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Los senderos de la droga

El mapa del tráfico ilícito de estupefacientes coloca a América Latina en una zona caliente del planeta. DEF reconstruye el rompecabezas de un fenómeno que atraviesa fronteras y  pone en jaque la autoridad del Estado a lo largo del continente.

De acuerdo con el Informe Mundial de Drogas 2013, publicado por la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), unos 315 millones de personas de entre 15 y 64 años consumieron algún tipo de sustancia ilícita a lo largo del último año. Dentro de ese universo, el número de drogadependientes se ubicaría en torno a los 39 millones. Aunque la marihuana sigue siendo por lejos la droga de mayor consumo, con un público usuario de alrededor de 230 millones de personas; la preocupación central de los gobiernos latinoamericanos, de EE.UU., de Europa y de las agencias internacionales gira en torno a la cocaína, que cuenta con un mercado de unas 20 millones de personas.

Siempre siguiendo las cifras de la UNODC, más de la tercera parte de los consumidores de cocaína se encuentra en EE.UU. y una cuarta parte de los usuarios se localiza en Europa. Ahora bien, la producción de esta droga requiere de un insumo básico, la hoja de coca, cuyos cultivos se concentran en los países andinos, más precisamente en Bolivia, Perú y Colombia, donde también se encuentran los laboratorios para la elaboración de la droga. Existen, según el informe, “indicios de que mientras el mercado de EE.UU. seguía proveyéndose casi exclusivamente de cocaína producida en Colombia, en los mercados europeos se produjo un desplazamiento a partir de 2006 que compensó, al menos parcialmente, la escasez de cocaína producida en Colombia con cocaína fabricada en Bolivia y en Perú”. La UNODC señala, asimismo, que estos dos últimos países han pasado a ser “importantes fuentes de cocaína para los mercados ilícitos de Brasil y los países del Cono Sur”, aunque “una parte de la droga transportada a Brasil posteriormente se envía de contrabando a África (sobre todo al África occidental y meridional) para luego ser encaminada a Europa, su destino final”.

Consultado por DEF, el abogado peruano Ricardo Soberón, ex presidente ejecutivo de la Comisión Nacional para el Desarrollo y Vida sin Drogas (Devida) y actual director del Centro de Investigación Drogas y Derechos Humanos (CIDDH), sostiene que “el narcotráfico alrededor de la cocaína evoluciona permanentemente en el territorio de América del Sur, respondiendo a los intentos por contenerlo por parte de la UNODC, de EE.UU., la Unión Europea y los nuevos actores de integración sudamericanos”. En cuanto a los cultivos de coca, asegura que “éstos continúan dispersándose y fragmentándose, corriendo su extensión hacia la Hoya Amazónica (donde comparten límites Colombia, Perú y Bolivia) y hacia las zonas de frontera con el Brasil”. Pone como ejemplo el rol que han asumido los países centroamericanos como “espacio de tránsito de la droga” y la importancia del Cono Sur como “nuevo corredor geográfico y económico de la PBC (pasta base de cocaína) desde el VRAE (Valle de los Ríos Apurímac y Ene, en la selva central del Perú) hacia las ciudades brasileñas”.

LAS CLAVES DEL NEGOCIO NARCO

“La droga per se no debería ser rentable”, afirma, en diálogo con DEF, el experto colombiano Ricardo Rocha García, economista de la Universidad del Rosario de Bogotá y autor de numerosas investigaciones acerca del fenómeno del narcotráfico en su país. Este especialista explica que se trata “un negocio sumamente simple, de muy baja tecnología, cuyos insumos son básicamente dos, la violencia y la corrupción”. “El misterio consiste en sacar a los competidores del mercado y apropiarse de las rutas”, añade este investigador, quien explica que los narcos buscan establecer “santuarios” para su operación y utilidades. En su libro Las nuevas dimensiones del narcotráfico en Colombia, este autor puntualiza que “durante las últimas dos décadas, la oferta y la demanda de cocaína (medida como el consumo más los decomisos) se han movido estrechamente, con una tendencia creciente que ha permitido doblar el volumen del mercado, a expensas de reducir su valor”.

En un trabajo publicado en julio de 2010, el economista Daniel Mejía y el estudiante Daniel Rico, ambos de de la Universidad de los Andes, analizan la “microeconomía” de la producción y el tráfico de cocaína en Colombia y describen los sistemas utilizados por la guerrilla de las FARC y otros grupos ilegales. “Bajo un primer esquema –explican– estos grupos venden la cocaína en la puerta de laboratorio a los narcotraficantes, que se encargan de recoger el producto en aeronaves o embarcaciones fluviales en las selvas de Colombia para transportarla fuera del país”. Una opción alternativa, utilizada  más recientemente, implica una “alianza estratégica de riesgo compartido”. En cuanto a la logística y los tiempos de transporte, los autores apuntan que “mientras que por la ruta hacia Norteamérica un cargamento puede tardar unas pocas semanas en llegar a su destino final (ocho semanas aproximadamente), la ruta por Europa toma mucho más tiempo (seis meses aproximadamente). Con esto, a pesar de que el precio de venta en Europa es mucho mayor, los costos son mucho más altos y el envío tarda más tiempo”.

