Después de trabajar en Popego, empresa que fundó dedicada a Web semántica, Santiago Siri apuesta a Grupo 42, una unión latinoamericana de compañías de tecnología líderes en la región.
Riqueza subterránea
El 7 de diciembre de 2010 se daba a conocer el primer gran anuncio relacionado con Vaca Muerta. Ante la atenta mirada de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y de representantes de todo el arco político, el entonces CEO de YPF, Sebastián Eskenazi, informaba con bombos y platillos el hallazgo de un reservorio de gas no convencional en el yacimiento Loma La Lata. “Sólo en este primer descubrimiento, YPF pasó de seis años de expectativa de reservas en gas a dieciséis años”, aventuró Eskenazi. Al comentar la noticia, el gobernador de Neuquén, Jorge Sapag, fue aún más osado: “Argentina deja de ser un país con gas para convertirse en un país gasífero”.
Cinco meses más tarde, el 10 de mayo de 2011, la propia YPF daba a conocer el hallazgo de shale oil en un área de 330 kilómetros cuadrados ubicada en el mismo bloque, con recursos potenciales cifrados en más de 150 millones de barriles equivalentes de petróleo. La empresa añadía que iniciaba de ese modo “el primer desarrollo masivo de petróleo proveniente de un reservorio no convencional (shale oil) en el mundo, fuera de América del Norte” y comparaba la producción inicial de los cinco pozos perforados en la zona con “campos análogos en EE.UU. y Canadá, hasta ahora los únicos países con registros de importante producción de recursos de esta naturaleza”.

En rigor, el plan para desarrollar los recursos no convencionales de la formación Vaca Muerta se había puesto en marcha a fines de 2009. Según informó oportunamente la propia YPF, el primer descubrimiento de shale gas se produjo en julio de 2010 en el pozo LLLK.x-1; en tanto que en noviembre de 2010 tuvo lugar el primer hallazgo de shale oil en el vecino pozo LLL-479. En ocasión de la exposición Argentina Oil & Gas 2011, al referirse al potencial de esos recursos, el entonces director de Exploración y Producción de la empresa, Tomás García Blanco, volvió a parangonar la situación de Argentina con la de EE.UU. y destacó que estábamos en condiciones de replicar el éxito conseguido por ese país en la explotación de sus yacimientos no convencionales.
Llegar a la roca generadora
Para entender a qué nos referimos cuando hablamos de Vaca Muerta, DEF consultó al geólogo Daniel Kokogian, presidente de la consultora New Milestone y experto en la materia. “Podemos imaginar a Vaca Muerta como una ‘sábana’ que recubre toda la Cuenca Neuquina, con un espesor variable desde cero en los márgenes de la cuenca hasta unos 600 a 700 metros en los sectores mas profundos de la misma. Es una formación geológica conformada básicamente por arcilitas o pelitas negras o gris oscuras, con intercalaciones de niveles calcáreos, finamente estratificadas”, graficó. Esas arcilitas constituyen lo que en inglés se conoce como “shale” y se caracterizan por su alto contenido de materia orgánica y por su casi nula porosidad y permeabilidad. Como se mencionó, Vaca Muerta está presente casi en la totalidad del subsuelo de la Cuenca Neuquina y a profundidades que varían entre los 2000 y los 3000 metros, aproximadamente.
¿Qué es lo que hace que los hidrocarburos sean caracterizados como convencionales? El propio Kokogian lo explica: “En un sistema convencional de generación, almacenamiento y producción de hidrocarburos, además de la denominada roca generadora, es necesario contar con una vía de migración provista ya sea por fallas o rocas carried, una trampa para permitir la acumulación de volúmenes de hidrocarburo explotables económicamente y una roca reservorio que se caracteriza por poseer valores de porosidad y permeabilidad tales que los hidrocarburos pueden fluir ya sea en forma natural o con la ayuda de trabajos de estimulación no muy complejos y costosos, como por ejemplo fracturas hidráulicas o acidificaciones”.
En cambio, la característica principal de un reservorio no convencional, como Vaca Muerta, es que el hidrocarburo es producido directamente de la roca generadora “Estas rocas, por definición, son la antítesis de las rocas reservorios en lo que hace a porosidad y permeabilidad, en ellas estas propiedades petrofísicas son de valores muy bajos”, señala el geólogo consultado por DEF. Estas características petrofísicas del “shale” obligan a utilizar tecnologías más sofisticadas, tanto en la perforación como en la llamada “terminación” del pozo. En ese sentido, tanto la perforación de pozos dirigidos u horizontales como el recurso de las “multifracturas” resultaron avances tecnológicos imprescindibles en el desarrollo de los hidrocarburos no convencionales en EE.UU: y Canadá. Mientras la primera de estas técnicas –pozos dirigidos u horizontales– permitió incrementar drásticamente el volumen de roca productiva en contacto con el pozo, las “multifracturas” consiguieron estimular esos volúmenes aumentando, básicamente la permeabilidad de los “shales”. “Ambas tecnologías, combinadas, hacen que un proyecto de este tipo comience a tornarse económicamente rentable, al permitir producciones razonables de rocas que, con tecnología convencional, producirían poco o nada”, analiza Kokogian. “No escapara al buen criterio de nadie que estas técnicas tienen costos muchísimo más altos, que hacen inviable su explotación si no se cuenta con niveles de precios que permitan el desarrollo de estos proyectos no convencionales”, advierte.

