El Departamento de Guerra de Estados Unidos analiza la posibilidad de contratar a Japón y Corea del Sur para diseñar y construir buques de guerra destinados a la Armada estadounidense. La iniciativa está incluida en la propuesta presupuestaria para 2027, y es un reflejo de la profunda crisis en su capacidad productiva naval.
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La propuesta surge en medio de una creciente tensión dentro de la segunda administración de Donald Trump por el estado de la industria de construcción naval doméstica. La misma no logra satisfacer las necesidades de modernización y expansión de la flota en un contexto de creciente rivalidad estratégica con China y de una guerra activa en Medio Oriente.
Estados Unidos y la crisis de su industria naval: por qué el Pentágono mira a Japón y Corea del Sur
Ambos países son aliados históricos de la principal potencia militar y poseen industrias navales altamente desarrolladas, capaces de producir buques modernos en plazos y costos muy inferiores a los estadounidenses.
Por ejemplo, Japón puede completar una fragata avanzada en dos años y a la mitad del precio de un buque equivalente fabricado en suelo americano. Corea del Sur, por su parte, cuenta con algunos de los astilleros más grandes y tecnológicamente avanzados del mundo.

Los diseños que ambos países ofrecen ya incorporan sistemas estándar de la Armada estadounidense, como el sistema de lanzamiento vertical MK-41, utilizado para misiles Tomahawk y otros armamentos de uso común en la OTAN. Eso significa que los buques podrían integrarse a la flota sin necesidad de adaptaciones costosas ni rediseños técnicos.
Sin embargo, el plan enfrenta obstáculos legales importantes. La legislación federal exige que los buques de guerra se construyan en astilleros nacionales, una norma pensada para proteger la seguridad nacional y el empleo local en un sector históricamente sensible. Superarla requeriría autorización presidencial y enfrentaría la oposición de sindicatos, astilleros domésticos y legisladores de estados con industria naval instalada.
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Para superar esa barrera sin violar la ley, algunas propuestas sugieren permitir que contratistas asiáticos adquieran astilleros estadounidenses con bajo rendimiento y transfieran tecnología avanzada de gestión y automatización. Esta alternativa ya tiene un antecedente concreto. La empresa surcoreana Hanwha adquirió el astillero de Filadelfia con ese objetivo. Ben Reynolds, subsecretario adjunto de la Marina para Presupuesto, respaldó ese enfoque al señalar que la mejor solución pasa por atraer inversión extranjera que fortalezca los astilleros dentro de territorio estadounidense.
Los motivos detrás de la crisis de la industria naval estadounidense
La urgencia de buscar ayuda externa tiene una explicación basada en los números. Una fragata japonesa clase Mogami ronda los 500 millones de dólares y puede completarse en dos años. Su equivalente estadounidense, la fragata clase Constellation, supera los 1.000 millones por unidad y puede llevar años de demoras en producción, sin fecha clara de terminación.

Esa situación generó una creciente insatisfacción dentro de la administración Trump. Russ Vought, director de la Oficina de Gestión y Presupuesto de la Casa Blanca, fue categórico al señalar que la Armada necesita más buques de manera urgente y que, si no puede obtenerlos de fuentes tradicionales a costos y plazos razonables, los buscará en otros astilleros. El propio exsecretario de la Marina, John Phelan, confirmó el día antes de su destitución que la institución había recibido instrucciones de considerar formalmente esa opción.
El trasfondo de la rivalidad estratégica con China le da otra dimensión al problema. El gigante asiático produce hoy entre seis y diez destructores por año, una cifra que representa entre cuatro y seis veces la capacidad de producción actual de Estados Unidos. Esa brecha creciente es la que convierte lo que podría parecer una decisión administrativa en una señal de alerta sobre el poder naval estadounidense a largo plazo.




