InicioDefensaARAD 5 y 7 para las Fuerzas Armadas, más que un fusil

ARAD 5 y 7 para las Fuerzas Armadas, más que un fusil

El ministro de Defensa, teniente general Presti, pone en perspectiva uno de los cambios más importantes en el armamento individual de las Fuerzas Armadas: el reemplazo progresivo del FAL por los nuevos ARAD 5 y ARAD 7. En esta columna, explica por qué la decisión implica construir una nueva capacidad de combate.

Hay decisiones militares cuyos efectos duran algunos años. Otras acompañan generaciones. La elección del armamento principal individual pertenece a esta última categoría.

Es el arma con la que el combatiente mantiene probablemente la relación más directa durante toda su vida profesional. Está presente en la formación, en el adiestramiento y en las operaciones. Y cuando la profesión militar alcanza su máxima exigencia, constituye su herramienta básica de combate.

Durante décadas, esa relación estuvo concentrada esencialmente en el fusil y en sus características propias: confiabilidad, precisión, robustez, calibre y facilidad de mantenimiento. Hoy el concepto es más amplio.

El arma sigue siendo el núcleo, pero alrededor de ella se integran ópticas, accesorios, dispositivos nocturnos, entrenamiento específico, sostenimiento, logística y capacidad de evolución tecnológica.

Por eso, después de casi siete décadas, el cambio no consiste solamente en reemplazar un fusil. Sino en pasar de un fusil a un nuevo sistema de armamento individual.

Del FAL al ARAD: la evolución del armamento individual

Nuestra historia permite comprender la dimensión de esa decisión. Desde los fusiles de chispa capturados durante las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, empleados luego por las primeras fuerzas patriotas, pasando por los Remington de fines del siglo XIX y los Mauser modelos 1891 y 1909, el armamento individual acompañó la evolución de las Fuerzas. En 1958, la incorporación del FAL representó un nuevo salto tecnológico y doctrinario.

Cada cambio de armamento respondió a los desafíos que la Argentina debía afrontar. Hoy vivimos una nueva etapa: un país que crece, amplía sus oportunidades y fortalece su lugar en el mundo necesita una Defensa a la altura de ese futuro.

La experiencia del FAL nos deja también una enseñanza fundamental: la confianza en un arma se construye con el tiempo.

El FAL integró nuestra cultura profesional sobre la base del conocimiento técnico, 68 años de instrucción y empleo sostenido y, fundamentalmente, de haber sido probado en combate.

El requerimiento debía contemplar precisión y alcance, junto con la capacidad de mantener confiabilidad, consistencia balística y disponibilidad ante condiciones ambientales cambiantes y grandes distancias de operación y sostenimiento (Foto: Min Def)

El combatiente conocía su arma. Sabía cómo respondía y qué podía exigirle. Ese vínculo entre una persona y su arma constituye también un factor de combate.

Como militar, conozco bien lo que el FAL significó para nuestras Fuerzas Armadas. Me formé con él, lo utilicé durante años y conozco la confianza que supo construir entre generaciones de combatientes.

Precisamente por eso también comprendo que había llegado el momento de dar un paso adelante.

Respetar la historia de un sistema significa reconocer lo que aportó, aprender de esa experiencia y tener la responsabilidad de reemplazarlo cuando las nuevas exigencias operacionales, tecnológicas y logísticas requieren capacidades diferentes.

Ese cambio era necesario. Y debía hacerse con el mismo profesionalismo con el que durante décadas aprendimos a confiar en el FAL. Con los ARAD 5 y ARAD 7 comienza ahora la construcción de una nueva relación.

Antes de llegar al país, el ARAD fue sometido a distintas pruebas de resistencia ambiental para evaluar los mecanismos ante partículas que puedan provocar atascos o fallas en su funcionamiento (Foto: Min Def)

El método como capacidad

La selección de estas plataformas partió de una premisa: antes de elegir una solución había que definir con precisión el problema operacional.

Y el problema operacional argentino tiene particularidades propias. Nuestras Fuerzas Armadas deben estar en condiciones de operar en ambientes muy diferentes entre sí: grandes alturas, frío extremo, calor intenso, humedad, monte, zonas áridas, ambientes marítimos y extensiones territoriales que imponen exigencias particulares de movilidad, abastecimiento y sostenimiento.

A eso se agregan factores ambientales que inciden directamente sobre el empleo del arma y sobre la balística: viento intenso y cambiante, variaciones de temperatura, presión atmosférica, humedad, presencia de polvo, salinidad y condiciones de baja visibilidad.

En determinadas regiones del país, esos factores forman parte habitual del ambiente operacional.

El ministro de Defensa, teniente general Carlos Alberto Presti, junto al titular del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, almirante Marcelo Dalle Nogare. Cabe señalar fue el EMCO el que ordenó una evaluación técnico-operacional para avanzar en el reemplazo del armamento individual (Foto: Fernando Calzada).