El boom del shale gas en EE.UU.
La gran explosión comercial del shale gas o “gas de arcillas compactas” se produjo en EE.UU. a mediados de la década pasada. El proceso se vio favorecido por los altos precios del gas, que llegaron a superar los 12 dólares por millón de BTU (unidad térmica británica) en junio de 2008. El ingeniero Ricardo Michel Pacheco, consultor boliviano en temas de gas y petróleo, explica el desarrollo de ese proceso: “La crisis económica mundial, iniciada en 2008 y que culminó con el precio del petróleo en los 150 dólares por barril de crudo, hizo que las empresas medianas y pequeñas en EE.UU. viabilizaran la explotación del gas no convencional por sus atractivos precios en el mercado. Los informes nos muestran que estas pequeñas empresas volvieron a comprar campos ya agotados y, con infraestructura de producción, fueron en busca de aquellas formaciones de arenas compactas (tight sands) y arcillas (shale)”.
Según cifras oficiales del Departamento de Energía de EE.UU., la producción de shale gas en el país trepó de 1 TCF en 2006 a 4,8 TCF en 2010. Traducido en metros cúbicos, esto significa que en solo cinco años la producción anual de este recurso no convencional pasó de poco más de 28 mil millones a cerca de 138 mil millones, representando esta última cifra alrededor del 23% de la producción total de gas estadounidense. Este shale gas proviene de siete yacimientos: Barnett, Haynesville, Fayetteville, Marcellus, Woodford, Antrim e Eagle Ford. Según distintos expertos, este último play, ubicado en el sur de Texas, es por sus características geológicas el más parecido a Vaca Muerta.
“En esa primera etapa, EE.UU. tuvo tanto éxito que sustituyó gran parte del gas que hasta ese momento importaba”, puntualiza Daniel Kokogian. “Una consecuencia de ese éxito –añade– fue el posterior desplome del precio del gas –el índice Henry Hub se ubica hoy apenas por encima de lo 2,5 dólares por millón de BTU–, lo cual produjo una disminución paulatina de la actividad de perforación de pozos al shale gas, que llevó a la situación actual donde los niveles de perforación son muy bajos y ya nadie comienza un proyecto de este tipo”. Un trabajo técnico al que pudo acceder DEF señala que la performance de los pozos perforados en territorio estadounidense ha sido más pobre que la esperada y que existen indicios de que la expectativa de vida de esos mismos pozos será incluso menor a la proyectada inicialmente. En conclusión, para mantener el abastecimiento de la demanda, un creciente número de pozos deberá ser perforado y eso no será posible hasta que los precios recuperen niveles comercialmente viables.

El potencial de Vaca Muerta
En abril de 2011, el Departamento de Energía (DOE) de EE.UU. dio a conocer un informe encargado a la consultora privada Advanced Resources International, en el que señala que la formación Vaca Muerta posee recursos técnicamente recuperables de shale gas del orden de los 240 TCF, es decir, unos 6,7 billones de metros cúbicos. Estas cifras no se traducen automáticamente en reservas, ya que la tasa de conversión entre los recursos no desarrollados y las reservas probadas en este tipo de yacimientos oscila normalmente entre el 12 y el 15%, por lo que un sencillo cálculo indica que el volumen económicamente explotable en Vaca Muerta estaría entre 28 y 36 TCF, es decir, entre 790 mil millones y 1,01 billones de metros cúbicos.
Por su parte, la consultora Ryder Scott dio a conocer en febrero de este año su certificación de reservas sobre un área de 8071 kilómetros cuadrados en Vaca Muerta, donde YPF participa en 5016 kilómetros cuadrados. Según ese informe, que la entonces Repsol YPF se encargó de difundir ampliamente, las reservas 3P (probadas, posibles y probables) de petróleo ascienden a 116 millones de barriles equivalentes de petróleo, de los cuales 81 millones corresponden a petróleo y 35 millones a gas. Si nos limitamos únicamente a las reservas probadas, éstas se reducen a 33 millones de barriles equivalentes, de los cuales 23 millones corresponden a petróleo y 10 millones a gas.
