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China ante el desgaste del orden internacional: “Sentarse en la montaña a ver a los tigres pelear”

Frente a las guerras en Europa y Oriente Medio y el desgaste de las potencias occidentales, Pekín busca ampliar su influencia internacional sin asumir el costo militar directo de los conflictos, aunque enfrenta los riesgos de una economía global fragmentada.

Las guerras en Ucrania e Irán y las tensiones sociales europeas configuran un escenario en el que China busca preservar sus intereses y ampliar su influencia. Pekín mantiene relaciones con actores enfrentados, evita intervenir directamente en esas guerras y promueve sus propias propuestas de orden. La cuestión es cuánto puede beneficiarse de esa posición sin quedar expuesta a los costos de las crisis.

La distancia como recurso de poder

“Sentarse en la montaña a ver a los tigres pelear”, proverbio inspirado en un antiguo relato de la dinastía Han, expresa una lógica estratégica: conservar recursos mientras otros afrontan los costos de la confrontación. La imagen exige una salvedad: una potencia integrada en la economía mundial puede permanecer fuera del combate, pero no de sus consecuencias.

En octubre de 2026, la guerra ruso-ucraniana y el conflicto con Irán coinciden con tensiones sociales en distintos países europeos. Las movilizaciones del 17 de octubre, especialmente graves en Francia, incluyeron reclamos por el costo de vida y los servicios públicos. Los gobiernos deben atender esas demandas mientras sostienen compromisos exteriores que también requieren recursos y respaldo político.

Según la información oficial china, durante su encuentro con Donald Trump del 24 de septiembre de 2026, Xi Jinping pidió que Washington y Teherán retomaran el diálogo y avanzaran hacia un acuerdo que incluyera la cuestión nuclear.

Desde Pekín, esa acumulación de presiones puede percibirse como una oportunidad para ampliar relaciones y ganar espacio diplomático. Sin embargo, el desgaste ajeno no produce beneficios automáticos. Una Europa con menor capacidad de consumo afecta las exportaciones chinas, mientras la inseguridad en Oriente Medio encarece la energía y altera las rutas comerciales. El cálculo consiste, entonces, en aprovechar las oportunidades sin permitir que la inestabilidad comprometa las bases del propio desarrollo.

Esta tensión ayuda a entender por qué China procura conservar relaciones con países enfrentados entre sí. La teoría relacional de Qin Yaqing ofrece una herramienta para analizarlo: el poder de un Estado depende también de los vínculos que construye y de su capacidad para desenvolverse dentro de ellos. Mantener interlocutores diversos permite negociar y conservar opciones. Esta interpretación académica no debe confundirse con la doctrina oficial.

Pekín puede cooperar con un país en energía, con otro en tecnología y con ambos en cuestiones diplomáticas, sin asumir necesariamente todos sus objetivos políticos. Pero cuando un socio entra en guerra puede reclamar un respaldo que China no está dispuesta a ofrecer. Preservar libertad de acción tiene un posible costo en términos de confianza.

Asociaciones sin compromisos equivalentes

Rusia e Irán ilustran ese problema, aunque ocupan lugares diferentes en la política exterior china. Moscú combina capacidades militares, recursos energéticos y una posición territorial decisiva para el equilibrio euroasiático. Teherán aporta energía, conectividad y cooperación política, pero la relación con Irán convive con intereses chinos relevantes en las monarquías del Golfo. Sus vínculos no conforman una alianza uniforme, con obligaciones equivalentes.

En la guerra ruso-ucraniana, Pekín mantiene una estrecha asociación con Moscú. Los intercambios incluyen bienes de doble uso, con aplicaciones civiles y militares, que contribuyen a sostener capacidades industriales rusas. Por eso, permanecer fuera de las operaciones militares no significa mantener la misma distancia respecto de las partes. Al mismo tiempo, China necesita conservar sus relaciones económicas con Europa, lo que la obliga a considerar las consecuencias de su cooperación con Rusia.

En Oriente Medio, el equilibrio es distinto. China debe atender su relación con Irán, la seguridad de sus socios árabes, el abastecimiento energético y sus vínculos con Estados Unidos. Según la información oficial china, durante su encuentro con Donald Trump del 24 de septiembre de 2026, Xi Jinping pidió que Washington y Teherán retomaran el diálogo y avanzaran hacia un acuerdo que incluyera la cuestión nuclear.

Ese llamado tiene una dimensión material. Una parte sustancial del suministro petrolero chino atraviesa el estrecho de Ormuz. Las reservas, la diversificación de proveedores y la electrificación reducen la exposición, pero no la eliminan. Por eso, aun cuando la atención militar de otras potencias se concentre lejos de Asia oriental, Pekín tiene razones económicas para favorecer la desescalada.

La situación muestra también que influencia económica y garantía de seguridad son capacidades diferentes. Comprar petróleo, financiar infraestructura o mantener relaciones diplomáticas no implica asumir la defensa militar de un socio. China puede participar en negociaciones y ampliar su presencia regional sin reemplazar las funciones de seguridad de otras potencias.

Tener acceso a los gobiernos facilita el diálogo, pero no asegura concesiones. Convertir esas relaciones en resultados depende de lo que las partes estén dispuestas a negociar y de los costos que Pekín acepte asumir.

De la prudencia a la autoridad internacional

Esta dificultad permite comprender el alcance de las propuestas internacionales de Xi Jinping. En el Foro de Boao, el 21 de abril de 2022, presentó la Iniciativa para la Seguridad Global y defendió una seguridad «común, integral, cooperativa y sostenible». La vinculó con el respeto de la soberanía, la integridad territorial y las preocupaciones de seguridad de todos los países. Con esa formulación, China procura fortalecer su papel en la gestión de los conflictos.

El problema surge al trasladar esos principios a situaciones concretas. En Ucrania, invocar la integridad territorial y las preocupaciones de seguridad de las partes no resuelve cómo compatibilizarlas. Una propuesta adquiere valor cuando permite establecer compromisos verificables y condiciones aceptables para los involucrados. La distancia entre formular principios y producir acuerdos constituye, por ello, una medida de los límites de la influencia china.

En la guerra ruso-ucraniana, Pekín mantiene una estrecha asociación con Moscú

El 1 de septiembre de 2025, en la reunión ampliada de la Organización de Cooperación de Shanghái, en Tianjin, Xi presentó la Iniciativa para la Gobernanza Global. Sus ejes fueron la igualdad soberana, el respeto del derecho internacional, el multilateralismo, un enfoque centrado en las personas y la orientación a resultados. Esta propuesta muestra que Pekín no se limita a observar los conflictos: también busca influir en las reglas con las que se gestionan.

El realismo moral de Yan Xuetong ofrece un criterio para evaluar esa aspiración. Esta corriente sostiene que el liderazgo político y la credibilidad estratégica influyen en la competencia entre potencias: disponer de recursos no basta para obtener respaldo internacional. El enfoque no atribuye superioridad moral a China: permite evaluar si su conducta genera una autoridad reconocida por otros.

Así, el proverbio ofrece una clave útil, aunque incompleta. Observar desde la montaña puede preservar recursos y evitar compromisos difíciles de sostener. Pero una potencia que pretende influir en el orden internacional también debe demostrar capacidad para contribuir a su funcionamiento. China se mueve entre esas dos exigencias: limitar su exposición y ampliar su participación. El resultado dependerá tanto del desgaste de otros como de su capacidad para gestionar sus propias vulnerabilidades y transformar sus propuestas en acuerdos duraderos.

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