A más de cuatro décadas de la Guerra de Malvinas, el reclamo de soberanía sigue vigente y, de hecho, se mantiene como una política de Estado atravesada por tensiones, cambios de enfoque y un escenario internacional complejo. En vísperas de los 45 años del conflicto -que se conmemorarán en 2027-, el debate incluye una reflexión sobre las estrategias adoptadas en estos últimos años.
En este contexto, un grupo de especialistas convocados por DEF, como Roberto García Moritán, Daniel Esteban, Fabián Calle y, en esta tercera entrega, el analista geopolítico Alejandro Corbacho, repasaron el futuro del reclamo y las debilidades y fortalezas de la política adoptada por el país.
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Corbacho, director del Observatorio de Seguridad y Defensa de la UCEMA y docente en la Escuela de Guerra Naval, tiene una mirada particularmente crítica. Para él, el reclamo oscila entre la retórica interna y la falta de una estrategia integral capaz de articular diplomacia, defensa e inserción internacional. Según su análisis, el país no está hoy ni más cerca ni más lejos de recuperar las islas que en el pasado, pero sí arrastra las consecuencias de decisiones que condicionaron el margen de acción.
¿Argentina puede recuperar las Islas Malvinas? Su respuesta esconde una “incómoda verdad”.

2 de abril de 1982, “el error fatal”
-¿Argentina está más cerca de recuperar las Malvinas?
-Yo insisto con el tema de las negociaciones, porque a diferencia de lo que sostienen algunos, que plantean que perdimos a las Malvinas con este gobierno, considero que no lo hicimos. Sí empezamos a alejarnos muchísimo el día 2 de abril de 1982. Ese fue el error fatal. Porque veníamos con negociaciones y teníamos acuerdos. Estábamos ahí. Ese es el primer problema.
Posteriormente, los gobiernos argentinos adoptaron distintas políticas con Malvinas. Para todos el objetivo final fue y es alcanzar la soberanía plena de las Islas, eso no cambió. Si hay formas y estilos, de ello -más el contexto- dependen si se acercan o se alejan. Es un juego en el que las piezas están encadenadas. No es solo una relación bilateral entre Argentina y Gran Bretaña, sino que es multilateral respecto de nuestro país y el mundo. En ese sentido, los dos primeros gobiernos de la democracia, o sea el de Alfonsín y el de Menem, hicieron ingentes esfuerzos para recomponer la relación a una situación en la cual pudiéramos volver al 1 de abril de 1982.
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-¿Qué ocurrió en los gobiernos de Raúl Alfonsín y Carlos Menem?
–Con respecto al primero, se volvió a la postura del paraguas de soberanía. En Menem fueron los vuelos a las Islas desde Argentina. Fueron dos hitos muy importantes. Y, en el caso de Menem, también se destacó el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Gran Bretaña, que tiene que ver con el veto en la Unión Europea y acuerdos enfocados en acomodar la región, reglas de comportamiento y de trabajo conjunto en temas de interés común. Pero, desde el 2003, se cortaron ese tipo de relaciones y se adoptó un discurso duro, basado en no hablar hasta que nos entreguen la soberanía. Eso les dejó el Atlántico Sur libre a los británicos.
O sea, fueron muy funcionales a los intereses ingleses porque se replegaron de los sitios en los que hay que estar, como áreas de discusión o negociación, que sirven a nuestros intereses. En temas de defensa, al país lo debilitaron enormemente. Y eso no quiere decir que hay que invadir, porque otra guerra es un disparate, por distintos motivos, uno es que el diferencial de poder militar entre Gran Bretaña y Argentina es enorme en relación al que teníamos en 1982. Ahora quieren probar caminos distintos. Personalmente considero que desperdiciamos muchos años.
“El paquete de las Islas Malvinas incluye también al Atlántico Sur, los pasos y a la Antártida”
-¿América Latina es un respaldo efectivo para Argentina?