Las inversiones necesarias
En el Plan Quinquenal 2012-2016 presentado tres meses atrás por el gobernador neuquino Jorge Sapag ante la Legislatura de su provincia, se hace hincapié en la propuesta de desarrollar una zona de 4200 kilómetros cuadrados de “shale oil” y un área de 3000 km2 de “shale gas”. Con cierta dosis de optimismo, la administración neuquina prevé para el próximo lustro la perforación de 1260 pozos petroleros y, a un promedio de 10,7 millones de dólares por pozo, Neuquén proyecta inversiones por 12.500 millones de dólares de aquí a 2016. En el caso del gas, se prevé la perforación de 2018 pozos e inversiones superiores a los 25.200 millones de dólares en ese mismo período. “Para ello se requieren 100 equipos de perforación adicionales en cinco años y la capacitación y entrenamiento de unos 50.000 trabajadores”, especifica el plan neuquino.
Antes de la expropiación de sus acciones por parte del Estado Argentino, Repsol YPF había manifestado su satisfacción con los resultados de los 27 pozos verticales de shale oil perforados hasta ese momento en Loma La Lata, Bajada de Añelo y Loma Campana. Tomás García Blanco aseguró que la producción inicial en cada uno de ellos se situaba entre los 200 y 600 barriles diarios de petróleo, y pronosticó curvas de entre 200.000 y 600.000 barriles acumulados en 25 años. Destacó que el crudo era de “excelente calidad” y que el gas asociado era “tremendamente rico en etano, propano y butano”. En un reporte de prensa de febrero pasado, la compañía aseguraba que sería posible incrementar en un 50% la producción tanto de gas como de petróleo en el país, para lo cual serían necesarias inversiones del orden de los 42.000 millones de dólares -28.000 millones en petróleo y 14.000 millones en gas- para la perforación de unos 3.000 pozos -2.000 de petróleo y 1.000 de gas-. Ello requeriría, siempre en palabras de la ex Repsol YPF, unos 100 equipos de perforación adicionales a los existentes en el país.
Por supuesto, un tema relevante en toda esta ecuación es el precio que se pagará a las empresas que inviertan en forma independiente o se asocien con YPF en futuros emprendimientos en Vaca Muerta. En opinión de Daniel Kokogian, a los niveles actuales, sería más factible el desarrollo del shale oil que el del shale gas, a no ser que el precio del gas que se paga a los productores locales sufra un notorio incremento, que debería superar incluso los 4 o 5 dólares por millón de BTU que hoy se están pagando en el marco del Programa Gas Plus. “Muy posiblemente –concluye este analista– deberán estar en el orden de los 8 a 10 dólares por millón de BTU, dependiendo del proyecto y considerando, muy especialmente, si el gas es seco o presenta un mayor contenido de líquidos, lo cual mejora notablemente la ecuación económica”.
El desafío de aplicar la ley
DEF conversó con Hernán Giardini, coordinador de la campaña de bosques de Greenpeace, para analizar el nivel de aplicación de la Ley de Bosques. Por Susana Rigoz
El militar universitario
Con sus nuevos planes de estudio, la Escuela Naval Militar y la Escuela de Aviación Militar apuntan a formar oficiales para actuar en escenarios inciertos y analizar situaciones críticas desde perspectivas distintas. Por Lauro Noro
Colombia: Muerto el rey, viva el rey
El presidente colombiano Juan Manuel Santos probó ser un líder con peso propio. Alejándose de los lineamientos de su predecesor Álvaro Uribe, se acercó a Venezuela y Ecuador, y no dudó en tomar contacto con el régimen cubano.
Internet en la Aldea Global
“Se resuelven problemas de la ciencia, el capital, la tecnología, el consumo, pero no los problemas iniciales que son los del trabajo”.
Carlos Fuentes. Última entrevista realizada al escritor por Magdalena Ruiz Guiñazú. Perfil 6/5/2012.
En este número de DEF, realizamos un minucioso desarrollo del concepto de la web 3.0. Una revisión amplia, pero seguramente incompleta, habida cuenta de las miles de implicancias que tiene esta tecnología de punta en el impacto presente y futuro de nuestra vida cotidiana y en los alcances sobre todo el planeta. Acometer una editorial desde las antípodas del conocimiento tecnológico, como es mi caso, implica todo un desafío y dejo para los buenos tecnócratas con los que contamos la responsabilidad de dar esos extraordinarios detalles, algunos deslumbrantes, vinculados a cómo nos afectará esta revolución tecnológica. Me permitiré concentrar mi análisis en las impresiones y dudas que genera el brutal impacto que tiene y tendrá indefectiblemente la irrupción de Internet y sus actuales avances, al punto que es difícil encontrar en la historia próximo pasada parámetros que permitan establecer semejanzas con estos fenómenos con los que hoy convivimos.
