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El mar como escenario del poder global: el valor geopolítico del Atlántico Sur y la proyección antártica de la Argentina

Frente a las crecientes disputas por el control marítimo global, la Argentina enfrenta el desafío estratégico de consolidar su soberanía sobre el Atlántico Sur, proteger sus recursos naturales y reafirmar su proyección geopolítica hacia la Antártida.

Desde antaño, los océanos han representado, y continúan siendo en la actualidad, un espacio donde las principales potencias miden su poder en el afán de imponer su hegemonía. Sin embargo, de nada sirve ser poseedor del dominio de los mares si no existe una clara visión de control sobre los espacios terrestres contiguos que permita proyectar fuerzas hacia el interior del territorio a ocupar.

El mar representa uno de los espacios comunes de mayor dinamismo y un ámbito donde se produce el intercambio de comunicaciones y del comercio. Allí, consecuentemente, se manifiestan las disputas por el control a través de la proyección de poder y de la capacidad de negar o permitir el acceso al adversario. Así lo entendieron, en su momento, Inglaterra, España, Francia, Portugal y, en menor medida, Holanda, al establecer distintas colonias en África, Asia, Oceanía y las Américas.

Con distintos objetivos en tierra, aunque con idéntica finalidad, aquellos reinos propiciaron el intercambio de bienes y servicios entre el Nuevo y el Viejo Mundo, dominando y empobreciendo al primero mientras el segundo se enriquecía.

De la hegemonía naval británica al ascenso de Estados Unidos

Con la puesta en marcha de la Primera Revolución Industrial durante la segunda mitad del siglo XVIII, entre 1750 y 1780, seguida por la victoria en Trafalgar el 21 de octubre de 1805 por parte de la escuadra británica sobre la franco-española, los ingleses consolidarían sus rutas comerciales con América del Norte, África, Asia y Oceanía. Esto posicionó a la corona a la cual servían como un imperio que controlaba aproximadamente un cuarto de la población mundial, abarcando casi la misma proporción de la superficie terrestre y dominando prácticamente todos los océanos.

El mar representa uno de los espacios comunes de mayor dinamismo y un ámbito donde se produce el intercambio de comunicaciones y del comercio.

Esta situación le permitió ejercer el control sobre algunas áreas estratégicas a partir de la ocupación de Gibraltar, Malta, Chipre, Isla Ascensión, Sudáfrica, Somalia, India, Ceylán (actual Sri Lanka), Birmania, Malasia, Borneo, Nueva Guinea, Australia y Nueva Zelanda, logrando dominar el tráfico marítimo en el mar Mediterráneo, el oeste y sur del océano Pacífico, así como en el océano Índico.

Promediando el siglo XX y casi en simultáneo con el inicio de la Segunda Guerra Mundial (SGM), la Corona británica vio amenazada su hegemonía en el mar por la imponente maquinaria militar de Alemania y Japón, que, tras haber desarrollado un poderío naval sin precedentes, emergían como nuevas potencias.

No fue hasta la recuperación de la industria naval militar de los Estados Unidos, luego del ataque japonés a Pearl Harbor y de los éxitos estadounidenses tanto en el mar –a partir de la degradación de la fuerza de submarinos alemana y la victoria en Midway– como en tierra –luego de la ocupación de las islas del este asiático–, que el mundo vería surgir una nueva nación con poder hegemónico.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, la denominada Guerra Fría marcaría un largo período de tensión entre la ex Unión Soviética y los Estados Unidos de América, durante el cual ambas potencias medirían sus fuerzas, directa e indirectamente, en conflictos como Corea y Vietnam. Esta competencia por la hegemonía absoluta también convirtió al mar de Bering en un ambiente operacional de creciente tensión.

Hacia fines de los años 80, con la disolución del comunismo soviético representada por la caída del Muro de Berlín, el mundo pasó de una confrontación bipolar entre potencias a una hegemonía unipolar encabezada solo por Estados Unidos.

El desafío del siglo XXI: la expansión global y marítima de China

Entrado ya el presente siglo XXI, China hace su aparición como un claro competidor ante la supremacía mundial de Estados Unidos. El discurso del presidente chino Xi Jinping, pronunciado el 7 de septiembre de 2013 en Kazajistán, sirvió de escenario para exponer su iniciativa acerca de la creación de la franja económica de la “Ruta de la Seda”, desafiando a la economía mundial mediante una revolución total en las infraestructuras de tránsito de pasajeros, mercancías e hidrocarburos, aplicando alta tecnología.

