Hay decisiones que se toman sin saber cuánto van a impactar en una vida. Alejandro Castro tenía 16 años cuando, en San Juan, vio un cartel de la Armada y una imagen de la Fragata ARA “Libertad”. Nunca había visto el mar ni había estado a bordo de un barco, pero algo de aquella escena lo atrapó para siempre: ese buque se convirtió en su objetivo casi una obsesión.
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Treinta y seis años después, con 52 años de edad, nueve viajes realizados y una vida entera dedicada a la Armada, Castro volvió a Buenos Aires a bordo de la Fragata Libertad. Esta vez, sin embargo, el regreso tuvo un significado diferente: fue su último viaje antes de pasar a situación de retiro.

Fueron más de tres décadas en las que la Armada Argentina le permitió navegar por distintos buques, aprendió el antiguo arte de la navegación a vela y llegó a desempeñarse como contramaestre general de la Fragata. Pero hay algo que nunca cambió: el vínculo con aquel barco que vio por primera vez siendo adolescente. “Me enamoré de este hermoso buque”, cuenta, entre risas, cuando recuerda por qué decidió dedicarle su vida.
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Ahora, mientras se prepara para dejar el uniforme, habla de los viajes, de los años lejos de su familia, del orgullo de llevar la bandera argentina a otros puertos y de lo difícil que fue saber que esta vez no volvería a navegar con la Fragata.
El arte de navegar a vela: un saber que se aprende con el viento
“Este fue mi primer destino. También el último”, cuenta en una charla con DEF durante el 54° viaje de instrucción de la Fragata ARA “Libertad”.

Según su recuerdo, tenía 16 años cuando, en su San Juan natal, se topó con un cartel con el llamado de la Fuerza para ingresar. El detalle: iba acompañado de una foto de la Fragata. “Nunca había visto el mar, nunca había visto un barco. Pero ese se convirtió en mi objetivo. Gracias a Dios pude cumplir mi sueño. Siempre hice todo por estar a bordo”, confiesa, no sin antes profundizar un poco más en aquel primer impacto: “Fue un sentimiento. Me enamoré de este hermoso buque. Ahora, estoy enamorado de mi esposa, por supuesto”.
Más allá del sentido del humor, Castro explica que la navegación a bordo de la Fragata ARA “Libertad” es única para cualquier hombre de mar. ¿El motivo? Las características del emblemático buque escuela de la Armada Argentina.
Antes, Castro fue instructor del antiguo arte de la navegación a vela. Es decir, fue él quien le transmitió esos saberes al personal a bordo. “Cada viento que uno agarra con la vela, tiene movimientos para poder navegar más rápido o más lento. Depende de las velas que se emplean”, detalla, al tiempo que subraya que la Fragata ARA “Libertad” es el buque a vela más rápido del mundo y, de hecho, nadie ha podido sacarla del podio.
Suboficial mayor Castro: “Me dijeron que, si me gustaba, que lo hiciera”
Hace 36 años, cuando decidió dejar San Juan para ingresar a la Armada, el suboficial mayor Castro todavía era menor de edad. Su padre tuvo que firmar la autorización para que pudiera comenzar aquel camino que lo llevaría a pasar buena parte de su vida embarcado. “Me dijeron que, si me gustaba, que lo hiciera”, recuerda. Y así fue: eligió el mar, navegó en distintos buques de la Armada y, durante todos estos años, nunca dejó de hacer aquello que descubrió siendo adolescente: navegar.

Detrás de esa trayectoria hubo, sin embargo, una familia que debió aprender a convivir con las distancias. Castro lleva 27 años de casado y reconoce especialmente el lugar de su esposa, quien fue su principal sostén durante los períodos de navegación, incluso cuando las comunicaciones eran escasas o directamente no existían. “Ella es un pilar para mi familia”, explica. Durante sus ausencias, su esposa fue quien asumió muchas veces el doble rol de madre y padre y sostuvo la vida cotidiana mientras él debía permanecer lejos de su casa.
Sus hijos también crecieron con esa realidad como parte de la vida familiar. “Desde chiquitos se acostumbraron a que el padre salía a navegar”, cuenta Castro. Con los años, aquello que podía resultar extraño o difícil terminó convirtiéndose en algo natural para ellos.
Detrás de cada navegación, entonces, también estuvo esa familia que aprendió a esperar, a sostener y a entender que el mar era una parte inseparable de la vida del suboficial mayor Castro.
Escenas de una vida dedicada al mar
Después de 36 años en la Armada, Castro mira hacia atrás y encuentra una institución que fue mucho más que una profesión. “Me crié a bordo de casi todos los buques de la Armada y fueron una parte fundamental de mi vida: me hicieron un hombre de bien”, resume. Por eso, cuando se le pregunta qué lugar ocupa el servicio a la Patria en su historia, no duda: “Primero, servir a la Armada y a mi país, Argentina”.

Y en ese recorrido, la Fragata ARA “Libertad” tuvo un significado especial: “Representa a la Argentina en el mundo. Es una emoción y un orgullo representar a mi Fuerza y a mi país”.
Su último viaje de instrucción llegó, inevitablemente, con sentimientos encontrados. El orgullo de volver a embarcarse en el buque escuela convivió con la certeza de que esta vez sería diferente: después del regreso, ya no volvería a navegar con el uniforme. “Es muy difícil”, reconoce.
Hubo momentos en los que se quedó solo, mirando y acariciando el buque, mientras repasaba mentalmente escenas de una vida entera dedicada al mar. “Son sentimientos lindos, de recordar viejos tiempos, de cuando uno era joven”, cuenta. La despedida, en ese sentido, no fue solamente de un destino: fue también de una forma de vida.
Pero hay una imagen que todavía consigue condensar todo lo que significó esa carrera: la bandera argentina flameando cuando la Fragata llega a un puerto extranjero. Para Castro, ese momento resume el orgullo de representar al país lejos de casa. “Es un honor increíble”, dice.
Después de tantos años, y frente a la pregunta de si volvería a elegir la misma carrera, la respuesta permanece intacta: “Jamás me arrepentí. Si tuviera que volver a elegirla, lo hago”. Hay sentimientos, admite, que las palabras simplemente no alcanzan a explicar.