Quizás la imprenta presente alguna similitud. Por cierto, hasta 1440 el conocimiento era transmitido por monjes y religiosos dedicados a la copia de obras destinadas a reyes, nobles y otros canónigos que hacían del saber un conocimiento accesible a un mínimo sector de la población mundial. Con la invención de la tipografía atribuida a Johannes von Gutenberg, el conocimiento salió de oscuros conventos y se democratizó, obviamente entendido este concepto en el contexto de la época. El libro cruzó fronteras, llegó a otros lugares del planeta, permitió unificar saberes y transmitirlo a otros, lo que generó una expansión geométrica e inédita del conocimiento. ¿Estos conceptos no les suenan aplicables a la web? Pues sí, ideas parecidas escuchamos a diario, con la salvedad que la imprenta cambió el mundo pero su desarrollo tardó décadas y durante siglos los cambios, si bien significativos, no provocaron más revolución que un importantísimo abaratamiento de costos, lo que permitió sin duda, incrementar y facilitar la democratización de la palabra escrita. Estamos hoy ante un fenómeno similar, pero también diferente, con velocidades cercanas a la ciencia ficción y donde los cambios observados en la vida de una sola persona son tan abrumadores que impiden delinear un horizonte previsible.
Sin intención alguna de abrumar con cifras –ya que son tantas que asustan– tomemos para ejemplificar específicamente el caso de YouTube, el más popular de los sitios donde se suben videos, cuya primera actividad experimental ocurrió en abril de 2005 y que en un solo año tendría 100 millones de reproducciones diarias. ¿Entiende usted estos números? No lo sorprende que un video casero (“Charlie bit my finger, again”) fue reproducido 450 millones de veces y se calcula que si una persona en la actualidad decidiera ver los videos que se suben en el mundo en tan solo 24 horas, debería permanecer sentada frente a la computadora aproximadamente diez años, ni hablar de alimentarse, dormir u otras necesidades.
El anterior fue solo un ejemplo de los miles que apabullan a un neófito. L cierto es que comprender el alcance y el avance de la tecnología, para los que no somos profesionales del tema, es más que complejo, ya que como un virus intrahospitalario lo contagia todo y perdemos de vista hasta dónde influye. Así, desde la Internet 1.0 que le permitía a un acotado número de personas leer contenidos en forma estática, aquella de complejísimas conexiones y sistemas operativos tan poco amigables y que existían allá por los 90, hoy ha corrido un mundo. Transitamos la web 2.0 que ya produjo miles de revoluciones extraordinarias, incluidos conceptos básicos que formaban parte del abc de los conocimientos. Detengámonos solamente en dos de esos múltiples ejemplos. La “biblia de la comunicación” indicaba la existencia de un emisor, un receptor y un medio vinculante. Hoy ha desaparecido para siempre ese receptor estático que se ha transformado en un emisor simultáneo, cuando no un creador vuelto emisor en una nueva interrelación con la comunicación cuyas consecuencias recién estamos intentando comprender. Otro caso aplica a la política, la denominada Primavera Árabe acarreó la caída de otro paradigma esta vez de los analistas internacionales. La mirada de desconfianza e ironía que imponían las ideas de libertad y democracia aplicadas al mundo musulmán cayó con la facilidad de una hoja otoñal en manos de internet, de la comunicación masiva, de la mano de millones de jóvenes que explotaron en las redes sociales.
Es por ello que decimos que la tecnología en nuestras vidas genera incertidumbre en el futuro por la velocidad con que irrumpe y la capacidad de asimilación que tenemos los humanos frente al cambio. Entendemos más que claramente los beneficios que van desde el acceso a los electrodomésticos a distancia, a la programación de cualquier servicio domiciliario; desde el control de los movimientos del hogar desde el celular, hasta los avances en la cirugía a distancia; los robots de alta tecnología o una interconsulta médica desde cualquier lugar del planeta. Ya llega la detección temprana de fenómenos que alteran el medio ambiente y la modificación de los sistemas de explotación agropecuaria o forestal, solo citando algunas mínimas áreas de esta explosión del conocimiento que abarcará tanto al desarrollo, como a la defensa, a la educación, al empleo de los recursos energéticos, al ocio y a la vida toda de las personas.
El próximo arribo de la web Semántica o Internet 3.0, con franqueza, supera mi capacidad de análisis e invito a revisarla en el interior de nuestra revista, muy bien desarrollada, por cierto. Paso entonces a algunos aspectos que me generan verdadera incertidumbre y que están vinculados con la brecha tecnológica y las consecuencias que ello tendrá sobre la aldea global.
Hoy, ya existe el TAG, un dispositivo minúsculo de emisión y recepción de datos programable con miles de usos múltiples, que van desde el control de inventario a facilitar el acceso a edificios, a realizar seguimientos logísticos y mil otras posibilidades. Este minúsculo dispositivo inteligente, ¿a cuántos humanos reemplazará? Si se cumple además la ley de Moore (que indica que la informática duplicará el conocimiento cada dos años), es lícito pensar que nos encontraremos ante un gravísimo dilema en el muy corto plazo. Ocurrirá que la fuerza laboral menos capacitada tendrá mínimas oportunidades en el futuro y es inimaginable pensar cómo podrá afrontar su subsistencia.