A la ruta terrestre original, Pekín sumó una vía marítima con la que adentrarse por África y otra transoceánica que involucra a Sudamérica, conectando el Atlántico con el Pacífico, a través de una línea ferroviaria.

Tampoco resulta ajeno a los intereses de Pekín establecer el control sobre el mar del Sur de China, una amplia región donde, según la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, se desarrolla el 80% del comercio global a través de vías marítimas; específicamente, en la región del Pacífico Occidental y en el mar del Sur de China, donde se estima en un tercio el comercio marítimo global.

Más recientemente, la flota pesquera china estuvo asolando no solo las costas de los mares territoriales de Ecuador, Perú y Chile, sino que desde hace décadas lo viene haciendo en aguas de jurisdicción argentina. En simultáneo, no menos llamativo resulta el incremento de las operaciones navales de la Armada de China. Según un reporte del Departamento de Defensa de Estados Unidos que data de noviembre de 2019, el entonces almirante Philip Davidson, a cargo del Comando Indo-Pacífico, declaraba que la Armada de China había conducido más despliegues navales en los últimos 30 meses que en los pasados 30 años.

El Atlántico Sur, la soberanía sobre Malvinas y la extensión de la plataforma continental

Por otra parte, existen variables de distinto peso en las relaciones internacionales que se suman al desafío que presenta en la actualidad el Atlántico Sur y, en particular, el mar territorial argentino. En este sentido, el reclamo argentino por la soberanía sobre las islas Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y sus espacios marítimos circundantes continúa pendiente, aunque sin ningún tipo de avance aparente. Esta situación es aprovechada por el Reino Unido de Gran Bretaña para otorgar concesiones de licencias pesqueras y licitaciones para la explotación de hidrocarburos offshore dentro de la zona de exclusión de nuestras Islas Malvinas.

Este reconocimiento oficial por parte de las Naciones Unidas, si bien confirma el derecho inalienable que todo Estado ostenta sobre sus espacios soberanos, no ha dejado de agregar un nuevo capítulo a los diferentes reclamos que pesan sobre la problemática del Atlántico Sur.

En tanto, en marzo de 2016 y 2017, la Comisión de Límites de la Plataforma Continental, organismo creado por la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR) aprobó las recomendaciones sobre la presentación argentina del límite exterior de la plataforma continental realizada el 21 de abril de 2009.

Asimismo, Argentina logró el reconocimiento de la extensión de su plataforma continental hasta las 350 millas náuticas. A través de la Ley 27.557, aprobada el 4 de agosto de 2020, se establecieron los nuevos puntos que demarcan dicho límite, incrementando su espacio soberano en 1.782.500 kilómetros cuadrados.

Este reconocimiento oficial por parte de las Naciones Unidas, si bien confirma el derecho inalienable que todo Estado ostenta sobre sus espacios soberanos, no ha dejado de agregar un nuevo capítulo a los diferentes reclamos que pesan sobre la problemática del Atlántico Sur.

El nuevo mapa argentino, con la última demarcación introducida, no solo fija límites marítimos adyacentes al espacio continental, sino que también lo hace extensivo a las regiones insulares y al sector antártico pretendido por el país.

La Antártida como escenario geoestratégico de probables tensiones

En cuanto a la Antártida, esta región aparece como otra variable que debe tenerse en cuenta como un escenario de probable tensión, sumándose al ya planteado conflicto que podría generar el resto de la región insular del Atlántico Sur.

Puntualmente, el área de la península antártica representaría el mayor atractivo para todos los países que tienen pretensiones sobre el continente blanco, ya que, por su ubicación y características geográficas, es la zona más cercana a los puertos australes de Argentina y Chile.

En tanto, en marzo de 2016 y 2017, la Comisión de Límites de la Plataforma Continental, organismo creado por la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR) aprobó las recomendaciones sobre la presentación argentina del límite exterior de la plataforma continental realizada el 21 de abril de 2009.

Esta situación geoestratégica privilegiada permite el control de la unión del océano Pacífico con el Atlántico, sumado al acceso directo que se proyecta hacia y desde las Islas Malvinas. La península también se destaca por su climatología más benigna en comparación con el resto del continente, ofreciendo mejores condiciones para el desarrollo de la vida humana. Pero más importante aún resulta la riqueza mineral que yace en el subsuelo, su fauna marina y el gran reservorio de agua dulce que representan sus glaciares para todo el planeta.

El valor estratégico de los océanos

Cuatro rasgos podrían definir la importancia del mar. El primero, y más importante, se presenta a partir de su dimensión espacial, la cual, rodeando a todos los continentes, ha sido desde siempre el medio natural de comunicación para el transporte de personas y el intercambio de bienes.

