Lesbos: la isla siniestra del mar Egeo
* Por Joaquín Sanchez Mariño
Fue en algún lugar del Mar Egeo, camino a Grecia. Las olas sin embargo lo devolvieron a Turquía. Las olas en ese lado del mundo son suaves y silenciosas. Era otoño. Era 2015. El gomón partió de la ciudad turca de Bodrum rumbo a la isla de Kos. A los pocos minutos naufragó.
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En aquella embarcación, iba la familia entera de Abdullah. Abdullah soñaba con recibir asilo y convertirse en un refugiado más dentro de Europa. Su hermana mucho antes había partido a Canadá, tenía una vida próspera. Él quería algo parecido, o menos: apenas un lugar fuera de la guerra. Su sueño, suficientemente pequeño, se convirtió en su perdición. El 2 de septiembre del otoño del 2015, Abdullah logró volver nadando a tierra firme mientras su mujer y sus dos hijos se ahogaban en ese mismo mar… Pocas horas después apareció la foto.
Supe de Lesbos hace años, cuando en mi primera juventud descubrí los poemas de Safo de Mitilene. No me gustaban, particularmente, o no entendía qué cosa nombraba cada palabra, pero el mito de su figura me hipnotizaba. Mitilene –capital de Lesbos– quedó en mi memoria sin que me diera cuenta. Unos años después sucedió lo de Aylan, que no fue en Lesbos sino en otra isla, pero en el mismo mar. Desde entonces, pienso en ir, como si los poemas de Safo me hubieran confundido con un sentido.
Llegué a Lesbos un lunes de marzo a la madrugada. Recién comenzaba la pandemia. Viajé desde Beirut –donde estaba intentando realizando una cobertura sobre refugiados– a Atenas, y de Atenas a la isla. En Lesbos había un solo caso de coronavirus y estaba controlado. El miedo en ese entonces era otro: la isla ardía por un brote de intolerancia, y los medios hablaban de neofascimo. La recomendación para los periodistas era no ir a Lesbos hasta que las cosas se calmaran. Las cosas –hoy que pasaron los meses– no se calmaron. Sin darme cuenta, había llegado hasta ahí para ver el final de la isla. Para ver, acaso por última vez, el campo de refugiados más grande de Europa: Moria, un nombre prendido fuego.
Europa se horrorizó cuando apareció la foto. Era, dijimos, el año 2015. La imagen de Aylan Kurdi boca abajo en una playa turca –remera roja, pantalón corto azul, zapatillas negras– se convirtió en la peor metáfora de su política migratoria: dejarlos a su suerte hasta que el mar decida. Aylan tenía 3 años. Su hermano Galip, 5. Junto a ellos, también se ahogó su madre, Rehan, y otras 12 personas sirias.

A partir de entonces varios países de la región propusieron medidas más laxas para recibir refugiados. Alemania pronto anunció que acogería al menos a 50.000 sirios, que huían desesperados de una guerra civil con demasiados actores: Bashar al-Asad (el presidente sirio, apoyado por Rusia), los rebeldes (apoyados por Estados Unidos), el Estado Islámico (equipados con armas que Estados Unidos facilitó a los rebeldes, se probaría más tarde), Al Nusra (la facción siria de Al-Qaeda), y múltiples variantes más dentro de cada grupo.
Aylan Kurdi nació en Kobane, una ciudad al norte de Siria fundada en 1915 que hoy se reduce a escombros. Su vida la pasó migrando: primero a Turquía, donde junto a su familia intentaron sin éxito llegar a Europa, después, de regreso a Kobane, luego, de regreso a Turquía y finalmente el Mar Egeo.
“Lesbos era un enclave fundamental de la educación universitaria: muchos jóvenes griegos hacían su carrera en la famosa Universidad del Egeo”
Su historia es una de tantas para el pueblo sirio. Más allá de la reacción inicial tras su muerte, en el 2017 ya nadie lo recordaba, y los muros virtuales de Europa volvieron a levantarse. Las políticas migratorias se endurecieron una vez más. Se estima que en los últimos cinco años murieron al menos 10.000 personas ahogadas en ese mismo mar, en ese mismo cruce que tiene distintos puertos de salida y de llegada.
Solo en 2015, pasaron por ahí cerca de 800.000 personas. De ambos lados se ve la otra orilla, pero mirar para un lado o para el otro significa cosas opuestas. Nadie sabe si da más pena la esperanza o la nostalgia.
