Desde hace años, el gobierno de Vladímir Putin repite el mismo argumento frente a las cámaras y los medios estatales rusos. Habla de una Rusia que se defiende de la expansión de la OTAN hacia sus fronteras, que protege a las minorías rusoparlantes que quedaron fuera de sus fronteras tras la caída de la Unión Soviética (URSS) y que combate lo que llama “el fascismo en Ucrania”.
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Rusia y la guerra en Ucrania: el verdadero objetivo detrás del relato público
Esa lógica responde a lo que se conoce como la “Doctrina del Extranjero Cercano”. Bajo esta visión, que surge tras la disolución de la URSS en 1991, Rusia considera que las exrepúblicas socialistas soviéticas nunca alcanzaron una soberanía plena. De esta manera, se arroga un derecho de veto informal sobre las decisiones políticas, económicas y militares de esos países, pese a que hoy sean estados independientes reconocidos por la comunidad internacional.

La postura de Putin responde, además, a lo que los analistas describen como “estatismo”, la escuela de pensamiento más influyente dentro de Rusia. Según esta visión, el poder del Estado ruso debe ser lo suficientemente fuerte como para no quedar subordinado a otras potencias. Sus valores principales se encuentran en el poder, la estabilidad y la soberanía. Esa lógica no se limita al territorio ruso, sino que se extiende a lo que Moscú considera su “zona de amortiguación estratégica” frente a Occidente.
Para entender esta corriente, es importante tener en cuenta el contexto histórico en el que surge esta idea de supervivencia frente a Occidente. Al culminar la Guerra Fría, y quedar en claro que Estados Unidos y los valores liberales lideraban el mundo, Rusia quedó en un estado de humillación tras la automatización nacional, una de las mayores expresiones de derrota sin batallas.

Es así como la ex-URSS pasó de ser un imperio a perder gran parte de su dominio territorial. Bajo este sentimiento es que buscan resguardar el poder que aún creen tener en la región.
De esta manera, la guerra en Ucrania no solo busca frenar un eventual ingreso a la OTAN. También responde a la necesidad del Kremlin de preservar lo que queda de su espacio postimperial, mientras evita que naciones que integraron la URSS se acerquen a estructuras occidentales de defensa o de integración económica.
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Otro argumento se relaciona con lo que se conoce como la teoría del “Heartland”. Propuesta en 1904 por el geógrafo británico Halford John Mackinder, sostiene que aquel que se encuentre en el centro de la tierra controlará la “Isla Mundial” y todo el planeta. Para Rusia, mantener la hegemonía sobre este “corazón continental” y sus recursos es una necesidad de supervivencia, lo que justifica sus constantes conflictos para evitar que la OTAN penetre en su zona de influencia.
Los antecedentes que muestran un patrón repetido
El conflicto iniciado hace más de cuatro años no fue el primer capítulo de esta estrategia. En 2008, Rusia libró una guerra breve pero decisiva contra Georgia, que terminó con el reconocimiento ruso de la independencia de Abjasia y Osetia del Sur, dos regiones separatistas que hasta hoy funcionan como protectorados de facto de Moscú.
Ucrania, por su parte, ya había sufrido una primera fractura territorial años antes de la invasión a gran escala. Rusia anexó la península de Crimea tras un referéndum no reconocido internacionalmente, y simultáneamente respaldó a movimientos separatistas en las regiones orientales de Donetsk y Lugansk, en la zona conocida como Donbás.

Estos dos territorios, Crimea y Donbás, quedaron bajo control ruso o de fuerzas prorrusas, algo que anticipó el patrón que se repetiría de forma mucho más violenta años después. En ambos casos, Georgia y Ucrania, el argumento oficial fue proteger a poblaciones rusoparlantes, mientras el resultado concreto fue la fragmentación territorial de un vecino que buscaba acercarse a Occidente.
La guerra actual profundizó esa misma lógica a una escala mucho mayor, con la anexión formal de otras cuatro regiones ucranianas además de Crimea. El patrón de fondo, sin embargo, se mantiene idéntico desde hace más de una década, y explica por qué buena parte de los analistas internacionales entiende que el conflicto no terminará con un simple acuerdo sobre la OTAN.




