Durante meses, el programa F-16 se desarrolló lejos de los flashes y con un absoluto nivel de reserva. Mientras la atención pública se concentraba en la compra de las aeronaves, puertas adentro la Fuerza Aérea Argentina trabajó en la puesta a punto del Área Material Río Cuarto: allí, un reducido grupo de pilotos, mecánicos, y especialistas comenzó a preparar la llegada del sistema de armas que marca un punto de inflexión para la institución. Todo ese proceso se llevó adelante bajo estrictas medidas de seguridad. No se trata de una decisión circunstancial: mediante distintos decretos firmados por el presidente Javier Milei, la información vinculada con la incorporación y operación de los F-16 fue clasificada como Secreto Militar.
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DEF fue uno de los pocos medios autorizados a recorrer esas instalaciones y el predio, ubicado en el Sur de Córdoba, desde donde comenzará a operar el nuevo sistema de armas hasta que concluyan las obras de infraestructura en la VI Brigada Aérea de Tandil, provincia de Buenos Aires, donde los F-16 tendrán su asiento definitivo. Esta es la crónica de un recorrido por el corazón del programa F-16, una historia de hangares, tecnología, entrenamiento y una inversión sin precedentes, que culmina con una experiencia difícil de describir: ver volar, por primera vez, al caza que marcará una nueva era para la Fuerza Aérea Argentina.

El dato: en abril de 2024, Argentina concretó una de las adquisiciones militares más importantes de las últimas décadas al firmar con Dinamarca el contrato para la compra de 24 cazas F-16 Fighting Falcon (más una aeronave destinada al entrenamiento), un sistema de armas de fabricación estadounidense modernizado para la Fuerza Aérea danesa con tecnología de última generación. Desde entonces, la institución trabajó a destajo para lograr, en tiempo récord, tener todo listo para recibir a los aviones concebidos para misiones aire-aire y aire-superficie que se convierten en la columna vertebral de la defensa aérea argentina y permiten recuperar la capacidad supersónica. El acuerdo no solo contempla la incorporación de aeronaves monoplaza y biplaza, sino también un paquete integral que incluye armamento, equipos, simuladores de vuelo, motores, repuestos y la capacitación de pilotos y mecánicos, elementos considerados fundamentales para garantizar la puesta en servicio y el sostenimiento operativo de la nueva flota.
El F-16, los secretos de un sistema que existe bajo estricta reserva
La primera indicación llegó incluso antes de cruzar el portón que conduce al hangar principal, una de las nuevas instalaciones que la Fuerza Aérea construyó para recibir a los F-16: a partir de ese punto, los teléfonos celulares debían quedar guardados. En determinados sectores tampoco está permitido tomar apuntes y, fuera de ellos, no todo podía fotografiarse. Algunas áreas, completamente vedadas; otras, solo aptas para ser recorridas bajo estricta supervisión. Más que un protocolo de seguridad, era la primera evidencia de que el programa F-16 ya se desarrolla bajo la lógica de un sistema de armas estratégico, donde la reserva no es una excepción, sino parte de la operación cotidiana.

“En Río Cuarto hay más de 20 obras nuevas. A ellas se suman las que se están realizando en Tandil. Se están recuperando capacidades de mantenimiento”, advierte el comodoro Juan Manuel Sosa, jefe del Programa F-16 y uno de los responsables detrás de la operación del sistema de armas. Las palabras del oficial revelan algo clave: detrás de la nueva (y muy moderna) infraestructura, existe una importante inversión por parte del país.
La increíble experiencia de ver volar a los nuevos F-16
Durante la visita de DEF, la Fuerza Aérea (que opera a diario para asegurar el entrenamiento de los pilotos militares argentinos) llevó adelante una serie de vuelos de instrucción con los F-16: en ellos se practicaron maniobras clave, como despegues frustrados (una reacción ante un problema inesperado que obligue al personal a cancelar la salida en plena carrera para volar), toques y despegues (acciones en las que el avión toca la pista con las ruedas pero, en vez de detenerse, acelera de inmediato para elevarse nuevamente) y aproximaciones frustradas (antes de tocar la pista, los pilotos interrumpen el aterrizaje y ascienden nuevamente).
Mientras todo eso sucedía, personal de la Fuerza Aérea siguió cada movimiento con atención. No se trata solo de una cuestión de seguridad: los instructores observan cada maniobra, registran detalles y recopilan información que luego analizan junto a los pilotos durante el briefing posterior al vuelo, donde evalúan el desempeño y ajustan los procedimientos si es necesario.

