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Imperio Austrohúngaro: a 107 años de su disolución, cómo se repartieron sus territorios

El Estado europeo multinacional se extendió desde Austria y Hungría hasta partes de Ucrania, Italia y los Balcanes. Cómo se repartió esa tierra tras su caída.

Cuando se habla del Imperio Austrohúngaro, la imagen que suele venir a la mente es la de un mapa imposible, mezcla de idiomas, religiones y tradiciones, sostenido por una sola dinastía. La monarquía dual, nacida del pacto entre Viena y Budapest, llegó a ser el segundo territorio más extenso de Europa y el tercero más poblado del continente, detrás de Rusia y del propio Imperio alemán. Su diversidad, que durante décadas fue motivo de orgullo imperial, fue también su mayor debilidad estructural.

La conducción del imperio respondía a un esquema poco habitual para la época, con un monarca que era emperador en Austria y rey en Hungría, dos gobiernos internos con amplia autonomía y una administración conjunta solo para exteriores, defensa y finanzas. Ese equilibrio, siempre inestable, dependía en gran medida de la habilidad de la corte de Viena para contener las tensiones nacionalistas que crecían en cada rincón del territorio, especialmente entre eslavos y rumanos que reclamaban mayor autonomía o directamente la independencia.

Qué países integraron el Imperio Autrohúngaro

Lo que hoy se conoce como Austria y Hungría son apenas dos de los fragmentos que dejó la desintegración imperial. República Checa y Eslovaquia surgieron como Checoslovaquia a partir de territorios bohemios y eslovacos, mientras que buena parte de lo que ahora es Ucrania occidental, con la región de Galitzia, también formaba parte de la antigua corona. 

Por otra parte, Polonia recuperó porciones de su territorio histórico que estaban bajo dominio austrohúngaro, y Rumania sumó Transilvania y Bucovina a su territorio nacional.

En los Balcanes, el impacto fue igual de profundo. Croacia, Eslovenia, Bosnia y Herzegovina y la región serbia de Vojvodina pasaron a integrar el nuevo Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, antecedente directo de lo que luego sería Yugoslavia. Italia, por su parte, incorporó el Tirol meridional, Trieste e Istria, zonas que la población italiana había reclamado durante años. 

El imperio austrohúngaro llegó a ser el segundo territorio más extenso de Europa y el tercero más poblado del continente, detrás de Rusia y del propio Imperio alemán.

En total, del antiguo territorio imperial surgieron o se ampliaron alrededor de 13 estados que en la actualidad son países independientes, un proceso de fragmentación que no tuvo comparación en la Europa de la época.

Esa disolución no fue un hecho aislado ni repentino. Fue la consecuencia directa de una derrota militar que aceleró procesos nacionalistas que ya venían gestándose desde principios de siglo, y que la propia guerra terminó de destapar sin que la corona tuviera margen para contenerlos.

Una potencia militar clave que terminó devorada por la misma guerra que impulsó

El Imperio Austrohúngaro fue uno de los responsables directos de la Primera Guerra Mundial. Tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando, en Sarajevo, Viena le declaró la guerra a Serbia, un movimiento que activó el sistema de alianzas europeo y desencadenó el conflicto a escala continental. 

La Primera Guerra Mundial inició luego del asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo.

Desde ese momento, el ejército imperial y real combatió simultáneamente en varios frentes, contra Rusia en el este, contra Italia en los Alpes y el río Isonzo, y contra Serbia en los Balcanes. Esto provocó un desgaste que ninguna otra potencia tuvo que sostener con la misma intensidad.

Esa capacidad militar, considerable al inicio del conflicto, se erosionó con rapidez. La economía imperial, menos industrializada que la alemana, no logró sostener el ritmo de producción bélica que exigía una guerra de esa magnitud, y el bloqueo naval aliado generó escasez de alimentos en varias regiones del territorio. A esto se sumó la dependencia cada vez mayor de Alemania, que debió reforzar en múltiples ocasiones al ejército austrohúngaro para evitar colapsos en el frente.

La muerte del emperador Francisco José, en plena guerra, dejó el trono en manos de su sobrino Carlos I, quien intentó sin éxito reformar el imperio hacia un modelo federal y buscó, también sin resultado, una salida negociada del conflicto. 

Para cuando las derrotas militares se volvieron insostenibles, los distintos pueblos del imperio ya habían comenzado a proclamar sus propias independencias, lo que dejó a la corona sin territorio real que gobernar. La guerra que el imperio ayudó a desatar fue, en definitiva, la causa directa de su propia desaparición.

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