“Úsennos”. Ese término decidió emplear el ingeniero Norberto Dalmas Di Giovanni, que trabajó en CITEFA -hoy CITEDEF– durante la Guerra de Malvinas. ¿El motivo del pedido? En la séptima jornada de Innovación y Tecnología -desarrollada por la Secretaría de Investigación, Política Industrial y Producción del Ministerio de Defensa, a cargo del licenciado Mario Katzenell– Dalmas Di Giovanni tomó la palabra para repasar los desarrollos que se hicieron a contrarreloj en 1982, desde antenas hasta un misil. En ese contexto, el experto planteó una advertencia: el equipamiento se compra, pero la capacidad humana para entenderlo y modificarlo lleva años de formación.
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En el auditorio de la Escuela de Guerra Conjunta, DEF escuchó de primera mano el testimonio de Norberto Dalmas Di Giovanni, ingeniero de CITEFA, sobre el ingenio y la capacidad técnica con que el país afrontó la guerra de Malvinas.
Los “hilos invisibles” que ayudaron en la Guerra de Malvinas
El 2 de abril de 1982, un viernes a las siete de la mañana, Norberto Dalmas Di Giovanni llegó a trabajar a las instalaciones de CITEFA -en Villa Martelli- como todos los días. Tenía 24 años, había terminado el servicio militar unos años antes y se enteró por la radio de que las tropas argentinas habían recuperado las islas.

Dentro del instituto, los sentimientos eran ambiguos: vio pasar a algunos automóviles con banderas argentinas, mientras otros miraban la situación con seriedad y preocupación. Entre el personal había quienes habían vivido la Segunda Guerra Mundial. “Ustedes están locos, no saben lo que son los ingleses”, recuerda que decían.
No hubo mucho margen para pensar, pues cuando empezó la guerra, cayó sobre el instituto una avalancha de pedidos y, según el ingeniero, nadie sabía bien qué hacer. Sin embargo, el área técnica asumió la tarea y cumplió con todo lo que se le solicitaba, aun con urgencias inéditas para un ámbito donde la investigación y el desarrollo demandan tiempo. ¿Qué hizo posible los avances? Según contó, los “hilos invisibles”: redes de contactos y amistades, muchas nacidas en la facultad, que permitieron alinear voluntades y lograr en menos de un mes decenas de respuestas para enfrentar a una potencia naval.
Hay un antecedente clave para la historia de Dalmas Di Giovanni: en 1978 la Fuerza Aérea le pidió a CITEFA el desarrollo de antenas de comunicaciones de banda ancha, pues sabían que -ante una interferencia- las ondas cortas serían más difíciles de sostener. De hecho, ya habían comenzado a capacitarse y a adquirir equipamiento con capacidad de saltos de frecuencia. Pero, para utilizarlo se necesitaban antenas especiales. El instituto logró desarrollarlas y fabricó decenas de ellas. Cuatro años después, cuando estalló la Guerra de Malvinas, el sistema ya estaba totalmente desarrollado e implementado.
Según el ingeniero, la llamada “antena CITEFA” le permitió a la Fuerza Aérea comunicarse durante todo el conflicto sin sufrir interferencias de los ingleses. Lo más llamativo, señaló, es que el desarrollo se había mostrado en 1978 a muchos sectores de las otras Fuerzas Armadas y ninguno se interesó: “por ahí nos falta marketing”, ironizó.

Contramedidas electrónicas en Malvinas: ingenio argentino para proteger a los pilotos
De todas maneras, esa no fue la única invención de CITEDEF para la Fuerza Aérea, pues -en 1982- la institución también les había solicitado un sistema de contramedidas para detectar radares. Con ese fin, se armó un área de contramedidas electrónicas, de la que surgió el proyecto de alerta temprana: los aviones argentinos no tenían ningún dispositivo que avisara si un radar los estaba observando. Al comenzar la guerra, el trabajo se aceleró. Casi en paralelo, otro grupo de la Fuerza trabajaba en lo mismo sin que ninguno de los dos equipos lo supiera. Entre las pruebas, Dalmas di Giovanni participó del primer vuelo en helicóptero del prototipo, de ida y vuelta entre Buenos Aires y Rosario.
