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Armas nucleares: el mundo no logra frenar a las potencias que expanden sus arsenales

La Conferencia de Examen del Tratado de No Proliferación de las Armas Nucleares celebrada en la ONU cerró sin acuerdo por tercera vez consecutiva. Las consecuencias.

La Conferencia de Examen del Tratado de No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP), celebrada en la sede de Naciones Unidas (ONU) en Nueva York, concluyó sin un documento final consensuado y se convierte en un nuevo fracaso luego de los últimos dos intentos, en 2015 y 2022. Los Estados parte no lograron acordar una hoja de ruta común para reforzar los compromisos de no proliferación, desarme y uso pacífico de la energía nuclear

Sin embargo, la señal más alarmante del encuentro fue que las potencias nucleares no solo no avanzan en sus obligaciones de desarme, sino que amplían y modernizan sus arsenales de forma activa.

La distancia entre los países que poseen armas nucleares y los que no las tienen se agrandó de manera visible en esta conferencia. El incumplimiento del artículo VI del TNP, que establece obligaciones vinculantes de desarme para las potencias nucleares, alimenta una desconfianza diplomática que hace cada vez más difícil alcanzar acuerdos sustantivos sobre la gestión de riesgos nucleares.

Armas nucleares: por qué fracasó la Conferencia de Examen del TNP

Las discrepancias más profundas giraron en torno a tres ejes que resultaron imposibles de resolver en el marco de la conferencia. El primero fue la situación de las instalaciones nucleares en Ucrania y la atribución de responsabilidades por los riesgos que generan en medio del conflicto armado. 

El segundo, la propuesta de establecer una zona libre de armas nucleares en Medio Oriente, iniciativa que enfrenta resistencias históricas de varios actores regionales. El tercero, y último, fue el comportamiento proliferante de Irán en materia de uranio enriquecido, un punto en el que las posiciones de los países miembros están lejos de converger.

El Tratado de No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP) fue firmado en 1968 tras la necesidad de frenar la carrera armamentista en plena Guerra Fría, además de que los países firmantes buscaron fomentar el desarme.

A estas diferencias políticas se sumaron bloqueos en cuestiones técnicas que, en condiciones normales, podrían haber generado consensos mínimos. No hubo acuerdo sobre el fortalecimiento de las salvaguardias del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), ni sobre mejoras en los sistemas de contabilidad y control de materiales nucleares. 

Tampoco se avanzó en ampliar la capacidad del organismo de exigir información más frecuente y detallada sobre los programas nucleares de cada país, ni sobre un tratamiento más riguroso de las tecnologías de doble uso, es decir, aquellas que tienen aplicaciones tanto civiles como militares.

El resultado fue que el proceso de revisión del TNP volvió a demostrar su extrema vulnerabilidad frente a las tensiones geopolíticas. 

Las consecuencias para el multilateralismo y la gobernanza nuclear

El bloqueo recurrente del TNP tiene consecuencias que van más allá del propio tratado. Cuando el instrumento considerado el elemento fundamental del régimen de no proliferación muestra fallas sistemáticas, se emite una señal de que las instituciones globales pierden capacidad de adaptación y resolución de conflictos. Esto no equivale al colapso del sistema, pero sí representa una pérdida progresiva de eficacia y credibilidad que se acumula con cada conferencia fallida.

Uno de los efectos más visibles de esta dinámica es el auge del llamado “minilateralismo”, una tendencia en la que varios Estados optan por buscar acuerdos en marcos regionales o coaliciones más pequeñas y flexibles, ante la percepción de que los foros universales son demasiado lentos o están demasiado polarizados para producir resultados concretos. 

La Conferencia de Examen del Tratado de No Proliferación de las Armas Nucleares de 2026 tuvo como resultado un nuevo fracaso al igual que los últimos dos intentos, en 2015 y 2022.

Esta mecánica, si bien puede generar avances puntuales, fragmenta la gobernanza internacional y debilita las normas comunes que sostienen la estabilidad nuclear a escala global.

De todas formas, el mayor peligro para el TNP no radica exclusivamente en controlar la proliferación de armas nucleares, sino en el desgaste de la confianza que lo sostiene como sistema. El régimen sigue, pero opera con menor consenso, creciente desconfianza entre los Estados parte y desafíos cada vez más serios para mantener cohesión en torno a las normas que fueron el fundamento de la estabilidad nuclear durante décadas.

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