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Juan Battaleme, entre el Mundial, Trump y Malvinas: “Los esfuerzos de los ingleses quedaron marginados”

"Las Malvinas son argentinas", la respuesta de Andrew Giuliani, la eventual presencia de Donald Trump y el deporte como herramienta de soft power revelan que el Mundial 2026 trasciende el fútbol. Juan Battaleme explica por qué los partidos también se juegan en el terreno de la diplomacia y la geopolítica.

Lo que comenzó como un gesto espontáneo de los jugadores de la Selección Argentina al exhibir una bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”, tras eliminar a Inglaterra en la semifinal del Mundial 2026, terminó convirtiéndose en un capítulo -inolvidable para la memoria colectiva– de la disputa por la soberanía de las islas

De hecho, trascendió que durante una conferencia de prensa, un periodista británico le preguntó a Andrew Giuliani si la Selección debía ser sancionada o, incluso, excluida del torneo por utilizar un mensaje político. La respuesta sorprendió: el asesor del presidente Donald Trump descartó esa posibilidad al invocar la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos, que protege la libertad de expresión. “Es increíble que lo hagan en Estados Unidos, donde hay un valor asignado a la libertad de expresión. Fue eso mismo lo que les cuestionó J.D. Vance (vicepresidente de EE. UU.) en la conferencia de seguridad de Munich y los europeos se escandalizaron. En Europa los valores del liberalismo poco a poco están desapareciendo en manos del progresismo totalitario”, escribió -en su cuenta de X- el politólogo Juan Battaleme, exsecretario de Asuntos Internacionales del Ministerio de Defensa argentino. 

Para Juan Battaleme, el modo en el que el gobierno británico utilizó la bandera con la leyenda de Malvinas que se mostró tras la victoria con Inglaterra, le dio un alcance global y una nueva visualización a la causa (Foto: Fernando Calzada)

En diálogo con DEF, el experto adoptó una mirada geopolítica para analizar cómo el fútbol se convirtió en una herramienta de poder, impacto diplomático y, especialmente, en por qué Londres terminó jugando a favor del mensaje argentino. “Todos los esfuerzos de soft power que hicieron los ingleses para ganar legitimidad en su causa quedaron marginados”, advirtió a pocas horas de la final entre Argentina y España

En resumen, para Battaleme, el Mundial demuestra que los noventa minutos pueden terminar, pero el partido por el poder, la influencia y los intereses sigue en juego, incluso después del silbato final.

Trump, Milei, Sánchez y el Mundial: cuando el fútbol se cruza con la ideología

-Si Donald Trump confirmara su presencia en la final del Mundial, ¿qué impacto podría tener su presencia? ¿Sería un gesto protocolar o una muestra de poder?

-Usualmente la invitación a los presidentes es protocolar y, antes, no tenía mucha lectura política. Pero, en la época en la que vivimos -yo diría, desde el Mundial 2022, solo porque tengo un registro más cercano-, altamente divisiva, en un contexto de guerra y en el que hay sanciones y el deporte se ha transformado también en un esquema para presionar -por ejemplo, en los Juegos Olímpicos a Rusia-, el fútbol se transformó en una herramienta de poder y, principalmente de poder blando. 

Vimos la bandera que le tiraron desde una tribuna a los jugadores, y ellos la agarraron y la levantaron. Es muy interesante porque fue un evento corto. Sin embargo, la forma en la que Gran Bretaña lo utilizó -en parte por haber perdido de la forma en la que lo hicieron, en parte por las connotaciones políticas, y también por el famoso memo que anunció el Telegraph en su momento- le dio un alcance global y una nueva visualización a Malvinas. 

-¿También se juega un partido ideológico?

Donald Trump tendría en el campo de juego a un aliado, Javier Milei, de Argentina, y a un opositor, Pedro Sánchez, que se ha dedicado a hacerle la vida imposible en la cumbre de la OTAN. Entre el wokismo versus el conservadurismo, va a haber una lectura de, por decirlo en líneas generales, “patria, familia y propiedad” contra los “progresismos de izquierda”. 

