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50 días en el Himalaya: la épica del Ejército Argentino en India y una lección, “la cumbre es el equipo” 

Entrenaron 180 días para una ventana de 48 horas. Convivieron con avalanchas, escenarios arriesgados y, en una noche emocionalmente difícil, tuvieron que dividirse. De regreso, los montañistas del Ejército Argentino repasan una experiencia donde la cumbre fue lo de menos y el equipo, la clave.

Un handy suena a todo volumen en el campamento base y los soldados se abalanzan sobre él. “¡Vamos, vamos!”, gritan -en castellano, y con las tonadas típicas que representan a las distintas provincias de nuestro país– contra la estática. Del otro lado, no hay palabras: solo respiraciones agitadas de los hombres que están a punto de alcanzar el monte Abi Gamin (7.355 m). Consigo llevan una bandera: la argentina. Por un rato, esa mezcla de incertidumbre y de impulso es lo único que une a los diez integrantes de la expedición del Ejército Argentino en el Himalaya. 

En el campamento base, a 5.200 metros, la espera se hace larga. El Ejército de India tomó la decisión de escalonar la subida. Acostumbrados a trabajar en equipo, el único sentimiento que existe es el de la preocupación por el resto. De noche, escuchan un crujido seco en la ladera. Después, el silencio y, luego, un soplido helado y una nevada fina que golpea la lona del domo. A la mañana siguiente lo descubren: no nevó, fue una avalancha que había llegado hasta ellos.

La patrulla que subió el Himalaya estuvo integrada por un grupo de efectivos que logró pasar todas las pruebas para la selección final (Foto: Pablo Senarega- Ejército Argentino)

Nadie se sorprende demasiado. Muchos de ellos hicieron cumbre en el Aconcagua más de una vez y saben lo que es la altura. Pero el Himalaya indio es otra escala. Así fueron los 50 días del Ejército Argentino en una expedición en la que, como resume su jefe, la cumbre no fue de uno, sino del equipo.

En diálogo con DEF, cuentan cómo lograron alcanzar otro hito, esta vez en una de las cumbres más altas del mundo. 

Un dato: la historia de esta expedición comenzó en 2025, con una invitación de la India al Ejército Argentino. Aquel primer viaje tuvo como destino el monte Kun (7.077 metros). Este año, la propuesta volvió a llegar a los escritorios de los altos mandos de la Fuerza, aunque esta vez el Kamet (7.756 metros), también en el Himalaya, se convertiría en el objetivo a alcanzar. Los números ayudan a dimensionar el esfuerzo: unos 180 días de preparación para 50 días de ejecución en territorio indio. Es decir, seis meses de trabajo para menos de dos de expedición. 

Por razones de seguridad y una ventana climatológica reducida, solo tres miembros de la patrulla fueron seleccionados por el Ejército de India para alcanzar la cumbre (Foto: Ejército Argentino)

Siete meses de preparación: de la orden de marzo al despegue

Para el coronel Bernardo Cecchini, uno de los oficiales con mayor jerarquía dentro de la patrulla que integró la expedición, todo comenzó en marzo, con una orden que lo obligó a tomar las riendas de la planfiicación. 

El escenario: debían prepararse para ascender una cumbre superior a los 7 mil metros. Al no tener definida cuál, los preparativos arrancaron sin una referencia geográfica. Aprovecharon los primeros meses del año, de marzo a junio, para reunir al equipo y entrenar. Finalmente, cuando el Kamet se consolidó como objetivo, a partir de junio, buena parte del trabajo ya estaba en marcha.

¿Cómo se integró el equipo? La selección fue exigente, confiesa Cecchini. De un grupo de más de 40 hombres -provenientes de unidades que el Ejército tiene en ciudades como Puente del Inca, Mendoza capital o Tupungato– se eligieron a 20. Finalmente, un filtro final determinó quiénes serían los 10 militares que serían parte de la patrulla definitiva: al coronel Cecchini se sumaron el mayor Ramiro Antoñana, el teniente Sebastián Fretes, el principal Víctor Giordano, el sargento ayudante Sergio Oro, el sargento primero Diego Alegre, el sargento José Luis Perales, el sargento David Astudillo, el cabo primero Daniel Gregorio, y el cabo primero Nicolás Copa. Ellos, hasta el mes de julio, pudieron entrenar juntos en tres bloques, y después cada uno continuó en su unidad con un plan de preparación física basado en lo aprendido en la experiencia anterior, el Kun. El coronel insiste en que ese plan no se improvisó, sino que cada paso partió de una experiencia previa.

