosa de llegar a la playa.
“El comandante nos dijo dos cosas que nos condicionaron: no había que herir a nadie, ya que eso facilitaría las negociaciones diplomáticas posteriores; y que contaríamos con el factor sorpresa a nuestro favor, pues los íbamos a encontrar dormidos. Bajo esa premisa desarrollamos todas nuestras órdenes.Ahí supimos por qué la mayoría de las armas que nos dieron tenían silenciador”, contó, al tiempo que recordó que antes de desembarcar, uno de los kayaks se averió, por lo tanto, sólo disponía de uno para operar y, en consecuencia, solo podían ir dos efectivos: “Yo en la parte de adelante. Para acompañarme elegí a un subordinado que, luego, pasó a ser un gran amigo. Era una persona a quien quería muchísimo (y que lamentablemente falleció el año pasado) y había sido uno de los instructores más duros que me había tocado en la carrera. Fue Eduardo Cequeira, cabo principal en ese momento (luego se convirtió en oficial y alcanzó el grado de capitán de fragata). Era una mole de músculos”.
“Tomé la decisión de encomendarme a Dios”
El1 de abril Schweizer y Cequeira debían desprenderse del buque a, aproximadamente, las 21 horas. Seguidamente, navegar cerca de seis millas y, en la zona previa a la rompiente, y dejar a los botes con los comandos anfibios a la espera. Luego, ambos efectivos tenían que avanzar hacia la playa seleccionada. Una vez que arribaban, procedían a verificar la presencia de británicos en el lugar y, recién ahí, tenían que indicar a los botes que siguieran avanzando.
“Era una misión secreta, así que no sabíamos bien a dónde íbamos. La única facilidad que tuve fue un capitán de fragata del servicio de Inteligencia que había estado en Malvinas cuatro meses antes, en calidad de empleado de Aerolíneas Argentinas. Él contaba con fotos e información sobre Puerto Argentino y la casa del gobernador. En eso, y en una carta naútica, nos apoyamos para hacerlos planes. Por entonces, seleccioné dos playas, una me gustaba más que la otra porque nos iba a dejar cerca y no íbamos a tener que hacer una marcha prolongada para llegar a nuestros dos objetivos: el cuartel de los Royal Marines, en Moody Brook, y la casa del gobernador, en Puerto Argentino”, sostuvo.

Estaba todo pensado. Solo que, a último momento, el destino quiso que Schweizer sumara una nueva información: a bordo del buque, salió a cubierta y encendió una radio para escuchar algo de música. Sintonizó “Radio Colonia”, de Uruguay, justo en el momento en el que el locutor anunció: “La flota argentina se encuentra frente a Malvinas, está lista desembarcar”
“Se me cayeron todos los planes. Nos iban a estar esperando. Eso fue cerca de las seis de la tarde, faltaban tres horas para desembarcar. Así que decidí no decirle a nadie. Porque orden y contraorden es equivalente a desorden. Me llené de dudas. Tomé la decisión de encomendarme a Dios, ya que iba a ser el primero en desembarcar. Pasó de ser algo encubierto a una operación confrontativa. Así que existían altas posibilidades de encontrar resistencia. Sí se lo dije a Carlos Cequeira”, describe.
¿Qué equipos llevan los comandos anfibios para el desembarco? Armamento, por supuesto, pero también esposas. Ya que, además de recuperar Malvinas, debían tomar prisioneros.
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¿Con qué se iban a encontrar? Con 45 Royal Marines y otros 45 más que estaban próximos a hacer el relevo. Además, existía una reserva militar de 120 kelpers. “En total eran210 hombres y nosotros 86”, añade Schweizer.
Finalmente, el reloj dio las 9 de la noche. Los comandos anfibios bajaron del buque y se subieron a los botes. Era una noche cerrada y el mar se había calmado. Una confusión de último momento interrumpió la escena: un oficial bajó del puente de mando para decirle que habían fondeado un poco más lejos de lo previsto. “Me volví a encomendar a Dios, estábamos jugados. Había que resolver sobre la marcha”, confiesa.
“No te preocupes pendejo, te veníamos monitoreando”
Para navegar las primeras millas emplearon los motores de los botes. Eso demoró 45 minutos más la operación, ya que tenían que lidiar con las algas que se enredaban. Mientras, Schweizer llevaba sobre sus hombros la difícil carga de saber que tenía que asegurar una playa para el desembarco de la tropa. Finalmente, él y Cequeira continuaron en los kayaks.
“Recordaba que, en la playa que yo había seleccionado, había un peñón. Desde allí había que ingresar a un canal. A punto de entrar allí, vimos vehículos que recorrían la costa. Sabían que estábamos yendo, así que ahí no más le dije a Cequeira que comience a remar para atrás para ir a la playa alternativa”, recuerda, y agrega: “Si te estoy contando esto es porque en esa otra no nos encontramos con nadie”.
“Cuando llegamos vimos que, desde Puerto Argentino, salió una bengala que iluminó todo. Habremos estado a unos 10 kilómetros. Para mí fue la señal de que sabían que ya estábamos, una alerta”, cuenta el marino, al tiempo que añade que, desde el lugar donde desembarcaron, procedieron a hacer señales con una linterna para que los botes se acerquen: “Teníamos la orden de no emitir para evitar que nos localizaran. Habrán pasado 15 minutos -aunque para mí fue una eternidad- hasta que llegaron. Recuerdo que el capitán Giachino se acercó y yo, preocupado, le dije que esa no era la playa inicial. Él, coloquialmente, me dijo: ‘No te preocupes pendejo, te veníamos monitoreando’. Así fue que todos llegaron a la playa”.