El lugar que más refugiados recibió fue y es Lesbos, una isla un poco más al norte que la isla de Kos. Allí está –estaba– el campo de refugiados más grande de Europa: Moria, donde viven –vivían– más de 20.000 personas (en una isla cuya población total es de 90.000). En aquel entonces, 2015, la gente de Lesbos era famosa por la cálida bienvenida que les daban a los refugiados que llegaban a bordo de los gomones. Incluso, en 2016, se llegó a nominar a algunos habitantes de Lesbos al premio Nobel de la Paz.
En el año 2020 cambió el humor. Lesbos hasta entonces era un enclave fundamental de la educación universitaria: muchos jóvenes griegos hacían su carrera en la famosa Universidad del Egeo, ubicada en Mitilene, la capital de la isla. Pero con la llegada de los refugiados aumentó en igual proporción la llegada de voluntarios de todas partes de Europa. Con mayor presupuesto que los estudiantes, empezaron a ocupar las casas de alquiler. Pronto, los precios se fueron a las nubes. Pronto, dejaron de llegar tantos estudiantes, que no podían competir con los presupuestos de los trabajadores de las ONG.
Con el tiempo, se sumaron nuevos problemas. Una de las mayores producciones de Lesbos es la de olivos. Los árboles pueblan la isla como si fueran un recordatorio de la identidad. Es fácil reconocer un árbol de olivo: son bajitos, sus troncos son pequeños y parecen siempre secos, si se los mira un buen rato, parecen hombres viejos sosteniendo coronas de pasto. La ironía, una vez más, estuvo a servicio: si un ramo de olivos significa paz –así lo cuenta la historia–, en Lesbos fue el disparador de lo contrario.
Muchos productores cuentan que para calefaccionarse o para hacer un fuego para cocinar, los refugiados de Moria salían del campo y cortaban los árboles de alrededor para tener leña. Las primeras veces no fue grave, teniendo en cuenta los motivos. Con la repetición, los productores locales estallaron. Fue entonces cuando les declararon la guerra a los refugiados.
La misma gente de la isla volvió a figurar en las noticias, pero esta vez por la violenta recepción que les daban a los refugiados que seguían llegando. Mientras en 2015 les tiraban salvavidas, en 2020 les tiran piedras. Mientras en 2015 se instalaban cada vez más ONG, en 2020 incendiaron varias oficinas de distintas organizaciones y atacaron a golpes a muchos voluntarios.

Hoy nadie mira la montaña. El coronavirus conquistó la escena. Mis días en Lesbos fueron, en esa carrera de huidas contra el coronavirus, un alto desesperante. ¿Cómo hacer periodismo de humanos cuando el contacto con humanos está prohibido por el bien del otro?
Recorro la isla en un Fiat Uno alquilado. Sacar los ojos de la ruta en una carretera hecha de curvas es una maniobra peligrosa. Hace días intento dar con algún voluntario que me cuente lo que pasa en la isla, pero todos se ocultan. Hablé con unas chicas alemanas en el poblado de Skala Sikamineas. Supe que eran voluntarias. Ellas supieron que yo sabía. No obstante, tuvimos que mantener la farsa: no se animaron a identificarse como voluntarias por la crecida de violencia que hubo contra todos los voluntarios. Bajo su falsa identidad de turistas, son las primeras que me hablan del “cementerio de chalecos”.
–Ponelo en Google Maps –me dicen.
Me siento un detective pésimo. ¿Qué cosa tan secreta puede estar ya disponible en google? Me digo que descubrir el mundo hoy es viajar a los lugares para preguntar a la gente local qué está googleando. Vuelvo a la ruta –los ojos a la ruta– y sigo el GPS. En el camino, veo el campo de primera acogida de Skala. Como muchos de los gomones llegaban a sus costas –al norte de la isla–, la ACNUR (Agencia de las Naciones Unidas para los refugiados), instalaron un primer punto allí para recibirlos.
El campo fue prendido fuego. Parece la imagen apocalítica que ve Sarah Connor en su pesadilla recurrente en Terminator II: una hamaca moviéndose por el viento en una tierra arrasada. Fue incendiado de manera voluntaria por la gente del pueblo. Todos lo vieron, ni siquiera disimularon. Quedaron en pie las rejas y las paredes blancas de los containers que funcionaban de oficinas y viviendas, pero ya no blancas sino pintadas de negro por el hollín. En el mundo de los refugiados, acceder al techo de un conteiner es un lujo, la mayoría debe conformarse con armar una pequeña tienda improvisada al costado de la ruta.
