El acceso a las apuestas online y el avance silencioso de la ludopatía se convirtieron en una de las problemáticas de salud mental más urgentes y complejas de abordar en la actualidad. Para comprender este fenómeno, conversamos con la doctora Silvia Papuchado, psicoanalista, vicepresidente del capítulo de Políticas Públicas y Salud Mental (AAP).
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Lo que aparenta ser un simple juego digital esconde una adicción profunda que opera sin que las familias lo adviertan a tiempo.
Las estadísticas son contundentes: el 83% de las apuestas se realizan desde el celular, y los varones registran un 24% más de participación que las mujeres. Según la Cruz Roja Argentina, la ludopatía comienza a los 13 años y el pico se da entre los 16 y 19 años. Entre el 16% y el 25% de los jóvenes reconoce haber apostado alguna vez, operando en un 90% a través de billeteras electrónicas que eluden los controles de edad (tanto en plataformas legales como en sitios ilegales). Esta realidad ya deja secuelas: el 12% de los adolescentes apostadores admite haber quedado endeudado, y las consultas a la Línea 141 (ex-SEDRONAR) aumentaron un 27%.
“El término ludopatía proviene del latín ludo, que significa juego, y patos, que alude a enfermedad. Esta denominación, instaurada a fines de los años ochenta, permite distinguir el juego recreativo de aquel que traspasa el límite y deja de depender de la voluntad”, afirma la doctora Papuchado, titular del master de neuropsicofarmacología de la Fundación Barceló y miembro de la asociación Familia Esperanza.
Señales de alerta y diferencia entre recreación y adicción
—¿Cuáles son las señales de alerta más frecuentes para advertir que una persona está cruzando la línea entre la recreación y la adicción?
—En principio, lo que yo denomino banderas rojas o red flags varían según la edad. En el caso de niños y adolescentes, las modificaciones en los hábitos cotidianos, desde la forma de comer o de dormir hasta el aislamiento o el cambio brusco de grupo de amigos, constituye un llamado de atención ante posibles adicciones como la ludopatía. En los adultos, además de los cambios de conducta, las señales principales incluyen el endeudamiento, la solicitud de préstamos y la incapacidad para justificar determinadas situaciones. En la actualidad, no es necesario asistir a un casino o a un hipódromo, ya que basta con deslizar el dedo en una pantalla para perder dinero y no hay que perder de vista que la casa siempre gana. Mientras que para algunos representa una actividad recreativa, en otras personas con patologías mentales preexistentes se convierte en una adicción.

Apuestas online: onsumo problemático, pantallas y publicidad
—¿Cómo impacta la tecnología en la velocidad con la que se expande este fenómeno?
—Por un lado, es real que las redes y las pantallas aceleran de forma impensada esta problemática. Por otro y aun más peligroso, está la publicidad. Los mejores equipos y las selecciones tienen como sponsors casas de juegos y casinos online; cualquiera que sigue a un deporte ve todo el tiempo el nombre de una casa de apuestas. Los que tratamos de luchar contra la ludopatía sentimos que estamos enfrentando misiles con dos escarbadientes.
-¿Toda persona que apuesta de forma digital ya tiene un problema?
—No necesariamente, pero la línea es muy delgada. Por un lado, entre los jóvenes se da un fenómeno de imitación llamado copycat que se refiere a la réplica de conductas ajenas, como apostar en redes para ganar dinero. El problema es la imposibilidad de predecir si se podrá o no poner un límite. Hay que comprender que la ludopatía es una patología y adicción real que, para colmo, se da a través del juego digital, un factor que interactúa de manera aislada frente a una pantalla y potencia significativamente el componente adictivo.
Vulnerabilidad emocional y factores de fondo
—¿Hay factores psicológicos o emocionales que puedan rastrearse detrás de esa vulnerabilidad ante el juego?
—Las apuestas digitales comparten los mismos factores de fondo que cualquier otra adicción. Si bien existe un componente genético, también influyen de manera determinante la epigenética, el entorno familiar, el grupo de pares y la necesidad de pertenencia. Por eso resulta clave capacitar y estar atentos a las señales de alerta para prevenir y evitar que el problema escale. Al observar este tipo de conductas, es común identificar rasgos de personalidad depresiva u otras patologías de salud mental, pero el denominador común —sin lugar a dudas— es una profunda vulnerabilidad emocional: baja autoestima y una tristeza persistente que la persona intenta llenar de alguna manera. Sin embargo e incluso cuando ganan, el vacío emocional permanece intacto, ya que ese agujero es insaciable.
Impacto en el cerebro en formación y ludopatía juvenil
-¿De qué manera afecta la ludopatía al desarrollo cerebral y a la gestión emocional en adolescentes?
—En un cerebro en formación altera la zona de la satisfacción inmediata y genera una necesidad imperiosa de placer instantáneo. Como el cerebro es el órgano más haragán que tenemos y prefiere los hábitos y la rutina, cuando esta última se transforma en juego, queda atrapado en ese funcionamiento. Esto impide tomar buenas decisiones, ya que se alimenta de una expectativa constante de recompensa que no llega, dando lugar a un círculo vicioso de intentos fallidos (“ahora sí voy a ganar”) y a un rulo mental o pensamiento excesivo (overthinking) del cual la persona no puede parar de forma literal.
