En la Antártida, el clima no se negocia. La sensación térmica en Base Esperanza puede caer a los -30°C y el viento transformarse en un muro que impide la visibilidad a tan solo 20 metros de distancia. Pese a todas las inclemencias, este año, la logística y la ciencia compartieron el protagonismo con una obsesión que atraviesa latitudes: el Mundial 2026.
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Cómo se vive el Mundial 2026 en Antártida
La imagen recorrió el mundo en cuestión de horas: un hombre saliendo al exterior en medio de un temporal blanco, con una remera de la selección y agitando una bandera argentina con euforia. Era el suboficial principal Jorge Yrrutia, encargado del Centro de Comunicaciones de la base, que al finalizar el partido contra Inglaterra no pudo contener el impulso. El jefe de base, el teniente coronel Fernando Sosa, revive el momento con una sonrisa: “El muchacho salió, festejó unos segundos y tuvo que entrar de inmediato porque estaba helado. Terminó agotado por la cantidad de entrevistas que generó el video”.
Para las 58 personas que integran la dotación actual, ver el partido no es solo entretenimiento; es un ejercicio de soberanía. “Es lo único que me faltaba. Hoy las comunicaciones nos permiten estar cerca y, al estar acá haciendo patria, vemos a nuestros soberanos en el fútbol y lo disfrutamos de otra manera“, confiesa Sosa, quien transita su cuarta invernada antártica. Gracias a una antena de DirecTV y un centro de comunicaciones impecable, el grito de gol en la bahía es simultáneo al que se escucha en Buenos Aires: “Acá no tenemos delay. Me acuerdo cuando vivía en Buenos Aires y me enteraba de los goles antes por los vecinos”.
En el casino, el epicentro de la vida social, la fiebre mundialista impuso sus propias reglas: hay “cabuleros” que prefieren ver los partidos en sus casas, hay quienes fueron designados “mufa” porque cada vez que se iba del Casino Argentina metía un gol y fue confinado a ver el encuentro en su habitación (por un rato) y uno que ya prometió pelarse si salimos campeones. En el último partido, el menú se ajustó para que la previa sea completa –hamburguesas caseras o picadas–, pero siempre bajo la disciplina que impone el entorno: “Termina el partido y sale el festejo, eso sí, todos juntos”.
Un legado de vida en el continente blanco
Aunque hoy el fútbol une a la dotación, la historia de Esperanza es la de una lucha constante por la presencia humana. Ubicada en el extremo norte de la Península Antártica, fue fundada el 17 de diciembre de 1953 por el entonces capitán Jorge Edgard Leal. El verdadero hito llegó en 1978, cuando cumpliendo con el objetivo del General Hernán Pujato de construir un “caserío polar”, y las familias integraron por primera vez la dotación.

Fue allí donde nació Emilio Marcos Palma, el primer antártico del mundo, y donde se inauguró la primera escuela antártica.
Ciencia y supervivencia: cómo funciona todo en Base Esperanza
Detrás de la pasión futbolera, la maquinaria de la base nunca se detiene. Tras un verano intenso donde la dotación llegó a 81 personas, el trabajo científico fue un éxito total. “Se pudieron levantar todos los datos durante el verano, por lo cual no fue necesario que los científicos permanecieran durante el invierno”, explica Sosa. La agenda fue exhaustiva: desde el monitoreo de las grandes pingüineras –la de Papúas en la costa y la de Adelias a 1.200 metros– hasta los complejos estudios de glaciología y las tareas de biorremediación para tratar tierra contaminada.





Hoy, con la dotación reducida a 58 integrantes, la rutina es de doble escolaridad para los hijos de las familias residentes (cinco niños de primaria y cuatro de secundaria), los trabajos específicos de cada integrante de la dotación a lo que se suma el constante e indispensable mantenimiento de la base y la ansiosa espera de la pizza de los sábados. “Queremos que los chicos disfruten todo lo lindo de la etapa invernal”, asegura el jefe de base, quien tiene proyectado llevarlos al glaciar Buenos Aires para que vivan la experiencia única de ver el anevisaje de un avión Twin Otter.
Para estos expedicionarios, la vida en Esperanza es un equilibrio entre la seguridad –suspendiendo clases si el viento supera los 60 km/h– y la aventura. El invierno recién comienza y, mientras el mar se “empasta” formando panqueques de hielo, los 58 ocupantes de la base mantienen la mirada puesta en un objetivo compartido: ver al equipo argentino levantar la copa. Porque en el rincón más austral del planeta, ganar un Mundial no es solo un triunfo deportivo; es la confirmación de que, incluso a miles de kilómetros, la patria se siente en cada grito, en cada cábala y en cada bandera que flamea contra el viento antártico.