Por su parte, el ex presidente de la Comisión Antimafia del Parlamento italiano, Francesco Forgione, menciona en su libro Mafia export el volumen de la riqueza producido por el “ciclo de la coca” a nivel global: “Al comprarla a los productores colombianos o bolivianos, un kilo de coca cuesta, como media, entre 1200 y 1500 euros. Cuando se vende al por mayor, el precio de la misma cantidad se dispara a los 40.000 euros. Aplicando el cálculo a los datos proporcionados por la ONU para el año 2008, las 994 toneladas producidas en Sudamérica deben multiplicarse por cuatro o por cuatro y medio –el factor correspondiente al paso de la cocaína pura a la cortada–; si utilizamos la segunda de las proporciones obtenemos una cifra de 4.473 toneladas introducidas en el mercado mundial. Si luego se considera que en la venta al por menor la cocaína se vende a una media de 70 euros el gramo, la ganancia será al final de cerca de 313.110 millones de euros. Si tenemos en cuenta el paso del productor al mayorista, y luego el trapicheo al por menor, y añadimos algunos costos fijos de intermediación, podemos estimar que, en un año, sólo el mercado de la cocaína produce un volumen de negocio equivalente a 354.661 millones de euros, o 465.989 millones de dólares estadounidenses”.

De todos modos, el Informe Mundial de Drogas precisa que las ganancias derivadas del tráfico de cocaína disminuyeron notablemente en los últimos años. “En valores constantes del dólar de EE.UU. en 2009, las ventas mundiales de cocaína se redujeron en casi la mitad entre 1995 y 2009, de 165.000 millones de dólares a 85.000 millones (margen de variación: 75.000 a 100.000 millones de dólares)”. En cuanto a su incidencia en el volumen de ingresos generado por el crimen organizado, según la UNODC, en 2009 las drogas representaron aproximadamente una quinta parte del producto del delito a nivel mundial.

LA REGIÓN ANDINA, EN EL OJO DEL HURACÁN

Según el último monitoreo de la UNODC, la superficie cultivada de hoja de coca en los países andinos asciende a 133.700 hectáreas, de las cuales 60.400 a Perú, 48.000 a Colombia y 25.300 a Bolivia. Cabe destacar que en los últimos trece años Colombia logró reducir en un 70% el número de hectáreas cultivadas, al pasar de 160.000 en 1999 a las actuales 48.000. Mientras tanto, en el mismo período, Perú vio aumentar su propia superficie cultivada en un 35,9%, al pasar de 38.700 hectáreas a las actuales 60.400; en tanto que los cultivos de coca en Bolivia se incrementaron en un 16,05%, al pasar de 21.800 a 25.300 hectáreas. Existen divergencias entre las cifras de la UNODC y del Departamento de Estado de EE.UU. en lo que se refiere a la producción potencial de cocaína de Colombia, que según el organismo de la ONU asciende a 345 toneladas métricas, mientras que para EE.UU. se limita a 175 toneladas métricas. Mientras tanto, para EE.UU. Perú sería el mayor productor de cocaína pura, con 290 toneladas métricas. Bolivia, por su parte, contaría una producción potencial de 155 toneladas métricas.

Citando datos de diferentes informes de la UNODC, Ricardo Rocha García recuerda que hacia mediados del siglo pasado Bolivia y Perú eran los únicos grandes cultivadores de hoja de coca. “La creciente demanda de cocaína en EE.UU. y Europa durante los años setenta fue atendida a través de un puente aéreo con los cultivos de coca de Perú y Bolivia, que tenía como centro de consolidación de carga a Colombia, donde se propició la maquila de la base de coca para apropiarse del valor agregado de la extracción del alcaloide e incursionar en el mercado mayorista”, recuerda este investigador, quien añade que “durante la década de los ochenta las mafias colombianas llegaron a controlar más de la mitad del abastecimiento del mercado”. Fue la época de oro de los Carteles de la droga y del poder casi omnímodo de Pablo Escobar Gaviria (Cartel de Medellín) y de los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela (Cartel de Cali).

Este panorama sufrió importantes modificaciones durante la primera mitad de los noventa, cuando las políticas implementadas contra el narcotráfico cambiaron la “geografía de la distribución y la inserción de los países involucrados”. “Las rutas de exportación de los años ochenta a través del Caribe y el Golfo de México, con predominio de los Carteles colombianos, fueron desmanteladas a mediados de la siguiente década”, puntualiza Rocha. La desarticulación de los Carteles por parte del Estado colombiano y la política de interdicción aérea determinaron, entonces, “el retorno de la operación mayorista de la comercialización de cocaína a sus tenedores naturales, las mafias mexicanas, que reasumieron ese papel protagónico”. “Actualmente la cocaína se despacha por mar hacia Centroamérica y México, donde hace tránsito terrestre hacia Norteamérica”, concluye este analista, quien no deja de advertir que el mercado europeo ha ganado importancia en los últimos años “mediante la proliferación de rutas a través de todo el hemisferio, con escala en la Península Ibérica, Holanda, África Occidental y los Balcanes”.

A partir de la segunda mitad de la década del noventa, el despliegue por parte de Perú y Bolivia de programas de interdicción aérea y de erradicación de cultivos quebraron el puente aéreo y la provisión del insumo clave –la hoja de coca– a Colombia. Así fue como se inició la expansión de los cultivos en Colombia, a contramano de las condiciones ambientales, pues –como aclara Rocha– las variedades desarrolladas en suelo colombiano daban productividades inferiores a las de Bolivia y Perú, lo cual obligó a buscar una mayor expansión del área cultivada y a introducir mejoras tecnológicas para optimizar su rendimiento. La desaparición de los grandes Carteles colombianos abrió una nueva fase en esta historia y representó, a juicio de Ricardo Rocha, “una disminución significativa en la apropiación de valor” por parte de las organizaciones de narcotraficantes de ese país, que “ha quedado confinado al eslabón productivo, como proveedor de los operadores extranjeros del mercado mayorista”.