No es cuestión de tapar el sol con la mano y dudar de la tecnología o pensar que el conocimiento hará peor nuestras vidas. Eso sería estúpido, pero no pensar además que son justamente esos sectores vulnerables los que no cumplen con un mínimo estándar para acceder a los beneficios prometidos es extremadamente peligroso. Cito cifras mínimas de la Unesco:
- En los países en desarrollo, uno de cada tres niños ven reducidas sus perspectivas educativas por razones vinculadas a la desnutrición infantil.
- En África Subsahariana solo el 5% de los estudiantes llegan a adquirir un título universitario, mientras que en los países ricos, un tercio finalizan sus estudios superiores.
- Hay más de 700 millones de personas analfabetas en el mundo, algo así como el 16% de la población mundial y de ellas dos tercios son mujeres.
A estos datos de la Unesco les podemos agregar datos provenientes de la Organización Mundial de la Salud:
- Según datos de 2008 hay 2600 millones de personas que no cuentan con los servicios básicos de saneamiento ni con acceso a instalaciones higiénicas, lo que representa el 39% de la población mundial.
- Hay 894 millones de personas que no tienen acceso a la cantidad de agua mínima necesaria para la subsistencia, calculada entre 20 y 50 litros por día.
- Según datos del Banco Mundial, hay en el mundo 1500 millones de personas que no tienen acceso a la energía eléctrica.
Estas realidades impiden ser optimistas, pese a los extraordinarios progresos que se avecinan. Las multitudes de excluidos, que carecen de cuestiones tan elementales para sobrevivir, es dudoso que puedan aprovechar estos avances, muchos seguramente, ni tendrán noticias de ellos. Durante todo el siglo XX las instituciones supranacionales se han degradado en su influencia real y hoy pareciera necesario encontrar más que nunca en la historia de la humanidad, acuerdos y nuevos caminos para una conducción global de sistemas que carecen de toda probabilidad de sobrevivir aislados y se encaminan a una interdependencia absoluta. Será muy difícil hacerse el distraído en la “aldea por venir”.
Tal vez, estemos muy interesados en cómo el nuevo smartphone trae escáner o monitor de seguridad, un lector de códigos de barra o un router inalámbrico, también puede ser súper interesante lo que nos acerca a la web 3.0, con nuevas redes y más inteligencia artificial, pero no perdamos de vista las consecuencias humanas y el costo social que se puede pagar en el futuro. Como cita la ley de Moore, todo ocurre muy rápido, tan rápido que de casualidad lo vemos y solo si estamos atentos. Es muy probable que en el futuro esta etapa reciba el nombre de etapa de transición, hasta llegar el momento en que traspasemos la toma de decisiones a los nativos digitales, los muy jóvenes de hoy que sin la mochila del pasado, nacieron en las nuevas tecnologías. Quizás allí, encontremos las respuestas a las dudas del presente.
Los dirigentes por venir deben llevarnos a un futuro lleno de colores y que en lo posible no nos explote en la cara.
Viva Internet
>Por Martín Lucas
En agosto de 2010, la influyente revista Wired tiró la primera piedra. “La Web ha muerto, larga vida a Internet”, puso en la tapa y encendió un debate fascinante que llega hasta nuestros días. ¿De qué hablaban estos muchachos? De varias cosas. Más allá del juego de palabras, lo que allí se preanunciaba era un cambio de paradigma en el modo de vincularnos con una de las herramientas más formidables creadas en los últimos 100 años: Internet. El cambio del modelo, en realidad, tenía que ver con la declinación inexorable de la World Wide Web (www) y con el avance de un sistema de plataformas y aplicaciones en donde el usuario adopta un rol menos activo. Es decir, una nueva Internet en la que ya no se trata tanto de “buscar” sino solo de “obtener” resultados, donde el sistema hace casi todo por nosotros y, en lugar de entregarnos datos sueltos, nos devuelve una respuesta completa y contextualizada, capaz de simplificarnos la vida cotidiana hasta en los detalles más triviales. Nos devuelve una respuesta, digamos, inteligente.
De ahí lo de la “muerte de la web”, tal como era conocida, para dar paso a una renovada etapa de avances tecnológicos que ponen a esta nueva red como la gran articuladora de la vida moderna con impactos muy concretos.
Este parece ser el mapa de lo que viene o, mejor, de lo que ya está sucediendo. Una nueva realidad que implica logros monumentales e interrogantes que serán motivo de debates interminables porque, si se lo piensa un poco, frente a un sistema que asume capacidades y criterios independientes, ¿qué tan abierta será la red? ¿qué tan libre será? Para seguir pensando y discutiendo.