Los 10 militares del Ejército Argentino lograron hacer cumbre en el Himalaya. A más de 7 mil metros de altura, llevaron -otra vez- a la bandera celeste blanca a una de las alturas más imponentes del mundo (Foto: EA)

Nada fue fácil, cuenta Cecchini que el entrenamiento terminó a principios del mes de julio, con la montaña mendocina sin nieve y con fuertes vientos. Las últimas jornadas se hicieron en el Cordón del Plata, donde el grupo ascendió varios cerros entre los 5.800 y los 6.100 metros. Eran condiciones muy distintas de las que encontrarían en India, donde a la humedad se suma la nieve, la lluvia y los vientos conocidos como monzones.  

Además, el coronel agrega que la preparación fue mucho más que lo físico. Incluyó la aclimatación, el equipamiento y la salida de cada integrante, pero también todo lo que rodea al despegue: camiones, unidades logísticas, comida, previsiones y apoyo aéreo. A eso se sumó una preparación menos visible, para adaptarse a otra comida, clima, idioma y cultura. “Una cumbre es el 10 por ciento de un proceso que es el 100”, resume.

Al repasar el sentido de todo el esfuerzo, el coronel dejó cinco palabras que, dice, marcaron la meta del grupo que representó al país, a las Fuerzas Armadas y a las tropas de montaña: pasión, propósito, legado, continuidad y trascendencia.

Del aterrizaje en Nueva Delhi al campamento base en nueve días

El 30 de agosto, apenas unos días después de aterrizados en India, los expedicionarios ya estaban en el campamento base, ubicado a 4.700 metros. Allí se quedaron mucho más de lo previsto: el mal clima los retuvo 12 días, una demora que no estaba en el cronograma.

Al regresar, la postal cambió de escenario: con los Andes de fondo (en la pintura de San Martín), el jefe del Ejército, teniente general Oscar Santiago Zarich, reconoció el logro alcanzado por la patrulla argenetina (Foto: Ejército Argentino)

Durante ese tiempo no se detuvieron. Aprovecharon las jornadas para trasladar cargas al campamento avanzado, a 4.900 metros, donde permanecieron entre cuatro y cinco días más y completaron el primer porteo de equipo. Fue entonces cuando el ejército de India les comunicó que realizaría un primer intento de cumbre. La ruta seguía hacia arriba, con el Campo 1 a 5.200 metros, ya sobre morenas y hielo.

La ventana de cumbre: tres hombres, una decisión

Fue en el Campo 1, a 5.200 metros, cuando llegaron con las cargas por primera vez y la noticia cayó como un golpe sobre el plan original: había una ventana de probable cumbre, pero solo tres de los diez argentinos podrían aprovecharla. Hasta ahí, el grupo se había movido unido. Desde ese momento, la expedición se partió en dos. Tres hombres iniciaron la avanzada: el mayor Ramiro Antoñana, el sargento Sergio, ayudante Oro, y el cabo primero Nicolás Copa. Los otros siete quedarían en los campamentos de altura, esperando, mientras sus compañeros se perdían montaña arriba, rodeados de hielo y con la incertidumbre de lo que vendría.

Los tres treparon del Campo 1 al 2 y del 2 al 3, donde descansaron un día antes de seguir hacia el campo 4. Y fue allí, a las puertas de la cumbre, donde el juego cambió otra vez. Por razones climáticas y de seguridad, el ejército de India les comunicó que -por cuestiones de seguridad y climatológica- el Kamet, de 7.756 metros, quedaba fuera de alcance. El nuevo objetivo sería el Abi Gamin, de 7.355 metros. Después de semanas de preparación, de noches en altura y de esperas bajo la tormenta, la montaña elegida desde el comienzo se les negaba justo cuando la tenían enfrente.

“El 16 de septiembre fue el primer intento”, relatan desde el Regimiento de Infantería 1 “Patricios”, donde se realizó el encuentro con DEF. Cechini insiste en que tampoco se trataba de una decisión caprichosa, era la única ventana que los montañeses estaban encontrando para poder alcanzar la cumbre. “La ventana era de 48 horas. Nos habíamos entrenado como 10 personas… pero solo podrían llegar tres de nosotros. Se dio así”, dice. 

