En estos días en los que se juega el Mundial 2026 de la FIFA, la celeste y blanca flamea en balcones, ventanas y plazas de todo el país. En otra jornada de celebración por el Día de la Bandera, la vemos ondear en los estadios, en las caravanas y en cada rincón donde late el orgullo nacional. Pero esa bandera que abrazamos en los triunfos y que nos emociona hasta las lágrimas no nació entre festejos. Fue creada en tiempos de incertidumbre y de guerra. Detrás de sus colores hay hombres y mujeres que dejaron la vida por la libertad, soldados que derramaron su sangre en los campos de batalla y un creador dispuesto a desafiar órdenes, arriesgar su prestigio y entregar todo por la causa de la patria. Esa bandera que hoy nos une fue, alguna vez, un acto de coraje.
Del general Manuel Belgrano creemos conocerlo casi todo. Pero detrás del creador de la bandera sobreviven historias poco difundidas que ayudan a comprender la estatura moral de un hombre excepcional. Alguien que nunca persiguió la gloria personal y que, lejos de considerarse padre de la Patria, confesó que su mayor aspiración era ser un digno hijo de ella.
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¿Qué ideas movilizaron a ese hombre que, pudiendo haber gozado de las riquezas familiares, se dedicó a luchar por la Patria? El pensamiento de Manuel Belgrano puede conocerse gracias al trabajo realizado por el Instituto Nacional Belgraniano y otros tantos académicos que se dedicaron a investigar a uno de nuestros grandes próceres. Por supuesto, entre ellos, su chozno nieto, el licenciado Manuel Belgrano.

DEF reunió algunas de esas historias para descubrir facetas poco conocidas del creador de la bandera y acercarse al hombre que existió detrás del personaje histórico.
Día de la Bandera: el Belgrano “Patricio” que impulsó la Revolución de Mayo
En España, mientras estudiaba para graduarse en leyes, Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano se vio interpelado por los ideales de la Revolución Francesa. “Se apoderaron de mí las ideas de libertad, igualdad, propiedad y sólo veía tiranos en los que se oponían a que el hombre, fuese donde fuese, no disfrutase de unos derechos que Dios y la naturaleza le habían concedido”, llegó a escribir en su autobiografía.
De España regresó a Buenos Aires para ejercer en el Real Consulado. Allí lo tomó de sorpresa la primera Invasión Inglesa. Pero, como describió Bartolomé Mitre, si de algo estaba hecho Manuel Belgrano era de gloria e ideas adelantadas. Por eso, cuando los británicos desembarcaron en la costa de Quilmes, el 26 de junio de 1806, el prócer se indignó.
“Conducido del honor volé a la fortaleza: allí se formaron las compañías. Yo fui agregado a una de ellas, avergonzado de ignorar hasta los rudimentos más triviales de la milicia. Era muy doloroso ver a mi patria bajo otra dominación”, describió Belgrano en su autobiografía sobre su incorporación a la legión de los Patricios de Buenos Ayres, la milicia urbana creada por Santiago de Liniers con los nacidos en la patria (de allí su nombre, “Patricios”) y que, casualmente, fue la más numerosa de ese momento.
En Patricios, Belgrano fue sargento mayor y defendió a Buenos Aires de la invasión extranjera.
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Años después, Manuel Belgrano encabezó a un grupo de porteños dispuestos a establecer un gobierno nacional. A él se sumaron Juan José Castelli, Nicolás Rodríguez Peña, Juan José Paso y Antonio Luis Berutti, entre otros. Además, el prócer tiene influencia en las milicias: “Los ánimos de los militares estaban adheridos a esta opinión; mi objeto era que se diese un paso de inobediencia al ilegítimo gobierno de España que, en medio de su decadencia, quería dominarnos”. Saavedra, el jefe de los Patricios, también estaba con él: juntos comenzaron a trabajar para conseguir la libertad y, de hecho, las ideas comienzan a dar frutos hacia mayo de 1810.