Tras recorrer el campo quemado, sigo camino al “cementerio”. En mi cabeza, verlo con mis propios ojos me va a hacer entender lo que ya intuyo, va a darle cuerpo a las historias que estoy recolectando. El GPS me manda por lugares extraños: una bifurcación menor de la ruta hacia dentro de la montaña, por un camino de cornisa en que pronto desaparece el asfalto. Delante mío –lejos– veo avanzar una camioneta vieja. Va por el camino por el que debo ir yo. Hay un sol enorme ahí arriba. Todo se ve verde, acaso un poco seco, y el mar de fondo. La isla de Lesbos es un paraíso y quién diría…
El GPS insiste, pero ya no hay ruta. En Mongolia, años atrás, viajé durante un mes y nunca hubo una ruta; la gente va por la senda de la llanura que más le place. Tomo coraje –en mi cabeza, créanme, seguir fue tomar coraje– e hice caso al GPS. Al poco tiempo, ya no vi más que montaña y, a lo lejos, un lugar extraño: barcos estacionados en mitad de ella. Barcos con pintadas como “no border nation” o “europe, shame on you”.
Me confunden: “no border nation” parece el dictamen de alguien que, o bien niega la existencia de sus fronteras, o bien lo desea. “¿Habrá querido decir ‘no somos una nación de frontera’?”, me pregunto. Y no sé si es más absurdo que la pintada niegue la existencia de la frontera –habida cuenta que desde ahí mismo se ve Turquía– o que niegue la existencia de la migración –habida cuenta de lo que estoy a punto de ver. Capaz, me digo, fue un error de tipeo y falta un “no” y una coma: “no border, no nation”, es decir, sin frontera no hay nación, lo cual es cierto. Es, sin dudas –o al menos para mí– una pintada confusa, pero se adivina la violencia en el trazo del grafitti.
A unos doscientos metros de los barcos, en un pequeño valle que se forma, finalmente, el cementerio. Google dice que estoy sobre el “Lifejacket Graveyard”. Llegué. Lo que veo: una especie de basural a cielo abierto formado solo por chalecos salvavidas descartados por refugiados que llegaron a salvo. El chaleco de Aylan, si es que lo tuvo, no está de este lado del mar. Los que sí hay son los de aquellos que llegaron. Son miles, uno arriba del otro. Cada tanto crece un yuyo entre ellos, y algo verde interrumpe el naranja gastado de los chalecos.
Según ACNUR, en el mundo hay más de 70 millones de desplazados forzosos, de los cuales casi 7 millones son refugiados sirios, de los cuales al menos el 50% son menores de 18 años. A algunos de ellos las olas los llevan hacia Europa, a otros los devuelven a Turquía. Las olas, en ese lado del mundo, son suaves y silenciosas. El cementerio de chalecos en cambio suena a puerta oxidada o a plástico aplastado. Piso un chaleco para avanzar en la montaña. El sonido crece desde abajo de la tierra como una vibración dramática. Solo yo lo escucho. Un sonido tan de muerte que da pudor provocarlo.
Pasan los meses. Vivo la pandemia desde mi departamento en Buenos Aires. Las noticias de Lesbos fueron llegando de a poco. Primero, muchos refugiados fueron evacuados cuando entró el coronavirus en el campo. A algunos se los llevó al continente, a otros se los devolvió a sus países. Algunos datos no oficiales dicen que quedaron en Moria solo 13.000 de los 21.000 que había a comienzos de este año, pero ninguna planilla oficial lo verifica.
“Algunos datos no oficiales dicen que quedaron en Moria solo 13.000 de los 21.000 refugiados que había a comienzos de este año, pero ninguna planilla oficial lo verifica”
Y entonces, llegó el último incendio. Digo, con miedo, “el último”. Los incendios en Moria sucedían cada semana. En algunos casos por una falla eléctrica, en otros por un fuego que se descontroló, y en ocasiones, por algún ataque intencional como parte de la lucha entre locales y refugiados. Pero el último incendio, sucedido a comienzos de septiembre, fue demasiado. El campo quedó completamente destruido.