Otra necesidad era engañar a los sistemas de armas enemigos mediante el lanzamiento de chaff, pequeñas tiras de metal que generan múltiples ecos en los radares y dificultan la identificación del blanco real. Como no había equipamiento específico para fabricarlos, los técnicos debieron resolver el problema con lo que tenían. A través de contactos con Siemens, consiguieron secuenciadores provenientes de antiguas centrales telefónicas, que sirvieron para desarrollar los primeros lanzadores. El material para las tiras metálicas llegó por otra vía: Nobleza Piccardo donó bobinas de papel metalizado utilizadas en los envoltorios de cigarrillos. Con esos insumos, el personal de pirotecnia de CITEFA elaboró los cartuchos necesarios mediante el empleo de máquinas de pastas. El punto central: la capacidad de encontrar soluciones técnicas en medio de la urgencia y con una disponibilidad limitada de recursos.
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El desarrollo también exigió corregir los prototipos a partir de la experiencia de vuelo. Una primera versión fue trasladada a Río Cuarto e instalada en un avión, pero el piloto advirtió que el dispositivo sobresalía demasiado por debajo del fuselaje y afectaba la aerodinámica. El equipo diseñó entonces una segunda versión, de menor porte, que fue enviada a Río Grande para continuar las pruebas. Allí, mientras un técnico y su jefe aguardaban en la torre de control el despegue de la aeronave, escucharon por la radio la comunicación de un piloto que regresaba de atacar a la flota británica: “Me dieron, me dieron. Dígale a mi hija y a mi señora que los quiero mucho”.

Es decir, los técnicos también atravesaron situaciones difíciles durante la Guerra de Malvinas. Y, según Dalmas Di Giovanni, no estaban preparados para afrontar las consecuencias de lo que ocurría y esa experiencia dejó silencios, sufrimientos y, posteriormente, una falta de interés por conocer lo sucedido.
Los cañones 155 milímetros de CITEFA, claves para atacar a la flota británica
Un trabajo relevante realizado por CITEFA en Malvinas: el personal pudo recuperar material de uno de los aviones Harrier caído y, apenas llegaron a él, comenzaron a estudiarlos. El análisis de estos componentes permitió conocer mejor la tecnología empleada y estudiar aspectos vinculados con las contramedidas electrónicas. Sin embargo, el tiempo disponible no fue suficiente para desarrollar e implementar todas las soluciones que se consideraban necesarias.
Otro de los desarrollos destacados fue el cañón de 155 milímetros diseñado por CITEFA, que había sido entregado a distintas unidades de artillería en los años previos a 1982. De hecho, Dalma Di Giovanni recordó su participación en la inauguración del sistema en Magdalena, cuando todavía era soldado y colaboró con tareas de custodia y asistencia. ¿Qué contó sobre el desarrollo? El cañón había sido concebido como un proyecto tecnológico que, una vez terminado y entregado, continuaría su funcionamiento en manos de las unidades militares. Sin embargo, la Guerra de Malvinas lo puso a prueba en circunstancias imprevistas. Según el testimonio del ingeniero, la llegada de las primeras piezas a las islas respondió a un pedido de un capitán que advirtió que los cañones de 105 milímetros no tenían el alcance suficiente para enfrentar a la flota británica.
En medio de las dificultades logísticas, se decidió enviar cuatro cañones a Malvinas. El traslado se realizó en aviones Hércules C-130. Un detalle, nada menor: ante la falta de munición, un equipo técnico respondió con rapidez y, en apenas 72 horas, trabajaron para permitir el empleo de proyectiles fabricados en 1928. Dalma Di Giovanni contó que, por entonces, la capacidad de respuesta del grupo humano resultó decisiva para resolver una dificultad que no había sido prevista durante el desarrollo original del sistema.