Desde afuera, el rugido de los motores no solo sacude el aire: también despierta una emoción difícil de disimular. Hay algo en esa potencia que interpela, incluso, a quienes nunca tuvieron un vínculo con el mundo aeronáutico. Es imposible permanecer ajeno al orgullo de saber que, finalmente, el país vuelve a contar con aviones supersónicos para la defensa de su territorio.
“Combatirás como te entrenas”, el lema que guía el adiestramiento de los pilotos de F-16
A propósito del entrenamiento, los comodoros Juan Manuel Sosa y Cristian Darío Giaccaglia resumen que un piloto suele realizar una misión principal (que le demanda entre siete y ocho horas) y otra secundaria (que lleva menos tiempo). Además, cuentan que antes de cada vuelo el personal recibe los detalles de la misión, luego pasan a una sala donde el personal realiza un briefing (en el que se analiza la operación) y, luego de cada vuelo, deben reunirse con los instructores en un aula en la que, desde modernas pantallas, analizan los movimientos realizados en el aire (cabe destacar que, arriba de los aviones, se realiza el monitoreo de cada vuelo). “Combatirás como te entrenas”, advierten a la hora de subrayar que la organización del Escuadrón F-16 es de nivel OTAN. Es decir, esta nueva cultura de trabajo se replica no solo en la práctica y en la técnica, sino también en la doctrina.
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Un detalle, nada menor: la práctica se combina con un eficiente sistema de simuladores. De hecho, en comparación, cada piloto recibe cuatro veces más entrenamiento con este tipo de tecnología. En palabras de Giaccaglia, estos instrumentos permiten, además de la parte práctica, simular situaciones de emergencia que puedan surgir durante el vuelo. “Acá se pueden operar todas las capacidades del avión”, explica, al tiempo que advierte que, para volar un F-16, el piloto debe poder familiarze con botones que pueden llegar a tener decenas de funciones.

Entrenar para volar al límite
“Nos desvivimos por ser eficientes con el recurso público”, asegura el comodoro Juan Manuel Sosa mientras recorre el hangar principal del Área Material Río Cuarto y va mostrando, una por una, las instalaciones preparadas para recibir y sostener el sistema de armas. La recorrida deja al descubierto que el programa trasciende a los aviones: también involucra la formación y el cuidado del personal. Por eso, explica, el complejo cuenta con un área médica encargada de evaluar de manera permanente las condiciones físicas de los pilotos, sometidos durante el vuelo a aceleraciones (Fuerza G) muy superiores a las que experimenta un piloto de Fórmula 1.
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Por eso, allí también los pilotos cuentan con lockers con el material que deben emplear en cada vuelo: pantalones anti-G (se inflan y evitan que la sangre vaya hacia las piernas para que el personal no llegue a desmayarse durante el vuelo), chalecos (que unen a los efectivos a los asientos y paracaídas), distintos tipos de cascos (todos personalizados para cada uno de los pilotos), y un bolso para la documentación que cada uno debe llevar al vuelo.
Detrás de cada F-16 no solo hay infraestructura y tecnología, también existe una apuesta de largo plazo por el capital humano: los pilotos destinados a este sistema de armas deberán permanecer, al menos, ocho años dedicados exclusivamente a su operación, una condición indispensable para consolidar la experiencia y garantizar el sostenimiento de la flota.
El plan logístico de los F-16
Desde las instalaciones de la Fuerza Aérea en Córdoba explican que, más allá de que el fabricante de las aeronaves debe autorizar muchas de las capacidades vinculadas al mantenimiento, la institución también apunta a tener autonomía.