En ese nuevo escenario, analiza el propio Rocha en su trabajo Antecedentes y perspectivas del narcotráfico en Colombia, “las guerrillas y los grupos paramilitares encontraron una fuente de financiación en los impuestos a los cultivos y a la exportación, lo que les permitió una mayor acción militar entre ellos y contra el Estado, lo cual explica la escalada del conflicto interno y los magros resultados de las políticas de control de cultivos”. Fue en ese preciso momento, hacia fines de 1999, que dio inicio el denominado “Plan Colombia”, una estrategia exitosa en cuanto a la erradicación de cultivos pero que no pudo avanzar en mejoras sociales ni en transformaciones para la población afectada por estas actividades. “Esta estrategia de choque se quedó en medidas de garrote”, analiza este experto, quien lamenta que “no se haya podido lograr un turning point mejorando las condiciones de vida de los habitantes de zonas rurales, que no son únicamente víctimas de la pobreza, sino que se encuentran en una situación de fragilidad frente a los grupos criminales armados”. Estos últimos ya no son los viejos y temidos Carteles, sino nuevas bandas criminales, conocidas en Colombia como “Bacrim”, que cuentan con “un esquema de operación urbano que aprovecha la informalidad y marginalidad”.

EL CONO SUR: DE ZONA DE TRÁNSITO A CRECIENTE MERCADO DE CONSUMO

¿Qué ocurre, mientras tanto, en nuestro país? Consultamos a Adriana Rossi, especialista en narcotráfico e investigadora de la Universidad Nacional de Rosario (UNR). “Argentina siempre ha sido una ruta secundaria del narcotráfico –señala–. En los últimos tiempos se han producido modificaciones en la estructura misma de las organizaciones y en lo que se refiere al control de determinadas rutas, lo que ha llevado a las organizaciones responsables del tráfico de drogas a buscar rutas más seguras”, agrega. Entre esas nuevas rutas, destaca una que va desde las zonas productoras de coca de Colombia, Perú y Bolivia hasta Paraguay y desde allí, a Brasil, Argentina y Uruguay. Desde el Cono Sur, parte de la droga se embarcaría directamente hacia Europa y otra parte tomaría una nueva vía de tránsito hacia África Central, desde donde se desviaría hacia los mercados consumidores en Europa y Asia.

Al preguntarle respecto del rol que desempeña Argentina en este nuevo mapa de la droga, Rossi recuerda que, al margen de ser una ruta de tránsito, desde hace ya muchísimos años somos un “mercado de consumo”. Aclara, de todos modos, que “la violencia que se está desarrollando en este momento en la Argentina no está determinada por la presencia de los narcos colombianos y mexicanos. Se trata, más bien, de una violencia entre bandas por el dominio del territorio”. Esta experta se encarga de dejar muy en claro que no podemos convertirnos ni en Colombia ni en México: “No somos Colombia porque no tenemos cultivos y no existen en el país fenómenos como la guerrilla y el paramilitarismo; es decir, no tenemos una trama de confrontación ni un conflicto interno que pueda ser aprovechado por los narcotraficantes para expandirse. Tampoco somos México porque no tenemos una frontera común con EE.UU”.

Es innegable, sin embargo, que el mercado de consumo local ha ido creciendo y que logra abastecerse gracias a la producción de “cocinas artesanales”, ubicadas en los alrededores de la Capital Federal y en las zonas de frontera, donde –aclara Adriana Rossi– “es mucho más fácil importar la pasta base que la cocaína”. “La situación de la Argentina –sintetiza– podría asemejarse, en todo caso, con lo que sucede en Brasil, con las bandas de narcotraficantes que compiten entre ellas por el dominio de las bocas de expendio instaladas en las favelas de Río de Janeiro y San Pablo”. Los ejemplos típicos, aunque la dimensión del fenómeno no tenga hasta el momento punto de comparación con nuestro país, son el histórico Comando Vermelho, activo en Río de Janeiro, y el Primeiro Comando da Capital, presente en San Pablo, ambos surgidos de las cárceles y convertidos en verdaderas confraternidades dedicadas al delito.

POLÍTICAS ANTINARCÓTICOS: ¿HACIA UN CAMBIO DE PARADIGMA?

Luego de décadas de combate al narcotráfico centrado casi exclusivamente en la vía militar, comienza lentamente a abrirse en la región un debate sobre la necesidad de un cambio de rumbo para enfrentar este flagelo. En febrero de 2009, la Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia –presidida por los ex mandatarios César Gaviria, Ernesto Zedillo y Fernando Henrique Cardoso– dio a conocer un documento en el que se planteaba un nuevo paradigma: “Tratar el consumo de droga como un tema de salud pública y promover la reducción de su uso para focalizar la acción represiva en sus puntos críticos: la disminución de la producción y el desmantelamiento de las redes de traficantes”. Los ejes principales de la propuesta eran cinco: por un lado, transformar a los adictos en pacientes del sistema de salud; en segundo lugar, evaluar la conveniencia de descriminalizar la tenencia de marihuana para consumo personal; como tercer punto, reducir el consumo de drogas a través de campañas innovadoras de información y prevención; como cuarta medida, focalizar las estrategias represivas en la lucha contra el crimen organizado; y, finalmente, reorientar las estrategias de represión del cultivo de plantas como la coca, atendiendo la tradición ancestral de su uso y promoviendo medidas para que la producción se ajuste estrictamente a ese tipo de consumo.