Las condiciones que enfrentaron los argentinos fueron realmente adversas: del clima seco mendocino pasaron a un ambiente húmedo en el que las avalanchas fueron parte del paisaje diario (Foto: EA)

“Fue un déjà vu”: de diez, solo tres

El mayor Antoñana fue uno de los tres seleccionados para encarar la cumbre. En diálogo con DEF contó su experiencia anterior, cuando alcanzaron el monte Kun. Por eso, cuando desde el Ejército de India les dijeron que debían dividir al grupo, la emoción y el recuerdo se apoderó de sus pensamientos: “Fue como un déjà vu, porque el año pasado nos pasó algo similar (aunque en aquella oportunidad llegamos los nueve a la cumbre)”. 

En esa línea, cuenta que al momento de hacer la separación, tuvieron en cuenta las capacidades del personal (por ejemplo, que no falten en los grupos aquellos con conocimientos en sanidad) y buscaron que en cada grupo haya integrantes nuevos (que no hayan estado en la experiencia del año 2025). 

“El 11 de septiembre a la noche les dijimos que nos teníamos que dividir. Lo hicimos en tres. Salí con la primera patrulla y aún así, al llegar al Campo 1 nos dijeron que solo debían subir dos. Así que empezó una negociación. El jefe de la expedición india terminó aceptando y subimos tres”, relata sobre los detalles de la concreción del hito. 

El rugido del Himalaya: “El miedo te hace estar atento”

En el Himalaya, el miedo no es un invitado ocasional: es un compañero permanente. El estruendo de las avalanchas, imponente y constante, recordaba cada día que allí manda la naturaleza. Y hubo una noche en que ese poder llegó hasta la puerta misma de la expedición.

Mientras tres integrantes de la patrulla ya habían iniciado su marcha hacia la cumbre, el coronel Cecchini permanecía en el campamento junto al sargento primero Alegre. En plena noche escucharon el crujido de una ruptura en la ladera, anticipo de una avalancha. Segundos después llegó el soplido, esa primera masa de nieve que se desplaza antes del desprendimiento principal, y dentro del domo en el que dormían comenzaron a sentir como si nevara sobre sus cabezas. A la mañana siguiente, el paisaje reveló la verdad: no había sido una nevada. La nieve del soplo de la avalancha había alcanzado el domo y cubierto el terreno a su alrededor. “Llegó hasta donde estábamos. Fue muy fuerte”, relató.

Los efectivos de India y Argentina convivieron durante casi dos meses para cumplir la misión (Foto: EA)

Consultado sobre si el miedo se siente incluso con el entrenamiento militar, Cecchini fue categórico: el temor existe, pero se transforma en una herramienta. “El miedo te hace estar atento”, reconoció. La clave, explicó, fue aceptar el entorno como un desafío que debía superarse con prudencia. Por esa razón, los intentos de cumbre se realizan siempre de noche, cuando el frío congela la nieve y reduce el riesgo de desprendimientos.

Además, frente a esos escenarios, la patrulla argentina adoptó una regla simple: seguir en todo momento las indicaciones de los anfitriones, sin moverse ni actuar de manera distinta a como lo hacían ellos en los campamentos de altura. “Todos los días veíamos avalanchas delante y atrás nuestro, las escuchábamos a la noche y durante el día las veíamos. Es la primera vez en mi vida que veo tantas avalanchas en un mismo lugar de trabajo”, explicó Cecchini. 

Por la montaña, hasta el final: ¿qué empuja a un soldado hacia el techo del mundo?

¿Por qué hacen esto? “El principal objetivo que buscaba el Ejército con la expedición no era una cumbre, sino darle continuidad a la invitación que nos habían hecho en 2025. Y, con las lecciones aprendidas, ganar escalones en experiencia”, responde Cecchini, quien insiste en hablar de expedición porque abarca cada etapa, desde el primer planeamiento hasta, eventualmente, el punto más alto.

En las respuestas a DEF hay un denominador común: no pasa por la adrenalina ni por la gloria de una foto en la cima. Pasa por algo más profundo: la convicción de que una misión no se abandona a mitad de camino.

Hay un detalle más, y es el sargento ayudante Oro quien lo devela: si la expedición del año pasado fue una prueba, la de este año se tradujo en una vara más alta. Según relató, el Ejército Argentino volvió al Himalaya, pero a un escenario muy distinto del que exploró la edición anterior. En la nueva región el clima y sus efectos cambiaron por completo: un frío más duro, más lluvias y una mayor exposición al monzón. Y, como si eso no fuera poco, a la exigencia del terreno y de las lluvias se sumó el factor tiempo: la expedición se prolongó más de lo previsto. Pero el desafío más difícil de sobrellevar fue el aislamiento. Durante 30 días, el grupo permaneció prácticamente incomunicado, con una única llamada de apenas cinco minutos, realizada por teléfono satelital, para hablar con sus familias.