Esa lectura se va a dar. Si Trump entrega la copa a los españoles, va a ser la victoria del progresismo; si se la entrega a Argentina, será del conservadurismo. Por supuesto, eso va a caer en la grieta y va a dar lugar a interpretaciones. 

Battaleme: “Lo que habla Lionel Scaloni es un ejemplo de lo que hay que decir en una sociedad como la Argentina, que está cansada de la grieta”

-El Mundial suele convertirse en una enorme plataforma de soft power. ¿Cómo aprovechan los Estados este tipo de eventos para proyectar imagen, influencia y liderazgo más allá del resultado deportivo?

-El mundial en sí, es un evento; lo que está por detrás se amplifica. Así que lo que hacen los políticos es ampliar un determinado mensaje que quieren mostrar. En definitiva, aún en un evento global, el mundial está regido por las rivalidades nacionales. Es paradójico. Eso permite asociar la figura del político con la de los jugadores, con la de éxito y con la nación. Ahí hay un elemento clave, por eso es una gran plataforma de soft power. 

Lo que habla Lionel Scaloni es un ejemplo de lo que hay que decir en una sociedad como la Argentina, que está cansada de la grieta. A modo de ejemplo, más allá del resultado, pidió que le saquen la presión y declaró que, el de Inglaterra vs. Argentina, era un partido más. Entendió como declarar en una plataforma global. Es motivo de orgullo nacional. 

Tras la victoria de Argentina, la emoción “de saber que la memoria está viva”

-¿Qué lectura hacés de que la final reúna en el palco a líderes políticos de distintos países?, ¿se transforma en un espacio de diplomacia?

-Es un momento de encuentro de diplomacia informal, donde los líderes se juntan. Y no solamente hablan de fútbol, sino también de todo lo que se puede charlar en un determinado momento. 

Es un espacio de encuentro político, eso hace que sea un un evento relevante. Es un ámbito informal más. 

-La bandera con la consigna “Las Malvinas son argentinas” exhibida tras la semifinal generó repercusiones internacionales e incluso pedidos de investigación ante la FIFA, ¿qué impacto puede tener que ese reclamo vuelva a estar presente durante la final?

-Creo que no se va a volver a dar el tema de las Malvinas. Es un rival distinto, hay otra carga emocional. El efecto lo tenía en ese partido. Es más, si lo vuelven a hacer quizá podría llegar a ser contraproducente. 

O, si lo hay, en último de los casos, es un efecto en la tribuna, pero depende de que las cámaras lo muestren. Es relativo. 

-En lo personal, ¿cómo viviste vos ese momento de la bandera?

-Como todos los argentinos, con la emoción del partido y de saber que la memoria está viva. 

Lo viví con mucha alegría, como politólogo y exfuncionario, de saber que todas las cartas se jugaron bien. Se terminó el partido y, antes, no se boqueó ni se llegó a una rivalidad extrema. Scaloni y los jugadores lo manejaron bien y se dejó el mensaje político para el momento de la victoria. Lo viví con alegría de la inteligencia aplicada a un partido bien jugado en la cancha y en locomunicacional- político. 

“Refuerza la imagen de una Argentina en transformación, aguerrida y que la viene peleando”

-En términos de política internacional, ¿creés que esta final puede dejar algún efecto que trascienda el deporte, tanto para la relación Argentina-Estados Unidos como para la proyección internacional del país? 

-Sí. Esto refuerza la imagen de una Argentina en transformación, aguerrida y que la viene peleando. 

Los efectos son etéreos, te ponen bajo la lupa o  los reflectores, pero depende de lo que hagamos, de las leyes que tengamos, de la estabilidad que logremos construir o de la seriedad con la que cumplamos nuestros acuerdos. Excede al partido de fútbol, pero te ponen la mira.  La felicidad genera efectos. 

En palabras de Battaleme, mañana se enfrentan dos conceptos: “Patria, familia y propiedad” vs. “Progresismo de izquierda”

-¿Qué valores simbólicos están en juego?

-El de la fortaleza y la unidad nacional. Eso, en tiempos de grieta, es muy importante. 

Por unos minutos no nos preguntamos por la bandera política. Por supuesto, siempre hay especialistas, consumidos por la grieta, que pueden comentar. Yo lo veo por ese lado, creo que ese es el valor simbólico. 

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