El dato: fue el mismísimo Belgrano, junto a Castelli y Saavedra, quien tramitó la realización del Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810. Estaban decidios: el Virrey Cisneros debía cesar en el mando. Por eso, al cierre de la jornada, y en un acto patriótico histórico, el creador de la Bandera tomó la palabra en la casa de Rodríguez Peña: juró ante la patria y sus compañeros que, si no era derrocado el Virrey, a los tres días siguientes él lo derribaría.
La bandera celeste y blanca que necesitó de Tucumán para ser oficilizada
Tras la creación del Primer Gobierno Patrio, Belgrano, acompañado por sus Patricios, se dirigió al Norte con dos objetivos: juntar adeptos a la causa porteña y, así, definir los límites de esa patria que se estaba gestando, y enfrentar a los realistas.
En Rosario, en las costas del río Paraná creó la bandera celeste y blanca “conforme a los colores de la escarapela”.
El 27 de febrero de 1812 formó a sus soldados y, cerca de las seis y media de la tarde, enarboló la enseña. No conforme con aquel acto, dio una arenga que pasó a la historia: “Soldados de la patria: en este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional que nos designó nuestro gobierno; en aquel, la Batería de la Independencia, nuestras armas aumentarán las suyas. Juremos vencer a los enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la independencia y la libertad. En fe de que así lo juráis, decid conmigo: ‘¡Viva la patria!’”.
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Sin embargo, el Triunvirato consideró prematura la actitud de Belgrano y ordenó arriar la bandera recién creada. El prócer no se quedó de brazos cruzados: les anunció a sus soldados que, en vez de destruirla, la reservaría para el día de una gran victoria. Fue en Tucumán donde la obtuvo. Por eso, como fiel devoto de la Virgen, le agradeció la victoria a la Virgen de la Merced, cuya figura se encontraba en esa ciudad del Norte, y le entregó su bastón de mando. Además, la nombró generala y patrona del Ejército Argentino.

La Batalla de Tucumán y su vínculo con la provincia de la Independencia
La relación de Manuel Belgrano con Tucumán fue mucho más profunda que su célebre victoria militar de 1812, oportunidad en la que el 24 de septiembre hizo rendir a los realistas en el ‘jardín de la República’.
Tiempo atrás, DEF conversó con la historiadora tucumana Gigliola Petrelli, figura clave en la difusión del legado belgraniano en San Miguel de Tucumán. Según explicó, cuando la declaración de la Independencia parecía dilatarse entre debates y cautelas, Manuel Belgrano irrumpió en la escena política tucumana a comienzos de julio de 1816. No llegó para firmar el acta, pero sí para acelerar la decisión. El 7 de julio, frente a los congresales, les reclamó que dejaran de postergar una definición que la realidad imponía: declarar la Independencia sin más demora.
Tras su regreso a la provincia, el general decidió establecerse allí y adquirió un terreno cercano al cuartel del Ejército del Norte (en el campo de las carretas, el predio en el que se libró la Batalla de Tucumán). Según explica la historiadora Gigliola Petrelli, la vivienda fue donada por el Cabildo tucumano en agradecimiento por el triunfo obtenido.

Belgrano vivió en Tucumán entre 1816 y 1820, en una casa sencilla de adobe, techo de paja y apenas cinco ambientes. “Esta es una recreación del hogar que Belgrano ocupó durante casi cuatro años”, señala Petrelli desde la réplica de la vivienda que se exhibe en la capital de esta provincia.
Sobre la batalla (que, a su vez, fue el resultado de una orden desobedecida por Belgrano, ya que tenía la misión original de esperar a los realistas en Córdoba y no en Tucumán) Petrelli contó a DEF que fue la “más federal y criolla” de la historia, ya que reunió a gauchos y vecinos de distintas regiones del Norte.
Sin embargo, sus últimos años en Tucumán estuvieron marcados por la enfermedad y las dificultades económicas. Afectado por la hidropesía y tras una sublevación que incluso lo mantuvo bajo custodia, Begrano decidió regresar a Buenos Aires. “Él estaba muy enfermo y quería quedarse”, recuerda Petrelli. Sin dinero para afrontar el viaje, debió pedir ayuda a un comerciante tucumano. Meses después, moriría en la ciudad que lo había visto nacer, dejando como legado el ejemplo de una vida austera y dedicada al servicio de la Patria.