Este mes, mientras tanto, presentamos el futuro de Internet 3.0.
La revolución apenas ha comenzado.
EE. UU. y Brasil: Una rivalidad amistosa
El crecimiento sostenido del gigante sudamericano fue acompañado de una política constante de posicionamiento como único interlocutor válido de la región. Cuál fue la génesis de la cordial distancia que mantienen Washington y Brasilia.
El país de Roman
En los años 80, luego de prestar servicios para el Ejército Rojo, Roman Abramovich encontró la manera de eludir los férreos controles del estado comunista y comenzó sus negocios (ilícitos, como toda actividad económica privada de la época) en el sector de bienes raíces. Poca cosa al principio, pero el hombre supo hacerse un lugar. Hábil empresario y gran conocedor de las intrigas del Kremlin, sus arcas personales crecieron tanto como sus amistades en las altas esferas del Partido Comunista. Con la llegada de la Perestroika, logró legitimar todos sus negocios y en pocos años, de la mano del petróleo, llegó a ser uno de los hombres mas ricos e influyentes del mundo. Hoy tiene 45 años y, entre otras cosas, es el dueño del Chelsea Football Club de Londres. Magnate excéntrico, mediático, arquetipo del “self made man”, Abramovich es una de las caras visibles de la fenomenal transformación que vivió Rusia en los últimos veinte años. Su historia es la historia de esa nueva oligarquía de billonarios formada por los antiguos empleados estatales que, tras un desordenado proceso de privatizaciones, se quedaron con las empresas y las corporaciones del viejo imperio. Hoy, la mayor parte de esa riqueza está fuera del país. No obstante, Rusia sigue siendo Rusia: la octava parte de la tierra firme del planeta, el mayor exportador mundial de gas natural y el segundo de petróleo, un país con altísimos niveles de educación, potencia cultural, científica y militar, uno de los BRICs llamados a dominar la economía global de las próximas décadas. ¿Cómo entender a Rusia hoy desde nuestra mirada sudamericana? ¿Imperial, soviética, monolítica o socialmente efervescente?, se pregunta la periodista Patricia Lee Wayne en la nota especial para DEF que realizó desde Moscú. En el mes de la reasunción de Vladimir Putin, una radiografía del país más grande del planeta.
Violencia: La responsabilidad compartida
“La yuta transa, los chorros transan,
los pendejos transan, los viejos transan.
Somos una banda, nos dedicamos a transar,
a ninguno de nosotros nos gustaría trabajar.
Ganamos más plata, tenemos nuestras limusinas,
pero nada va a pasarnos porque transamos con policías”
Letra de la canción “Transan” de Intoxicados
Convivimos día a día con cientos de hechos delictivos, aquí y en el mundo globalizado. La tecnología, que tanto valoramos, también nos permite vivir el “minuto a minuto” del rating televisivo de cuanto hecho atroz ocurre en cualquier lugar del planeta. Si además fuera posible verlo en vivo y en directo, será aún más valorado. En estos días, entre muchos de esos hechos, seguimos el juicio y la sentencia por la muerte de Ezequiel Agrest. Uno más en esta cotidianeidad violenta, que por alguna razón llamó mi atención y la inquietud fue compartida por muchos de los que me rodean aquí en la redacción. La lúcida madre del joven asesinado, Diana Cohen Agrest, ha hecho de esa muerte una causa de vida y en todos estos meses, desde todas las tribunas posibles, ha alertado sobre los devastadores efectos de la violencia en la vida cotidiana. Su pedido de cadena perpetua para el agresor de su hijo, “como será perpetua su ausencia”, resuena, amplificado, por la serenidad de su rostro sin vida, por su mirada ausente y sin esperanza.
La muerte de Ezequiel, en un robo menor y sin sentido, es tan solo un ejemplo de lo que cada día se plantea en cualquier ciudad de nuestro país y en gran parte del continente. Alguna vez, y creo que en estas mismas páginas hace ya algunos años, rememorábamos aquella célebre canción del panameño Rubén Blade, ese Pedro Navajas, enciclopedia compendiada en pocos párrafos de cómo la miseria, el alcohol y la prostitución no solo acababan con cualquier vida por “dos pesos”, sino que de esa muerte se salía cantando, sin remordimiento, la vida loca que sigue así sin más, hasta mañana, que mañana vemos. Sentimos durante mucho tiempo, durante décadas y décadas, que ese tipo de crímenes aberrantes eran algo lejano a nuestra idiosincrasia y los identificábamos con específicos lugares que nuestras abuelas recomendaban no visitar. Hoy, enfrentando ese día a día de la violencia sin sentido, es casi imposible recordar aquel tiempo pasado. Un tiempo donde la aparición de un Robledo Puch u otro asesino serial era motivo de interminables tertulias, de explicaciones sociológicas y filosóficas apropiadas para el café de la tarde, y en donde en ninguna imaginación cabía una explicación digna de ser aceptada. Hoy el nombre de matones o violadores ni siquiera es recordado, ya que se reemplaza a veces en el mismo día, y el incremento de la bestialidad y saña solo es superado por el acto esperable de mañana.
