Tres palos sostienen buena parte de la identidad de la Fragata ARA “Libertad”, el emblemático buque escuela de la Armada Argentina: el trinquete, el mayor y el mesana, a los que se suma el bauprés que se proyecta hacia la proa. Ellos elevan el aparejo de este gran velero hasta casi 50 metros: el palo mayor alcanza los 49,8 metros y es el punto más alto de la embarcación. Desde allí se despliega un velamen compuesto por 27 velas.
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Es decir, casi 50 metros separan la cubierta del tope del palo mayor de la Fragata ARA “Libertad”: una altura difícil de dimensionar a simple vista. Para tener una referencia concreta, es prácticamente la misma distancia que existe a lo largo de una pileta olímpica o un edificio de 16 pisos.

Y aún así, un grupo de jóvenes guardiamarinas, recién salidos de la Escuela Naval de la Armada Argentina no solo desafían al mar, sino también a la altura: en pocos minutos logran alcanzar los palos para ubicarse a lo largo y ancho de cada uno de ellos, incluso hasta en el punto más alto.
¿Quienes son y cómo lo logran? Un mano a mano con dos de ellos revela el arte detrás de los Gavieros.
El desafío de subir a los palos de la Fragata ARA “Libertad”
Subir a los palos de la Fragata ARA “Libertad” no es una tarea que se improvise. El gaviero es el tripulante designado para ascender por la arboladura y trabajar en altura, una función que, según explica la guardiamarina en comisión Lourdes Ponce Frías, combina la voluntad de asumir el desafío con la confianza que se construye durante el entrenamiento.

A su lado, un compañero de promoción que también cumple ese rol con ella, el guardiamarina en comisión Leonel Cardoso, agrega que se suman a esta misión quienes desean tener una experiencia diferente y están dispuestos a asumir el reto.
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Detrás de cada ascenso hay meses de preparación. Los futuros gavieros entrenan junto a personal con experiencia, quienes les transmiten las técnicas necesarias para desenvolverse con seguridad en los palos y cumplir con las tareas asignadas. Ese aprendizaje no apunta solamente a subir, sino a adquirir la confianza y las herramientas necesarias para desempeñar una función que exige coordinación, conocimiento y dominio de la propia embarcación.
Además, para hacerlo deben cumplir con un requisito: atravesar los estudios médicos que los avalen para trabajar en altura.

En la Fragata “Libertad”, cuidado con mirar abajo
Los guardiamarinas se preparan durante todo el viaje para cada maniobra y saben de antemano a qué palo deben dirigirse, qué tarea les corresponde y cómo deben ejecutarla. “No es algo espontáneo que sale de la nada”, explica la guardiamarina Ponce Frías. A su lado, Cardoso comenta que la primera vez aparece el vértigo: mirar hacia abajo desde esas alturas es una experiencia completamente nueva.
“La práctica, sin embargo, permite ganar confianza”, dice, al tiempo que subraya que utilizan arneses que los mantienen permanentemente asegurados, aunque la seguridad también depende de mantener la concentración, actuar con tranquilidad y aprovechar las condiciones adecuadas para realizar la maniobra.
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La experiencia también forma parte del aprendizaje de navegación a vela que ofrece el buque escuela. La “Libertad” combina el uso del motor con la navegación a vela y, dependiendo de la dirección y la intensidad del viento, se seleccionan y cazan las velas necesarias para aprovecharlo. Los guardiamarinas colaboran con el personal asignado a cada palo y, al mismo tiempo, incorporan conocimientos que serán parte de su formación profesional. Cardoso recuerda especialmente una de esas experiencias durante la escala en Nueva York, cuando tuvieron la oportunidad de subir a los palos durante los festejos del 4 de julio. Allí, entre maniobras y alturas, la instrucción dejó de ser solamente una práctica para convertirse en una experiencia que difícilmente olvidarán.


Navegar, representar a la Argentina y llevar una bandera más allá de las fronteras
Lourdes, oriunda de Avellaneda, provincia de Buenos Aires, cuenta que ingresó a la Escuela Naval porque, desde el principio, le atrajo la posibilidad de navegar y recorrer el mundo. En cambio, Leonel lo lleva en la sangre: viene de familia militar, de la Armada Argentina. “Eso inclinó mi decisión, pero también me atrajeron los valores y la aventura que tiene esta profesión”, añade en diálogo con DEF.
Para los guardiamarinas, la vida en la Armada no se define por elegir entre el deber de defender a la Patria y la aventura de recorrer el mundo, sino por aprender a sostener ambos aspectos en equilibrio. Esa misma mirada aparece cuando hablan de llegar a un puerto extranjero con el uniforme y la bandera argentina flameando: “Es un orgullo haber viajado para llevar nuestra bandera, mucho más cuando arribamos a un lugar y vemos que también nos esperan argentinos”.

Durante el viaje, esa representación también se convirtió en un intercambio en países como Estados Unidos, Jamaica, Puerto Rico y Brasil. Para ellos, cada arribo fue una oportunidad de representar al país y a la Armada Argentina, pero también de mostrar una parte de la cultura argentina más allá de sus fronteras.
Con el viaje ya finalizando, y después de casi cinco meses de navegación, entre las cosas que más extrañaron aparecen la familia, los amigos y hasta un buen asado. Pero a bordo también descubrieron que la convivencia diaria construye un vínculo que va mucho más allá de la amistad. “Es como una segunda familia”, explican los guardiamarinas, que llevan varios años compartiendo estudios, entrenamientos, fines de semana y, en algunos casos, incluso vacaciones. Conocen los miedos, las alegrías y los momentos difíciles de sus compañeros y saben que, ante cualquier situación, siempre habrá alguien de la promoción dispuesto a ayudar. Una unión que, aseguran, no termina con el viaje ni con la carrera: “No es fácil de romper y va a seguir toda la vida”.