Hay algo más que merece ser contado: según el ingeniero, el paso del tiempo también libró otra batalla, la de la memoria. Él mismo escribió un libro con todas estas anécdotas y, de hecho, cuando quiso reconstruir algunas historias, se encontró con un vacío difícil de llenar. Consultó a antiguos compañeros de facultad, colegas y técnicos que habían participado en aquellos desarrollos, pero muchos ya no conservaban información precisa sobre lo ocurrido. Parte de ese conocimiento, forjado en medio de la urgencia y puesto a prueba durante la guerra, parecía haberse desvanecido junto con sus protagonistas. Así, mientras los testimonios permiten recuperar fragmentos de aquella experiencia, también revelan una deuda pendiente: rescatar del olvido el trabajo de quienes, desde los laboratorios y talleres, pusieron su conocimiento al servicio de la Argentina en uno de los momentos más decisivos de su historia.
De un láser al misil “Martín Pescador”
Uno de los episodios que recuperó el ingeniero estuvo relacionado con un proyecto del grupo láser destinado a iluminar la pista de aterrizaje de Puerto Argentino. Tres integrantes del equipo viajaron hacia las islas con un prototipo que todavía no funcionaba plenamente. Las dificultades comenzaron incluso antes de llegar: habían recibido la orden de trasladar el equipamiento, pero no necesariamente al personal que debía instalarlo. Una vez en Malvinas, la falta de materiales y asistencia complicó las tareas. Aún así, lograron resolver parte de los problemas técnicos.
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Obviamente, las necesidades operativas también impulsaron otros proyectos. Según contaron en la Escuela de Guerra Conjunta, el grupo de navegación trabajó en dispositivos destinados a ayudar a los pilotos a medir la altura durante los vuelos rasantes sobre el mar, mientras que el grupo láser desarrolló equipos para el guiado de armamento. En ambos casos, los tiempos de la guerra impusieron sus límites: algunos prototipos no llegaron a implementarse en los aviones y, respecto de otros materiales enviados, no se pudo confirmar si fueron utilizados efectivamente. La experiencia volvió a mostrar la distancia entre desarrollar una solución en un laboratorio y lograr que estuviera lista para su empleo en el campo de batalla. No bastaba con diseñar un dispositivo: había que probarlo, adaptarlo, integrarlo a las aeronaves y garantizar que pudiera funcionar en condiciones reales.
Entre los desarrollos más destacados apareció el misil Martín Pescador, un sistema de alcance aproximado de cinco kilómetros concebido para atacar blancos de superficie mediante guiado visual por radio. El proyecto representó un hito para CITEFA y permitió consolidar conocimientos que luego se aprovecharían en otros desarrollos, especialmente en materia de antenas, guiado y cargas útiles. Sin embargo, las pruebas también dejaron en evidencia las limitaciones de trabajar con recursos escasos y sistemas que no habían sido concebidos para todas las condiciones de empleo.
“Úsenos”: un llamado a fortalecer la capacidad tecnológica
En paralelo, el ingeniero contó que CITEFA recibió pedidos para resolver problemas de naturaleza muy diversa. Se trabajó en señuelos destinados a desviar misiles antirradiación, en soluciones para proteger los parabrisas de los aviones frente a las salpicaduras de agua salada y en capacitaciones para atender lesiones provocadas por fósforo blanco. También llegaron consultas sobre explosivos, motores y otros requerimientos vinculados con la protección y la supervivencia del personal. En algunos casos, los pedidos se formularon cuando el conflicto ya estaba avanzado, como ocurrió con la búsqueda de amplificadores de potencia para intentar interferir en los sistemas de comunicación. Por eso, desde la Escuela de Guerra Conjunta, el ingeniero hizo hincapié en que la tecnología no puede improvisarse de un día para otro: requiere planificación, equipamiento, ensayos y equipos humanos formados durante años. Recordó incluso cómo restricciones políticas posteriores le impidieron conseguir repuestos británicos para recuperar un radar de vigilancia, lo que obligó a recurrir a las capacidades nacionales para desarrollar soluciones alternativas.
Para cerrar, Dalma Di Giovanni dejó un mensaje para repensar el presente a partir de las experiencias que dejó la guerra. Para él, las compras de sistemas militares deberían acompañarse de inversiones en investigación, capacitación e infraestructura, pues formar un ingeniero o un técnico especializado lleva años; perder esa capacidad, en cambio, puede ocurrir mucho más rápido. “Úsenos”, pidió al auditorio. Una invitación que, más que un reclamo individual, resumió la necesidad de reconocer, sostener y poner en valor la capacidad tecnológica argentina.




