Para que las patrullas de búsqueda y rescate pudieran trabajar a destajo para encontrar a los sobrevivientes del terremoto en Venezuela, una compleja estructura de apoyo, que funcionó las 24 horas sin descanso, garantizó que el contingente de las Fuerzas Armadas argentinas -que operó bajo las órdenes del Estado Mayor Conjunto– pudiera seguir operando entre los escombros.
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Desde la preparación de cientos de raciones diarias hasta la atención médica, la potabilización de agua y la descontaminación del personal que regresaba de zonas donde, lamentablemente, había poca vida y cientos de cuerpos, la logística y la sanidad de las Fuerzas Armadas resultaron tan indispensables como los equipos de rescate.
En medio de un escenario marcado por el dolor, hubo un detalle que adquirió un valor inesperado. Los cocineros del Ejército Argentino entendieron que alimentar no era suficiente: también había que devolverles, aunque fuera por un rato, un pedazo de su tierra a quienes llevaban días trabajando bajo presión. Empanadas cortadas a cuchillo, milanesas con puré, un asado y tortas fritas el 9 de Julio fueron mucho más que partes de un menú. Como resume el teniente primero Dardo Caucoto, el objetivo era claro: “tratar de levantar la moral y llevar un pedacito de Argentina a Venezuela”.

Los médicos del Ejército Argentino en la zona del desastre
Como suele suceder en este tipo de escenarios, la sanidad militar también desempeñó un papel clave para sostener el despliegue argentino. Con un puesto socorro instalado en la zona de operaciones, un equipo de efectivos del Ejército -integrado por médicos y personal de enfermería– brindó atención permanente al contingente y, cuando fue necesario, también a las víctimas civiles del terremoto. Un dato: en la zona del desastre, llegaron a realizar cientos de asistencias.
En diálogo con DEF, y ya en el edificio Libertador, sede del Ministerio de Defensa argentino, uno de los médicos del Ejército contó: “En Venezuela se armó un puesto socorro para prestar atención, sobre todo, al contingente argentino que fue a apoyar a la población”.
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De acuerdo con el profesional, durante las primeras jornadas predominaron las heridas propias del trabajo entre los escombros: cortes, contusiones y traumatismos sufridos por las patrullas de búsqueda. Sin embargo, con el avance de la operación, comenzaron a aparecer otros cuadros vinculados a las condiciones ambientales. “Hubo muchos casos de gastroenteritis en la segunda semana, además de golpes de calor y deshidrataciones“, detalló.

En algunos casos, el personal sanitario incluso debió dejar a dos efectivos en observación durante varias horas para reponer líquidos y garantizar su recuperación antes de reincorporarlos a las tareas. El puesto socorro, montado con carpas y equipamiento desplegado especialmente para la misión, permitió responder de inmediato a las emergencias y mantener en condiciones al personal que trabajaba a diario en un escenario tan exigente como riesgoso.
Equipos QBN y potabilización de agua: la batalla invisible contra los riesgos biológicos en La Guaira
El trabajo de los Ingenieros del Ejército Argentino -con la descontaminación del personal y los equipos y la potabilización de agua- fue fundamental para poder garantizar el trabajo de los efectivos de las Fuerzas Armadas en las tareas de búsqueda y rescate entre los escombros que dejó el terremoto en Venezuela.
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Entre los recursos menos visibles, pero fundamentales para la seguridad del contingente, estuvo el despliegue de las carpas de descontaminación individual, destinadas a las patrullas que regresaban de trabajar entre los edificios colapsados. En ellas, mediante un sistema de “lluvia de arrastre”, se eliminaron los agentes biológicos a los que el personal podía haber estado expuesto durante las tareas de búsqueda y rescate.
“Se empleaba para descontaminar a todas las patrullas que volvían y sacarles todo lo que era el contaminante biológico”, explicó uno de los militares que participó en la preparación del dispositivo. La medida, explicó, buscaba reducir el riesgo sanitario en un escenario especialmente complejo, donde las altas temperaturas aceleraban la descomposición de los cuerpos. Solo después de atravesar ese proceso de descontaminación, los rescatistas podían regresar a la zona de reunión y descansar “libres de riesgo”.

El despliegue de los Ingenieros también incluyó una planta potabilizadora de agua, otra capacidad logística clave para garantizar condiciones seguras durante toda la misión humanitaria.
La logística, la misión del Ejército Argentino: “Llevamos nuestros propios víveres y cocinamos para el contingente”
Mientras los rescatistas recorrían edificios colapsados en busca de sobrevivientes, otro grupo de militares trabajaba sin descanso para que la misión pudiera sostenerse. Desde el mismo día de su llegada, el Batallón de Intendencia 601 desplegó una cocina de campaña equipada con hornos, freidoras y capacidad para elaborar desayuno, almuerzo y cena para los cerca de 80 integrantes del contingente argentino. A diferencia de otras delegaciones internacionales, que se alimentaban con raciones de combate, los argentinos llevaron sus propios víveres y fueron los únicos en instalar una cocina completa. “Llevamos nuestros propios víveres y cocinamos para el contingente y, si era necesario, también para personal civil”, explicó el teniente primero Dardo Caucoto.
El trabajo iba mucho más allá de cocinar. Cada menú fue cuidadosamente planificado de acuerdo con las exigencias del clima tropical y estaba acompañado por un punto de hidratación que funcionó las 24 horas. Además, la logística debía adaptarse a los horarios cambiantes de las patrullas de búsqueda y rescate, que muchas veces regresaban de noche o permanecían durante horas entre los escombros. “Siempre la misión fue brindar el apoyo necesario para que nuestro personal pudiera desenvolverse como era necesario”, resumió el oficial.

Pero, en medio de una tragedia de semejante magnitud, la comida adquirió un significado mucho más profundo. El objetivo no era únicamente alimentar a quienes trabajaban jornadas agotadoras, sino también acercarles un poco de calidez. “Siempre se buscó, más que nada, el levantamiento de la moral. Tratamos de ir a lo tradicional”, recordó Caucoto. Así, durante la misión hubo empanadas cortadas a cuchillo, asado, milanesas con puré, papas fritas y ensaladas. Además, el 9 de julio, Día de la Independencia, sorprendieron con los platos típicos y la cocina preparó tortas fritas para todo el personal en un gesto cargado de simbolismo patrio.
De hecho, la cocina también se convirtió en un espacio de intercambio con los venezolanos. Mientras los bomberos locales se acercaban curiosos para probar el mate cocido, los argentinos descubrían las tradicionales arepas. “No era un ambiente lindo ni alegre, pero siempre tratamos de levantar la moral y llevar un pedacito de Argentina a Venezuela”, afirmó el teniente.


Pero, además, ese esfuerzo formó parte de una estructura logística mucho más amplia. El mayor Ezequiel Sanabria, responsable del abastecimiento, el transporte y el suministro de agua, destacó que la misión solo pudo sostenerse gracias a un trabajo constante que garantizó desde la alimentación y la higiene hasta los vehículos y los elementos de protección personal. “Eso fue lo que mantuvo a flote el bienestar del personal”, señaló.
De hecho, en palabras del oficial, la logística también debió resolver imprevistos. Por ejemplo, para evitar el consumo de agua que podía llegar a estar contaminada por la naturaleza de la tragedia, el contingente pasó a consumir exclusivamente el agua producida por la planta potabilizadora desplegada por el Ejército Argentino. “Ahí logramos la autosustentación, tanto en comida como en agua”, recordó Sanabria. Detrás de cada rescate, hubo un engranaje silencioso que permitió que los hombres y mujeres desplegados pudieran seguir cumpliendo su misión día tras día.