El asalto al cuartel de los Royal Marines
Desde el nuevo punto, los comandos anfibios iniciaron la marcha. En cinco horas tenían que recorrer cerca de 9 kilómetros. Llevaban munición y se enfrentaban a la complicada turba. A ello se sumó que debieron atravesar posiciones defensivas británicas, situaciones en las que tuvieron que arrastrarse para evitar ser detectados.
“Llegamos a las cinco y media de la mañana a los lugares previstos. A mí me tocó el cuartel de los Royal Marines, suponíamos que los íbamos a encontrar durmiendo. Pero no había nadie. Después nos enteramos de que estaban protegiendo la casa del gobernador”, describe Schweizer sobre esos primeros momentos en suelo argentino. Simultáneamente, Giachino y su gente estaban camino a Puerto Argentino: debían tomar la casa del gobernador a las 7 de la mañana, ya que a esa hora llegarían los efectivos del Ejército.
En ese preciso instante, un fuerte tiroteo proveniente de Puerto Argentino confirmó las sospechas. Estaban a cuatro kilómetros de distancia. “Una balacera impresionante. Sabíamos que la mayoría de esos disparos venían de los ingleses porque nuestra gente tenía silenciadores. Nuestro comandante esperó a moverse con las primeras luces del sol, porque no sabía si nos íbamos a enfrentar a un contragolpe. A las seis amaneció, hicimos un reconocimiento y nos encolumnamos hacia la casa”, relata.
Comenzaron a moverse y, en el camino, se toparon con francotiradores que les abrieron fuego. Sin embargo, cuando se topaban con las patrullas argentinas, se rendían enseguida: “No ofrecieron resistencia. Llegamos a reunir a 30 Royal Marines”.
Giachino en Puerto Argentino: la batalla decisiva
Los comandos anfibios arribaron a Puerto Argentino a las seis y media de la mañana. Al ver llegar a un grupo de 70 efectivos, los británicos se rindieron. “Me tocó ver al capitán Giachino en un charco de sangre. Estaba a unos cinco metros de la entrada de la casa, lo habían batido con dos proyectiles. Muy cerca, a unos tres metros, el teniente Diego Fernando García Quiroga, también herido, y a dos metros, nuestro enfermero, Ernesto Urbina”, comenta.
Agrega Schweizer que Giachino y su gente comenzaron el ataque a la casa del gobernador a las cinco y media de la madrugada. Rodearon el lugar desde distintos flancos. Junto al capitán de la Armada, el teniente Diego Fernando García Quiroga, buzo táctico y amigo de Schweizer: “Él hablaba muy bien en inglés, así que iba con un megáfono para avisarles a los británicos que estaban rodeados y debían entregarse. Los ingleses respondieron abriendo fuego. Ese fue el tiroteo que escuchamos desde Moody Brook. Desde el segundo piso, tiraban con todo. Los minutos corrían y Giachino sabía que a las siete de la mañana tenía que tener en su poder al gobernador, así que decidió ingresar. Lo siguieron García Quiroga y el enfermero. A poca distancia de la entrada, una ametralladora le disparó a Giachino, quien perdió muchísima sangre. Por eso, cuando llegamos, ya estaba en coma. A García Quiroga también lo hirieron, solo que el disparo se topó con una navaja que, casualmente, yo le había prestado”.
Cuenta Bernardo que en ese instante, el enfermero, Urbina, tuvo una acción heroica, similar a la del sargento Cabral, pues al ver que habían herido a sus jefes -a sabiendas de que podía correr el mismo riesgo- fue a auxiliarlos. “Logró llegar a García Quiroga y le inyectó morfina. Fue entonces cuando lo hirieron. Además, Giachino vio que los británicos fueron en su búsqueda, así que tomó una granada y le quitó el seguro. Así fue que lo encontramos, con la granada todavía en la mano”, recuerda.
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A las siete de la mañana de aquel 2 de abril, las Malvinas volvieron a estar en manos de sus verdaderos dueños: los argentinos.
“Confiaron en mí”: el peso de una misión histórica
“En un momento le pregunté a mi jefe por qué me había elegido para el desembarco, pues era joven y no tenía tanta experiencia. Me dijo: ‘Primero, porque estás bastante loco. Luego, porque confiamos en vos’. Para mí, fue una responsabilidad tremenda porque de mí dependía que llegaran todos sanos y salvos a la playa para poder cumplir la misión”, reflexiona Schweizer a casi 45 años de aquel 2 de abril.
“La guerra está formada por batallas. Mantener la causa viva es una de ellas, porque es la forma de conservar la memoria de los 649 caídos. Como argentinos, debemos estar a la altura del sacrificio que hicieron”, concluye el oficial retirado, no sin antes confesar que, al contrario de lo que piensan muchos, al militar le enseñan a defender la paz, aunque a veces eso signifique empuñar las armas ante una agresión: “Defendíamos nuestra soberanía y estábamos preparados para cumplir el juramento a la bandera que habíamos hecho. Aunque no imaginamos que, tras ese ‘Sí juro’, nos íbamos a encontrar con la mochila y el arma yendo a enfrentar a otros profesionales que iban a hacer todo a su alcance para cumplir con su misión, incluso matarte. Pero no era necesario odiar, sino querer volver y regresar con la familia. Como soldado, no querés matar a nadie, porque una vez que uno pasa esa barrera, nunca se vuelve a ser como antes”.