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Al cierre de esta nota, más de 9000 refugiados intentaban relocalizarse en otro campo dentro de la isla –llamado Kara Tepe. Hay varios campos en pie aún: los dos más importantes están cerca del puerto, uno, y cerca del aeropuerto, otro. El resto es puro campo informal, que a fin de cuentas es lo mismo. Un campo informal puede ser un asentamiento, una carpa temporal al costado de la ruta, o un montón de bolsas de dormir en alguna playa calma perdida por ahí. Algunos se consuelan con que las olas, en ese lado del mundo, son suaves y silenciosas.
*La crónica fue publicada en la edición impresa 134 de Revista DEF.
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Trump vs. Biden: las elecciones de EE.UU. también se juegan en Argentina
Los estadounidenses residentes en el exterior también pueden hacer sentir su voz en la contienda electoral del próximo martes, que definirá el futuro político de la principal potencia del planeta. En la Argentina, se estima que viven unos 60.000 y tienen derecho al voto en sus estados de procedencia. No se trata de un proceso engorroso. “Solamente tienen que registrarse y se les envía el sobre para que lo completen y lo envíen a su estado, en lo que se denomina el absentee ballot”, señaló a DEF Virginia Tuckey, representante local de Republicans Overseas. Destacó, además, que la compañía postal estadounidense UPS puso a disposición un servicio con un precio especial para facilitar esta operación.
Por su parte, Samantha Tigner, secretaria del comité local de Democrats Abroad, recordó que, en el caso del Partido Demócrata el año electoral se inició en marzo, cuando los residentes en el exterior tuvieron la oportunidad de participar de las primarias. Un dato de color es que en esa ocasión, en la que por primera vez se instalaron centros de votación in situ en Argentina, quien se impuso ampliamente fue el senador Bernie Sanders. “Mucha gente que vive acá hace años no sabía que podía votar y nos llamó para consultarnos cómo tenía que hacer”, indicó. Ella misma emitió el absentee ballot en el estado de Washington, donde se encuentra inscripta, a pesar de ser nativa de Minnesota.
“Siento que hoy nuestra democracia en peligro”, afirmó Tigner, para quien una eventual reelección de Trump abriría “un camino oscuro” para su país. Destacó, asimismo, que la presencia de Barack Obama en las últimas semanas de la campaña fue muy importante. En la vereda opuesta, Tuckey manifestó que Donald Trump significó un regreso al “espíritu de sus años dorados” y aseguró que su administración le dio a los tres poderes del Estado “un ímpetu conservador, que se aleja de un establishment que desprecia los valores fundacionales de EE.UU”. Recordó que fue Abraham Lincoln, uno de los fundadores del Grand Old Party –como se conoce al Partido Republicano– quien “abolió la esclavitud y defendió con sangre la reunificación de EE.UU., conservando el espíritu de libertad de las trece colonias, la Constitución y la declaración de independencia, frente a las falsas ideas de la oligarquía del sur”.

Para Tuckey, Biden es “el candidato del establishment”, como lo fue Hillary Clinton en 2016. Además, lamentó que exista un grupo de simpatizantes republicanos bautizado como Lincoln Project, que “ha llevado adelante una campaña muy sucia contra Trump”. “Son hombres de finanzas y negocios de Wall Street y de Nueva York, personas muy vinculadas a los negocios con China y a cierto lobby de la energía verde”, precisó. De todos modos, se mostró confiada en un triunfo del actual mandatario porque, según expresó, “el entusiasmo que se ha visto los meetings electorales de Trump no se lo vio en ningún momento en los actos de Biden, ni siquiera cuando apareció Obama”.
“Siento que nuestra democracia está en peligro si Trump es reelecto”, señaló la demócrata Samantha Tigner. Para la republicana Virginia Tuckey, en cambio, el actual presidente “representa los verdaderos valores de los padres fundadores de EE.UU”.
Consultada sobre la importancia del electorado latino en EE.UU., Samantha destacó que es cada vez mayor, lo que queda demostrado por “la cantidad de dinero que los candidatos están invirtiendo en la campaña para ganar esos votos”. Para Tuckey, no existe un único tipo de votante latino: “Los cubanos tienden a ser más conservadores y a apoyar electoralmente a los republicanos. Votan a favor de Trump porque demostró tener un trato nada amigable con los dictadores de ese país, al contrario de lo que hizo Obama durante su gobierno. Hoy las calles de Miami estallan a favor de Trump”. Lo mismo ocurre, a juicio de la representante republicana, con los venezolanos que escaparon del régimen de Chávez y Maduro, quienes “no quieren saber nada con la izquierda que, hoy en día, está representando el Partido Demócrata”. La exponente republicana reconoció que las comunidades mexicana y centroamericana afincadas en EE.UU. suelen votar mayoritariamente a favor de los demócratas, pero matizó que “esa diferencia tiende a achicarse” y que están surgiendo cada vez más grupos de “Latinos for Trump”.

