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El tamaño de la envidia (y el de la basura): cómo se invisibiliza la crisis de residuos en Argentina

Un spot del Mundial 2026 y una escena de una serie muestran, sin querer, el mismo problema: las prácticas ambientalmente responsables pierden siempre frente al estatus, la comodidad y un sistema que no está diseñado para ayudar a reciclar.

Por Pablo Schamber (Conicet – UNQ/UNAJ) y Carolina Montera (UBA)

En las últimas semanas, dos piezas de entretenimiento masivo pusieron el tema de los residuos sobre la mesa, sin quererlo. Una es el spot publicitario de Cetrogar, que circula en redes y medios en el marco del Mundial 2026. La otra es el tercer episodio de la cuarta temporada de Envidiosa, la serie argentina que arrasa en Netflix. En las dos aparece, por un momento, una práctica ambientalmente responsable. En las dos, no prospera. Y en las dos, nadie parece notarlo.

Por el lado del spot gira alrededor de la envidia como motor de consumo: el vecino del que no se sabe en qué trabaja pero se compró una tele más grande; el que “se hace el pobrecito” y sin embargo tiene una de 65 pulgadas. La propuesta es simple: mandá una foto de la caja o de la tele de tu vecino y te damos un descuento para comprarte una más grande que la suya. En ese marco, casi de refilón, aparece una mujer bajando las escaleras con la caja de un televisor de 60 pulgadas y una bolsa verde. Deja la caja apoyada contra un contenedor negro. La bolsa verde –la de los reciclables– ya no está. 

Una voz en off la reprende: “qué imprudencia, el horario para sacar la basura es a las 19”, y son las 18:50. Tanto para el spot como para el gobierno de la ciudad, el problema es el horario. No la ubicación de la caja, ni el destino de la bolsa.

Un spot y una serie reflejan lo que la sociedad valora: una cultura donde los restos del consumo no tienen un costo visible y donde la responsabilidad ambiental aparece como cosa de raros.

En Envidiosa, la compostera que Bruno tiene en la terraza no dura mucho. A Vicky, la novia de su padre Matías, no le gusta nada la idea: dice que huele mal y que está llena de bichos. Nora, la madre de Bruno, intenta defender la iniciativa: “Después te acostumbrás, no pasa nada”. Pero Vicky no cede: “¿Tiene gusanos esto?”. Bruno la corrige con paciencia: “No son gusanos, son lombrices californianas”. Sin embargo, su explicación no alcanza. Matías, atrapado entre su hijo y su novia, termina cediendo y promete deshacerse de la compostera. “Se va el compost”, resuelve. Nadie en la escena –ni el guión– lo cuestiona.

Dos piezas, dos prácticas ambientalmente responsables que pierden sin debate. En el spot, la práctica es invisible: nadie se pregunta adónde fue la bolsa verde ni qué hace la caja de cartón frente al contenedor negro. En la serie es visible, pero se la asocia con el olor, los bichos, lo incómodo. En ambos casos ganan el estatus, la imagen y la comodidad. Dos piezas con millones de espectadores y una oportunidad para decir algo diferente que ninguna aprovechó.

Un sistema que no está diseñado para reciclar

El compostaje domiciliario o comunitario tiene beneficios concretos: reduce la cantidad de residuos que se transportan y disponen, genera ahorros económicos y disminuye las emisiones de carbono. Sin embargo, genera resistencia, asociada casi siempre a los mismos argumentos del personaje de la serie: olores, bichos, incomodidad. Son creencias rebatibles que se sostienen más por el prejuicio que por la experiencia.

Estas no son solo escenas de ficción. Un estudio reciente sobre el uso de contenedores en la Ciudad de Buenos Aires muestra que la realidad no es muy distinta. La caja de televisor del spot no es un detalle menor: los residuos reciclables terminan apoyados contra los contenedores negros porque los vecinos esperan que alguien más pueda aprovecharlos. Es la respuesta lógica a un sistema que no está diseñado para albergar ese tipo de residuos. ¿Qué debería hacer un vecino con la caja de un televisor de 65 pulgadas? Producimos y consumimos productos para los que no existe un circuito de descarte pensado. Los contenedores verdes son insuficientes o directamente inexistentes en muchas zonas de la ciudad.

Lo mismo ocurre con la bolsa verde que desaparece sin que nadie lo note. El principal motivo por el que los vecinos depositan reciclables en el contenedor negro no es la falta de voluntad, sino la ausencia o lejanía del contenedor verde. Hay vecinos que separan sus residuos durante días y caminan varios cientos de metros para depositarlos correctamente. Otros dejan de hacerlo cuando el contenedor verde de su cuadra fue removido y nunca repuesto. 

El compostaje domiciliario o comunitario tiene beneficios concretos: reduce la cantidad de residuos que se transportan y disponen, genera ahorros económicos y disminuye las emisiones de carbono.

Cuando saben que no hay uno cerca, directamente no separan: no porque no quieran, sino porque no tiene sentido. A eso se suma una desconfianza persistente: “todo va al mismo camión”. Y mientras el único mensaje oficial sea el horario en que hay que sacar la basura, esa desconfianza no va a cambiar. El incumplimiento del horario tampoco es un problema de voluntad: los vecinos saben cuándo deben sacar la basura, pero su jornada laboral no siempre se los permite.

El problema no es el vecino: es el sistema

Un spot y una serie reflejan lo que la sociedad valora: una cultura donde los restos del consumo no tienen un costo visible y donde la responsabilidad ambiental aparece como cosa de raros, sin que nadie se detenga a preguntarse qué hacemos con lo que desechamos.

Cambiar esto no es solo un problema de narrativas. El sistema tampoco está diseñado para que se pueda actuar de otro modo. Faltan contenedores verdes, falta fortalecer los circuitos de recuperación, falta información confiable sobre qué hacer con cada material. Lo que sobra es un discurso que convierte un problema estructural en una falla individual: el vecino que saca la basura diez minutos antes, el que tira el reciclable en el contenedor negro, el que no composta. La envidia, en definitiva, nos distrae de tratar mejor los residuos.

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