Este cambio de enfoque, paradójicamente, es defendido incluso por mandatarios ubicados ideológicamente en el campo conservador, como el presidente guatemalteco Otto Pérez Molina y el colombiano Juan Manuel Santos. “Precisamente debido a los fracasos ocurridos en cada uno de estos países, estos gobiernos solicitan a la comunidad internacional asumir que hemos fracasado en el control de este mercado ilícito”, apunta, desde Perú, Ricardo Soberón, quien considera que este cambio de actitud trae consigo “un viento fresco que ha removido las vetustas estructuras de un régimen incoherente, simbólico, basado en el control punitivo”. No deja de lamentar que los gobiernos “supuestamente progresistas” no hayan asumido ese mismo compromiso en el sentido de replantear las políticas antinarcóticos en la región. “La presión externa es muy fuerte y el rol que juegan la ONU y EE.UU. todavía pesa en el plano hemisférico”, explica este experto, quien espera cambios a nivel local y nacional pero no se hace grandes ilusiones con un nuevo paradigma en la lucha contra las drogas a nivel continental.

Quien también ha planteado públicamente su propuesta de una “nueva hoja de ruta” en el combate a las drogas es el economista colombiano Francisco Thoumi, gran conocedor del tema y actual miembro de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFA). En una carta abierta al presidente de su país, publicada en noviembre de 2011, le reconoció a Juan Manuel Santos “su valentía al expresar la necesidad de reprensar las políticas contra las drogas” y lo alentó a negociar cambios sustantivos al régimen vigente en la materia dentro de Naciones Unidas y no bilateralmente con EE.UU. “Si se acepta que el problema fundamental es de gobernabilidad, las políticas represivas deben concentrarse en atacar la criminalidad, es decir, las redes del narcotráfico, en lugar de atacar el eslabón más débil políticamente, los campesinos cocaleros”, manifestó Thoumi en su misiva al primer mandatario, al tiempo que vaticinó que los mercados de drogas psicoactivas “llegarán a ser regulados y controlados aceptando como legítimos algunos usos no médicos o de investigación científica, posiblemente cuando se desarrollen controles sociales o tecnologías que neutralicen los costos de las adicciones”.

El problema ha quedado planteado. La solución a este flagelo requiere, a juicio de los principales expertos en el tema, de una mirada innovadora. La acción coordinada de los gobiernos de la región y la cooperación entre las agencias locales e internacionales será fundamental para concentrarse en el combate contra el eslabón más fuerte de la cadena, las organizaciones delictivas dedicadas al tráfico de drogas, que controlan un mercado que genera cada año miles de millones de dólares y siembra de violencia buena parte de nuestro continente.

El desembarco del narcotráfico

La detención en Pilar, en octubre de 2012, del colombiano Henry de Jesús López Londoño, alias “Mi Sangre”, confirmó una realidad difícil de ocultar: la Argentina es elegida como refugio por grandes capos de organizaciones dedicadas al narcotráfico. La radiografía de un fenómeno que preocupa.

Los largos tentáculos de las “bacrim” colombianas

Surgidas en los últimos años tras la desmovilización de los paramilitares, las bandas criminales colombianas han ocupado el espacio vacío dejado por los Cárteles de la droga. Los tentáculos de las bacrim llegan a nuestro país.

Surgidas en los últimos años, tras la desarticulación de los grandes Carteles del narcotráfico y luego de la desmovilización de los grupos paramilitares, las bandas criminales colombianas –conocidas como Bacrim– son definidas oficialmente como “estructuras delincuenciales nacionalmente desarticuladas, con un alto poder corruptor, intimidador y armado, que han combinado la producción y comercialización de drogas con la afectación violenta de los derechos y las libertades de los ciudadanos en las zonas rurales y en la periferia de algunos centros urbanos del país”. En su trabajo Las Bacrim y el crimen organizado en Colombia, el politólogo Carlos Andrés Prieto –coordinador del área “Dinámicas del conflicto y negociaciones de paz” de la Fundación Ideas para la Paz– identifica tres grupos que han confluido en las Bacrim: por un lado, reductos de los grupos desmovilizados; por otro, estructuras armadas que nunca se desmovilizaron; y un tercer conglomerado formado por sectores desmovilizados que se han rearmado como nuevos grupos, aprovechando el vacío de poder dejado por los paramilitares en las regiones donde tenían presencia.

Dentro del universo de las Bacrim, Prieto identifica cinco grandes bandas: Urabeños, Rastrojos, Renacer, Machos y sectores disidentes del Ejército Revolucionario Popular Anticomunista de Colombia (ERPAC), que, según datos oficiales y relevamientos de la propia Fundación Ideas para la Paz, tendrían presencia entre 190 y 200 municipios, con cerca de 4800 hombres en sus filas. A principios de 2012 se conoció el presunto acuerdo entre los Urabeños y los Rastrojos, que se habrían repartido el territorio nacional. Los primeros se habrían asegurado primeros la zona norte del país, desde Antioquia –departamento cuya capital es Medellín– hasta La Guajira –en el extremo norte, entre el Mar Caribe y el Océano Atlántico, fronterizo con el estado venezolano del Zulia–. Por su parte, los Rastrojos habrían ratificado su control sobre la costa del Pacífico, desde Antioquia hasta Nariño –en el extremo sudoccidental, fronterizo con Ecuador–.