“Ya adquirimos los repuestos para los próximos cuatro años para los aviones que están volando en este momento”, comenta el comodoro Sosa, al tiempo que aclara que toda la logística del nuevo sistema descansa sobre un avanzado software denominado ILIAS (Integrated Logistics Information Automated System) que permite que la Fuerza no trabaje con papeles, sino que lleve, en tiempo real, el seguimiento de cada uno de los niveles logísticos de las aeronaves.
Junto al comodoro Giaccaglia, uno de los responsables del Programa F-16 y jefe de Gestión de Implementación, Sosa explica que todos los países operadores de este sistema de armas deben ajustarse a los mismos estándares técnicos, operativos y de mantenimiento. Argentina, asegura, no es la excepción. Pero, con el orgullo de quien sabe que participa de un proyecto que marca un antes y un después para la Fuerza Aérea, destaca que el desafío fue incluso más ambicioso: no solo se adoptaron esos parámetros internacionales, sino que en varios aspectos -desde la cultura de trabajo hasta la infraestructura- se decidió elevar aún más la vara.
En septiembre, más F-16 para Argentina
Desde Río Cuarto anticipan que, si todo marcha según el plan, en septiembre llegará un nuevo lote de seis aviones (cabe recordar que, inicialmente, se hablaba de la llegada de seis F-16 por año hasta alcanzar el total de 24 aeronaves). Además, subrayaron que el país realiza los pagos correspondientes a la adquisición dentro de los parámetros establecidos.
En cuanto al entrenamiento de los pilotos, que demanda varios meses -dependiendo del nivel del personal-, éste recae en la firma Top Aces, la cual también está detrás de la capacitación de los efectivos de países como Canadá, Estados Unidos, Alemania y otros Estados aliados de la OTAN.
En el caso de los pilotos argentinos, hasta que el país no cuente con instructores propios, Top Aces brindará la formación inicial y avanzada.

Otro detalle relevante: mientras las obras no estén listas en Tandil, los aviones argentinos operarán desde Río Cuarto. En ese sentido, desde la Fuerza Aérea Argentina contaron que la Brigada Aérea de Tandil se encuentra en una zona clave para la defensa del país, ya que desde ese punto cualquier F-16 puede tardar apenas unos 12 minutos en llegar a los grandes centros urbanos.
Dentro de los hangares de los F-16 en Río Cuarto
El moderno hangar destinado a los F-16 en Río Cuarto se divide en dos áreas principales: una empleada por el personal que opera los aviones y otra vinculada al mantenimiento técnico de las aeronaves.
De todas maneras, insiste Sosa, el programa funciona gracias a un equipo que supera los 200 efectivos. En ese sentido, confiesa que detrás de cada logro e hito, hay un grupo de hombres y mujeres comprometidos con la misión y la institución. “Hay mucho trabajo invisible”, advierte en relación al grupo de personas que trabaja, sin descanso, para que puedan operar las aeronaves destinadas a la vigilancia y control del espacio aéreo.
“El hangar está preparado para realizar las tareas de modernización y mantenimiento”, retoma el comodoro Giaccaglia. Cada F-16, detalla, atraviesa un riguroso esquema de inspecciones periódicas y revisiones de componentes para garantizar su disponibilidad operativa. Sin embargo, el programa trasciende el mantenimiento de las aeronaves. Detrás de cada vuelo existe una compleja estructura logística que incluye armamento, equipos de apoyo, herramientas especializadas y sistemas que también son administrados en Río Cuarto. Allí radica el valor estratégico de estas instalaciones y el estricto nivel de reserva que rodea a todo el programa: cada procedimiento, cada espacio y cada dato vinculado con el sistema de armas forman parte de un engranaje cuya protección resulta esencial para preservar capacidades sensibles de la defensa nacional.
Nada quedó librado al azar. Cada oficina, taller y espacio de trabajo fue concebido para cumplir con los exigentes estándares que demanda la operación del F-16. Basta atravesar los hangares para advertirlo: el brillo de las instalaciones recién inauguradas se combina con ese inconfundible olor a nuevo que todavía impregna el ambiente y refuerza la sensación de estar frente a un programa que recién comienza a escribir su historia. En ese proceso también participaron los equipos de arquitectos de la propia Fuerza Aérea Argentina, responsables de adaptar la infraestructura a los requerimientos técnicos del nuevo sistema de armas y de crear un complejo con un nivel de profesionalismo que sorprende a lo largo del recorrido.

“Hay un gran esfuerzo para que esto funcione y grandes desafíos por delante”, resume el jefe de la Base Material Río Cuarto, brigadier Carlos Cendón, la máxima autoridad de la Fuerza Aérea en ese punto de la provincia de Córdoba, mientras la recorrida llega a su fin. En ese instante resulta evidente que la verdadera transformación no sólo empezó con la firma de un contrato ni con la llegada de los primeros F-16, empezó mucho antes, con cientos de hombres y mujeres unidos y comprometidos con un objetivo que los trasciende: lograr que Argentina vuelva a contar con una capacidad supersónica de vigilancia y control del espacio aéreo. Sin duda, ellos son el verdadero corazón del programa.




