“Estamos en un proceso de reconfiguración del orden mundial, con un desgaste del unipolarismo posterior a la Guerra Fría y en transición hacia un orden multipolar, con nuevos actores y estrategias que todavía no están del todo definidas”, afirma Andrés Serbin, antropólogo, psicólogo social y doctor en Ciencias Políticas, al contextualizar la situación internacional y el lugar de la región en ese contexto.
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En este “momento bisagra” que vivimos, América Latina tiene la ventaja de ser “una de las zonas más preservadas de los grandes conflictos”, señala el autor de Room service en la selva, su flamante libro de relatos publicado por Editorial Dunken. Sin embargo, “si no resolvemos la fragmentación y la polarización que vive la región, va a ser muy difícil que tenga una voz en la escena internacional”.

Polarización ideológica, fragmentación política y vínculos con las superpotencias
-En medio de la actual crisis del multilateralismo, ¿cómo definiría la situación actual de nuestra región?
–América Latina vive una dinámica asociada a la transición y la reconfiguración del poder y el orden mundial. Hay dos cuestiones a destacar. Por un lado, estamos viviendo un proceso de polarización ideológica, con narrativas muy contrastantes entre sí que, muchas veces, dificultan volver a la vieja idea de la integración regional. Y el segundo elemento a tener en cuenta es que estamos frente a una reactualización de la presencia de EE.UU. en la región, con esta nueva “Doctrina Donroe” de la administración Trump, donde parecería que volvemos a ser el “patio trasero” de EE.UU. y la pregunta que se plantea su gobierno parece ser “qué obtenemos para favorecer nuestros intereses”. Es un proceso muy complejo, porque ya no somos un espacio unificado y tampoco existe una relación tan estrecha con EE.UU. en términos económicos, debido a la presencia de otros actores relevantes, principalmente China. En rigor, ni siquiera se podría hablar de “patio trasero” en América del Norte, donde la tensión con México es permanente y tampoco está tan clara la relación de EE.UU. con Canadá.
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-¿Qué espacios existen en el nuevo mapa de poder mundial? ¿Cómo interpreta el concepto de “Sur Global”, que incomoda a EE.UU.?
-Vemos la conformación de espacios alternativos, que hacen al mundo multipolar y a la gobernanza global. Me refiero no solamente a los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), sino también a la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) o a la Organización de Cooperación de Shanghái. Son organismos donde no hay una presencia o una influencia decisiva de Washington. Al contrario, hay planteamientos de nuevas formas de organizar al mundo. En cuanto al concepto de “Sur Global”, es polisémico y depende de cómo se lo interprete. Evidentemente, se pretende crear una división entre un “Norte Global” y un “Sur Global”, pero hay algunos actores que se identifican dentro de este último espacio y se trata de países desarrollados, industrializados y, en algunos casos, potencias nucleares, que se consideran “voceros” del Sur Global, cuando, en realidad, están en las mismas condiciones que el Norte Global. Es muy difícil establecer una línea divisoria clara.

-Usted utilizó, en alguno de sus trabajos, la metáfora del “triángulo escaleno” para hablar de la relación de América Latina con EE.UU. y China.
-Lo que pasa es que estamos ante modelos de relación distintos. Por un lado, con un discurso centrado en las inversiones, EE.UU. busca los recursos que necesita en función de su propio interés estratégico. China hace lo mismo, pero no a través de una narrativa de inversiones y de la difusión de los valores de la democracia, sino a través de la financiación de infraestructuras y el logro de cierto grado de desarrollo que beneficia también, obviamente, a Pekín.
-En este segundo gobierno, la agenda de Trump en la región está muy centrada en el combate al denominado “narcoterrorismo”. ¿Qué tal real es esa amenaza?
-No es conveniente mezclar el terrorismo con el narcotráfico. Y eso forma parte de la estrategia de seguridad de EE.UU. Para comprender cabalmente lo que ocurre en la región, hay que considerar también cuánto ha contribuido EE.UU. al desarrollo del narcotráfico, un fenómeno que responde a una demanda y un consumo y lo hace a través de una red ilícita. A la vez, para satisfacer esa demanda, aparecen grupos criminales armados y las armas son provistas ilegalmente desde EE.UU. Estamos ante una especie de círculo vicioso.

El rol de la sociedad civil: exclusión, desigualdad y auge de nuevas narrativas políticas
-¿Qué rol juega la sociedad civil en las relaciones internacionales y, en particular, en América Latina?
-Yo diría que el tema fundamental es que el poder tiene dos correlatos. Uno es que el poder no es institucional, sino relacional. Y el segundo es que el poder dibuja, en nuestra región, el mapa de la desigualdad. La combinación de los dos factores nos ayuda a ver cómo se maneja el poder desde la exclusión y la desigualdad, hacia la concentración. Ahí es donde se produce la articulación entre la micropolítica y la macropolítica.
-¿Cómo explica el surgimiento de las nuevas derechas en América Latina,con agendas disruptivas?
-Primero, yo creo que es un fenómeno muy alimentado por la narrativa que viene desde la Administración Trump. En segundo lugar, hemos sido testigos de los distintos procesos del pasado, que pasaron por la lucha entre la izquierda y la derecha incluso a través de la violencia; después se produjo el auge de cierta izquierda progresista, con un discurso centrado en la integración; y ahora estamos en el otro lado del péndulo, con la emergencia de los movimientos de derecha, que aún está por verse cuánto se sostienen. En el marco de la democracia, lo que hoy vemos es un voto castigo; no siempre se trata de un voto ideológico, a pesar de las narrativas dominantes. Si lo que prometió un gobierno al llegar al poder no se cumple satisfactoriamente, hay una reacción que lleva a buscar en el otro extremo del arco ideológico la solución a los problemas, empezando por la desigualdad. Eso lleva a la fragmentación y a la polarización.




