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De Gilda a la Virgen de Luján: una Argentina que cree a su manera y lleva la huella de Francisco

¿En qué creen los argentinos? De los santuarios a las canchas de fútbol, la religiosidad popular sigue encontrando formas de expresarse. El presbítero Carlos Galli reflexiona sobre una fe atravesada por la cultura, las contradicciones de los creyentes y el legado de Francisco, que puso a los más vulnerables en el centro de la Iglesia.

“Gilda era católica”. La afirmación del presbítero Carlos Galli abre una conversación que rápidamente se desplaza hacia la Difunta Correa, las peregrinaciones, los santuarios y las múltiples expresiones de la religiosidad popular argentina. Para el sacerdote, detrás de esas figuras y devociones hay algo más que tradiciones: una búsqueda de trascendencia, valores compartidos y distintas maneras de acercarse a Dios.

La charla tiene lugar en una modesta capilla del barrio porteño de Flores, en Juan XXIII. No muy lejos de allí, a pocas cuadras, en septiembre de 1953, un joven Jorge Mario Bergoglio sintió el llamado al sacerdocio, una decisión que marcaría su vida y que, décadas después, lo llevaría hasta el Vaticano como papa Francisco. La cercanía entre aquel episodio y nuestro encuentro con Galli no es un dato menor: en este rincón de Buenos Aires, la historia de la Iglesia, la vocación pastoral y la fe popular se entrecruzan.

El padre Galli conserva cientos de libros, quizá miles, en ordenados estantes que acompaña con estampitas y algunas fotos del papa Francisco. En diálogo con DEF, cuenta que en Argentina la fe católica es una búsqueda de trascendencia, valores compartidos y distintas maneras de acercarse a Dios (Foto: Fernando Calzada).

Profesor de la Universidad Católica Argentina (UCA), Galli nos recibe en una antigua casa chorizo que parece prolongar su mundo intelectual. Los pasillos y las habitaciones están poblados de cientos de libros: algunos ordenados en los estantes, otros apilados sobre pequeñas mesas, como si todavía esperaran encontrar su lugar. Entre esas páginas y recuerdos, el sacerdote propone mirar el catolicismo argentino más allá de las estadísticas y de la asistencia a misa: observar cómo se vive, cómo se transforma y qué revela sobre nuestra identidad.

Una aclaración: Galli encuentra en figuras como la Difunta Correa ejemplos de humanidad. “Dio la vida por su hijo”, reflexiona. Para él, no hay que subestimar a las expresiones de la religiosidad popular, pues suelen ser puertas de entrada al catolicismo. Detrás de esas figuras y devociones, reconoce valores, símbolos y una búsqueda de trascendencia que, muchas veces, acerca a las personas a la fe.

“No se puede ignorar ese fenómeno”, reflexiona el sacerdote a la hora de pensar en cómo los canales tradicionalmente populares cubrieron este tipo de manifestaciones religiosas (Foto: Fernando Calzada)

El padre Galli advierte un cambio en la manera en que los argentinos viven y expresan su fe, una transformación que también alcanza a los medios de comunicación. “En los ‘90, con los canales privados o de cable, casi ninguno abordaba el tema religioso. En ese tiempo era secularista. El único que introducía algo era Crónica, por lo popular”, recuerda. Hoy, en cambio, considera que existe una mayor apertura: “Hay lugar para la religión”.

Como ejemplo, menciona la celebración de San Cayetano: “Un canal popular no puede ignorar ese fenómeno”. Sin embargo, entiende que para explicar este cambio también hay que revisar la historia. “La violencia afectó mucho a nuestra sociedad, especialmente a mi generación. Entonces, la Iglesia quedó asociada a eso”, reconoce, en referencia a los vínculos de algunos sacerdotes con el régimen militar. De todas maneras, aclara, la institución también fue una de las grandes defensoras de los derechos humanos. 

¿Por qué los creyentes acuden a Luján? “Son las cosas que nos ligan a Dios, pero no para manguear, sino también para agradecer. Porque vivimos, y eso es un don de Dios”, dice el padre Galli (Foto: Fernando Calzada)

Las periferias al centro de la escena: ¿qué nos dejó el papa Francisco? 