“Creo que la mayoría de todos nosotros hemos tomado esto como una pasión e hicimos de eso un estilo de vida”, cuenta a DEF el sargento ayudante Oro (Foto: EA)

“Al saber que en mi casa estaba todo bien, podía encarar la expedición con menos incertidumbre”

¿Cómo quedaron después de ese llamado? ¿Más motivados o golpeados por la distancia? La respuesta de Oro fue breve y contundente: “Más tranquilos”. Y hubo, según contó, una pizca de fortuna en esos cinco minutos: la llamada llegó desde un teléfono satelital, con un número desconocido en la pantalla. En tiempos en que nadie atiende a un remitente anónimo por miedo a las estafas, del otro lado del mundo había alguien que sí lo hizo, porque esperaba, día tras día, noticias de ellos. Aunque, los soldados argentinos también aclaran que la Fuerza buscó la manera de transmitir noticias diarias a cada familia: el agregado argentino en India reunía la información suministrada por el ejército del país anfitrión y la hacía llegar a la Secretaría General del Ejército Argentino, organismo responsable de transmitir vía Whatsapp cada una de las novedades. 

“Al saber que en mi casa estaba todo bien, yo sabía que podía encarar el resto de la expedición con menos incertidumbre”, detalla Oro, no sin antes explicar que también quería que su familia supiera que, en el Himalaya, estaba todo en orden. 

“Creo que la mayoría de todos nosotros hemos tomado esto como una pasión e hicimos de eso un estilo de vida. Lo veo de esa manera. Hay personas que se dedican a estudiar, se preparan y llegan a ser, por ejemplo, grandes profesores, futbolistas o abogados. Son personas dedicadas. Para nosotros la montaña es eso”, confiesa. 

“El equipo”, insisten los militares argentinos al revelar el secreto detrás del logro alcanzado. Para ellos, nada hubiera sido posible sin el apoyo mutuo (Foto: EA)

El cabo primero Nicolás Copa, el montañes más joven de la expedición argentina en el Himalaya

Hay un detalle que no puede ser dejado de lado. Antoñana y Oro ya se conocían de expediciones anteriores. De hecho, habían sido protagonistas durante el ascenso al monte Kun (en la experiencia del año 2025). Sin embargo, a estos dos experimentados montañistas se sumaba otro, con agallas para estar a la altura del desafío: el cabo primero Nicolás Copa. 

El cabo primero Copa, con 28 años, fue el más joven de la expedición y, además, uno de los que alcanzó la cumbre. Salteño, padre de una hija, con el resto de su familia esperándolo en su provincia natal, admite que la adrenalina tiene su parte, pero no es lo único que lo empuja. “Es una actividad que a la mayoría nos llama la atención y nos gusta por la actividad en sí”, explica. Caminar durante horas hasta quedar exhausto, dice, cobra sentido cuando se llega y se mira hacia atrás: “Decís, mirá hasta dónde llegué y la vista que hay”. Es una sensación imponente y, según él, casi inexplicable: hay que vivirla.

Cuando le tocó contarle a su familia que viajaba a la India, la preocupación no tardó en aparecer, sobre todo después de las noticias de la avalancha en Nepal, que llevó a sus padres a angustiarse aún más. Por eso, cuando por fin pudo comunicarse, la ansiedad de la espera pesó en cada intento. Primero llamó a su madre, que no atendió: desde un número desconocido, como tantos otros, la llamada quedó sin respuesta. Entonces marcó al trabajo de su padre, y ahí sí lo atendieron. La reacción, cuenta, fue pura alegría. Para ambos lados, fueron minutos de alivio: saber que él estaba bien, y que ellos también.

Una vez que dejaron atrás la montaña, la patrulla conversó con DEF en el Regimiento de Infantería 1 “Patricios”, donde hicieron base antes de regresar a sus hogares (Foto: Ejército Argentino)

El ADN argentino en el techo del mundo

Las horas previas al regreso son una bisagra: el Himalaya queda atrás. En ese tramo, los integrantes de la expedición contaron qué es lo primero que harían: abrazar y sentarse a comer un asado. No es un deseo menor. Llegaron a extrañar lo más básico, aquello que en la rutina diaria ni se registra, como una tostada con manteca. 