Los hijos de Belgrano
“Belgrano tuvo dos hijos. Uno con Josefa Ezcurra, la cuñada de Juan Manuel de Rosas. Los padres de Josefa la habían comprometido en matrimonio con un primo. Pero, con las ideas revolucionarias de 1810, él regresó a Europa y la abandonó. Ella, entonces, retomó su romance con Belgrano. Y, cuando ella se entera que lo habían enviado al Norte, decide ir a su encuentro. Estando acá, quedó embarazada y decidió viajar a Santa Fe para tener a su hijo. Ella aún tenía a su marido con vida, iba a ser una deshonra para la familia. Entonces, Encarnación Ezcurra, casada con Rosas, lo adoptó como hijo propio: Pedro Pablo Rosas se entera que era hijo de Belgrano luego de que falleciera el prócer; a partir de ese momento, termina firmando las cartas como Pedro Rosas y Belgrano”, detalló Petrelli.
Más tarde, en 1816 y en tiempos de la Independencia, Belgrano asistió a un baile de gala llevado adelante en Tucumán. Allí conoció a Dolores Helguero. De ese romance, nació su hija Manuela Mónica del Corazón de Jesús Belgrano. “Hay descendientes con su apellido porque ella se casó con un sobrino segundo (nieto de una hermana de Belgrano)” aclara, y agrega que el presidente del Instituto Belgraniano, el licenciado Manuel Belgrano, viene de esa rama de la familia.
Un dato: antes de morir, Belgrano le pagó a su médico por sus servicios con su reloj, único objeto de valor que tenía en su poder. No contaba con dinero, así que dejó testamentada una deuda: nombró a su hermano, Domingo, como albacea y le dio instrucciones de, una vez que le paguen lo que le debía el gobierno, además de saldar todo, el dinero vaya destinado a la crianza de su hija mujer.

El sable de Belgrano
“Sin Tucumán y Salta, no hubiese habido Chacabuco y Maipú. A la historia épica de Belgrano también hay que conmemorarla, pues llevó su espíritu de hombre civil y político a sus campañas militares”, confesó a DEF, tiempo atrás, el licenciado Manuel Belgrano, chozno nieto del prócer.
Fue en ese mismo diálogo que el presidente del Instituto Belgraniano contó que el sable que legó a la Patria -cuya réplica es utilizada por las autoridades de la Fuerza Aérea Argentina- fue, en realidad, un reconocimiento (no lo adquirió): “Es un sable que se llama de premio. Tiene guarniciones de oro y alegorías en la vaina. No es para sablear”.
Cuenta Belgrano que no hay información sobre el tipo de sable que el prócer utilizó en las distintas batallas y enfrentamientos que protagonizó en el siglo XIX, aunque asegura: “Seguramente haya sido de latón, como eran los de aquellos años. Debió haber sido uno común, como el que utilizaban los soldados. Porque si uno analiza la personalidad de Belgrano, seguramente usó el mismo armamento que sus soldados. Por otro lado, no había mucho para proveer”.
En palabras de su chozno nieto, el sable que actualmente se identifica con Belgrano carece de documentación que brinde información sobre su historia: “Lo que se sabe es que la Asamblea del año XIII le otorgó premios, los famosos 40 mil pesos (que iban a ser en tierras pero que él dona para dotar escuelas) y este sable con guarnición de oro que, además, debía tener grabado en su hoja ‘al benemérito brigadier general Manuel Belgrano’; sin embargo en el original esa fórmula no está presente”.

En ese contexto, según describe el licenciado Belgrano, el sable del prócer estuvo en poder de la hija del general Rudecindo Alvarado, quien lo donó al Congreso de la Nación: “Lo tenía ella porque se lo entregó Martín Miguel de Güemes. Antes, a Güemes, se lo donó Belgrano ¿Hay documentos?, no. Lo único que existe es lo que ella escribió estando en Salta”.
Tras permanecer en la biblioteca del Congreso, el sable fue destinado al Museo Histórico Nacional, en el Parque Lezama.
“El sable tiene repujados en la vaina, con escenas que, sin duda, son de Egipto. Se supone que es un sable de origen francés”, dijo Belgrano, quien también explicó que el armamento fue al mérito y que quizá, en la época en que se vendió, fue comprado como premio: “Es para usar con un uniforme de gala y a Belgrano se lo dieron por las victorias de Tucumán y de Salta”.