No se trata de Carteles, bandas o sicarios internacionales, que los hay y de los buenos. Tampoco de la violencia política, de la represión o del terrorismo, de lo que supimos ser híper expertos. Hoy el robo de una cartera o de una mochila, la irrupción en un cajero automático o una violenta golpiza por un par de zapatillas pueden ser motivo de la más absurda de las tragedias. Sea Argentina, Brasil, Colombia o Nicaragua, la hora de esa violencia globalizada ha llegado al continente, y Sudamérica es líder… Tristemente líder.
En muchos casos, según el lugar político desde donde se mire, se creerá que esa sensación es ficticia y alimentada por la morbosidad de los medios o usada por los opositores con fines políticos. Sin embargo, la tasa de criminalidad en América Latina es bastante más que alarmante. El promedio de homicidios se duplicó en un cuarto de siglo (1980-2006) e invita a pensar en la necesidad de un profundo replanteo que exceda y en mucho, las posturas clásicas acerca de cómo enfrentar tremenda problemática: mano dura o garantismo son dos posiciones que se alternan según el humor social y ambas terminan fracasando por tener una mirada sesgada y, además, porque finalmente, trata de víctimas y de victimarios dejando casi siempre afuera el análisis de las realidades sociales que vivimos más allá de las obvias declaraciones apropiadas y de rigor sin analizar con seriedad los profundos cambios sobre actitudes, costumbres y formas de afrontar la vida de nuestras sociedades. Los antecedentes son lamentables y a ello debe sumarse que siempre son los más vulnerables aquellos sectores sobre los que hace pie el flagelo: los jóvenes, los pobres y los indigentes, los que tienen pocas probabilidades de sobrevivir en un mundo competitivo.
Definida por el secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), José Miguel Insulza, como una “verdadera epidemia” que afecta a una buena cantidad de ciudades del continente, la inseguridad es hoy una de las mayores amenazas que enfrenta nuestra región. Según datos de Naciones Unidas, el 40% de los homicidios y el 66% de los secuestros que se producen en el mundo tienen lugar en América Latina y el Caribe. Por su parte, el último sondeo de Latinobarómetro arroja que el 70% de los habitantes de la región teme ser víctima de un delito violento.
Paradójicamente, el aumento de la inseguridad ha ido en paralelo con un proceso de crecimiento económico sostenido que se ha traducido en cifras récord, en un contexto de altos precios de las commodities y de equilibrio macroeconómico en la mayoría de los países, que contrasta con el escenario que se vivía apenas dos décadas atrás. Esta excepcional situación ha incidido en un descenso de los índices de pobreza e indigencia. De acuerdo con la información suministrada por la Comisión Económica para América Latina (Cepal), entre 1990 y 2010 la tasa de pobreza en el continente se redujo en 17 puntos porcentuales, al pasar del 48,4% al 31,4% de la población; mientras que la de indigencia bajó 10,3 puntos, al pasar del 22,6% al 12,3% de la población. Ambos indicadores se sitúan en su nivel más bajo de los últimos veinte años.
Más allá de la buena performance macroeconómica, el problema sigue siendo la existencia de una fuerte desigualdad y un gran contraste entre los distintos estratos sociales, situación que el investigador Bernardo Kliksberg identifica como “la trampa de la pobreza”. Tal como admite la propia Cepal en su Panorama social de América Latina 2010, la distribución del ingreso en la región se encuentra “entre las más desiguales del mundo, característica que se ha mantenido a lo largo de las últimas cuatro décadas”. “A grandes rasgos -explica el informe- el ingreso captado por los cuatro deciles más pobres es, en promedio, menos del 15% del ingreso total, mientras que el decil más rico capta alrededor de un tercio del ingreso total. Asimismo, el ingreso medio captado por el 20% más rico de la población supera en 19,3 veces al del quintil más pobre”.
Sin dudas, la droga y la exclusión hacen su trabajo día a día, sin prisa pero sin pausa. Cuando decimos que es necesario salir de la lógica del análisis puntual sobre el fenómeno de la violencia para encarar reformas profundas, cambios de paradigmas sociales y pautas educativas que arrastran costumbres casi atávicas de nuestras sociedades es porque entendemos que solo ahí encontraremos caminos, largos y sin atajos posibles, pero que den resultados duraderos y cambien la lógica del miedo imperante en la vida de todos nosotros.