Para el padre Galli, hay tres factores que explican la mayor presencia del catolicismo en la agenda pública. El primero es que la Iglesia se aggiornó: una nueva generación de obispos salió a hablar y a acercarse a la gente. El segundo es un mayor interés de los medios hacia la realidad religiosa. “Es un aspecto que no se puede esconder porque es la relación con Dios. Hay una apertura de generaciones de periodistas sin anteojeras”, sostiene.

El tercer factor es el papado de Francisco. “Tuvimos, por primera y única vez en la historia, un Papa argentino. Desde nuestra pequeñez supo salir un grande que, además, fue un gran papa y el primer papa global del siglo XXI”, afirma. Galli destaca la capacidad de Francisco para interpretar los cambios de época y acercar a la Iglesia a nuevos escenarios, especialmente a las periferias: los sectores empobrecidos, las personas con discapacidad y los países pequeños. Por eso, recuerda, Francisco priorizó sus viajes a América, Asia y África, incluso a destinos como Irak y Mongolia. “Les mostró que ellos también importan”, resume.

Aunque Francisco no pudo visitar la Argentina, Galli considera que la llegada de León XIV también despierta expectativas. “Es el segundo papa de América. Nació en Chicago, pero fue misionero en Perú. Francisco lo hizo obispo en Chiclayo y luego lo llevó a Roma. Es un papa latinoamericano también”, concluye, no sin antes subrayar que eso quedó al descubierto el día en el que lo eligieron como papa: salió al balcón y habló en castellano.

Una misma fe, muchas formas de creer: la identidad católica argentina

Para el padre Galli, “no hay fe sin cultura y toda fe se vive en un mundo. Nosotros la vivimos como argentinos”. Por eso, explica, la misma Virgen María adquiere distintas expresiones según cada región: por ejemplo, en Catamarca es la Virgen del Valle y en Corrientes, la de Itatí. “Es la misma Virgen, pero inculturada en una imagen que lleva siglos y creó una devoción que congrega a un pueblo”, señala.

Para el padre Galli, el valor de una visita papal no se mide solo por las multitudes que convoca, sino también por su capacidad de acercarse a quienes suelen quedar al margen.

Galli define la fe como “un acto del corazón”, que se expresa en todos los aspectos de la existencia. Sin embargo, reconoce que no siempre hay coherencia entre lo que se cree y cómo se vive. “Estamos todos en déficit. Ninguno tiene superávit. En definitiva, todos estamos aprendiendo a ser cristianos”, reflexiona. 

Para él, la Argentina conserva una identidad mayoritariamente católica, aunque esa pertenencia no siempre se traduzca en la vida cotidiana. “No todo el que va a Luján, a San Cayetano o a misa vive plenamente conforme a su fe”, advierte. También subraya que creer implica un compromiso con la comunidad, la dignidad humana y el bien común, especialmente con quienes más lo necesitan.

Al analizar los sacramentos, pide evitar conclusiones apresuradas y considerar cada fenómeno en perspectiva histórica. Aunque no observa un aumento de los matrimonios religiosos, recuerda que tampoco crecen los civiles. En cambio, destaca el bautismo como el sacramento más popular y fundamental del catolicismo, ligado al don de la vida y a la transmisión de una orientación. “¿Qué es lo mejor que se le puede dar a un hijo? Que vaya a un buen colegio, puede ser. Pero también se le da una orientación de vida”, concluye.

“Son las cosas que nos ligan a Dios, pero no para manguear, sino también para agradecer”

“¿Qué pasó que la última peregrinación a Luján fue una de las más multitudinarias de la historia?”, le preguntó DEF al padre Galli. Para el sacerdote, la respuesta está en la fuerza de la religiosidad popular, que expresa la unión con Dios a través de María y los santos. “Luján es un santuario mariano. San Cayetano es el santo del pan y del trabajo, una devoción que llegó con la migración italiana. Muchos empezaron a acudir a él porque necesitan trabajo. Es lo más básico”, explica. Y agrega que esas expresiones también están ligadas a la salud, la comida y las necesidades cotidianas: “Son las cosas que nos ligan a Dios, pero no para manguear, sino también para agradecer. Porque vivimos, y eso es un don de Dios”.