-Es un respaldo, lo cual es muy importante. No sé si es efectivo, porque no está decantado en algo positivo. Además, lamentablemente nuestros vecinos son nuestros fervientes defensores y funcionales a los británicos. Los casos de Uruguay y Brasil son complicados, Chile ni hablar. El único país que tiene una postura clara, consistente y fuerte, es Perú. Ellos se mantienen en el discurso y, en los hechos, probaron ser fieles amigos de la Argentina.
En un momento se logró que estos países condenaran la presencia británica con buques, pero Gran Bretaña lanzó una ofensiva en Latinoamérica, con acercamientos. Tenemos a Uruguay que está dispuesto a prestar sus puertos como punto logístico y Chile, por su parte, se presenta como principal intermediario entre los isleños y el continente. Incluso, cuando se habla del Atlántico Sur, Chile es la voz cantante. Argentina tendría que tener mayor capacidad y presencia real, continúa y razonable.

-¿Cómo influye el orden mundial en la posición argentina sobre las Malvinas?
– La estrategia argentina durante estos años fue la Asamblea General de las Naciones Unidas. Creo que hay un error. ¿Qué votaciones ganamos? Las que dicen que las partes tienen que sentarse a negociar para llegar a una solución satisfactoria para ambos. Es decir, la resolución 2065, que no dice que las Islas deben pasar a Argentina, sino que son un territorio a descolonizar. Gran Bretaña se aferra al principio de autodeterminación y Argentina al de continuidad territorial. Intereses y deseos. Eso no se cambia en ese lugar, sino en el Consejo de Seguridad. El apoyo chino, el ruso, estadounidense o el francés serían muy importantes frente al veto británico. Esto nos lleva a discutir los temas de soberanía y quién te acompaña. Porque puede ser con el apoyo de Estados Unidos, ellos siempre fueron muy consistentes respecto de las Islas y están dispuestos a apoyar la resolución 2065. De hecho, a fines de 1982, EE. UU. apoyó la resolución de las negociaciones, lo que provocó el enojo de Margaret Thatcher.
Y el paquete de las Islas Malvinas incluye también al Atlántico Sur, los pasos y a la Antártida. Ya no es 1982, hoy cambió el contexto.
-¿Qué debería hacer Argentina para reposicionar la causa?
–Actuar con una política coherente, que tenga que ver con no solo juntar votos de países intrascendentes, pero no, a cambio de eso, aceptar y tolerar dictaduras o cualquier atropello. Por ejemplo, nosotros apoyamos a Rusia en Crimea, pero Crimea es un territorio que tenía población que fue desplazada. Eso suena a las Malvinas, a nuestro reclamo. Y resulta que nosotros salimos a defender la postura rusa. Ese tipo de ambiguedades no deberían estar presentes.
El otro punto es que nosotros deberíamos crear, frente a las Islas, un polo de desarrollo serio. Ahí tendríamos que tener el equivalente al Mar del Norte, con todos nuestros recursos para asegurar un polo de logística petrolera. Eso hace que quienes vayan a invertir nos miren con mayor simpatía. Tenemos que ser un país serio, la política en torno a Malvinas tiene que implicar una nueva comprensión de cómo enfrentar la diplomacia.
“Argentina se volvió importante estratégicamente”
-¿Qué está fallando en la forma en que se piensa la cuestión Malvinas en la Argentina?
–No tengo la verdad de la negociación. Tenemos que llevar a cabo una política que nos permita avanzar. Las Malvinas son un punto en el Atlántico Sur que sirve a los estrechos y a la Antártida. Eso es lo que hoy vale de las Islas. El archipiélago sigue siendo lo que Samuel Johnson decía en el siglo XVIII, una tierra arrasada por el viento. Pero también, en la misma época, hubo un almirante británico que decía que el Reino Unido no podía dejar de tenerlas. Las Malvinas son un punto de apoyo importantísimo. Frente a esas posturas, tenemos que cambiar nuestras visiones.
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-¿En qué sentido?
