Una década atrás, el 22 de abril de 2016, la Expedición Argentina Polo Norte alcanzó el vértice boreal del planeta y plantó en pleno Océano Ártico la bandera nacional. Con ese gesto simbólico y significativo, la Argentina se sumó al reducido grupo de países que logró llegar a ambos polos geográficos.
La iniciativa comenzó a gestarse un año y medio antes, impulsada de manera conjunta por la Fundación Criteria, el Ministerio de Defensa y el Ejército Argentino, con el respaldo de la Dirección Nacional del Antártico. El primer desafío fue conformar una patrulla con la experiencia y la cohesión necesarias para afrontar un objetivo de tal magnitud.
- Te puede interesar: Entre motos y trineos: aniversario de la Segunda Expedición Científica Argentina al Polo Sur
Bajo la conducción del general Víctor Figueroa, el equipo quedó integrado por los coroneles Gustavo Curti e Ignacio Carro; el teniente primero Juan Pablo de la Rúa; el teniente Emiliano Curti; el subteniente Santiago Tito; el suboficial mayor Luis Cataldo; y el fotógrafo Tomás Heinrich, reconocido por haber alcanzado la cumbre del Everest. Todos contaban con una sólida trayectoria en montaña y operaciones en ambientes extremos.
La preparación incluyó entrenamientos intensivos en distintos escenarios. En la zona de Copahue-Caviahue, en Neuquén, y en el área del glaciar Tronador, donde practicaron rescates en grietas, desplazamientos con esquíes y rutinas de supervivencia. Estas instancias no solo sirvieron para perfeccionar técnicas, sino también para consolidar el trabajo en equipo y poner a prueba la resistencia física y mental de sus protagonistas. Más adelante, en el Instituto Antártico Argentino, recibieron capacitación científica orientada a la toma de muestras y al estudio del ambiente polar, con el objetivo de comparar condiciones entre el Ártico y la Antártida.

Expedición argentina: la travesía final hacia los 90° norte
El 28 de marzo partieron rumbo a Oslo, Noruega, y desde allí continuaron hacia Longyearbyen, en el archipiélago de Svalbard. Durante una semana ultimaron detalles logísticos, recibieron el equipamiento y realizaron prácticas de adaptación al frío. La siguiente escala fue la base rusa Barneo, un campamento temporario sobre el hielo ártico que funciona como punto de partida para expediciones. Allí permanecieron pocas horas, las suficientes para organizar la carga y prepararse para el tramo decisivo.
El 13 de abril, con temperaturas cercanas a los 25 grados bajo cero, un helicóptero los trasladó hasta los 89 grados de latitud norte. Desde ese punto iniciaron una marcha de diez días sobre el océano congelado. La rutina era estricta: levantarse temprano, derretir hielo para obtener agua –una tarea que podía demandar hasta tres horas– y luego avanzar durante varias horas arrastrando trineos cargados. Cada carpa debía producir alrededor de seis litros diarios de agua, a la que se le añadían sales para compensar la falta de minerales.
La alimentación, cuidadosamente planificada, aportaba unas 5.000 calorías diarias. Incluía alimentos de alto contenido energético, incluso algunos poco habituales como grandes cantidades de manteca, indispensables para sostener el esfuerzo físico. Durante las breves pausas, los expedicionarios ingerían bebidas calientes y alimentos livianos, mientras que la única comida fuerte se realizaba al finalizar la jornada.
El clima fue uno de los principales adversarios. Las temperaturas oscilaron entre los 25 y 30 grados bajo cero, con sensaciones térmicas cercanas a los 40 bajo cero. A pesar de la indumentaria adecuada, el desgaste fue constante. Las manos y el rostro eran las zonas más expuestas, por lo que debían extremar los cuidados para evitar congelamientos.
A las condiciones climáticas se sumó un terreno mucho más complejo de lo esperado. Durante los primeros días, grandes montículos de hielo dificultaron el avance y obligaron a rodeos constantes. Los trineos, sujetos al cuerpo mediante arneses, transmitían cada impacto, aumentando la exigencia física. Más adelante, sectores más planos permitieron avanzar con mayor fluidez, aunque la irregularidad del terreno se mantuvo como un desafío permanente. La imposibilidad de prever con exactitud las distancias diarias hizo que el recorrido total superara ampliamente lo planificado: de los 111 kilómetros previstos pasaron a recorrer cerca de 150.

Cómo fue la llegada argentina al Polo Norte
El 21 de abril, tras nueve días de marcha, alcanzaron las inmediaciones del Polo Norte. Las condiciones eran adversas: escasa visibilidad, viento intenso y temperaturas extremas. Aun así, la certeza de estar cerca del objetivo fortaleció el ánimo del grupo. Al día siguiente retomaron la marcha y, luego de superar los últimos obstáculos, decidieron avanzar juntos los metros finales, formando una línea con la bandera argentina desplegada.
A las 17 horas, finalmente, llegaron al Polo Norte. La emoción fue inmediata. Cantaron el himno, izaron la bandera y elevaron una oración en agradecimiento. En ese punto único del planeta, donde todas las direcciones conducen hacia el sur, las palabras del jefe de la expedición sintetizaron el momento: habían llegado a casa, desde el otro extremo del mundo.

Ciencia, conciencia ambiental y un mensaje al mundo
La misión no tuvo solo un carácter deportivo o simbólico. También incluyó un objetivo científico y ambiental. Durante la travesía, el equipo recolectó muestras de hielo y agua para estudiar el impacto del cambio climático. Midieron el espesor del hielo –entre 1,50 y 1,60 metros– y obtuvieron datos que luego serían analizados por especialistas del Instituto Antártico Argentino. Esta información resulta clave para comparar las condiciones del Ártico con las de la Antártida y comprender mejor la evolución del clima global.
Como gesto final, dejaron en el Polo un ejemplar de una encíclica del Papa Francisco dedicada al cuidado del ambiente, reforzando el mensaje de preservación del planeta. Tras la hazaña, el propio Pontífice envió una carta de reconocimiento a la expedición.
La llegada al Polo Norte cerró una historia que, para algunos de sus integrantes, había comenzado años antes en el Polo Sur. Para Víctor Figueroa y Luis Cataldo, significó además convertirse en los únicos argentinos en alcanzar ambos extremos del planeta. Más allá de los logros individuales, la expedición dejó una enseñanza compartida por todos: que incluso en los entornos más hostiles, la combinación de preparación, trabajo en equipo y determinación permite concretar lo imposible.




