No se trata de una simple racha de días calurosos; es un evento climático extremo que afecta de forma directa a 150 millones de personas y desafía por completo la infraestructura del viejo continente. El impacto de la ola de calor es tan masivo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ya reportó más de 1.300 muertes adicionales asociadas al calor en apenas una semana. Los termómetros han pulverizado los registros históricos, alcanzando picos brutales de 43,8 °C en Francia y 41,7 °C en Alemania, además de superar la barrera de los 40 °C en Polonia, Hungría y la República Checa.
Para entender la magnitud de este fenómeno, conversamos con Mauricio Saldívar, meteorólogo, especialista en Gestión de Riesgos e investigador en la Universidad del Salvador.
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Anatomía y predicción de las olas de calor
–¿Qué parámetros definen técnicamente una “ola de calor” y qué factores meteorológicos específicos la desencadenan?
–No existe un único criterio, varía por la climatología de cada lugar. Una definición cualitativa común entre la Organización Meteorológica Mundial (OMM) es la de “periodo inusualmente cálido que suele durar más de tres días con valores de temperatura mínima y máxima superando cierto umbral”. La OMS agrega que debe provocar efectos visibles sobre las personas y los sistemas naturales.

–¿Qué factores las desencadenan?
–En general, son anticiclones de bloqueo (sistemas de alta presión que persisten en su posición varios días), que inhiben el desarrollo de nubes y en consecuencia favorecen la fuerte insolación con cielos despejados y generan aporte de aire más cálido desde regiones tropicales. Recientemente se suman las anomalías cálidas en los océanos, que alimentan con más calor las masas de aire.
–¿Qué tecnologías utilizan hoy los meteorólogos para predecir una ola de calor y cuáles son los mayores desafíos en estos pronósticos?
–La principal herramienta son los modelos numéricos. Pero lo más importante es la consolidación operativa de los modelos de IA, que permiten aumentar las predicciones de extensión temporal y geográfica, además de la intensidad de eventos de ola de calor con 7 a 10 días de antelación (estos modelos corren miles de veces más rápido que los convencionales).
El veredicto de la ciencia de atribución en el hemisferio norte
–¿Qué nos dicen los datos y los modelos de atribución climática sobre la frecuencia y duración actual de estos fenómenos en Europa?
–El análisis rápido de World Weather Attribution (red internacional de científicos y organizaciones que analizan la relación de las catástrofes naturales y el cambio climático) concluyó que la ola de calor de junio de 2026 es la más severa registrada en la región. Para entender la velocidad a la que avanza el problema, los científicos comparan este fenómeno con el pasado: una ola de calor como esta en pleno mes de junio habría sido completamente imposible hace cincuenta años, en 1976. Incluso si la comparamos con la famosa ola de calor del año 2003, hoy en día es diez veces más fácil alcanzar estas temperaturas de día, y es cien veces más probable sufrir estas noches asfixiantes.

El estudio confirma además un dato alarmante: gran parte de Europa occidental se está calentando más rápido en junio que en cualquier otro mes del año. De hecho, la velocidad a la que suben las temperaturas máximas durante el día duplica y hasta triplica el promedio del calentamiento global, mientras que las temperaturas nocturnas avanzan al doble del ritmo planetario.
–Europa central y del norte comenzaron a registrar temperaturas antes impensables para esas latitudes. ¿Se está desplazando el clima subtropical hacia el norte?
–De acuerdo con el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), sí. Y no solo impacta en la temperatura sino que provoca un clima más seco y árido. Este fenómeno afecta en especial a la Península Ibérica debido al cambio radical en el régimen de lluvias.
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Las dinámicas del Hemisferio Sur y la realidad en Argentina
–Mientras Europa sufre olas de calor históricas, en Argentina y América del Sur en general venimos de vivir veranos con temperaturas extremas que rozaron los 45 °C en algunas zonas del país. Desde una perspectiva global, ¿existen conexiones meteorológicas o atmosféricas entre las olas de calor del verano europeo y las que vivimos meses después en Sudamérica?
–A nivel global, no existe una conexión directa entre las olas de calor que azotan a Europa y los fenómenos extremos en Sudamérica; no estamos ante un efecto dominó inmediato entre ambos continentes, sino ante los efectos de un mismo problema global: el cambio climático.
Además, las diferencias geográficas juegan un papel crucial. El Cono Sur es un hemisferio mucho más marítimo que el norte, que al ser más continental se enfría y calienta a velocidades extremas. Si a esto le sumamos los mecanismos climáticos regionales propios, el resultado es un comportamiento térmico diferente.