-Hay una base militar muy importante en las Islas Malvinas, la de Mount Pleasant. Y hay también una competencia entre dos superpotencias, como Estados Unidos y China. Entonces, esa base puede servir como punto de apoyo. No creo que ni Estados Unidos, ni Gran Bretaña, ni la OTAN, estén dispuestos a entregar ese punto. Ni tampoco dejarselo a Argentina, porque, en comparación con Chile, no nos vemos como confiables. Pero sí podemos llegar a soluciones compartidas. Porque hasta antes de la guerra hubo una bandera argentina flameando en las islas. Por supuesto que lo hacía junto a una británica. Había presencia de YPF, de Gas del Estado, y el aeropuerto, construido por Argentina, tenía nuestra bandera. Hoy, si queremos llevar nuestro pabellón para colocarlo en el cementerio, hay que hacerlo de contrabando. Eso es vergonzoso y patético. Por supuesto que esto, bajo la mirada de los halcones extremistas, va a sonar a apátrida. Pero,¿queremos quedarnos sin nada o tener un porcentaje? Entonces, las soluciones compartidas, acordadas o negociadas son importantes.
La idea de soberanía plena me parece que hoy también es un concepto complicado. Entonces, ¿cuál es la cuota o porcentaje de soberanía que nosotros estamos dispuestos a aceptar? Acaso, ¿Europa no es dependiente de nadie?, ¿España no es dependiente de la OTAN?

-¿Cómo influyen las relaciones con potencias como Estados Unidos y China en la estrategia argentina?
–Argentina tiene una base militar china y ninguna estadounidense. Y, cuando hace unos días, miembros del Congreso de los Estados Unidos visitaron Ushuaia, hubo una protesta. Hay que ver cómo estamos replanteando todas esas relaciones. Argentina tiene que reposicionarse en algo concreto. El gobierno actual tomó una postura diferente a la que tuvo la Argentina en los últimos 20 años. Recién empieza, veremos si sirve. Ningún gobierno argentino logró obtener la soberanía de las Malvinas. Por lo tanto, ninguna política sirve.
Con respecto al orden multipolar, Estados Unidos observa el aumento de la presencia china. Además, Argentina se volvió importante estratégicamente.
-¿Brasil puede jugar un rol relevante?
-Sí, en la medida que los intereses nuestros y los de Brasil sean realmente profundos y serios. Yo creo que la relación entre ambos, como socios, está establecida y es correcta. Pero a veces Brasil tiene una agenda que no es la nuestra.
Insisto, ellos por un lado nos apoyaron y respaldaron, pero los vuelos siguen saliendo desde Brasil y les han comprado buques a la Armada británica, eso establece relaciones militares entre Estados. Además, el Reino Unido también arma a los chilenos. Y cada vez que nosotros compramos un alfiler, parece que estamos haciendo carrera de armamento o desestabilizando el poder. Los gobiernos argentinos, en particular de los 20 años anteriores, lo que hicieron es hacerle el juego a los halcones del otro lado, de los otros países, y les permitieron que incrementen su presencia. Y ahora, si la Argentina quiere cambiar algo, los malos somos nosotros. Hay que salir a discutir esos argumentos. Pero también hay que hacerse cargo.
-Entonces, ¿qué se debería hacer?
-Hablemos de consistencia y continuidad de las políticas. ¿Estamos convencidos de qué es lo que queremos hacer con Malvinas? No lo tenemos claro. Los gobiernos progresistas tienen una idea distinta de la que pueden tener otros, que tiene que ver más con un modelo de acercamiento. Esto último no quiere decir ser vasallo, porque, en definitiva, todos somos vasallos de alguien. Las políticas respecto de Malvinas pasan a ser coyunturales. Hay que buscar una inteligente que nos acerque a la soberanía. Eso implica definir ciertas cosas. Definitivamente no es blanco o negro, prevalecen los grises. El tema es poder presionar y generar algo en el Consejo de Seguridad.
Recuerdo que conseguí datos de opinión pública de una época en la que se hacían encuestas sobre el tema Malvinas. En cuanto a la soberanía compartida, la gran mayoría se oponía. Pero, durante varios meses el gobierno comenzó a explicar el por qué era buena y conveniente. Cuando se volvió a hacer, hubo una leve mayoría que pasó a estar a favor. Eso quiere decir que es importante que los políticos expliquen.




