A un año de la muerte del papa Francisco, el mundo recuerda a un pontífice que supo leer los signos de su tiempo: su pensamiento sobre la inteligencia artificial, las nuevas tecnologías y la ética digital constituyen hoy una hoja de ruta vigente para gobernantes, científicos y ciudadanos que enfrentan la mayor revolución tecnológica de la historia reciente.
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La postura sobre inteligencia artificial del papa Francisco
Jorge Mario Bergoglio no fue un Papa ajeno al mundo digital. Desde los primeros años de su pontificado, Francisco prestó atención creciente al impacto de la tecnología en la vida humana, y en sus últimos años convirtió la inteligencia artificial en uno de los ejes centrales de su magisterio. Su postura no fue la del tecnófobo ni la del entusiasta acrítico: fue la del pastor que pregunta, ante cada avance, a quién sirve y a quién excluye.

Para Francisco, la inteligencia artificial representa “una auténtica revolución cognitiva-industrial” capaz de transformar desde la medicina y el trabajo hasta la educación y la política. Sin embargo, esa potencia era precisamente lo que exigía mayor responsabilidad. El Santo Padre la describía como un avance “tan fascinante como tremendo”, que requería una reflexión profunda y a la altura de las circunstancias.
Su preocupación central era la desigualdad. Advirtió que la IA podría “traer consigo una mayor inequidad entre naciones avanzadas y naciones en vías de desarrollo, entre clases sociales dominantes y clases sociales oprimidas”, favoreciendo una cultura del descarte por sobre una cultura del encuentro. En esa línea, fue categórico al afirmar que los desarrollos tecnológicos que agraven las desigualdades y los conflictos “nunca podrán considerarse un verdadero progreso”.
Francisco también puso el foco en los riesgos concretos del mal uso de estas herramientas. Advirtió sobre los peligros de la desinformación, señalando que la capacidad de ciertos sistemas para generar textos coherentes “no es garantía de confiabilidad”, y que su uso para difundir noticias falsas genera una creciente desconfianza hacia los medios de comunicación.
Fue uno de los primeros líderes mundiales en alertar, además, sobre la vigilancia algorítmica: denunció que los datos digitales pueden ser utilizados para “controlar los hábitos mentales y relacionales de las personas con fines comerciales o políticos, frecuentemente sin que ellos lo sepan”.
Su paso por el G7 en torno a la inteligencia artificial
En junio de 2024, se convirtió en el primer pontífice en participar de una sesión del G7 dedicada a la inteligencia artificial. Ante los líderes del mundo, insistió en que la IA “debería estar al servicio de un mejor potencial humano y de nuestras más altas aspiraciones, no en competencia con ellos”. Y fue más lejos aún: renovó su llamado a la comunidad internacional a adoptar “un tratado internacional vinculante que regule el desarrollo y el uso de la inteligencia artificial en sus múltiples formas”.

Pero Francisco no se limitó a señalar riesgos. Expresó su esperanza de que la IA sea utilizada como herramienta para combatir la pobreza y proteger las culturas y lenguas locales, subrayando que la tecnología debe estar al servicio de todos, no de unos pocos. Su último mensaje grabado, difundido días antes de su muerte, lo resumió con sencillez: “La tecnología es fruto de la inteligencia que Dios nos ha dado, pero hay que usarla bien. No puede beneficiar solo a unos pocos mientras que otros quedan excluidos.”
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Un año después de su partida, esas palabras no han perdido urgencia. En un mundo donde la inteligencia artificial avanza más rápido que las regulaciones y las reflexiones éticas, el legado de Francisco es también este: recordarnos que ninguna revolución tecnológica es neutral, y que su valor final se mide en términos humanos.




