El lado oscuro

Tres destinos…..

Maurito, 14 años gastados en la calle, termina de madrugada hipnotizado ante la pantalla porno de  un ciber suburbano, entre distribuidores de paco y pervertidos. Eugenia, de 12 años y buen pasar, deambula con su tablet con GPS, enojada porque no la dejan ir a “un quince”. Espía novelas eróticas y chatea con desconocidos en la cibernética y bucólica tarde de domingo. Nico, taciturno y aislado a los 16, bajas sus persianas, juega en la compu durante diez horas a matar con sadismo a sus enemigos, hasta el momento, virtuales.

Historias de la semana pasada, de ayer… de ahora. ¿Cuál será la de mañana?

El mundo digital cambió el planeta, pero lo cambió en serio. En el medio de esta ola, que más que ola es un tsunami, no llegamos a mensurar la dimensión de las transformaciones que la revolución de Internet y la explosión de las redes sociales traen aparejadas. Algunos analistas tecnológicos llegan a conclusiones fantásticas, mientras otros filósofos y humanistas elaboran impactantes respuestas, ninguna de las cuales ha permitido arribar a conclusiones definitivas sobre estos nuevos fenómenos que nacen en medio de la “hiperdemocratización”. Ese conjunto de herramientas que hasta hace poco tiempo eran patrimonio de un reducido grupo de personas, en la actualidad, tiene 2084 millones de usuarios de Internet, 665 millones de usuarios de Facebook y 175 millones de usuarios de Twitter, cifras que quedarán desactualizadas al leerse estas líneas por la velocidad que adquiere la difusión de estos fenómenos.

En estas mismas páginas, analizando los fenómenos ocurridos en los países árabes no hace más que un par de meses atrás, defendíamos a ultranza el rol de la tecnología como difusora de los valores de la libertad y de la democracia. Aun valorando profundamente lo dicho en esa oportunidad, es imposible no admitir que todo cambio tiene un lado oscuro, que todo beneficio produce perjuicios y que, como el yin y el yang, esta gran transformación cultural tiene efectos colaterales que llegan a conformar una tremenda plaga. Nos referimos a los nuevos delitos que se difunden a través de las tecnologías de la comunicación, a todas las naciones, a todos los ciudadanos del mundo.

En lo que aquí denominamos “crimen 2.0”, hay un nuevo escenario del delito, que será desarrollado largamente en las páginas de esta edición de DEF. Queda bien demostrado que, en casi todos los casos y en gran parte del planeta, apenas estamos en los albores del surgimiento de una Justicia más ágil y eficiente frente a la proliferación de organizaciones que llevan adelante esta acción perversa y cambiante donde la delincuencia informática empieza a transformarse, en todas sus formas, en uno de los negocios más rentables del mundo criminal.

Dicho esto, desearía adentrarme en una de las formas de delinquir más repulsivas y masiva de nuestros días, a la que todos y cada uno de nosotros estamos expuestos a través de ese enemigo oculto que, sin saberlo, tenemos en nuestros propios hogares: el módem con conexión a Internet. La infiltración de esos nuevos “ciberdelincuentes” se da a través de las redes sociales, de los celulares y de cualquier medio electrónico. Todos debiéramos comprender que quienes mayor facilidad tienen de sufrir las máximas consecuencias del flagelo son los niños y adolescentes. Como su propio término lo indica, en esta etapa de su vida ellos “adolecen” de criterios firmes y definitivos, pues aún no han desarrollado su psiquis para desenvolverse en la vida adulta. Se mueven en ese mundo digital como “peces en el agua”, mientras que los adultos –padres y educadores– apenas logran acompañarlos con dificultades, pues ese medio no les es propio y, en muchos casos, les resulta hasta incomprensible. Si lo ejemplificáramos burdamente, podríamos decir que las personas mayores son apenas “buzos con oxígeno” detrás de “peces ágiles y expertos que se desplazan en aguas conocidas”. Niños y jóvenes se desenvuelven allí con códigos nuevos, acompañados de un idioma propio, único e inaccesible.

Hoy en día, muchas de las verdades reveladas con las que nos manejamos durante docenas y docenas de año están puestas en duda. Quizás la principal sea que la frontera entre lo público y lo privado ha sido derribada. Esta situación, que modifica casi definitivamente costumbres casi atávicas vinculadas con la preservación de la intimidad, puede generar graves dificultades, producto de la ingenuidad y de la inmadurez de los jóvenes cibernautas. Desde la difusión de situaciones embarazosas, que pueden perseguirlos durante toda la vida, hasta la puesta a disposición de malvivientes de todo tipo de información sensible a través de Facebook u otras similares, generando situaciones de altísimo riesgo para el menor y su entorno.

La disponibilidad de información de todo tipo, aun sin la formación necesaria para poder procesarla, puede tender una trampa a quienes usan las redes sociales como un juego y no reparan en los peligros que ellas entrañan. Las dificultades son infinitas y ocupan una amplia gama de opciones, desde lo apenas peligroso sin constituir siquiera una falta, hasta los más aberrantes delitos. Expuestos estamos a cualquiera de ellos, a cualquier hora y en nuestro propio hogar. Citemos, por caso, la adicción a los videojuegos más violentos: muchos sabrán de qué hablamos al referirnos a “Mortal Combat”, “Manhunt” o “Thrill Hill” y, para los legos, nombremos solo para ejemplificar a “Custer’s Revenge”, juego creado por Attary que vincula las necesidades sexuales del capitán Custer, quien si logra superar las flechas lanzadas, puede violar a una mujer indígena atada. Sus copias tuvieron miles de problemas legales y controversias, pero circulan libremente en Internet.

