España y Francia vuelven a cruzarse este martes 14 de julio, esta vez en el AT&T Stadium de Dallas, con un lugar en la final del Mundial 2026 en juego. Pero el duelo entre “La Roja” y “Les Bleus” no es una novedad histórica: durante buena parte de su historia moderna, ambos países fueron enemigos declarados, y dos guerras marcaron esa rivalidad como ninguna otra.

La primera, la guerra de los Treinta Años, enfrentó a las potencias católicas y protestantes de Europa entre 1618 y 1648, con España y Francia como actores centrales pese a compartir religión. La segunda, casi dos siglos después, tuvo a España resistiendo la ocupación de Napoleón Bonaparte en la guerra de la Independencia, entre 1808 y 1814.
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El primer enfrentamiento entre Francia y España
La guerra de los Treinta Años comenzó como una disputa religiosa en el Sacro Imperio Romano Germánico, pero pronto se transformó en una lucha por el equilibrio de poder europeo. España, bajo la dinastía de los Habsburgo, defendía a sus parientes austríacos y buscaba mantener el control sobre los Países Bajos españoles.
Francia, gobernada por el cardenal Richelieu, tomó una decisión que sorprendió a media Europa: aunque era un reino católico, se alió con los príncipes protestantes para debilitar a los Habsburgo, su verdadero rival estratégico. La Paz de Westfalia, en 1648, puso fin al conflicto para la mayoría de los participantes, pero España y Francia siguieron enfrentadas hasta 1659, cuando la Paz de los Pirineos selló la decadencia del poder español y consolidó a Francia como la potencia dominante del continente.

España contra Napoleón Bonaparte: la historia se repite
Ese giro de poder tardaría siglos en revertirse. En 1808, Napoleón Bonaparte, ya emperador y dueño de gran parte de Europa, decidió ocupar España con una excusa: cruzar el territorio para invadir Portugal. La maniobra terminó en la abdicación forzada de la familia real española y la coronación de José Bonaparte, hermano de Napoleón, como rey.
Lejos de aceptar la imposición, el pueblo español se levantó en armas. El 2 de mayo de 1808, un motín popular en Madrid contra las tropas francesas marcó el inicio de la guerra de la Independencia, un conflicto que combinó batallas convencionales con una guerra de guerrillas que desgastó al ejército francés durante seis años.
La resistencia española contó con apoyo militar británico y portugués, pero su rasgo distintivo fue la participación popular: campesinos, artesanos y milicias locales sostuvieron una guerra de desgaste que Napoleón nunca logró controlar del todo.
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La ocupación también dejó una herencia política clave: las Cortes de Cádiz, reunidas en 1812, redactaron la primera Constitución liberal española, antecedente que influyó en los procesos independentistas de América Latina. La derrota francesa en 1813 y la caída de Napoleón en 1814 devolvieron el trono a Fernando VII, aunque el país que heredó ya no era el mismo.