Contactos en Argentina

En su informe, publicado en marzo de este año por la Friedrich Ebert Stiftung (FES), Prieto hace mención al lavado de activos por parte de estos grupos en Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay, donde también destaca “la participación de narcos colombianos en empresas legalmente constituidas”. Un claro ejemplo de este último dato es el nexo que tenía el colombiano Ignacio Álvarez Meyendorff –recientemente extraditado a EE.UU.– en nuestro país con la constructora San Judas (con domicilio legal en Puerto Madero), la empresa Fara S.A. (dedicada al cultivo de soja y maíz, con sede declarada en la calle Florida) y la mayorista de carnes Cattle de Argentina S.A. (denunciada en 2007 por la AFIP por evasión impositiva).

Por otro lado, según un informe de la red Caracol TV de Colombia, los Urabeños y La Oficina, otra bacrim con presencia en Medellín, habrían  sellado una “tregua de alto el fuego durante una serie de reuniones que habrían tenido lugar en la ciudad de Buenos Aires”. Así lo difundió la cadena televisiva en su programa El Informante:

Click para ver el programa “El Informante” de CaracolTV

Antonio Navarro Wolff: “El manejo del postconflicto es vital”

El dirigente colombiano Antonio Navarro Wolff, ex comandante del grupo M-19 y artífice de la transición colombiana, se refiere a los avances en el proceso de paz con las FARC y a los desafíos que enfrenta Colombia en materia de seguridad pública.

“Un porcentaje de desmovilizados se reciclará en la criminalidad”

El alto consejero presidencial para la Convivencia y la Seguridad Ciudadana de Colombia, Francisco Lloreda, dialogó con DEF sobre los desafíos que trae aparejado el escenario de posconflicto ante una posible desmovilización de las FARC. Especial desde Bogotá

Un desafío impostergable

La mayor parte de los problemas que tendrán que enfrentar los Estados latinoamericanos están en el campo de las nuevas amenazas, de las guerras híbridas al terrorismo, del combate a formas delincuenciales organizadas y el problema del control territorial”.

Armando Borrero, magíster en Ciencia Política y experto en Defensa y Seguridad

“Seguridad regional en América Latina: retos y perspectivas en el siglo XXI” (Bogotá, 8/11/2013)

Casi con diez años de existencia, DEF ha intentado en todos estos años generar agenda y hablar de “los temas por venir”. Hoy que el tema narcotráfico y seguridad nacional están en juego y en la primera plana cotidiana de los medios, nos permitimos recordar con amargura que desde nuestros inicios fueron emblemas de esta publicación. Ojalá nuestros pronósticos no se hubieran cumplido, pero lo concreto es que de poco sirvieron las cientos de páginas dedicadas a advertir el crecimiento geométrico de este flagelo que hoy padecemos.

Estamos regresando de Colombia, donde con nuestra Fundación y junto con la Universidad Jorge Tadeo Lozano realizamos una jornada más, dentro del ciclo dedicado a la seguridad en la región. Nos reunimos para hablar de defensa y de fronteras, del narcotráfico y las nuevas amenazas, de la seguridad ciudadana y del rol de las FF. AA. en el siglo XXI. Tal como la experiencia que vivimos en los EE. UU. en el 2010, en aquella oportunidad junto con la Universidad George Washington, podemos asegurar que volvimos con mucho más conocimiento sobre esta problemática, pero también con las mismas convicciones con las que partimos desde Buenos Aires, relacionadas con la gravedad de la situación que enfrentan nuestras sociedades en la lucha de lo que bien podríamos denominar “transnacionales del delito”.

Involucramos en ello al narcotráfico, al lavado de dinero, a la prostitución, a las pandillas, a la trata de personas y al tráfico de armas, todos ellos siempre vinculados con el delito común, con el sicariato, con las extorsiones y los chantajes, con la siempre presente disponibilidad de dinero sucio para comprar voluntades políticas, policiales y de todo aquel que se ponga a tiro ante las necesidades de la delincuencia. Esto también forma parte de la aldea global y es la feroz contracara a los avances científicos, a los avances de comunicación y a la vinculación positiva entre todo el planeta.

Lo concreto es que, disponiendo de una absoluta movilidad y ausencia de leyes y ética propia, el delito no reconoce fronteras, no tiene límites demarcatorios ni tampoco reglamentos de conducta. Su campo de acción es el mundo, y sus procedimientos son cambiantes en cuanto lo requiera la situación imperante. Jamás está atado a consultas o procedimientos, mientras que los que deben enfrentarlos deben requerir instrucciones de sus gobiernos e instituciones a cada hora y en cualquier circunstancia. Nuestra región está en el centro de la escena por múltiples razones, entre otras, porque posee las más importantes zonas de cultivo de cocaína, aún mantiene importantísimos sectores de su población sumidos en la pobreza e indigencia, sus controles tecnológicos y fronterizos son mediocres y la coordinación interestatal no cumple los estándares internacionales aceptables. Casi como un ejemplo metafórico, concordamos todos los que nos reunimos en Bogotá que, tal como la mitológica Hidra de Lema, ante cada cabeza cortada, se regeneran otras, en otro lugar y a velocidades que impiden siempre enfrentarlas con éxito.