-¿Qué rol cumplen los grupos de pares en la iniciación de estas conductas?
—Por desgracia, un papel fundamental. Las redes sociales están plagadas de retos virales que rara vez proponen algo constructivo. El adolescente se encuentra en una etapa de gran vulnerabilidad (el cerebro termina de madurar recién alrededor de los 25 años), lo que hace que estos desafíos tengan un impacto profundo. Y el riesgo es gravísimo: ya no se trata solo de arriesgar dinero, sino que muchas veces se involucran apuestas extremas que ponen en peligro su propia salud y hasta su vida.
Consecuencias extremas y la ludopatía como problema de Salud Pública
—A esta problemática se le suma la desesperación por conseguir dinero.
—La falta de dinero lleva a deudas impagables y consecuencias drásticas, como el suicidio, la ruptura familiar o la vulnerabilidad extrema. Como en toda adicción profunda, los únicos destinos posibles son el tratamiento en un hospital, la cárcel o el cementerio. No hay otro desenlace.
-¿Puede considerarse un problema de Salud Pública?
—Claro que sí. La ludopatía comenzó a visibilizarse con más fuerza a finales de los ochenta, pero se agudizó de manera tremenda a partir de la pandemia. El encierro generó cuadros de ansiedad, trastornos de pánico, depresión, intentos de suicidio y autolesiones; y en medio de ese combo, se disparó la ludopatía. El jugador compulsivo, al igual que cualquier persona con adicción, transita un estado de absoluta soledad: una soledad profunda que duele.
Pedido de ayuda y opciones terapéuticas
-¿Quién suele dar el primer paso para buscar ayuda: la persona afectada o su entorno?
—Por lo general, es el entorno cercano el que busca asistencia. Cuando es la propia persona la que decide pedir ayuda, suele hacerlo arrinconada por las deudas, el miedo o el deseo de escapar, acudiendo recién al tocar fondo. Por eso resulta fundamental difundir los canales gratuitos disponibles. Se puede recurrir a la Línea 141, a Jugadores Anónimos (JA) y a Juganon para la contención de las familias, todos ellos espacios totalmente gratuitos.

—Mencionaste la internación como uno de los caminos posibles, ¿en qué consiste un tratamiento para esta patología?
—Varían según la gravedad de cada caso. Algunas personas logran recuperarse mediante psicoterapia, mientras que otras, al no poder sostener un tratamiento ambulatorio, necesitan internación. Este dispositivo clínico integra un equipo interdisciplinario que incluye psicología, psiquiatría, talleres y terapia grupal. El objetivo principal de la internación es que resulte lo más breve posible para que, a través de la medicación, los talleres y el espacio clínico, el paciente tome conciencia de su enfermedad, comprenda la gravedad de su situación y asuma la necesidad de continuar en espacios terapéuticos (como hospitales de día, comunidades o grupos de apoyo) una vez recibido el alta. En este proceso, la participación de la familia es clave, porque sin un grupo de pertenencia ni una red de contención firme, la recuperación es prácticamente imposible.
—¿Cómo se aborda el tratamiento cuando el paciente es un menor de edad?
—El abordaje consiste siempre en psicoterapia, consulta con psiquiatría en caso de ser necesario, además de talleres y espacios grupales. E, insisto, es fundamental incorporar grupos destinados a la familia a fin de que adquieran herramientas para comprender que la ludopatía es una enfermedad mental.
—¿En qué consiste el método ESMI?
—El método ESMI (Educación en Salud Mental Integral) es un programa que creé en 2019 con el objetivo de capacitar a la población general —como mozos, fuerzas de seguridad, encargados de edificios, maestros y padres— en la detección y el abordaje de patologías mentales y brotes psicóticos. El objetivo es que la comunidad aprenda a identificar señales de alerta y a distinguir una situación delictiva de una persona que atraviesa un brote psicótico. Sobre la base de que el trato debe ser diferente, el programa brinda pautas sobre cómo escuchar y tratar a quienes padecen estos trastornos. Su meta principal es educar a toda la sociedad en salud mental para transformarse en una herramienta federal que busca implementarse en todo el país.
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Medidas de prevención y estrategias institucionales
—¿Qué medidas deberían implementarse desde el Estado, la sociedad y las propias plataformas?
-Creo que es fundamental repensar el vínculo de los menores con las pantallas en el ámbito escolar y reconocer que los controles no alcanzan, por lo que la prevención y la capacitación deben ser prioritarias. Necesitamos promover un debate profundo sobre la legislación publicitaria —tomando como referencia el modelo aplicado al tabaco— para que también alcance al juego, al alcohol y a las bebidas energizantes. Y asumir que la concientización es un compromiso colectivo: ciudadanos, profesionales, autoridades y funcionarios compartimos la responsabilidad de acompañar y frenar una problemática que interpela a toda la sociedad.




