A fines de la década de los 70′ y a lo largo de los años 80, la Argentina se convirtió en el único país de América Latina capaz de desarrollar tecnología misilística propia de manera sostenida. En esa época, la Fuerza Aérea Argentina alcanzó un avance significativo en cohetería que no tenía equivalente en la región. El resultado más ambicioso de ese esfuerzo fue el Proyecto Cóndor II. Sin embargo, ese recorrido no logró concretar los resultados esperados.
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El origen del programa se remonta al gobierno de facto de la última dictadura cívico-militar, y su inicio se produce en el marco de una política tecnológica estratégica para el país. Lo que comenzó como un programa de cohetes con vocación espacial mutó, con el tiempo y debido a los resultados de la guerra de Malvinas, hacia un proyecto exclusivamente militar.
El misil Cóndor II: el proyecto que nunca logró despegar
El Cóndor II era un misil balístico de alcance intermedio, de alrededor de 200 km en sus prototipos de prueba, cuyo propósito, aunque no desde un principio, era militar. Se consolidó como un proyecto secreto de los oficiales de la Fuerza Aérea que, tras la pérdida de capacidad por la guerra de Malvinas, buscaban recuperar poder de disuasión sobre el territorio disputado con el Reino Unido.
El programa inició en la década de 1970 bajo la órbita de la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales (CNIE), organismo creado en los años 60, con el fin de desarrollar un lanzador satelital de propulsión sólida. La idea original no tenía vocación militar, sino que Argentina alcanzara capacidad propia para poner satélites en órbita y posicionarse como referente aeroespacial en la región.
Desde el surgimiento de la CNIE, se dio inicio a varias actividades espaciales en forma sistemática y, entre 1960 y 1985, Argentina consiguió desarrollar sus propios cohetes y motores, ubicándose como el cuarto país del mundo en llevar un ser vivo al espacio y retornarlo con vida, y el tercero en lanzar cohetes desde la Antártida.

Justamente, sobre esta base de conocimiento acumulado, a fines de los años 70, el comandante en jefe de la Fuerza Aérea concibió el primer paso formal hacia lo que terminaría siendo el “Programa Cóndor”. En el contexto regional urgía el desarrollo de capacidades más avanzadas, en particular debido a las tensiones con Chile hacia 1978.
Para 1987, el desarrollo era muy avanzado, con un misil proyectado para transportar una carga bélica de 500 kg a una distancia estimada de 800 a 1000 km. Según investigaciones posteriores, el alcance teórico del sistema complejo llegaba incluso más lejos, unos 1200 km. Para ese momento, Argentina dominaba la fabricación de combustible sólido, los caños sin costura, el motor, las colas basculantes y el guiado y control, lo que se traducía en el dominio del ciclo completo de construcción de un misil de ese estilo.
La tecnología desarrollada no era solo militar, ya que algunas partes de la estructura también podían utilizarse, como se estimó desde un principio, para lanzadores satelitales. Un Cóndor operativo habría colocado a Argentina a décadas de ventaja respecto del resto de países de la región en materia espacial.

El programa contó con financiamiento externo de Europa y Medio Oriente. El proyecto incluyó la construcción de instalaciones específicas, como una fábrica de cohetes en Falda del Carmen, provincia de Córdoba, y la participación de empresas europeas en la provisión de componentes y tecnologías avanzadas. Entre los principales socios financieros se encontraban Irak, Egipto y Arabia Saudita, cuya participación complicaría más tarde la suerte del proyecto.
Las causas detrás de la cancelación del Programa Cóndor
Hasta 1987, el emprendimiento se mantuvo fuera de la agenda pública. Ese año, Estados Unidos, Gran Bretaña, Italia, Alemania, Francia, Japón y Canadá establecieron el Régimen de Control de Misiles para impedir la proliferación de esa tecnología en los países periféricos (en vías de desarrollo). Argentina, con un programa muy avanzado y socios de dudosa reputación internacional, quedó inmediatamente en la mira.
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El punto final llegó con la Guerra del Golfo (1990-1991). La cancelación del Cóndor se produjo tras ese conflicto, cuando se descubrió el papel de Irak en el proyecto. Como resultado, el entonces presidente, Carlos Menem, ordenó su archivo y las partes del cohete fueron trasladadas a España para su destrucción.
Además, el gobierno de Estados Unidos condicionó la ayuda financiera para Argentina a la cancelación del proyecto. Menem, que había suscripto al Consenso de Washington, decidió discontinuar el Programa Cóndor II. Así, los ingenieros, científicos y técnicos se vieron obligados a abandonar el plan. Desde la Casa Blanca, se interpretó esta decisión como “sabia y prudente”, por lo que Argentina pasó a ser considerada como un aliado confiable y responsable.