Respecto de las relaciones entre América Latina y EE.UU., la representante demócrata en nuestro país espera que “haya un cambio positivo”. Se encargó de puntualizar que Trump visitó una sola vez América Latina, en ocasión de la Cumbre del G-20 en Buenos Aires, mientras que Biden visitó 16 veces la región cuando era vicepresidente de Barack Obama. “Lo que más se escucha de los estadounidenses residentes fuera de EE.UU. es que extrañamos un presidente que entienda la importancia del vínculo con nuestros vecinos, con Argentina y con el mundo en general”, observó, y remarcó que “Biden dijo que entiende la necesidad de volver a trabajar con la comunidad global”. En cuanto a los lazos bilaterales con la Argentina, Tuckey considera que “nunca hubo en nuestro país una relación consistente, coherente y de verdaderos socios con EE.UU., como sí ocurrió en Brasil que, desde la época del imperio siempre mantuvo una relación muy seria y sólida con EE.UU”.
Una preocupación común es que los resultados de la elección no se conozcan el martes 3 de noviembre y tengan que pasar varias semanas hasta conocer el ganador.
Respecto de la jornada del próximo martes 3 de noviembre, ambas reconocen que posiblemente no se conozca el resultado final de la elección ese día. “Pensamos que será una noche larga y existe la posibilidad de que pasen varios días o semanas hasta saber quién ganó”, admitió Tigner. Por su parte, para Virginia Tuckey, “los que están buscando sembrar dudas sobre la aceptación de los resultados son los demócratas” y recordó que hace cuatro años Hillary Clinton no reconoció su derrota a manos de Trump, por lo que hubo que esperar hasta el día siguiente a que diera su discurso. Respecto de este último punto, la representante del comité demócrata en Argentina aclaró que del lado de Hillary Clinton “nunca se habló de fraude, como sí lo está diciendo ahora Trump en estas elecciones”.
“Lo que están pidiendo los republicanos es transparencia”, enfatizó la representante local de Republicans Overseas, que manifestó también su preocupación por el accionar de grupos violentos durante la campaña. Apuntó, específicamente, a Black Life Matters, que lideró las protestas de la comunidad afroamericana contra la violencia policial, y al movimiento Antifa (“AntiFascistas”), que Trump mencionó explícitamente durante los debates. “Yo lo lamento, pero creo que puede suceder un escenario de violencia. Ojalá me equivoque y el proceso se desarrolle en paz”, señaló. Sin embargo, anticipó, “de ganar Trump, en algún punto los demócratas no lo van a aceptar o van a tirar de la cuerda hasta que se rompa”.
La gran esperanza de Tigner es la gran cantidad de personas que ya ejercieron su derecho en el llamado “voto temprano” (early voting), que ya superó los 75 millones. “Ha habido mucha más gente votando que en 2016 y esas son voces que no se escuchaban antes. Esperamos que se vuelquen a favor de Joe Biden y de Kamala Harris”, completó la voluntaria de Democrats Abroad, que se mostró optimista y confiada de cara al próximo martes.
Líbano: en busca de la guerra a través de la pandemia
Por Joaquín Sánchez Mariño
Recuerdo el mundo en ese entonces y mi valija. Puse mudas de ropa para verano, mudas de ropa para invierno, un pasaporte, dos celulares, una cámara de fotos con tres lentes, un trípode pequeño, algunos remedios menores: ibuprofeno, diclofenac, sertal… Recuerdo que en mi camino al aeropuerto las preocupaciones eran casi automáticas, recuerdo dar mi pasaporte en el mostrador de la aerolínea, guardarlo en el bolsillo e ir a un bar a tomar un café para esperar. Pagar con billetes, sentarme en una silla y sentarme en otra silla a leer un libro, en ningún momento lavarme las manos, ni pensar en lavarme las manos. Recuerdo subir al avión y ver las caras de todos al descubierto, recuerdo haber tosido porque un pedazo del alfajor me atragantó, recuerdo incluso haber estornudado por el cambio de aire que genera el sistema de ventilación del avión.