Cuentan los militares argentinos que en la montaña es habitual mantener charlas largas y, al no haber celulares de por medio, hay tiempo de sobra para la reflexión. Esos detalles, terminaron de construir una hermandad. 

La montaña, además, existe un idioma propio que no depende de las palabras. Por eso, entre el español y el hindi no hubo barreras, sino un código común: la hora de dormir es para todos, la hora de comer también, y cada uno sabe lo que tiene que hacer.  Como ejemplo de ese lenguaje no verbal, evocaron a grandes alpinistas que pasaron meses sin hablar, comunicándose por señas. A cierto nivel de profesionalismo, sostienen, las palabras dejan de ser indispensables.

La foto revela parte de la rutina diaria de los montañistas del Ejército Argentino. Fue alrededor de ese mismo domo que, uno de los días de la expedición, sintieron las consecuencias de una avalancha cercana (Foto: EA)

Con el Ejército indio, el vínculo se tejió “a lo argentino”. Los apodos se convirtieron en una costumbre mutua, pues entre ambas Fuerzas se intentaron identificar con nombres más familiares a las culturas propias. Después intercambiaron géneros musicales. En India, y a miles de kilómetros de altura, los militares del país anfitrión conociaron la cumbia y el cuarteto, y, por supuesto, también el mate: muchos aceptaron la ronda. “Eso es propio de nuestra idiosincrasia”, coinciden.

Pero hay un rasgo que, a su juicio, los distingue más que ningún otro: la cercanía entre las distintas jerarquías. En el Ejército Argentino, relatan, no existe la distancia rígida entre grados y que el cuidado mutuo es un rasgo que, según los integrantes, fortalece la unión del grupo. La cultura argentina del liderazgo, “arrastrar con el ejemplo”,  es parte del ADN de nuestros militares. 

¿Por qué hacen esto? ¿hay una meta individual, es por el Ejército o acaso una promesa personal? “Es por todos. 
Es por la imagen del Ejército. Es también para representar al país”, responde Antoñana. 

Tras convivir con temperaturas bajo cero y una dieta ajena a la propia, los argentinos confesaron a DEF que lo que más extrañaron no fueron las comodidades, sino lo más básico de la rutina diaria de cada uno, sentimientos y cosas que el ser humano apenas registra en el día a día (Foto: EA)

A su lado, Oro agrega: “Lo hicimos para darle continuidad a esta actividad que el Ejército encaró. Ahora toca reafirmar esa decisión”. 

“Van a coincidir todos. Los montañeses aprendemos más de las no cumbres que de las cumbres. Porque la cumbre te lleva a olvidar los obstáculos que uno tuvo que sortear. Llegar es la última parte de la expedición. La no cumbre te lleva a crecer más. Y esto no quiere decir que algo haya salido mal. De hecho, nunca vi a ninguno de nosotros afligido o amargado. El grupo es el refugio. Siempre, sin ser forzado, encaramos la expedición con alegría. No hubo ambiciones personales. Fuimos 10 y sabíamos que sí uno solo llegaba a la cumbre, el equipo había logrado su objetivo”, dice Cecchini.

De la charla surge una imagen que los integrantes repiten: la de una pirámide que se sostiene sobre una enorme base de trabajo. Detrás de cada paso hay una cadena de personas que, sin saberlo, ayuda a que el grupo llegue un poco más alto: por ejemplo, los miembros de la unidad del Ejército en Puente del Inca que facilitaron el alojamiento durante los entrenamientos o el conductor que los trasladó en cada momento. “Termina siendo el equipo”, resumen.

La conversación derivó entonces hacia el ego.  En el montañismo militar no hay lugar para el egoísmo. La clave, explican, es entender la misión y enfocarse en darle continuidad, poniendo esa tarea por encima del apellido.  

Entre mate y mate, ya no importó quién era el visitante. Los argentinos e indios superaron las barreras culturales para poder construir una hermandad única (Foto: EA)

La foto final de la expedición: más que la cumbre, el reencuentro

Al final de la montaña, cuando ya no hay cumbres por intentar, lo que queda es la memoria. Los integrantes de la expedición eligieron sus imágenes, y casi todas giran alrededor de lo mismo: separarse y volver a encontrarse.

