El análisis de la inserción y proyección de la influencia de la República Popular China en América Latina suele abordarse desde la dicotomía tradicional de los regímenes políticos. Sin embargo, tal como señala la directora de la Licenciatura en Ciencias Políticas de la UCEMA, Constanza Mazzina, “la estrategia de Pekín es mucho más pragmática”.
“El verdadero desafío radica en comprender que los índices de influencia china no miden necesariamente el volumen de coerción política, sino la porosidad institucional de los países receptores”, indica la académica.
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Cómo se mide la penetración de China en América Latina
-¿Qué observó en su análisis de los diferentes índices que miden la exposición de la región a China?
-Uno de los hallazgos más llamativos, al observar los registros regionales, es que las democracias abiertas e institucionalizadas del Cono Sur concentran los puntajes más altos de exposición en el China Index. Este registro es elaborado por la organización Doublethink Lab, con sede en Taiwán, en colaboración con la red global China In The World.
La explicación de esta paradoja es estrictamente metodológica y descansa en la naturaleza de los indicadores. El China Index evalúa la penetración de Pekín a través de nueve dimensiones, que abarcan desde la economía y la tecnología hasta los medios, la sociedad y la política exterior, alimentándose de datos públicos, registros de inversión, debates legislativos, notas de prensa y convenios académicos abiertos.
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-¿Cómo impacta el grado de apertura de la economía en la transparencia de los datos?
-En consecuencia, en países con economías más abiertas, sistemas financieros integrados, prensa libre y marcos institucionales transparentes, cada contrato, cooperación tecnológica o intercambio universitario deja un rastro documental auditable. Si contrastamos el índice Rule of Law –elaborado por el World Justice Project– con el China Index, se constata una correlación prácticamente nula (0.17). Esto ratifica analíticamente que la solidez del imperio de la ley o la calidad de las garantías institucionales no condicionan ni restringen la penetración de Pekín.
Los países con altos índices de vigencia del Estado de Derecho, como Chile o Uruguay, exhiben una mayor visibilidad de la influencia china, debido a la total transparencia y auditabilidad de sus registros públicos, mientras que los contextos con severas debilidades en el cumplimiento de la ley reproducen un vacío documental que enmascara artificialmente la inserción de potencias extracontinentales.

Injerencia externa y presiones diplomáticas
-¿Existen presiones diplomáticas de parte de China?
-Sí. Un claro ejemplo reciente se observa en Panamá, donde la creación de un Grupo Multipartidista de Intercambio Parlamentario con Taiwán desató una intensa presión diplomática y un rechazo público por parte de la Embajada de China. La exigencia de Pekín para que los legisladores panameños rectificaran y se subordinaran al principio de “una sola China” chocó abiertamente con la autonomía del Poder Legislativo y el debate público plural, evidenciando que en los entornos democráticos la injerencia externa se discute a la luz del día, mientras que en los regímenes cerrados se negocia bajo absoluta discreción.
-¿Qué ocurre en los países con gobiernos autoritarios?
-Si la alta puntuación de las democracias abiertas responde a su transparencia, en el otro extremo de la muestra encontramos el denominado “sesgo de la opacidad autoritaria”. Al recorrer el arco político centroamericano, los datos demuestran cómo los regímenes más autocráticos quedan artificialmente invisibilizados. Nicaragua se ubica sorpresivamente en el puesto 54 (sobre 101 países), con un puntaje de 34,7 en el China Index, a pesar de que el régimen orteguista mantiene una alianza geopolítica e ideológica estrecha y directa con Pekín.
-¿Cómo se explica esto?
-En un Estado policial cerrado, donde la prensa independiente ha sido desmantelada, la sociedad civil reprimida y la información estatal manejada con absoluta discreción, no existen registros abiertos, investigaciones periodísticas ni datos académicos independientes que permitan fiscalizar contratos de cooperación, acuerdos de seguridad o convenios políticos. Al no haber “datos abiertos” para alimentar los índices, el índice interpreta erróneamente la ausencia de registros públicos como ausencia de influencia, cuando en realidad lo que opera es un hermetismo absoluto.
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-¿Hay alguna otra experiencia similar?
-Un fenómeno análogo ocurre en El Salvador. A pesar del giro político pragmático impulsado por la administración de Nayib Bukele hacia un acercamiento con Pekín y la promesa de cuantiosas obras de infraestructura, el país registra un valor sumamente bajo en el índice (11.4). Nuevamente, las limitaciones en la recopilación sistemática de datos debido a la centralización del poder y la opacidad en la negociación de convenios impiden que la influencia real se traduzca en métricas estandarizadas.

Cuál es el vector que guía la penetración de Pekín en la región
Los datos confirman que la estrategia de expansión de Pekín opera con total independencia del régimen político interno de sus socios latinoamericanos. “Esto demuestra empíricamente que a Pekín le resulta indistinto negociar con una democracia consolidada como Chile o con una autocracia familiar como la nicaragüense”, apunta Mazzina.
“El análisis comparado de los índices de influencia en América Latina, respaldado por las métricas de Estado de Derecho, democracia y libertad económica, nos obliga a reformular la lectura sobre el poder de China en la región”, añade.
-¿Cuál es el factor que explica, entonces, la penetración china en América Latina?
–El vector que guía la inserción china no es la afinidad ideológica, sino el acceso quirúrgico a recursos estratégicos indispensables para su transición energética y sus cadenas globales de valor: el litio y el cobre en el Cono Sur, las posiciones logísticas clave en Centroamérica y los minerales críticos y agronegocios en Brasil y Perú.Mientras las democracias transparentes exponen su porosidad a plena luz, los regímenes autocráticos ocultan, bajo un manto de opacidad, una penetración que opera de manera discrecional y silenciosa, recordándonos que la falta de evidencia en los registros oficiales rara vez equivale a una ausencia de poder.




