Apenas una decena de ríos atraviesan la provincia de Tucumán. El Salí, que más adelante se transforma en el Dulce, es probablemente el más importante. Y, sin embargo, esta tierra de pocos cursos de agua es uno de los semilleros más importantes de la Armada Argentina. Quizá porque aquello que falta puede convertirse en motor de un deseo, como si la distancia del mar despertara, justamente, la necesidad de buscarlo. O quizá porque esos pocos torrentes, al nacer en las Cumbres Calchaquíes y en los nevados del Aconquija, descienden con algo más que agua: traen consigo sueños en altura.
- Te puede interesar: “Maniobra para regresar a casa”: el emotivo reencuentro de la Fragata ARA “Libertad” con Argentina
Esa paradoja parece cobrar vida en la historia del guardiamarina Leonardo Palacios, un tucumano que nació lejos del mar y terminó haciendo de él su destino.
DEF charló con él durante el último tramo que navegó la Fragata ARA “Libertad” al llegar al país para conocer a fondo aquel sueño.

“Fueron cuatro años de amoldarse a la vida militar”
Desde el comienzo, Leonardo Palacios tuvo claro qué quería ser. “Mi idea en la Armada, desde el principio, es ser piloto de la Aviación Naval”, cuenta el guardiamarina tucumano, que a sus 25 años está a punto de culminar una etapa clave de su formación a bordo de la Fragata ARA “Libertad”.
- Te puede interesar: Papá a bordo: los marinos de la Fragata “Libertad” que fueron padres en alta mar
Nacido en San Miguel de Tucumán, llegó a la institución con un objetivo definido y encontró en la carrera naval el camino para acercarse a ese sueño.
El recorrido hasta la Fragata “Libertad” implicó cuatro años de formación en la Escuela Naval Militar, en Río Santiago, donde tuvo que adaptarse a una vida completamente diferente.

“Fueron cuatro años de amoldarse a la vida militar, de aprender lo que es el arte de navegar y de conducir personal”, explica. La preparación combinó exigencia académica, entrenamiento físico e instrucción militar y tuvo en este viaje de instrucción su instancia final antes de recibirse como oficial de la Armada.
Una forma de servir al país
Palacios hizo toda su trayectoria escolar en Tucumán, donde cursó el secundario con orientación en Ciencias Sociales. Nada, en principio, parecía anticipar que terminaría navegando a bordo de la Fragata ARA “Libertad”.
La pregunta surge casi naturalmente: ¿cómo llega un tucumano a la Armada? Para él, la respuesta está menos en el lugar de nacimiento que en una elección personal.
“Es la idea de cada uno de cómo servir a la patria”, explica. Palacios entiende que existen distintas maneras de hacerlo y que encontró la propia en la Armada Argentina.
“Todo el mundo le sirve a la patria, todo el país sirve y nosotros encontramos nuestra forma de servir aquí, en la Armada”, señala. Ahora, después de cuatro años de formación, ese compromiso empieza a tomar una nueva dimensión: aplicar a bordo todo lo aprendido y prepararse para continuar su carrera en el destino que la institución le asigne.

Una carrera de aventura: “Confirmé mi primer año que èsta era mi carrera”
El paso por la Armada no hizo más que confirmar una decisión que Palacios, según cuenta, había tomado muy temprano. “Confirmé mi primer año que èsta era mi carrera”, asegura, no sin antes contar que en la Fuerza tendrá la oportunidad de viajar a la Antártida, volar en aeronaves de la Armada y navegar en distintos buques. Para el tucumano, son experiencias que terminan de darle sentido a la elección: “Es algo realmente único”.
Con expectativas muy altas, el viaje a bordo de la Fragata ARA “Libertad” también le permitió enfrentarse a una de las responsabilidades centrales de la formación de un oficial: hacerse cargo de la guardia de puente.
“Es algo que todos los guardiamarinas en comisión queremos llegar a lograr: cubrir guardia en el puente de mando solos, a cargo del buque”, explica. Allí, durante las horas de navegación, el oficial debe asumir la responsabilidad por el rumbo y por todo lo que ocurre a bordo.
Pero el desafío, aclara Palacios, va mucho más allá de conducir el buque: también implica aprender a conocer y conducir al personal y asumir las tareas administrativas que forman parte de la vida de un oficial de Marina.
Un sacerdote, una tripulación y la tarea de no aflojar
Más allá de los puertos y de conocer Estados Unidos y los paisajes del Caribe, hubo algo que Palacios se llevó especialmente de este viaje: la forma en que la Fragata ARA “Libertad” fue recibida en cada lugar.

“La Fragata Libertad es una embajadora de la República Argentina”, destaca. En cada escala, dice, esa condición se hizo visible tanto en los actos protocolares como en el contacto con la gente de las ciudades. Conocer otras culturas y formas de vida terminó siendo, para él, una de las grandes experiencias de la travesía.Pero cada salida de puerto también significaba algo más personal: un paso hacia el final de la formación. “Es un paso más para llegar y convertirse en oficial”, cuenta.
- Te puede interesar: El jefe de la Armada, almirante Romay, habló de todo: Punta Indio, salarios y los desafíos de la Fuerza
Después de cuatro años en la Escuela Naval y casi seis meses a bordo, los guardiamarinas dejaron de ser simplemente compañeros de promoción. “Somos amigos”, explica Palacios. Compartir durante meses un buque de 100 metros de eslora y apenas 14 de manga fue también un desafío de convivencia, en el que aprendieron a sostenerse mutuamente cuando alguno flaqueaba. “Sabemos manejarlo”, dice sobre esos momentos, y destaca el acompañamiento permanente del sacerdote que viajó con ellos y se convirtió en una figura de referencia durante la travesía.
“No hay lugar como el hogar”
Después de casi seis meses a bordo, Palacios reconoce que hay algo que ningún puerto del Caribe pudo reemplazar: la casa.
“Personalmente, extraño a mi familia y también a mi provincia, extraño un buen sándwich de milanesa, todos los tucumanos coincidiremos”, cuenta entre risas. Y aunque asegura haber disfrutado de cada uno de los países que conoció durante la travesía, la conclusión es sencilla: “No hay lugar como el hogar”. En el apostadero naval, mientras la Fragata ARA “Libertad” completa su regreso, en Buenos Aires lo esperan sus padres, una de sus abuelas y su madrina. Sus dos hermanas, estudiantes universitarias, lo esperan en Tucumán.
La decisión de ingresar a la Armada también fue, desde el comienzo, familiar. Palacios es el mayor de sus hermanos y recuerda que para sus padres no fue sencillo verlo partir de Tucumán rumbo a La Plata. Sin embargo, asegura que recibió su apoyo desde el primer momento, durante los estudios médicos, los exámenes de ingreso y los cuatro años de formación.
“No tengo nada más que hacer que agradecer a mi familia”, resume. Ahora solo queda esperar el egreso y conocer su primer destino. Pero antes de pensar en el próximo buque, hay un deseo mucho más inmediato: volver a casa, dormir en su cama y reencontrarse con su madre. “Vamos a tener lágrimas, eso sí”, dice, entre la emoción y el humor que atravesaron toda la conversación.