El segundo está dado por los recursos ictícolas y la potencial fuente de recursos minerales e hidrocarburos que yacen en su subsuelo. El tercero está representado por ser un espacio de proyección de poder hacia el dominio terrestre en manos de quien ostente una considerable fuerza naval. Y el cuarto, por considerarse al mar como uno de los dominios del ambiente operacional donde continuarán librándose las batallas.

Como dimensión espacial, los océanos ocupan tres cuartas partes de la superficie del planeta. Su masa de agua no solo contiene una importante y variada biodiversidad, sino que también actúa como moderadora del clima a través de las corrientes marinas, aportando aproximadamente el 50% del oxígeno a la atmósfera terrestre. Por otra parte, se estima que a través de sus aguas el transporte marítimo alcanza el 80% del comercio mundial, situación que seguirá en aumento.

En este orden, el espacio marítimo austral argentino aparece como una ruta propicia para el transporte de bienes, servicios y personas, permitiendo unir el océano Atlántico con el Pacífico o viceversa. En tal sentido, podría decirse que nuestro espacio marítimo soberano ha dejado de ser un remanso estratégico, y ha pasado a cobrar una relevancia de primer orden debido a los intereses renovados de actores regionales y extrarregionales.

Reconfiguración del orden mundial y el rol de una Argentina marítima

La pregunta sobre qué está sucediendo en el Atlántico Sur Occidental implica interrogarse acerca de cómo impactan estos cambios en el orden mundial y la disputa global en este espacio marítimo. El siglo XXI atraviesa un momento de desconcentración y dispersión del poder en el marco de una etapa de transición hacia una nueva reconfiguración del orden internacional, lo cual se traduce en una dinámica de competencia entre actores globales.

Eurípides de Salamina, dramaturgo griego, acuñó la frase: “Lo esperado no sucede, es lo inesperado lo que acontece”. En tal sentido, la posibilidad de plantear las guerras del mañana en escenarios distantes de aquellos en los que actualmente se desarrollan no parecería, a priori, carente de fundamento.

Los conflictos actuales quizás hayan acelerado el proceso de marcada oposición entre Estados Unidos y China. Mientras tanto, en esta relación de intereses contrapuestos, otros actores de peso estratégico aparecen en escena reconfigurando un nuevo mapa de poder. La disputa de China por Taiwán, la tensión de Rusia frente a la Unión Europea y la posición relativa de Australia, India, Japón y ambas Coreas son un claro ejemplo de la alteración de la balanza de poder en este nuevo orden mundial en desarrollo.

En el otro extremo del planeta, las Américas son presentadas por algunos politólogos como una zona de paz y un ámbito en el que las diferencias tienden a dirimirse por la vía diplomática. Sin embargo, los actuales conflictos armados, sociales y económicos auguran un mundo más empobrecido, inestable y peligroso, caracterizado por crisis fiscales y el surgimiento de nuevos liderazgos.

La pregunta sobre qué está sucediendo en el Atlántico Sur Occidental implica interrogarse acerca de cómo impactan estos cambios en el orden mundial y la disputa global en este espacio marítimo.

Paralelamente, las grandes potencias han emprendido una carrera por el dominio del espacio exterior y el ciberespacio, potenciada por la inteligencia artificial y la guerra de la información. Al mismo tiempo, el aumento de la proyección militar y el retorno de la competencia geopolítica ocasionan que los conflictos armados emerjan nuevamente como una amenaza significativa a la seguridad internacional. 

En la actualidad, la disuasión resulta más compleja que en los años de la Guerra Fría. Las doctrinas contemporáneas combinan instrumentos políticos, ciberespaciales, informativos y económicos, recurriendo frecuentemente a la desinformación y al empleo de empresas militares privadas.

Es clave, entonces, concebir a las Malvinas dentro de un contexto integral de la política oceánica y antártica de nuestro país. Para ello, Argentina debe pensarse firmemente como un país marítimo y antártico. La cuestión Malvinas implica recursos estratégicos en disputa, como el petróleo, la pesca y los minerales de los fondos marinos. La Argentina oceánica debe consolidar el desarrollo de la ciencia y la logística en la Patagonia continental e insular. 

Resulta urgente reactivar las estrategias diplomáticas tendientes a generar un sólido acompañamiento regional e internacional en la causa Malvinas. Una postura soberana que la conducción del Poder Ejecutivo Nacional ha ratificado firmemente como política de Estado prioritaria y que fue expresada por el presidente Javier Milei en su discurso del 3 de septiembre.

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