Bien, tal como explicaron expertos en inteligencia y otros funcionarios afines, entender la situación es el principio básico para resolver los problemas que emergen de esta compleja problemática. Este concepto básico choca mil veces en la Argentina y en otros países vecinos, con la idea voluntarista de plantear un panorama atenuado, a veces confundido y otras, directamente equivocado. Este es un primer paso fatal para tomar medidas que estarán condenadas al fracaso. Así fue que en la conferencia, planteamos este tema como una idea básica para ser discutida. En mi caso, me permití exceptuar a Brasil de esas consideraciones. Este es un socio particular, con problemas tan graves como los nuestros, pero que los enfrenta de manera excepcionalmente diferente y que, seguramente, será motivo de un análisis en otra oportunidad. Lo cierto es que, tal como dijera su exministro de Defensa, Nelson Jobin, en una conferencia organizada por nuestra Fundación en el 2009: “Brasil encara la estrategia nacional de defensa como un programa de Estado y no como una propuesta política partidaria”. Agrego que a esa propuesta, Brasil le asigna un presupuesto de 33 mil cien millones de dólares para el área y una industria pesada afín única en Sudamérica. Mantenida esa continuidad histórica, expresada por Dilma Rousseff y su actual ministro de Defensa Celso Amorím, es que analizamos en el resto del continente, con sus más y sus menos, los problemas que podemos definir como comunes, a saber:

– Vivimos todos en una región dominada indiscutiblemente por la presencia de los EE. UU., cuya condición de líder en defensa y seguridad en el mundo es apabullante. Su superioridad aérea, naval, tecnológica y en ciberguerra está a la vista con una inversión anual de 682 mil millones de dólares, más que la inversión de los quince países que le siguen, siendo el 40 % del gasto mundial en defensa. Su actual política alienta una reducción de sus fuerzas terrestres, procurando de sus aliados acciones vinculadas a la ocupación, de manera de contrarrestar una opinión pública interna adversa. Esta realidad alumbra al mundo y, de más está decirlo, afecta particularmente al resto de nuestro continente.

– En la región, con las excepciones ya nombradas, las políticas permanentes son excepcionales, el largo plazo casi inexistente y las variaciones entre gobiernos de distinto signo son de tal envergadura, que resulta casi imposible generar estabilidad en áreas donde estas condiciones son básicas para generar estructuras confiables. Cualquier estrategia será útil solo en la medida en que se cuente con el respaldo político y con el tiempo necesario para desarrollarla. Hoy por hoy, frente a cada oportunidad en que el camino se desanda, no ocurre una detención, sino cuando menos el atraso de una década.

– La mayoría de nuestros países se caracteriza por disponer de escasos recursos, de zonas con atrasos importantes; hay pobreza estructural y marginalidad proclive a la delincuencia; el trabajo informal es común y también las migraciones interpaíses que poseen fronteras permeables. Esta es una realidad que requiere siempre el empleo de recursos para paliar situaciones imprevistas; esas urgencias modifican los presupuestos de nuestras economías casi en forma invariable. Todas las áreas del estado quedan afectadas por estos cambios y particularmente las inversiones en Seguridad y Defensa sufren ese deterioro.

– La región presenta ventajas internacionales a futuro de inmenso valor, grandes espacios, agua y energía, zonas aptas para los cultivos, en general con bajas tasas de población y una gran riqueza en biodiversidad que incluye extraordinarios litorales marítimos. Ello obliga, aun contra la propia voluntad, a disponer de Fuerzas Armadas aptas y entrenadas para la defensa exterior, obligando a que sus capacidades requieran poder cumplir con multiplicidad de funciones, algunas antagónicas. Esto ocurre aun existiendo excelentes mejoras entre los países de América por la imposibilidad de armarse de un día para el otro ante la potencial codicia internacional. Se han desarrollado en las últimas décadas múltiples medidas de acercamiento entre nuestros Estados lo que genera altas probabilidades de una convivencia en paz y de que la solución a cualquier diferencia se resuelva por medidas pacíficas. Esta extraordinaria ventaja que brinda un bloque regional como la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) –que destacó por sus intervenciones ante crisis institucionales en Bolivia, Ecuador y Paraguay– debe indudablemente incrementarse con la apoyatura técnica correspondiente y la integración de los servicios de inteligencia de manera concreta y efectiva para poder enfrentar a los trasnacionales del delito, el más inmediato enemigo común que tenemos. En el marco de la Unasur, destacamos la creación, a propuesta de Brasil, del Consejo de Defensa Sudamericano (CDS), con los objetivos declarados de consolidar la región como una “zona de paz” y “constituir una identidad sudamericana en materia de defensa”; así como la constitución del Centro de Estudios Estratégicos del CDS con sede en Buenos Aires. Por último, durante la última reunión en Lima, el Consejo Sudamericano en materia de Seguridad Ciudadana, Justicia y Coordinación de Acciones contra la Delincuencia Organizada Transnacional aprobó el Plan 2013-2017 para la construcción de una red de inteligencia antidelincuencial que debería permitir “armar mapas de violencia criminal que están ligados entre sí, con operaciones en nuestros países alrededor del narcotráfico, lavado de dinero, usura y trata de personas”.

