Boeing atraviesa un nuevo tropiezo en la construcción de los futuros aviones presidenciales de Estados Unidos, los Air Force One. La compañía reconoció que necesita volcar recursos adicionales para concretar la entrega de la primera de las dos aeronaves comprometidas con el gobierno de Donald Trump, un proceso que arrastra un retraso de cuatro años y que ya le cuesta a la empresa millones de dólares por encima de lo pactado originalmente.
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El programa, pensado para reemplazar la flota presidencial que opera desde hace más de tres décadas, se transformó en una fuente constante de pérdidas para el gigante aeroespacial. A su vez, Boeing atraviesa otro trimestre en rojo, y arrastra pérdidas que se suman a las dificultades que enfrenta desde hace años.
El jefe ejecutivo de la firma, Kelly Ortberg, les informó a los trabajadores mediante un mensaje interno que se destinan fondos adicionales para poder tener listos los dos Boeing 747-8 con modificaciones especiales recién para 2028. Solo en el último trimestre, ese refuerzo de recursos implicó un desembolso extra de 280 millones de dólares para la compañía.
Air Force One: un contrato que se volvió una carga financiera para Boeing
Los sobrecostos acumulados del programa ya superan los 3.100 millones de dólares, una cifra que la compañía se comprometió a afrontar por su cuenta. El origen de este esquema se remonta a 2018, cuando Donald Trump logró que el entonces director de Boeing, Dave Calhoun, firmara un acuerdo que fijaba en 3.900 millones de dólares el tope de gasto que debía asumir el contribuyente estadounidense. Ese contrato fue renegociado con el correr de los años, y el monto a cargo del Estado terminó cerca de los 4.500 millones de dólares al incorporar repuestos y otros componentes.

Desde entonces, cada ejercicio dejó más números negativos para la empresa, aunque de magnitud variable según el año. Para 2024, la compañía ya acumulaba unos 2.800 millones de dólares en pérdidas por el programa y, en 2026, el monto volvió a crecer hasta superar los 3.100 millones, lo que confirma que el proyecto sigue lejos de estabilizarse.
A su vez, Boeing atribuyó estos desvíos a modificaciones en el diseño de ingeniería vinculadas al cableado, a exigencias estructurales adicionales, a demoras en el cronograma original, a inconvenientes con un proveedor clave y a ineficiencias productivas que se arrastran desde la pandemia. En 2022, el propio Calhoun, ya como CEO, había admitido que el acuerdo firmado con Trump resultó extremadamente riesgoso para la compañía y que, en retrospectiva, no debería haberlo aceptado en esas condiciones.
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Trump y su avión provisorio mientras espera la nueva flota
Cansado de las demoras, el año pasado Trump comenzó a utilizar un Boeing 747 cedido por Qatar como reemplazo temporal del Air Force One, luego de que las fuerzas armadas estadounidenses le incorporaran los sistemas de seguridad necesarios. El propio mandatario reconoció que esa aeronave no cuenta con las mismas protecciones que tendrán los aviones oficiales una vez terminados.
De hecho, el avión qatarí lo llevó a una cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en Turquía, a comienzos del mes de julio, aunque regresó a Estados Unidos en el viejo Air Force One por dudas relacionadas con la seguridad del vuelo.

La flota presidencial actual lleva en funciones desde 1990, cuando comenzó a operar durante la gestión de George H. W. Bush. Los altísimos costos de mantenimiento de esos aviones llevaron al gobierno a resolver, en 2015, que era necesario reemplazarlos por completo. Trump se metió de lleno en esa negociación incluso antes de asumir su primer mandato, al punto de amenazar públicamente con cancelar el pedido en 2016 por considerar excesivo el costo del diseño propuesto.
A todo esto se suma que Boeing viene de cerrar un segundo trimestre con una pérdida de 428 millones de dólares, luego de otra pérdida de 7 millones en el trimestre anterior. Aunque el resultado fue algo mejor que el registrado en el mismo período de 2025, la empresa muestra un balance negativo, donde arrastra además las consecuencias de los accidentes fatales del 737 Max y del incidente del panel de fuselaje desprendido en enero de 2024, episodios que también golpearon su reputación y sus finanzas en los últimos años.




