En Malvinas hubo una batalla que no apareció en las fotografías ni en los relatos más conocidos del conflicto. Mientras aviones, buques y tropas se enfrentaban en el campo de combate, otros hombres libraban una guerra silenciosa: escuchaban las comunicaciones del enemigo, identificaban sus señales, localizaban sus posiciones y convertían cada fragmento de información en una pieza para la inteligencia militar.
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Lo hicieron, además, a cientos de kilómetros de las islas, en medio de la hostil y ventosa Patagonia. Allí, como parte de la Compañía de Operaciones Electrónicas 602, ese grupo de efectivos del Ejército Argentino desplegó sus equipos y buscó descifrar lo que ocurría al otro lado del mar. ¿El motivo? Obtener información sobre los movimientos del enemigo y transmitirla a las fuerzas desplegadas en las islas, para anticipar sus acciones y contribuir tanto al ataque como a la defensa argentina. Aquella experiencia quedó marcada para sus protagonistas mucho después del final de la guerra. Equipos rudimentarios, comunicaciones difíciles, largas jornadas de escucha y la incertidumbre de no saber qué ocurría con la información obtenida fueron parte de una tarea que exigía precisión, preparación y temple.

Más de cuatro décadas después, el coronel (retirado) Alejandro Luis Echazú, quien fue parte de este grupo, recuperó esas historias en el marco de las Jornadas de Innovación y Tecnología organizadas por la Secretaría de Investigación, Política Industrial y Producción del Ministerio de Defensa. Allí, en un auditorio repleto, explicó cómo funcionó la guerra electrónica en Malvinas y qué enseñanzas de aquel conflicto siguen vigentes frente a los desafíos tecnológicos y militares del presente.
“Todo lo que está en el espectro electromagnético forma parte del campo de batalla”
En el marco de la jornada realizada en la Facultad de Ingeniería del Ejército, el coronel Echazú -autor del libro Malvinas. La silenciosa guerra electrónica (editorial EUDE)- recuperó una dimensión poco conocida de la Guerra de Malvinas: la batalla por el dominio del espectro electromagnético. Entonces subteniente del Arma de Comunicaciones, recordó que el 2 de abril de 1982 lo encontró destinado en una unidad de operaciones electrónicas, frente al desafío de poner en práctica conocimientos que, hasta ese momento, tenían un carácter teórico y permanecían alejados de la mirada pública.
En palabras de Echazú, desde la escucha y localización de emisiones hasta el análisis de información, la unidad participó en tareas destinadas a conocer las comunicaciones del adversario y aportar esos datos al sistema de inteligencia. Así, con apenas 22 años y equipos que debían ser operados en condiciones de campaña, los integrantes de la unidad fueron convirtiendo la incertidumbre inicial en experiencia: “Fuimos aprendiendo y ese fue el desafío”, sostuvo.
Cuatro décadas después, aquella experiencia permite dimensionar una faceta de la gesta que no siempre ocupa el centro de la escena. La guerra electrónica, explicó, se libra sobre el espectro: interceptar información, interferir las emisiones enemigas y proteger las propias son parte de una disputa silenciosa que acompaña al combate convencional.

“Todo lo que está en el espectro electromagnético forma parte del campo de batalla”, señaló. En esa memoria de equipos, escuchas, antenas y jóvenes soldados aprendiendo en plena guerra aparece también una épica particular: la guerra obligó a transformar en cuestión de días una estructura pensada para operar en forma fija. El veterano recordó que la compañía de operaciones electrónicas contaba con estaciones permanentes en distintos puntos del país, destinadas principalmente a la escucha y a tareas de inteligencia, pero que con el conflicto debió movilizar personal y equipos hacia el Sur.
“El despliegue fue complicado”, dijo a la hora de explicar que se trataba de equipos montados sobre camiones de gran porte, con cargas que alcanzaban varias toneladas. Por eso, el traslado hacia la Patagonia implicó recorrer largas distancias y establecer posiciones en distintos puntos para ampliar la capacidad de escucha y localización.
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Finalmente, la unidad desplegó puestos en distintos puntos del Sur argentino, conformando una red de varios kilómetros. La tarea requería combinar las marcaciones obtenidas desde diferentes posiciones para determinar la ubicación de las emisiones enemigas mediante triangulación.
De una señal perdida a una pieza clave de inteligencia
A fines de abril, con la misión ya definida sobre las fuerzas británicas, aquellos jóvenes operadores comenzaron a seguir las señales que permitían conocer qué ocurría en las islas y, especialmente, detectar las comunicaciones de los ingleses en el Atlántico Sur.

No fue fácil: el despliegue en la Patagonia exigía precisión y, fundamentalmente, coordinación. Además, las distancias provocaban un margen de error que debía ser tenido en cuenta. Por eso, en palabras de Echazú, la tarea no podía depender de una única estación. “Mínimo tres y, cuanto más, mejor”, explicó el veterano al describir el principio de radiolocalización y triangulación. Con una sección reducida, integrada por un oficial, tres suboficiales y un soldado, el grupo operaba con equipos como el goniómetro y distintos receptores, integrando las señales obtenidas.
Y, como si eso no fuera poco, tras escuchar, había que analizar la señal e integrar los datos con otras fuentes de inteligencia. “Uno por ahí, en medio de los avatares de una guerra, no sabe cómo va progresando la información”, confesó Echazú al hablar del impacto que podía tener el trabajo que llevaban adelante.
La experiencia también dejó en evidencia la importancia de la coordinación entre las distintas fuerzas. La información obtenida por la compañía de operaciones electrónicas era integrada con datos de la Fuerza Aérea y de otros elementos de inteligencia, conformando un panorama común sobre el movimiento enemigo. En los registros que posteriormente pudieron ser desclasificados aparecen referencias al trabajo de la Compañía de Operaciones Electrónicas 602. “Podría haber sido mejor, pero no fue una inexistente”, sostuvo al recordar aquella articulación. Décadas después, documentos, mensajes y fotografías permiten reconstruir la dimensión de una tarea que durante la guerra permaneció en buena medida invisible: operadores jóvenes, dispersos a cientos de kilómetros, escuchando el espectro y convirtiendo señales lejanas en información para el combate.