– La escasez de recursos de los que en general disponemos contrasta con el uso parcial de los mismos. Hay cuestiones políticas e ideológicas que siguen dividiendo temas como Seguridad y Defensa, aspecto que hoy de por sí resultan imposibles de dividir. Son ideas que atrasan mucho más que una década y que vienen de la aversión que generan las “políticas de Seguridad Nacional” por las secuelas que dejaron en nuestros países y que aún hoy pagamos. Debemos entender que el contexto en el que se originaron ya no existe y que el Estado debe usar todos sus medios en forma conjunta ante tremendo desafío. Solo como elemental ejemplo, resulta inconcebible pensar en acabar con el narcotráfico en el Gran Rosario sin una adecuada radarización de nuestras fronteras, sin la detección de las pistas de aterrizaje clandestinas en todo el país y sin una coordinación eficaz entre nuestra Fuerza Aérea, nuestra Gendarmería, la Policía Federal, el resto de las fuerzas provinciales y la justicia.

Este es un panorama posible de la situación en la que vivimos. Ahora bien, resulta algo soberbio intentar imaginar un futuro en un mundo global en el que todo cambia a una velocidad donde muy pronto los nativos digitales ya serán antiguos ante las nuevas tecnologías por venir. ¿Qué hacer entonces? No parece buena la solución del ñandú, avestruz americana en extinción en estas pampas, que corre y corre ante el peligro y agotado ante el estrés, cava un hoyo en la tierra y esconde la cabeza. Esa parece una muy mala solución. Nuestra humilde propuesta es simplemente analizar a fondo la situación, no equivocarse en esa mirada estratégica y que de ese análisis surja, más integración, más medidas de confianza, más inversiones y más tecnología. Debemos disponer de leyes consensuadas entre todos, debemos fomentar el prestigio institucional de todas las áreas vinculadas a la Defensa, a la Seguridad y al Poder Judicial. A partir de allí, acompañar con políticas de mediano y largo plazo que se cumplan. Esos son caminos que otros países ya han transitado con buenos resultados.

La Argentina, dentro de este contexto, parece despertar en estos días de un largo letargo, letargo que fue ventaja para el narcotráfico y para la muerte. Así lo atestiguan a diario nuestras estadísticas, también la violencia cotidiana que no requiere de números, también el Paco y el nivel de consumo de cocaína, de la que nuestro país es líder triste en Sudamérica. La Iglesia, la Corte Suprema y las ONG pertinentes alertan sobre este fenómeno que ya tiene zonas incontrolables, incluso con participación de estamentos del Estado del lado del delito. Aquí aplica como nunca el “Argentina somos todos”. Y el gobierno no debiera sentir como un ataque estas voces, no debiera matar al mensajero. Por el contrario, debiera entender y compartir el nivel de preocupación que genera en toda una sociedad que durante décadas supo mirar indiferente el problema, “el problema” que era de otros y ahora les estalló en la cara. No hay tiempo para dilaciones.

Hemos estado muchas veces en Colombia, allí en la querida Bogotá volvimos a conversar una vez más con uno de sus principales líderes, el exgobernador de Nariño y precandidato presidencial, Antonio Navarro Wolf, un sobreviviente del M19, plenamente integrado a la vida democrática y hoy ejemplo de responsabilidad cívica. Me permito rescatar de esa charla informal el concepto de que “cada gobernante tiene el derecho de elegir sus prioridades, pero ellas no deben ser declaraciones de tribuna, sino que deben volverse acto en la asignación de recursos políticos y materiales”. Estas ideas trajeron a mi memoria la crítica de un profesor hace ya muchos años, que con sabiduría, ante la quinta expresión de la frase las “cosas fundamentales a considerar”, dijo: “Si todo es fundamental, nada es fundamental”. Bien, la Defensa Nacional, la Seguridad Ciudadana y la vida y los recursos de todos los países de la región son una responsabilidad de Estado, pero también de todos y cada uno de nosotros.

Si esto es fundamental o no es fundamental es la pregunta que seriamente deberíamos respondernos.

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La tasa de pobreza cerrará en 2013 en un 27,9%, una leve baja de 0,3 puntos porcentuales frente al año anterior.

TAP: Una nueva ruta para el gas del Caspio

Con el visto bueno del Parlamento italiano, comienza a hacerse realidad el Gasoducto Transadriático (TAP), que transportará el gas del yacimiento azerí Shah Deniz hasta Italia, pasando por Grecia y Albania. Se conectará con el Gasoducto Transanatólico (TANAP).

“El narco tiene una capacidad de incidencia muy fuerte”

DEF dialogó con Ricardo Vargas, sociólogo de la Universidad Nacional de Colombia, autor de numerosos estudios sobre el narcotráfico y miembro del Transnational Institute, un reconocido think tank internacional con sede en Amsterdam. Por Patricia Lee Wynne / Especial desde Bogotá

 -¿Cómo ve la situación del narcotráfico en América del Sur?

-En Suramérica el panorama es distinto al de América Central, en la medida en que el tamaño de la región y la capacidad de los países es distinta. La región andina mantiene unos estándares estables de producción de materia prima para procesar cocaína, alrededor de las mil toneladas; eso se mantiene históricamente sin ninguna variación, y veo una dinámica muy fuerte del Cono Sur en su vinculación al tema del tráfico. Esto es lo nuevo, la expansión de este proceso a Suramérica, el incremento del papel de Venezuela como ruta importante de salida de la producción colombiana, el crecimiento del vínculo entre Perú y Colombia. Brasil es un jugador fuerte. Lo de Bolivia con Brasil y Argentina me impresiona. El discurso oficial de Bolivia sobre la hoja de coca, intencional o no, encubre una realidad que no sé a dónde va en términos de compromiso de Bolivia con el narcotráfico y que puede generar un conflicto fuerte a mediano plazo. Hay un silencio del gobierno boliviano frente a ese problema. Brasil, Argentina y Chile experimentan un incremento fuerte de la demanda. En el caso de Brasil, las dinámicas de comercialización siguen intactas, a pesar de los maquillajes que han hecho de ingreso a algunas favelas en Río por lo del Mundial, pero la demanda se sigue moviendo bastante y también la ruta conectada con África para llegar a Europa.