Tal como indica Kilksberg, este fenómeno epidémico que vivimos tiene causas profundas que la inmediatez de los grandes medios no permite abordar. El cóctel mortal lo conforman la pobreza, la indigencia, el deterioro de los niveles educativos y la ausencia de posibilidades laborales. Hace pocos meses, en un foro de Juventud y Seguridad, Insulza advertía que 38 millones de jóvenes no van a la escuela ni trabajan en América Latina. Se refería a la cuarta parte de la población y lamentaba que las posibilidades de que un joven de la región muera son “treinta veces mayores que la de un joven en Europa”.
La anomia -del griego a-nomos, “ausencia de ley”- es esa situación tan común en nuestro entorno latinoamericano, que se caracteriza por la degradación de las reglas sociales, o directamente su eliminación, y que tiene un alcance mucho mayor del que aplica a delincuentes, personas en riesgo y aun las propias víctimas. Implica que importantes (a veces mayoritarios sectores de la sociedad en nuestro continente) carecen de cualquier esperanza y que no importa ya siquiera cuánto se esfuercen, pues la distancia que impone una desigualdad crónica que nace en un hogar mal alimentado, sin servicio básicos, ni siquiera agua potable, que luego se extiende a una escolarización más que mediocre e incompleta para arribar posteriormente a un sistema de trabajo legar donde nunca se cumplen los mínimos requisitos para ser incorporados. Es en ese círculo vicioso donde la droga, la promiscuidad, el alcohol y la desintegración familiar hacen caldo del peor de los cultivos desde donde surge una violencia que crece todos los días. Esto no es obra de la casualidad; no son peores los seres humanos en El Salvador (66 muertes cada 100 mil habitantes) u Honduras (82) que en Finlandia (2,5) o Noruega (0,71). Lo que es innegable es que infinitamente peores son las circunstancias en las que las sociedades latinoamericanas se desenvuelven. No es casual que Noruega y Finlandia figuren respectivamente en el primero y en el vigesimosegundo lugar en el Índice de Desarrollo Humano del PNUD, mientras que Honduras está en el 105º puesto y El Salvador ocupa el lejano 121º lugar.
Como manifestó hace pocos días Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Cepal, en la apertura de la VI Cumbre de la Américas en Cartagena de Indias, “la desigualdad conspira contra el desarrollo y la seguridad. Nuestra región puede crecer más y mejor. El paradigma hoy es igualar para crecer y crecer para igualar”.
¿Dónde está la Argentina? Curiosamente alejada de los peores índices de la región, tanto referido a los delitos como a la pobreza. Hace solo nueve años, en plena crisis de 2001-2002, el 57,5% de nuestros habitantes se ubicaba por debajo de la línea de pobreza y el 27,5% era indigente. La situación mejoró notablemente y se refleja claramente en los datos del Indec del primer semestre de 2011, donde observamos que la tasa de pobreza es del 8,3% y la de indigencia, del 2,4%. En 2002 también se había alcanzado el pico de inseguridad, con una tasa de homicidios de 9,2 por cada 100.000 habitantes. La cifra descendió a 5,3 homicidios por cada 100.000 habitantes, una de las más bajas de la región. Sin embargo, los bolsones de pobreza –particularmente, en los cordones que rodean a las grandes ciudades– siguen siendo un caldo de cultivo para la proliferación de crímenes violentos, como los asesinatos en ocasión de robo, y los asaltos con toma de rehenes, que décadas atrás eran poco habituales en nuestro país.
La convivencia con el miedo no tiene antecedentes en nuestra sociedad, quizás por aquello que decíamos más arriba. ¡Cuán lejos estábamos de vulnerar los límites de los acuerdos sociales básicos en el pasado y cuán rápidamente nos hemos acostumbrado a convivir con la delincuencia! Tenemos ideas, diagnósticos, inteligencia y diversidad de opiniones y alternativas. En lugar de caer en antinomias y en soluciones dogmáticas, será fundamental la voluntad sostenida y mínimos consensos para romper el círculo vicioso de la desigualdad.
Aquí y en toda la región, se hace imprescindible encontrar puntos de coincidencia que recuperen los valores perdidos y den lugar de inicio de un largo camino de recuperación del respeto por “el otro”. Las claves para alcanzar este ambicioso objetivo exigirán alejarse del consumismo inútil y esclavizante, trabajar sobre las cotidianas costumbres que vulneramos y rompen el contrato social a cada paso y, fundamentalmente, respetar y hacer respetar la justicia como un bien supremo de la convivencia democrática. Si algo es fundamental, es el respeto por la justicia y el cumplimiento de las normas.
Todos somos responsables y no cabe echar culpas al político de turno. Por brillante que este sea, poco importa su idoneidad, porque la ciclópea tarea solo puede ser realizada por la sociedad en su conjunto. Únicamente alejándonos del atajo y del camino fácil, encontraremos la ruta de una vida digna de ser vivida por todos. No bajemos los brazos. El esfuerzo vale la pena.