Guerra psicológica al oído: “Algunos pueden escuchar eso y se desaniman”
Del otro lado de los auriculares llegaban voces británicas. Los operadores argentinos escuchaban, registraban y trataban de encontrar, entre aquellas transmisiones, algún dato que pudiera convertirse en información útil.
En las salas de escucha, los receptores, las antenas de alta frecuencia y los sistemas de radiogoniometría -varios de ellos de origen alemán, como los Telefunken– eran las herramientas para penetrar en las comunicaciones del adversario. La tarea exigía concentración y, sobre todo, preparación: “El operador de comunicaciones tiene que tener una formación especial que no sea influenciable fácilmente por las cuestiones que uno escucha”.
Porque lo que llegaba por radio no siempre era información inocua. Hacia el final de la guerra, los operadores comenzaron a captar comunicaciones y transmisiones británicas que podían tener un componente de acción psicológica. “Algunos pueden escuchar eso y se desaniman”, recuerda. En ese momento, la capacidad de escuchar también implicaba resistir: el soldado encargado de recibir y procesar información debía conservar la fortaleza necesaria para no quedar condicionado por lo que oía. Es decir, la tecnología era útil, pero el operador era fundamental.

A eso se sumó que las comunicaciones por radio de alta frecuencia dependían de las condiciones de la atmósfera, de la hora del día y de la posibilidad de que las emisiones fueran interceptadas por el enemigo. Esa combinación obligó a modificar el esquema inicial y establecer líneas de comunicación entre los distintos puntos de escucha para concentrar la información. En palabras de Echazú, los operadores recibían un volumen de mensajes que debía ser transmitido y procesado antes de llegar a la central de interpretación.
A eso se sumaba otra dificultad: los británicos cambiaban de frecuencia con rapidez y algunos de esos saltos resultaban imposibles de seguir manualmente.
¿Sabotaje? Los ataques de un enemigo inesperado
Además, ellos también sufrían ataques, aunque de un actor inesperado. Un día, mientras trabajaban, el sistema dejó de funcionar. Echazú tomó la decisión de recorrer los 150 metros que separaban los equipos de la central para encontrar la falla. Finalmente descubrieron el motivo por el que una línea había quedado fuera de servicio.
“No era sabotaje militar. Era la mara patagónica”, recuerda con humor. Los cables habián sido comidos por estas liebres. La solución fue tan improvisada como necesaria: utilizaron como repuesto el cable de un equipo de radio que había volcado.
“Al final, hicimos una trampa”, cuenta. En una misión en la que cada señal podía contener información valiosa, mantener funcionando las antenas y los receptores también formaba parte de la operación.
La obsesión británica con los especialistas en guerra electrónica
La radiogoniometría agregaba otra capa de precisión. Para determinar desde dónde provenía una emisión, los operadores orientaban la antena hasta encontrar el punto de mínima intensidad de la señal. Un instrumento conectado al receptor permitía medir esa intensidad y establecer una dirección; con varias mediciones, podían aproximarse a la ubicación del transmisor.
Pero antes había que detectar la frecuencia. En Malvinas, entre cambios de frecuencia, interferencias, distancias y equipos que podían fallar, escuchar al enemigo era también una carrera contra el tiempo.

Cuenta Echazú que los británicos se obsesionaron con saber quienes estaban detrás de la guerra electrónica en Malvinas. Tanto que interrogaron sobre el tema a los prisioneros. “Buscaron al especialista eque estaba pasando la información”, detalló.
“Aquellos que no pueden recordar el pasado, están condenados a repetirlo”
Ya casi sobre el cierre de su exposición, el oficial del Ejército se refirió a un aspecto fundamental que, aún hoy, le quedó grabado: “El inglés”. En la Facultad de Ingeniería, confesó que, por entonces, fue una dificultad decisiva. Por eso, a lo largo de su carrera, insistió en que se debe aprender el idioma del adversario para evitar depender de traductores en un conflicto.
Las lecciones de Malvinas, sostiene, apuntan directamente al futuro. La automatización, la inteligencia artificial y los simuladores podrían transformar tareas que durante 1982 dependían de operadores que debían escuchar, identificar y procesar manualmente cada señal. La IA, plantea, podría analizar audio y señales telegráficas y acelerar procesos que entonces estaban limitados por la capacidad humana. Pero -insiste- la tecnología no reemplaza a la preparación.
La conclusión que atraviesa todo su relato es que las capacidades no pueden funcionar de manera aislada: “Hay que trabajar en forma sistémica”. Es decir, ninguna capacidad puede funcionar de manera aislada.
De todas maneras, su reflexión trasciende la tecnología y se detiene en algo más profundo: la memoria. Para explicarlo, recupera una frase -del filósofo George Santayana– que funciona como advertencia y como legado: “Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Y enseguida completa la idea con una reflexión que parece condensar toda una vida dedicada a escuchar lo que ocurría del otro lado: “La historia no significa vivir en el pasado, sino contar con más herramientas para comprender el presente y decidir el futuro”.