Recuerdo muy claramente ver el mapa en la pantalla de mi asiento y pensar que era un gran póster libre de fronteras donde yo tenía que elegir dónde ir, dónde entrar, dónde morir incluso. Era febrero de 2020. El coronavirus comenzaba a sonar en Europa como en su momento lo hizo la influenza o la gripe A, pero no más que eso. Todo auguraba un viaje emocionante y, de algún extraño modo, exitoso. Entrar a ver el desastre de la guerra era el éxito por ese entonces, cuando el desastre todavía estaba reservado a algunas naciones, cuando aún era una guerra visible. Esta nueva guerra contra el covid democratizó el horror sobre el mapa.
El presente en Siria eran –son– nueve años de una guerra civil e internacional y contra el terrorismo. Una guerra clásica y una guerra proxy. Una guerra tribal y política a la vez, múltiple. Y entrar a esa guerra era mi recompensa. Una recompensa a una vida demasiado tranquila y demasiado lejana que, por algún motivo, intentaba comprender allá. Bien sabía que la inquietud del alma no es la condena de los desprotegidos sino el privilegio de los afortunados. Un privilegio con precio. Pero no llegué a cobrar esa recompensa ni a pagar el precio. En cambio, apenas pude aterrizar en el Líbano, me encontré con otra noticia: en el mundo, había caído una pandemia.
Llegué al Líbano a comienzos de marzo. Mi viaje comenzó en el aeropuerto de Ezeiza rumbo a Europa. Pasé algunas semanas en Noruega y Dinamarca, y desde Copenhague, volé a Beirut, previa escala en Estambul. Aquel vuelo fue, por primera vez, distinto al resto. Aún no se declaraba la pandemia, pero las azafatas recomendaban evitar ir al baño, y ya circulaban por WhatsApp distintas técnicas para lavarse las manos de manera eficaz.
Comenzaban a verse, en partes iguales, caras cubiertas por barbijos y caras al descubierto. Antes de pasar por la aduana para entrar a Beirut, por primera vez, me encontré con uno de esos termómetros con forma de pistola. Se iban introduciendo pequeños cambios pero eran, se presumía, modificaciones pasajeras.
Del aeropuerto al hotel, tomé mi primer Uber en suelo libanés. Le pregunté al chofer si él era oriundo del Líbano. Me miró raro. “¿Por qué?”, indagó. “Podrías ser sirio o palestino”, le respondí, con total naturalidad. Hizo unos segundos de silencio. Algo en su cara se tensó y me pareció notar que su modo de manejar de pronto se volvía agresivo: “Solo libaneses en Uber”, se limitó a decir.
Lo entendí bien pronto: aunque según la ONU, el 28,47% de la población del país son inmigrantes (principalmente sirios y palestinos), los libaneses no los consideran habitantes de la misma calidad. Y ser chofer de Uber, por caso, es solo para los “verdaderos ciudadanos”. Así me lo explicó un funcionario de Naciones Unidas que vive allí hace más de dos años. “Si ves gente durmiendo en la calle, pidiendo para comer o siendo maltratada… esa gente con seguridad viene de Siria”, me dijo.
Mis planes incluían unos diez días en Líbano, en los que iba a visitar los campos informales de refugiados, realizaría entrevistas a algunas familias y me reuniría con oficiales de la ACNUR, la agencia de las Naciones Unidas para los refugiados. También, si podía, visitaría el Museo de Hezbollah y conversaría con algún parlamentario de ese mismo partido (considerado una organización terrorista por los Estados Unidos y, a partir del gobierno de Mauricio Macri, también por la Argentina, entre otros).
Luego, entraría a Siria. Así se indicaba en mi visa: no podía cruzar la frontera antes de esa fecha, tendría apenas cinco días para estar dentro (a menos que pidiera una prórroga ya una vez en el país, lo cual pensaba hacer). Viajaría a Damasco (la capital), luego a Homs (una de las ciudades más importantes, destruída por los bombardeos que sufrió durante los años en que estuvo dominada por la oposición al gobierno). La carretera de Damasco a Homs era segura, según el gobierno.
Luego, desde Homs hacia Idlib, hacia el norte, la cosa se ponía más caliente: el escenario de la nueva escalada de violencia entre Siria y Turquía, producto de la cual cerca de un millón de sirios se vieron forzados a desplazarse, luego de un tiempo en que incluso algunos estaban volviendo a su país.