-En términos globales, ¿se ha avanzado o retrocedido en la lucha contra este flagelo?

-Hay una nueva dinámica del narcotráfico que lo hace incontrolable. Todo el dinero que se ha gastado no ha servido. Europa se ha consolidado, es muy estable, esa ruta está muy diversificada y se hace imposible su detección porque se está usando Brasil vía África, Venezuela y Centroamérica. Hay señales de que está creciendo el mercado en Asia, una economía en auge, con muchos aprendizajes del pasado, estructuras muy sólidas, gente muy calificada, procesos de lavado muy sofisticados, y esto hace que las cosas se mantengan, si no peor, igual que han venido desarrollándose. Eso pone en tela de juicio la estrategia. Mientras no se desarrolle una discusión a fondo sobre la estrategia antidroga, la cosa se complica, en la medida en que esta economía mueve otras economías ilegales, que siguen teniendo un impacto muy serio.

-¿Qué influencia tiene el fenómeno del narcotráfico sobre los Estados?

-Emergen mentes que vienen de estas actividades y generan cambios en el sentido de lo estatal, influencian los procesos electorales, alcaldías, gobernaciones, parlamentos. Esto se ha convertido en un problema muy serio desde el punto de vista de la gobernabilidad, y este es el principal peligro que enfrentan todos los países. No es un fenómeno paralelo al Estado, sino que está influenciando las dinámicas del Estado y de las sociedades, como en Colombia o Guatemala. El narco también ha generado una pauta de comportamiento de orden cultural y eso es preocupante, porque genera unos parámetros, unas legitimidades de comportamiento de las sociedades, y eso no se está analizando.

-¿Cuál es el éxito de Colombia en materia de control de narcotráfico?

-El Plan Colombia obedeció más a una lectura sobre la amenaza que representaba la guerrilla a mediados de los años noventa, y se dirigió a fortalecer la capacidad del Estado para controlar un proceso en el cual también estaba envuelto el narcotráfico, porque el fortalecimiento de la guerrilla se produce a partir de la capacidad de control de aéreas y cultivos de coca, que significó un incremento importante de sus ingresos y se reflejó en la guerra, la capacidad de combate, la logística. El Plan Colombia se diseñó para eso, no tanto para hacer una acción envolvente en la oferta de drogas. El balance positivo del Plan Colombia tiene más que ver con ese propósito, no con una estrategia antidrogas: recursos para el rediseño del sistema de defensa, reingeniería de las Fuerzas Armadas, incremento de la capacidad de combate, sobre todo aérea. Esto tuvo un efecto importante en golpear las FARC, pero a nivel de la estrategia contra la droga no fue así, porque la fumigación y la erradicación forzosa no han significado una afectación del mercado global de cocaína donde Colombia es muy importante. Eso me genera muchas dudas sobre la capacidad de Colombia para asesorar a otros países en materia de lucha contra el narcotráfico. El negocio se ha adaptado a las nuevas circunstancias y mantiene su capacidad, reacomodándose. En una negociación con México, Colombia se ha especializado en la producción y traslado de drogas a puntos intermedios, o a países como Argentina, Brasil, Australia y gran parte del mercado europeo. El diagnóstico sobre el caso colombiano está mal hecho. Se ha creado un relato que no tiene soportes claros en la evidencia. En México ven a Colombia como el ejemplo a seguir, pero Colombia tiene un problema serio de legitimación de prácticas mafiosas, de procesos de concentración de la tierra como parte de lavado de activos, de transformación de la estructura agraria en términos no deseables en materia de democratización al acceso de la tierra. Se reduce el narco exclusivamente al circuito ilegal, pero el narco tiene otra capacidad de incidencia muy fuerte, a nivel de la política, de la financiación de campañas, de la pervivencia de estructuras mafiosas en los niveles locales, que afecta incluso el proceso de paz, porque hablar de reforma agraria implica tocar intereses muy fuertes.

-¿Cómo va a afectar el narcotráfico el proceso de paz?

-Yo veo un escollo muy fuerte, que no es la firma de los acuerdos, sino la concreción de la paz a nivel regional, con estas realidades. La construcción de la paz sobre la base de existencia de poderes de este orden va a ser dura, porque estos poderes regionales, que han tenido nexos con élites provenientes del narcotráfico, que se han lavado a través de inversiones en tierras y cultivos de exportación, no quisieron estar en la Habana y no van a aceptar que cambien las cosas. Ahora viene una fase muy complicada para hacer cumplir decisiones sobre restitución de tierras. Esos poderes son más amigos de un modelo de guerra, que dio beneficios exponenciales, y eso oscurece la vigencia del estado de derecho, justifica la autodefensa, el asesinato de líderes campesinos bajo el estigma de ser guerrilleros. Es bastante rentable un escenario de guerra permanente para acabar de modificar la estructura agraria colombiana.