Cuando se piensa en libros sobre la Antártida, suelen venir a la mente lecturas más técnicas, ligadas a la estrategia, los recursos o las historias de quienes trabajaron en el punto más austral del mundo. En esta oportunidad, con la intención de narrar las vivencias de las familias que vivieron allí, Natalia López Torrecilla decidió escribir un libro sobre su propia experiencia en el continente blanco. Con apenas 12 años, pocos recursos y alejada de su cotidianidad en la Argentina continental, la autora buscó compartir algunos de los recuerdos que guardó anotados en su diario personal de la infancia.
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Durante la presentación, acompañada por la periodista María Eugenia Duffard, Natalia repasó algunos de los momentos que vivió como “niña polar”. Contó cómo fueron los días previos a la mudanza, la previsión con la que su madre calculó cuántos elementos indispensables había que llevar, y la sensación de llegar a la Antártida y ver sólo kilómetros de nieve en el horizonte.
“Una casa en el fin del mundo”: la experiencia de una niña de 12 años en la Antártida
Al inicio del evento, en una sala colmada de familiares y amigos de la autora, se mostraron fragmentos de videos digitalizados a partir de un VHS en donde se veían, con un relato en voz en off de la propia Natalia López, algunos de los momentos vividos en la Base Esperanza. Ese sitio se convirtió en un hogar no solo para ella y su familia, sino también para otras seis familias y trabajadores como cocineros y médicos, entre el personal indispensable para sostener la vida en la base.
Luego, emocionada, comentó que tuvo la suerte de conservar en su mente los recuerdos de ese año, así como también algunos vídeos e imágenes para compartirlos con los asistentes. El libro, que busca reflejar esos recuerdos, relata su vida en la Antártida para dejar un registro de la transformación familiar y, en particular, de su pasaje de niña a mujer.

A su vez, Natalia López explicó que buena parte del material surgió de los VHS que sus padres grabaron durante ese año, y contó como dato curioso que la tapa del libro coincide exactamente con el instante en que se sacó la foto que aparece en esos videos caseros.
Además, la autora reveló que el libro le llevó ocho años de escritura. Empezó a esbozarlo en un taller literario en Palermo, donde en un primer momento escribía sobre la Antártida desde la perspectiva de otras personas, hasta que un profesor le sugirió animarse a contar su propia experiencia.

Ese cambio de enfoque fue el puntapié inicial del proyecto, aunque el proceso se terminó de definir años después, durante una estadía de tres años en Washington D.C. Allí, una nevada que cubrió de blanco un pino frente a su ventana le hizo reflexionar sobre su propia relación con la nieve y, ese momento, la impulsó a retomar la escritura con más tiempo y ganas.
El proceso de edición tomó forma definitiva en un taller de clínica de obra junto a su editora, Evita Álvarez, quien la ayudó a ordenar un material disperso y a estructurarlo como una aventura organizada por estaciones del año.
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La autora señaló que, afortunadamente, pudo volver en cuatro ocasiones a la Antártida de adulta y descubrió aspectos que de chica no había registrado, como el rol de las mujeres en la base. Por eso decidió centrarse en la Antártida de su infancia, un costado que no había sido narrado antes desde una mirada adulta, pensado para que también lo puedan leer otros adultos que vivieron algo similar, a los que llama “niños polares”.
La otra cara de vivir la niñez en la Antártida
Uno de los ejes también fue la mirada distinta que propone el libro sobre la vida en la Antártida, alejada de la aventura heróica del hombre que suele protagonizar este tipo de historias. Natalia López eligió mostrar la tristeza, el miedo y la fragilidad de militares y civiles que convivieron en una comunidad pequeña durante mucho tiempo, con un tono que combina ternura, nostalgia y humor.
Asimismo, López habló de la importancia de la naturaleza sobre la experiencia antártica. Si bien la misión tenía una duración prevista de un año, ese regreso nunca estaba completamente garantizado porque el clima y el estado del hielo podían modificar los planes en cualquier momento.

Sobre la comunicación con el resto del mundo, la autora recordó que en esa época contaban con teléfono fijo, radio de onda corta y apenas tres canales de televisión, con una conexión mucho más limitada que la actual.
Una de las anécdotas que recordó estaba relacionada al rol de su madre, previo a la mudanza. Al no tener supermercados ni kioscos, tuvieron que hacer una lista con todos los elementos indispensables para un año entero. Entre los ejemplos mencionó el shampoo, el jabón o hasta toallas femeninas. También tuvieron que adelantarse a los cumpleaños y otras festividades, y viajar con los regalos preparados para cada uno de esos momentos.
Para Natalia López, la experiencia antártica dejó una vara muy alta que todavía funciona como referencia en su vida y en su trabajo. Incluso, esa experiencia fue tan fuerte que orientó su vida profesional y se convirtió en periodista como una forma de encontrar el camino de regreso y de contar estas historias.