Los números de personas desplazadas de sus hogares en estos nueve años de guerra son monstruosos. Mucho peor si miramos el mapa completo del planeta. En el mundo, hay 70 millones de desplazados forzosos (personas que debieron abandonar el lugar donde vivían por persecuciones, conflictos armados, violencia o violaciones de derechos humanos).
Muchos se mueven dentro de su país: se les llama “desplazados internos” (son casi 42 millones en el mundo). Otros lo hacen hacia otros países: ellos son los refugiados. Hoy, hay más de 26 millones de refugiados en toda la Tierra. Casi 7 millones son sirios. Al menos, el 50% son menores de 18 años. De ellos, cerca de 140.000 chicos y chicas están absolutamente solos (huérfanos o separados de su familia). El país que más refugiados recibió es Turquía (más de 4 millones, de Siria). Pero Líbano es el país que más refugiados tiene por habitante (al menos 1 de cada 6 personas).
Por eso, mi aventura empezaba por Líbano, para ir entrando de a poco en el corazón del conflicto. En mi mochila, llevaba pocos libros, los fundamentales. Uno de ellos: La guerra árabe-israelí, de Jorge Maffey, un coronel argentino que se dedicó a escribir. Me acuerdo de devorar sus páginas y de pasar a su tomo sobre La guerra en el Golfo Pérsico. Ahí estaba la historia en contraste y similitud con el presente. Ahí estaban los orígenes de lo que hoy conocemos como la guerra en Siria, las estrías ya viejas de un conflicto que, en el libro, llegaba apenas hasta fines de los 70, cuando fue publicado. No hablaba del presente, eso que yo quería contar, pero acaso no había tanta diferencia a pesar de las décadas.
En este punto, creo que conviene el spoiler: nunca pude entrar a Siria. El 13 de marzo, mientras paseaba por Beirut, me llegó un mensaje de la oficina de asuntos extranjeros en el que se me notificaba que mi visa para Siria estaba suspendida indefinidamente por la declaración de la pandemia.
Más temprano que tarde, casi todas las fronteras del mundo empezarían a cerrarse, incluso la del Líbano. Si quería volver a casa o recorrer algún otro lugar, debía moverme rápido: se corría el rumor de que en pocos días, el aeropuerto de Beirut también cerraría… Pero antes de llegar ahí, volvamos unos días para atrás.
Ahora es domingo 8 de marzo del 2020 en Beirut. La temperatura ronda los 18 grados. La gente pasea por la costanera en familia. Todavía no fue declarada la pandemia por la OMS y todavía el Líbano no entró en default. Lo hará, por primera vez en su historia, al día siguiente. Y aunque se sabe, la gente pasea alegre. El sol detrás del mar Mediterráneo hace lucir el color amarillento de muchos de los edificios de la ciudad, que parecen continuaciones verticales de los acantilados.

La ciudad es una mezcla de lo nuevo y lo viejo, de lo reconstruido y lo abandonado. Es normal, al caminar por sus calles, encontrar edificios en ruinas, como si recién hubieran sido bombardeados. Y es normal, a su vez, que el edificio de al lado sea un canto a la modernidad. Es que muchas de las construcciones fueron en efecto bombardeadas durante la larga guerra civil libanesa que fue de 1975 a 1990 y que, de resultas, dejó a la París de Medio Oriente (tal como se la conoce), mitad en pie, mitad destruida. Durante esos quince años, muchos libaneses se fueron del país (de hecho, hay más gente de origen libanés fuera del Líbano que dentro), y al terminar la guerra, no volvieron. Aun así, siguieron siendo propietarios de sus viviendas –muchas de ellas destruidas–, pero decidieron no reconstruirlas por una cuestión económica, ya que igual no las iban a habitar. Entonces, cada calle de Beirut se convierte en un museo de la violencia.
Hay, sin embargo, una zona de la ciudad donde la destrucción es nueva. Todo alrededor de la Plaza de los Mártires (junto a la mezquita más grande del Líbano), todavía se pueden ver locales comerciales vandalizados. En la misma plaza, todavía hay carpas de la “nueva revolución libanesa” o “Revolución de Octubre”, tal como llamaron al movimiento social que estalló en octubre de 2019 en respuesta a una iniciativa del gobierno para cobrar las llamadas por WhatsApp. Sin embargo, como también sucedió en Chile con el aumento del metro, eso fue solo un gatillo. Las protestas fueron, en todo momento, por las profundas desigualdades económicas y por la impune repetición de los mismos nombres en el poder desde hace décadas.