Sobre el catolicismo en la agenda pública, el sacerdote explica que se debe a distintos factores, uno de ellos fue el papado de Francisco. “Tuvimos, por primera y única vez en la historia, un papa argentino. Desde nuestra pequeñez supo salir un grande”, reconoce.

Galli entiende las peregrinaciones como una representación de la propia vida. “La religión es caminar juntos hacia una meta, Dios. En la vida lo más importante siempre cuesta: amar, trabajar o tener un hijo. Los que lo hacen no piensan en cargarse con un sacrificio. Solo hay que caminar. La vida es eso”, reflexiona. También destaca el sentido comunitario de estas manifestaciones: “En Luján, el centro religioso de los argentinos, nos animamos entre nosotros y nos sostenemos”.

Pero la fe popular no se expresa únicamente en los santuarios. También aparece en gestos cotidianos, como los futbolistas que hacen la señal de la cruz antes de entrar a la cancha, los tatuajes religiosos o los pequeños altares en las casas. “La gente más sencilla no tiene problema en manifestar su fe. Se encomiendan a Dios, no es superstición”, señala.

Al resumir esa identidad, Galli es contundente: “La foto del catolicismo argentino, a nivel popular, son los santuarios y la peregrinación”. Y destaca un rasgo propio de nuestra tradición: “El catolicismo argentino reúne lo mejor de nuestro pueblo, que es el mestizaje cultural. En nosotros se juntan distintas formas de vivir la fe y diferentes santos y tradiciones”. Para el sacerdote, la peregrinación a Luján “es un invento argentino” que representa la capacidad del pueblo de manifestar “la fe y el amor, el afecto a Jesús y a la Virgen”.

“No se puede evaluar a una persona por si va a misa o no”

Para el padre Galli, los argentinos tienen una manera particular de vivir la fe: “Los acontecimientos extraordinarios son momentos en que Dios nos toca y nosotros respondemos”. En ese sentido, menciona tanto las experiencias personales -un dolor familiar, una alegría, un bautismo o una primera comunión- como las manifestaciones colectivas. “Cuando hay que estar, estamos”, resume. Para el sacerdote, algo de esa respuesta podría volver a expresarse ante acontecimientos que movilicen emocionalmente a la sociedad.

Presbítero Carlos Galli: “El catolicismo argentino reúne lo mejor de nuestro pueblo, que es el mestizaje cultural. En nosotros se juntan distintas formas de vivir la fe y diferentes santos y tradiciones” (Foto: Fernando Calzada)

Al referirse a las nuevas generaciones, evita hacer un diagnóstico general, aunque destaca la esperanza que encuentra en las manifestaciones populares. “Si yo veo la peregrinación, hay jóvenes que creen, esperan y que luchan como pueden”, señala. También advierte que la asistencia a misa no puede ser el único parámetro para medir la identidad católica de una persona o de una comunidad. Si bien considera que la celebración eucarística ocupa un lugar central porque expresa el carácter comunitario de la fe, entiende que existen otras maneras de vivirla y transmitirla. 

“No se puede evaluar el catolicismo de una persona de un pueblo si va a misa o no”, confiesa. Aunque agrega que el encuentro religioso permite compartir la palabra de Dios, la eucaristía y el acompañamiento de otros creyentes: “Salimos mejor de una misa, nos hace bien”.

Otro fenómeno que observa el sacerdote es la creciente combinación de creencias y prácticas religiosas, una tendencia que vuelve más difícil distinguir las distintas formas de vivir la espiritualidad. Sin embargo, aclara que no se trata de un fenómeno completamente nuevo y que es necesario abordarlo sin escandalizarse, con herramientas históricas y sociológicas. El desafío, a su entender, consiste en acompañar a las personas para que puedan comprender qué significa ser cristiano, sin desconocer que también es posible aprender de otras tradiciones.

El papel del cura: “Lo primero que se le pide es que escuche”

Para el padre Galli, frente a las dificultades de la vida es importante no atribuirle a Dios responsabilidades que corresponden a las personas o a las estructuras sociales. Sin embargo, reconoce que hay situaciones, como una enfermedad o la pérdida de un ser querido, que llevan inevitablemente a preguntarse por el sentido del sufrimiento. “Es lógico que algunos se confronten con Dios. Si Jesús en la cruz le preguntó ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’, es lógico que cualquier ser humano, en la mala, diga: ‘Dios, ¿por qué?’. La fe es pregunta, es duda, es interrogación, es cuestionamiento. Pero también es respuesta, entrega y confianza”, reflexiona.