Avanzando en las nuevas modalidades de acoso que sufren nuestros hijos, nos encontramos con el cyberbulling y ahí sí la situación comienza a complicarse. ¿Quién alguna vez no conoció o tal vez fue víctima de un maltrato en la escuela? Sin embargo, hoy eso se multiplica por mucho más que mil, ya que los mensajes amenazantes pueden salir del espacio escolar, subirse a los muros virtuales de Facebook, llegar a millones de personas y superar largamente la anécdota de la broma pesada, volviéndola un problema grave que afecta, muchas veces en forma definitiva, la socialización del menor atacado. Cualquier comparación con la tragedia de Carmen de Patagones o con el caso del tímido joven brasileño Wellington Menezes da Oliveira que mató a doce estudiantes en una escuela de Río de Janeiro, no sería atribuible a la casualidad. De hecho, este último dejó en Internet un video reivindicando su venganza por los sufrimientos a los que se vio sometido por sus compañeros en el pasado.

Ningún niño está exento, por último, a ser embaucado en lo que se ha generalizado con el término grooming. Se trata del paciente ejercicio que corruptores de menores y pederastas realizan para buscar la confianza de sus futuras víctimas. Así, mediante engaños virtuales respecto de la edad, el sexo de quien los contactó o los intereses comunes, estos delincuentes logran la confianza y son capaces de hacer que estos niños realicen actos perversos, llegando inclusive a atraparlos en las redes pornográficas virtuales de pedófilos o a obligarlos a prostituirse. La pornografía infantil genera un negocio de cientos de millones de dólares y, sin duda, Internet maximiza las posibilidades de explotación de esos niños, con consecuencias imborrables en su psiquis y en su cuerpo provocadas por el maltrato, el estrés permanente y el riesgo de contagio de HIV y todo tipo de enfermedades. Resumiendo, millones de vidas truncadas en la propia hora de iniciar sus ilusiones. Para observar las secuelas del turismo sexual infantil, de la pornografía en Internet y de la prostitución de menores, no hace falta viajar a Bangkok, a Sri Lanka o a Filipinas, sino que ese calvario también lo encontramos acá a la vuelta de la esquina, es más, en los países asiáticos se han tomado medidas políticas y jurídicas que han volcado este abominable delito hacia Latinoamérica y Argentina no es para nada ajena a la situación mencionada. Según Unicef más de un millón de niños son prostituidos por año. No son ajenos a estas conductas  “turistas” que vienen del Primer Mundo, cuando no vecinos intachables en su fachada, que cuentan con educación universitaria y tienen un ventajoso pasar económico.

Este es un diagnóstico que casi invitaría a bajar los brazos, cuando lo que se requiere es justamente de todo lo contrario. Se necesita de la sensibilidad, la inteligencia y de un profundo sentido común para hacer frente a estas nuevas modalidades del delito. Se requiere de una acción permanente del Estado, que sin dejar de respetar las libertades individuales, proteja a los más débiles. Se requiere una infinita responsabilidad social empresaria de parte de quienes deben anteponer el bien común por sobre los infinitos beneficios económicos que pueden obtenerse. Se suman a las responsabilidades la escuela y cada uno de nosotros, a través de nuestra propia capacitación, de nuestro acompañamiento, de nuestro no mirar al costado, sabiendo diferenciar claramente entre la vigilancia perversa y el respeto por la libertad individual de cada uno de los que queremos.

Es fundamental realizar adecuados diagnósticos y crear instrumentos metodológicos adaptables al progreso tecnológico. Es prioritario que el Estado emprenda campañas masivas de difusión de los riesgos a los que están expuestos nuestros hijos e invierta en la capacitación de los operadores del sistema policial y judicial para hacer frente al ciberdelito. Al mismo tiempo, se deberá priorizar la cooperación con organismos internacionales de todos los niveles, la ONU, la OEA, el Consejo de Europa y redes como Iber-red –de países iberoamericanos– y Eurojust –de la Justicia europea–, para perseguir este tipo de delitos. Además, es central la colaboración del sector privado, pues no se puede avanzar en ninguna investigación si el proveedor de Internet (ISP) no proporciona los datos del domicilio y del usuario en cuya cuenta se ha detectado la comisión del ilícito. En este sentido, es importante destacar que los gigantes de la industria –Microsoft, Google y Yahoo– han asumido su responsabilidad y están contribuyendo con dinero, equipamiento y recursos humanos para luchar contra este flagelo.

Todos estos males existen desde que el mundo es mundo, pero las redes sociales y la universalización de Internet  facilitan las presas a esos individuos sin escrúpulo alguno. Suman a lo aberrante de todas épocas, la ilusión y la triste “valentía” del anonimato. Tomar conciencia de esta situación, entender la vulnerabilidad de los más débiles y reconocer el peligro de estas insidiosas formas de corrupción y de delito, son acciones mínimas necesarias para resguardar esa intimidad que merece ser vivida y respetada.

Solo así conseguiremos que el crecimiento y el desarrollo de nuestros seres queridos se dé en el contexto de contención y libertad individual responsable que ellos necesitan. Derecho y deber de todos.

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