Para el mayor Antoñana, la imagen que se queda grabada es la de la “noche del silencio”, cuando hubo que dividir al grupo. Es la misma que lo marcó el año pasado. No es una imagen alegre, reconoce, sobre todo para quien forma parte de la decisión de quién avanza y quién espera. El sargento primero Alegre la describe como un sinsabor: todos querían ir, habían trabajado juntos durante meses y, aunque sabían que podía pasar, la noticia dolió. “Somos diez y van tres”, resume. Aun así, apostaron a que esos tres cumplieran el objetivo de todos. El sargento Astudillo la vivió en carne propia, porque su compañero de carpa fue uno de los que partió. 

Por eso el momento del reencuentro pesa tanto. El cabo primero Nicolás Copa lo define como el más fuerte de toda la expedición. Alegre cuenta que, en el Campo 1, volvieron a estar todos juntos, y que aunque no lograron la cumbre en su totalidad, regresaron “con las mochilas cargadas de experiencia”. El cabo primero Gregorio recuerda la alegría de la unión después de la incertidumbre de la incomunicación, y la foto de ese instante, que quedó como símbolo de la expedición.

El cabo primero Nicolás Copa, el más joven de los 10 argentinos en subir al Himalaya, quiso guardar en su memoria el momento en el que la misión era un simple sueño (Foto: Ejército Argentino)

El sargento ayudante Oro  guarda dos escenas casi gemelas. La primera ocurrió a mitad de camino, cuando su grupo, que bajaba del primer intento, se cruzó con la patrulla que subía llena de ilusión. Luego, el abrazo con los últimos tres que descendían agotados y desgastados. Astudillo la completa con una frase que no olvida, dicha por su compañero al bajar: “No le aflojé. Está durísimo arriba”.

Hay también imágenes más íntimas. El principal Víctor Giordano se queda con las oraciones del grupo, que rezaba junto a sus anfitriones, cada uno desde su fe. Lo que pedían, cuenta, no era hacer cumbre, sino volver sanos y salvos a casa. Al coronel Cecchini lo marcaron las comunicaciones por handy: con la radio abierta en español y el volumen al máximo, el grupo en la base escuchaba a los que estaban más arriba, agitados y cansados, mientras ellos les gritaban “¡vamos, vamos!” el día de la cumbre. 

Antes de terminar, Copa, el más joven de los 10, vuelve al principio de todo: la mañana en que partieron de la base militar rumbo al campamento base, motivados y con ganas de empezar a subir. Entonces, para el militar salteño, la cumbre era apenas un sueño. Hoy sabe que pudo llevar la bandera argentina a una de las alturas más imponentes del planeta. Y lo hizo, como corresponde, a “lo argentino”: en equipo, con el ejemplo y la misión por sobre todas las cosas, y con un mate que fue pasando de mano en mano, de un ejército a otro, hasta que ya no importó quién era el visitante.

El ministro de Defensa, teniente general Presti, también quiso conocer a quienes representaron al Ejército Argentino en el techo del mundo (Foto: EA)

Una expedición que no termina en la cumbre

Tras el reencuentro familiar, el coronel Cecchini, jefe de la expedición, contó a DEF que el balance de la expedición no cabe en un casillero de éxito o fracaso. “El verdadero montañismo jamás fue binario”, sostiene. Ascender, explica, es un verbo de evolución que crece cada día, no es uno de finalización. Por eso, recuerda el texto de la orden: “intentar la cumbre”. Y lo más importante de todo, afirma, no fue la altura alcanzada, sino los hombres que protagonizaron la expedición.

La misión fue una inspiración y no una simple montaña: brutalidad y belleza, una eterna marcha de aproximación y una señal de infinitud. Fue, según destaca, la ascensión más prolongada y lejana en la historia del Ejército Argentino, con 30 días de aislamiento total y el valor y coraje de sus soldados montañeses como sostén. Cecchini asegura que este intercambio de adiestramiento cambiará para siempre la historia del montañismo argentino, y que su línea de tiempo comenzó el 7 de abril, con el primer bloque de adiestramiento, y finalizará, en algún momento, con una cumbre de ocho mil metros. 

De los anfitriones indios, el coronel se lleva una enseñanza: hay mucho que aprender de su amistad, simpleza, nobleza, polifuncionalidad, desinterés personal y respeto, y de una cercanía con la tierra y sus creencias. Y deja una misión para el regreso: el Ejército les regaló una visión del mundo que muy pocos pueden tener en la vida, y el desafío ahora es transmitirla a todos los argentinos. Porque, concluye, el liderazgo verdadero consiste en llevar a la gente adonde nunca se imaginó estar.

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