Por eso, el requerimiento debía contemplar precisión y alcance, junto con la capacidad de mantener confiabilidad, consistencia balística y disponibilidad ante condiciones ambientales cambiantes y grandes distancias de operación y sostenimiento.

A partir de allí era necesario establecer qué necesitaba cada Fuerza y analizar balística, alcance eficaz, precisión, confiabilidad, ergonomía, peso, cantidad de munición transportable, modularidad, mantenimiento y sostenimiento durante todo el ciclo de vida.

También implicaba comprender al combatiente como un sistema. Hoy transporta protección, comunicaciones, agua, elementos sanitarios, sistemas de observación, baterías y dispositivos electrónicos. Su capacidad de carga es limitada. Por eso, la eficacia, el peso del arma y de la munición constituye también una variable táctica.

El5,56 × 45 mm permite combinar una munición más liviana con una mayor cantidad de cartuchos para una determinada carga. El 7,62 × 51 mm ofrece otras prestaciones en términos de alcance, energía y efecto.

La cuestión era establecer qué requería cada Fuerza para cumplir sus misiones y qué sistema respondía mejor a esa necesidad.

A partir de allí, el proceso siguió una lógica profesional: definir efectos, establecer prestaciones, comparar alternativas, probarlas, medir resultados, evaluar sostenimiento y decidir.

En 2025, el Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas ordenó una evaluación técnico-operacional que reunió a especialistas de las tres fuerzas, integrando criterio operacional, ingeniería militar especializada en armamento y experiencia en el sostenimiento del material. Esa convergencia permitió valorar cada alternativa como una capacidad militar destinada a servir durante décadas.

Se analizaron doce variantes de fusiles de seis fabricantes de distintos países: cinco en calibre 7,62 × 51 mm y siete en 5,56 × 45 mm. Las alternativas se compararon mediante una matriz común, con pruebas orientadas a las exigencias del combatiente argentino.

Ese método aportó evidencia y rigor profesional para fundamentar una decisión de largo plazo. También construyó conocimiento y criterio institucional que exceden ampliamente al material incorporado.

El mismo método se aplica a la selección de sensores, comunicaciones, vehículos, sistemas no tripulados y otras tecnologías. Esa es la base de una inversión inteligente: vincular cada incorporación con una necesidad operacional y con la capacidad de sostenerla y aprovecharla durante toda su vida útil. Modernizar significa también aprender a decidir mejor.

Dos respuestas a requerimientos diferentes 

La incorporación del ARAD 5 y del ARAD 7 responde a esa lógica.

El ARAD 7, en 7,62 × 51 mm, está destinado en esta primera etapa al Ejército Argentino. El ARAD 5, en 5,56 × 45 mm, equipa a la Infantería de Marina y a elementos de Seguridad y Defensa de la Fuerza Aérea.

Se buscaron respuestas adecuadas a requerimientos diferentes dentro de una misma concepción conjunta de modernización.

La conjuntez significa definir capacidades de manera integrada, racionalizar la logística cuando sea posible y lograr que las Fuerzas puedan operar como un único instrumento militar.

Del fusil al sistema 

La diferencia tecnológica va más allá del calibre. El ARAD 5 utiliza un sistema de pistón de gases de carrera corta, cañón forjado a martillo y cromado, riel superior MIL-STD 1913 y capacidad de incorporar accesorios mediante interfaces M- LOK. El ARAD 7 traslada esa misma concepción modular a una plataforma de 7,62 × 51 mm. Dispone de pistón de carrera corta, regulador de gases de tres posiciones, mandos ambidiestros, riel superior Picatinny y superficies M-LOK. Su cañón posee una vida útil declarada mínima de 20.000 disparos.

Estos datos tienen consecuencias operacionales. Peso, ergonomía, confiabilidad, facilidad de mantenimiento, intercambiabilidad y modularidad determinan cuánto puede transportar el combatiente, cuánto tiempo puede sostenerse disponible el sistema y hasta qué punto podrá evolucionar tecnológicamente durante su vida útil.

A esa arquitectura se integra la mira electroóptica de punto rojo MEPRO M-5, incorporada en la configuración argentina.

Es una óptica 1× con punto de 2 MOA, montaje Picatinny MIL-STD 1913, alimentación mediante batería AA y capacidad para trabajar asociada con dispositivos de visión nocturna.

Tras la llegada de los primeros ARAD, se está evaluando la factibilidad de implementar en la Argentina una línea de ensamblaje o fabricación del sistema (Foto: Fernando Calzada)

La mejora surge de la integración entre plataforma, ergonomía, sistema de puntería, accesorios, entrenamiento y doctrina de empleo.

Ese conjunto permite simplificar determinados procesos de adquisición del blanco, hacer más consistente la referencia de puntería y acelerar la progresión desde las habilidades básicas hacia ejercicios de mayor complejidad.

El fusil pasa a ser una plataforma sobre la cual pueden integrarse y evolucionar diferentes capacidades. Y eso modifica también la forma de entrenar.

El objetivo pasa a ser aprender más con cada disparo. Ahí aparece una variable decisiva: la tasa de aprendizaje.

