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El testimonio inédito de un tripulante del Tracker de la Armada en Malvinas: “Me convertía en un blanco”:

¿Cómo se detectaba al enemigo cuando todavía no podía verse? El capitán de navío (R) y Veterano de Malvinas, Juan José Membrana, reveló cómo la Armada Argentina utilizó la guerra electrónica, sus aeronaves y, sobre todo, el ingenio de sus hombres para enfrentar a una de las fuerzas navales más poderosas del mundo. 

En Malvinas, el enemigo podía estar allí sin ser visto. Pero, existía un detalle: antes de que apareciera un buque en el horizonte, una señal en el espectro electromagnético podía revelar su presencia. Había que escuchar, interpretar y tomar decisiones en cuestión de segundos. Pues, los militares argentinos debían encontrar antes de ser encontrados por una de las fuerzas navales más poderosas del mundo. 

Y, cuando la tecnología disponible no alcanzaba, aparecía el ingenio: modificar equipos, adaptar aeronaves y aprender sobre la marcha. 

De esa batalla invisible habló, en el marco de la tercera jornada en Innovación y Tecnología (organizada por la Secretaría de Investigación, Política Industrial y Producción del Ministerio de Defensa), el capitán de navío (R) y veterano de Guerra, Juan José Membrana. 

En palabras de Membrana, el Tracker, más que un avión, fue un laboratorio en el aire.

El S-2 Tracker, un avión y un laboratorio al volante

A más de cuatro décadas del conflicto, bajo la consigna “Malvinas: innovación en el conflicto”, su relato permitió asomarse a una dimensión poco conocida de la guerra de 1982: las misiones de la Aviación Naval Argentina, los radares, las frecuencias, los vuelos rasantes y las decisiones tomadas al límite. Una historia de tecnología, estrategia y, sobre todo, de hombres que hicieron mucho con lo poco que tenían.

“La idea es compartir con ustedes lo que pudimos hacer con lo que teníamos”, explicó al iniciar su relato, frente a un auditorio repleto en la Facultad de Ingeniería del Ejército

Sobre el Grumman S-2 Tracker, en el que se desempeñaba, Membrana lo describió como mucho más que una aeronave de combate: “Es un avión que, además, es un laboratorio”. Según cuenta, su tripulación era de cuatro hombres y estaba equipado con sonar, radar y sistemas de guerra electrónica orientados a la detección de submarinos. Incluso comparó la experiencia de abordarlo con “entrar a la cabina de un camión”, en referencia al espacio reducido para la tripulación.

Según el relato del Veterano, la orden de embarcarse llegó el 28 de marzo de 1982. Por entonces, el destino era incierto, solo sabían que iban a ir al Sur. “Mi sensación interior fue que alguien, en otro nivel, lo tenía todo perfectamente controlado y pensado”.

El Tracker en la cubierta del portaaviones ARA “25 de mayo”.

Capitán de navío Membrana:  “Fue el único día con sol durante toda la guerra”

A partir del 5 de abril, el relato de Membrana avanza hacia la escalada del conflicto: los Tracker ya estaban desplegados en Puerto Argentino junto a los aviones de la Fuerza Aérea. El veterano recordó una imagen particular de esos días, la de un cielo despejado que resultó excepcional: “fue el único día con sol durante toda la guerra”, señaló. Luego de aquella jornada, nunca más volvió a repetirse un clima así en los 74 días que duró el conflicto.

Fue por entonces cuando la tripulación argentina comenzó a dimensionar la magnitud de la fuerza británica que se aproximaba: cada vez se sumaban más búques. 

Entonces, ante ese panorama, la prioridad pasó a ser la detección temprana de esos blancos mediante las emisiones electrónicas, ya que, según contó, un radar bien empleado permite advertir la presencia enemiga a distancia antes de ser detectado.

El ingenio puesto en juego para cazar sin ser cazados

En el corazón de esa guerra invisible, la que se libraba en el espectro electromagnético y no en el mar abierto, los tripulantes del Tracker se enfrentaban a un enemigo que no podían ver pero que sabían que los estaba cazando: nada más y nada menos, que el avión Sea Harrier, equipado con un radar capaz de detectarlos a distancia.

Juan José Membrana en la Facultad de Ingeniería del Ejército (Foto: DEF)

Frente a esa amenaza, la tripulación argentina improvisó: debieron sacrificar parte del equipamiento antisubmarino del avión para hacer lugar a un analizador de espectro y un osciloscopio, herramientas de laboratorio de tierra reconvertidas en instrumentos de supervivencia a diez mil pies de altura.

Los números mágicos que les permitieron sobrevivir

De esa improvisación nacieron dos números que se convirtieron en el límite entre la vida y la muerte para la tripulación: menos 60 decibelios-milivatio (DBM) y hasta 10. 000 pies de altura. “Para mí, son números mágicos”, confesó el Veterano, y explicó con crudeza el significado real de esa cifra: “siendo operador, me decía: tengo tal frecuencia y tengo menos 60 DBM, yo sabía que a partir de ese momento me convertía en un blanco”. No hacía falta que el radar enemigo los detectara con certeza; bastaba con que la potencia de la señal cruzara ese umbral para que el avión, su tripulación y su misión quedaran expuestos en el peor escenario posible.