El cambio climático también está volviendo más extremo al fenómeno conocido como ENSO (El Niño-Oscilación del Sur), la gran interacción entre el océano y la atmósfera. Por lo general, cuando el planeta pasa de la fase de La Niña (enfriamiento) a la de El Niño (calentamiento), la temperatura global sube y actúa como combustible para el calor extremo.
Sin embargo, en el hemisferio sur el mecanismo es diferente, no solo depende de El Niño sino que las temperaturas también pueden dispararse con La Niña, como consecuencia de los cielos más despejados que permiten que el sol impacte en forma directa.
–¿Se observa en Argentina una aceleración del calentamiento global comparable con el que está sufriendo Europa?
–La tendencia de fondo nos muestra que el calentamiento en nuestra región es más moderado que en el resto del planeta, pero hay un gran “pero”. Si analizamos los eventos extremos y las anomalías año a año, Argentina es el país que registra las mayores alteraciones térmicas de toda Sudamérica. De hecho, la temperatura promedio ya se ubica casi 1°C por encima del período de referencia (1991-2020), tuvo 40 días de calor extremo –de los cuales 18 estuvieron directamente vinculados al cambio climático– y Córdoba fue la ciudad más afectada por el calor en todo el continente.
Aquí vemos una mezcla de la presión del cambio climático y el efecto aliviador del océano por vivir en un hemisferio más marítimo. El caso específico de Córdoba, por ejemplo, se explica por su “continentalidad relativa”: al estar en el centro del país, lejos del mar, no recibe ese escudo protector del agua y se calienta mucho más rápido.
Infraestructura, agro y fallas de adaptación local
–Muchas ciudades europeas no están preparadas estructuralmente para el calor extremo (falta de aire acondicionado, diseño urbano). En el caso de Argentina y la región, donde cada vez es más severo el calor estival, ¿cuáles considera que son las principales fallas de adaptación o los mayores peligros, por ejemplo, para el sector agrícola y el sistema energético?
–El sistema actual no está preparado para absorber los picos de demanda generados por el calor extremo: falta de mantenimiento en las redes, estrés hídrico en las hidroeléctricas, etc. No hay proyectos clave que puedan solucionar esto en los próximos ¿cinco? años.

En cuanto al agro, afecta el rendimiento de cultivos clave (sequías, olas de calor). Los oasis productivos de Cuyo tienen menos disponibilidad para agua de riego. La combinación calor más déficit de precipitaciones por La Niña fue la causante de las mayores crisis políticas y económicas de la Argentina por sus efectos negativos en el ingreso de divisas por la agroindustria. Uno de estos eventos fue la crisis de 2001, entre otras.
Todo se puede resumir en la simultaneidad de picos: la misma ola de calor que dispara la demanda residencial de electricidad para refrigeración reduce la oferta hidroeléctrica y estresa térmicamente las centrales, en redes de transporte y distribución que arrastran décadas de subinversión y así es como se forma la rueda.
Las señales de alerta en la Antártida y su trasfondo político
–Argentina tiene una fuerte presencia histórica en la Antártida. ¿Qué nos están avisando las recientes anomalías térmicas del continente blanco sobre el futuro del clima en el resto del continente americano y el planeta?
–Hay dos fenómenos que afectan directamente a Sudamérica y a Argentina: el calentamiento estratosférico antártico y Modo Anular del Sur (SAM), también conocido como la Oscilación Antártica, principal motor climático que regula el viento y las tormentas en todo el Hemisferio Sur. El primero parece ser el promotor de que los sistemas de baja presión avancen hacia latitudes medias, y esto afecta al SAM, un mecanismo de teleconexión que facilita la entrada de aire frío en Sudamérica, Sudáfrica y Oceanía..
La ola de calor de la Antártida de 2024 no tiene precedentes y el calentamiento global duplicó la probabilidad de que ocurra un evento similar que podría multiplicarse hasta 26 veces hacia fin de siglo.

Para poner en contexto, los diez últimos años fueron los más cálidos en los registros, y la extensión del hielo marino antártico marcó uno de los valores más bajos desde el inicio de las mediciones satelitales. La Antártida ya no es un sistema pasivo que solo recibe la señal del calentamiento global, sino que lo está retroalimentando.
Más allá de la crisis climática, este escenario abre un nuevo e inquietante frente, ya que la disminución del hielo marino y la apertura de nuevas rutas marítimas genera potenciales conflictos geopolíticos, tanto en la Antártida como en el Ártico, como evidenciaron algunos movimientos recientes de la escena internacional.
Generalmente son anticiclones de bloqueo (sistemas de alta presión que persisten en su posición varios días), inhibiendo el desarrollo de nubes y en consecuencia favorecen la fuerte insolación con cielos despejados y generan aporte de aire más cálido desde regiones tropicales. Recientemente se suman las anomalías cálidas en los océanos, que alimentan con más calor las masas de aire.