Desde ese octubre, nada fue igual: las calles se volvieron turbulentas otra vez, el gobierno perdió el control de la situación, y el primer ministro Saad Hariri (hijo de Rafiq Hariri, también primer ministro en dos ocasiones, responsable de la construcción mezquita de la Plaza de los Mártires, y asesinado en el 2005) tuvo que renunciar.
Otra de las postales famosas de las protestas en Beirut fueron sus DJ. La ciudad tiene la fama de ser el lugar con la vida nocturna más intensa del planeta, y ni la crisis económica más profunda pudo con eso. En la carpa central de la plaza, había permanentemente un DJ pasando música. Así protestan los libaneses, al ritmo de una consola.
Todavía suena algo de música cuando paso por ahí. Sigue la carpa y hay cerca de 15 personas instaladas. Serán las dos de la tarde de un día de semana. Uno de ellos pasa música a volumen moderado. Al lado, sostenido en el mástil de la bandera, se ve el puño cerrado de la resistencia, y varias banderas de Líbano, blanca, roja, y el árbol de cedro.
“Las rayas rojas simbolizan la sangre derramada en el noble objetivo de la liberación. La franja blanca simboliza la paz, y el blanco de la nieve que cubre las montañas del Líbano. El cedro verde (cedro del Líbano) simboliza la inmortalidad y la estabilidad”, dice una rápida descripción de Google.
No es difícil reconocer por dónde brotó esa sangre o cuánto costó esa paz. No es difícil quedarse colgado mirando un edificio señorial imponente, o uno que seguramente algún día lo habrá sido. Pero todo sueño dura poco: cada dos minutos, alguien toca una bocina en las calles de Beirut. No es por el tráfico, son autos particulares que funcionan como taxis compartidos: tocan la bocina cada vez que ven un peatón para preguntarle hacia qué lado va y si le interesa un aventón.
Por estos días, el movimiento en las calles no representa ni el 20% de la normalidad. El pueblo libanés apenas supo del virus se guardó en sus casas. No esperó siquiera la orden del gobierno: la cuarentena fue voluntaria. Según dicen, tanta guerra los volvió a la vez invencibles y exagerados. Lo único que no aceptaron ceder fue el entrenamiento en los gimnasios. Si bien fue lo primero que se prohibió, la gente comenzó a pasarse santos y señas por WhatsApp para coordinar con los profesores y entrar en la clandestinidad. Por lo demás, todo cerró velozmente en Beirut.
Camino a eso iban las fronteras. “Si podés irte ya, andate ya”, me dijo un diplomático argentino destinado allí cuando le pregunté cómo estaba el panorama. Era un sábado de mediados de marzo. Mis planes de Siria ya habían sido abandonados (pospuestos) incluso en mi cabeza (no diré que no fantaseé con ir igual a la frontera e intentar entrar con alguna facción de la oposición… pero no me dio ni el coraje ni la irresponsabilidad ni el dinero en efectivo que seguro me iba a costar colarme por la frontera). Solo me quedaba reagrupar y, como dice la sabiduría popular, servir para otra guerra. Y además, la voz del diplomático, que volvió a sonar en mi celular: “Andate ya”.
Al día siguiente, abandoné Líbano, el chofer de mi último Uber me dijo que ni durante la guerra las calles habían estado tan vacías. “En ese entonces, todavía había bailes, y la gente iba a los restaurantes, aunque pudiera caerte una bomba al lado”, me dijo. La medida de los libaneses dio resultado: al cierre de esta nota, había solo 1473 casos confirmados y 32 muertes. Lo que no se resolvió fue lo que el pueblo ya había hecho sonar: la desigualdad. Ya en default, ya con la economía mundial en vías de contracción, ya conscientes de que el mundo no será igual a aquel domingo 7 de marzo templado, el pueblo libanés volvió a salir a las calles, volvió a levantar las piedras, volvió a encender los fuegos.
La misma Plaza de los Mártires que vio la protesta surgir en octubre del año pasado la vio renacer en junio de 2020. Pero yo no pude estar ahí para contarla. Yo partí, antes de que todos cerraran sus fronteras, a la aún más convulsionada isla de Lesbos. Pero esa será una historia para la próxima edición.
*La crónica fue publicada en la edición 133 de DEF.
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