Fue así como la altura de vuelo dejó de ser una simple variable táctica para convertirse en una cuestión de supervivencia. Con un techo operativo de apenas diez mil pies, cada tripulación debía leer en tiempo real la potencia de la emisión enemiga y decidir, sin margen de error, si continuar la exploración o retirarse antes de convertirse en un blanco. Detrás de cada número en la pantalla del analizador de espectro había hombres jugándose la vida. 

Una polaroid, un óptico de Bahía Blanca y el desafío de documentar la guerra

En la noche del 1 de mayo, la tripulación logró acercarse hasta 38 millas de la flota británica. Fueron horas de tensión: por el alcance limitado del radar, cada milla de aproximación era una apuesta entre la información y la exposición. 

Para el Veterano, la ITB fue uno de los inventos más emblemáticos de la Guerra de Malvinas.

Además, las autoridades les sumaron un pedido más: debían tomar una imagen de la pantalla con las emisiones. ¿Cómo lo harían? Sin cámaras digitales ni celulares, la solución llegó de un lugar inesperado: un óptico de Bahía Blanca les adaptó unas cámaras Polaroid con lentes macro para fotografiar, a pocos centímetros de distancia, la pantalla del analizador de espectro. “Me daban la foto en un minuto”, recordó Membrana sobre aquel improvisado método artesanal que terminó siendo la única forma de dejar registro inmediato de las emisiones radar detectadas en la misión de combate.

Esas fotografías, tomadas con equipamiento pensado para paisajes familiares, se convirtieron en documentos de guerra: a lo largo del conflicto identificaron decenas de blancos británicos distintos. La diferencia de décimas de frecuencia entre uno y otro permitía a la tripulación distinguir buques individuales dentro de la flota enemiga, armando pacientemente un mapa del despliegue británico a partir de puntos de luz en el analizador de espectro. Cada imagen capturada era, en palabras del propio veterano, “una foto del momento de combate”

Arriba del Tracker: un ritual que rozaba lo temerario

Detrás de cada vuelo, había un ritual que rozaba lo temerario: en los puntos críticos de la derrota, el Tracker debía descender a apenas cien pies -o menos- sobre el mar, encender sus emisores a máxima potencia y escuchar si aparecía la frecuencia. Si no había nada, cortaban la emisión y volvían a bajar, avanzando así, punto por punto, hasta las 500 millas del centro del dispositivo británico, el límite exacto que el combustible permitía para poder regresar al portaaviones. 

En medio del conflicto, existió un detalle que evitó sus muertes: los aviones de la Armada estaban configurados con una pintura blanca. Y, si bien no había habido inconvenientes, un día se les acercó el piloto Pablo Carballo de la Fuerza Aérea. “¿Ustedes son los blancos? Los vemos desde el aire, parecen gaviotas. Más vale que los empiecen a ensuciar o pintar”, les advirtió. 

La respuesta fue tan inmediata como artesanal: “les tiramos lo que encontramos y con eso creo que nos salvamos”. 

El tema es que la cacería también se libraba bajo el agua, invisible y silenciosa. Una noche, el submarino británico HMS Splendid, que perseguía al portaaviones ARA “25 de Mayo”, escuchó una emisión que su equipo de guerra electrónica clasificó como proveniente de un Tracker. Sin capacidad de maniobra y atado a una regla de empeñamiento que exigía confirmación visual del blanco, su comandante tomó una decisión que cambiaría el curso: abandonar la persecución y esperar a que saliera el sol para confirmar de quién se trataba. Nunca volvió a recuperar el contacto. Al respecto, Membrana contó que accedió a esa información a través de la bitácora del comandante del HMS Invincible.

El Super Étendard, el radar MB 339 y la instalación terrestre berreta del Exocet

Para Membrana, hubo grandes protagonistas en la Guerra de Malvinas. Según su testimonio, uno de ellos fue el avión Super Étendard, “la nave más moderna de la República Argentina en 1982”. Este sistema de armas de la Armada era capaz de detectar si estaba siendo iluminado por un radar enemigo o si un misil había sido lanzado en su contra. Por eso, para evitar ser detectado, volaba a baja altura para evitar ser detectado. Aún así, protagonizó los ataques al HMS Sheffield y al Atlantic Conveyor. A esa hazaña se sumó el trabajo, silencioso pero decisivo, del radar MB 339, que mediante puro ingenio logró calcular dónde aparecían y desaparecían los aviones británicos que atacaban la isla, permitiendo ubicar la zona donde podía estar oculto el núcleo de la flota enemiga.

En esa línea, Membrana también habla de otro de los episodios más audaces vividos durante la Guerra de Malvinas: el nacimiento de la ITB, la “instalación terrestre berreta” del misil Exocet. El invento argentino consistió en un arma que no existía en ningún manual y que se armó literalmente con lo que había a mano: se retiraron dos misiles de un destructor, se los montó sobre un carretón de la Infantería de Marina y se le agregaron viejos reflectores antiaéreos. Con ese artefacto improvisado, los británicos que bombardeaban Puerto Argentino recibieron un Exocet “que nunca se imaginaron que íbamos a lanzar”. En palabras del capitán de navío, ese fue el primer lanzamiento terrestre de la historia de un misil naval empleado en modo tierra. 

Como cerró el propio veterano, resumiendo el espíritu de toda la exposición, “los héroes son quienes cayeron en Malvinas”. 

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