Si una plataforma más ergonómica, una óptica adecuada y una metodología de instrucción coherente permiten alcanzar determinados estándares con mayor rapidez, se obtiene mayor rendimiento de cada sesión de tiro y de cada recurso empleado.

Eso puede traducirse en un uso más eficiente de la munición de entrenamiento y en una progresión más rápida hacia situaciones de mayor exigencia: adquisición de blancos, movimiento, estrés, baja iluminación y escenarios tácticos más complejos.

La misma lógica se proyecta al empleo operacional. Un combatiente mejor entrenado, integrado a un sistema más preciso y eficiente, aumenta su capacidad de producir el efecto requerido con un empleo más racional de la munición disponible.

Eso incrementa autonomía y reduce presión sobre la cadena de abastecimiento. La eficiencia del sistema de armas también puede contribuir a reducir la huella logística.

Operar de manera continua 

La posibilidad de integrar la plataforma con dispositivos de visión nocturna agrega otra dimensión.

El ARAD 7 dispone de pistón de carrera corta, regulador de gases de tres posiciones, mandos ambidiestros, riel superior Picatinny y superficies M-LOK (Foto: Min Def)

Las operaciones contemporáneas son continuas. La oscuridad modifica las condiciones y exige mantener la capacidad de cumplir la misión.

Una plataforma preparada para integrarse con visión nocturna permite avanzar hacia organizaciones capaces de mantener sus capacidades durante el día, la noche y en condiciones de visibilidad reducida.

Arma, óptica, visión nocturna, comunicaciones, protección y entrenamiento deben concebirse como partes de un mismo sistema de combate individual.

Cuando esos componentes se integran correctamente, la tecnología modifica también la capacidad de la organización para observar, moverse, comunicarse y actuar durante períodos más prolongados.

Tecnología y capital humano

La transformación de una tecnología en capacidad militar necesita personas capaces de comprenderla, dominarla y aprovecharla.

La Argentina puede avanzar hacia un nuevo sistema de armamento individual porque dispone de personal con capacidad para absorber esa tecnología, modificar procedimientos y convertir nuevas herramientas en capacidad operacional.

Podemos cambiar de fusil porque tenemos la gente capaz de hacerlo. Pero la relación funciona también en sentido inverso.

Una tecnología superior eleva el estándar profesional. Exige comprender mejor la balística, dominar sistemas electroópticos, incorporar el combate nocturno, desarrollar nuevos procedimientos de mantenimiento y transformar continuamente la experiencia del entrenamiento en conocimiento.

Por eso, tecnología y capital humano deben evolucionar juntos. La tecnología multiplica al recurso humano cuando el recurso humano tiene la calidad necesaria para dominarla.

Industria y sostenimiento

La modernización tiene además una dimensión industrial. Repuestos, herramientas, munición, técnicos y mantenimiento forman parte de la capacidad tanto como el arma.

Se está evaluando la factibilidad de implementar en la Argentina una línea de ensamblaje o fabricación del sistema ARAD.

Ese camino debe integrarse con las capacidades existentes de nuestra industria para avanzar progresivamente en sostenimiento, municiones, componentes y conocimiento técnico, comenzando por Fabricaciones Militares y articulando las capacidades que puedan aportar otros actores nacionales.

“Argentina puede avanzar hacia un nuevo sistema de armamento individual porque dispone de personal con capacidad para absorber esa tecnología, modificar procedimientos y convertir nuevas herramientas en capacidad operacional” (Foto: Min Def)

El objetivo es reducir vulnerabilidades logísticas, aumentar la autonomía de sostenimiento y lograr que una parte creciente del conocimiento asociado al sistema permanezca en el país.

Adquirir un sistema es una decisión. Poder sostenerlo durante décadas es una capacidad estratégica.

Construir confianza

Definir qué sistema necesitábamos fue una parte del desafío. También lo fue poder adquirirlo en un contexto internacional de creciente demanda de armamento, asegurar su cadena de suministro y recibir el primer lote con el soporte logístico y el conocimiento técnico necesarios.

Esa es probablemente una de las etapas más complejas de cualquier incorporación. Y ya está en marcha.

A partir de ahora comienza el aprendizaje institucional: incorporar el sistema, acumular experiencia y construir progresivamente la confianza que durante tantos años acompañó al FAL.

Porque el verdadero salto cualitativo aparece cuando tecnología, personas, doctrina, entrenamiento, logística e industria funcionan como un único sistema.

El fusil FAL acompañó durante décadas a generaciones de militares argentinos que se prepararon, sirvieron y, cuando la Patria lo exigió, la defendieron con él en sus manos.

Con el ARAD comienza una nueva etapa: del fusil a un sistema de armamento individual. Evoluciona la forma de combatir y se eleva la exigencia profesional.

Pero hay algo que no cambió, en todas las generaciones permanece una misma responsabilidad: estar preparados para defender la Patria. Esa es la misión. Y la vamos a cumplir.

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