Durante la conversación, le contamos que en la parroquia San José de Flores habíamos visto un espacio destinado exclusivamente a escuchar a quienes se acercaban. “La Iglesia tiene que ser un lugar de escucha”, reconoce. Para Galli, esa es una de las transformaciones impulsadas por Francisco a través de la sinodalidad: una Iglesia más participativa y cercana. “La figura del cura cambió. Antes era el que predicaba. Está bien que predique, pero hoy lo primero que se pide es que escuche”, comenta.

Durante la charla, el padre Galli nos dio una estampa de Mama Antula. Su historia condensa algo de lo conversado: una fe que se pone en movimiento, sale al encuentro de otros y atraviesa generaciones (Foto: Fernando Calzada)

Esa presencia también se refleja en la expectativa que despierta la llegada de León XIV a Argentina. Galli cuenta que, cuando pasa por algún comercio del barrio, la gente le pregunta cuánto falta para su visita. “Eso es el tema de la presencia de la religión en la vida cotidiana, no siempre evaluable por termómetros sociológicos que miden la esfera pública”, señala.

La visita papal: “En un acontecimiento así, Dios nos toca”

Para dimensionar lo que puede significar una visita papal, recuerda los dos viajes de Juan Pablo II al país, en 1982 y 1987. El primero ocurrió durante la Guerra de Malvinas y fue un gesto de cercanía con el pueblo argentino y un llamado a la paz. De aquella visita rescata especialmente el mensaje dirigido a los jóvenes: “Hagan con sus manos una cadena de unión más fuerte que las de la guerra”. Cinco años después, el pontífice regresó en un contexto de consolidación democrática.

Galli sostiene que el impacto de una visita no se mide solo por la cantidad de asistentes, sino también por la experiencia personal de cada uno. Como ejemplo, recuerda la vigilia juvenil de 1987, cuando , durante la visita de Juan Pablo II, Galli pasó horas confesando a los jóvenes. “En un acontecimiento así, Dios toca. La necesidad de ser escuchado es enorme”, afirma. Para el sacerdote, allí está también el valor de la confesión: ofrecer un espacio para ser escuchado y pedir perdón.

Otro de los temas sobre los que Galli pone especial énfasis es la discapacidad y la importancia de que la Iglesia acompañe a quienes atraviesan esa realidad. Más allá de la discusión sobre las políticas públicas y los recursos destinados al sector, considera que el punto central es reconocer la dignidad de cada persona. Para el sacerdote, esa mirada también interpela a la sociedad frente a las distintas formas de exclusión y marginación. En ese sentido, destaca que la Iglesia debe reconocer plenamente a las personas con discapacidad, incluso en su vida sacramental: “Jesús llega a ellos también”.

Cuenta el sacerdote de la UCA que la presencia de la religión en la vida cotidiana, no siempre evaluable por termómetros sociológicos (Foto: Nicolás Stulberh)

Expectativa por la llegada de León XIV

Para el padre Galli, el valor de una visita papal no se mide solo por las multitudes que convoca, sino también por su capacidad de acercarse a quienes suelen quedar al margen. Por eso, destaca las visitas a cárceles y a instituciones que acompañan a personas con discapacidad. “Es muy bueno que, en todo el mundo, cuando un Papa visita un pueblo, vaya a lugares no solo de encuentro con la multitud o con sectores relevantes, sino también con aquellos que nadie mira ni escucha. El Papa tiene que mostrar el amor de Jesús a todos, especialmente al más pequeño”, resume al hablar de León XIV.

Antes de despedirnos, Galli nos regala una estampa de Mama Antula, la primera santa argentina, canonizada por Francisco. Aquella mujer que recorrió kilómetros para llevar los ejercicios espirituales a distintos pueblos también abrió su casa a figuras como Cornelio Saavedra y Manuel Belgrano. Su historia condensa algo de lo conversado: una fe que se pone en movimiento, sale al encuentro de otros y atraviesa generaciones.

Nos vamos de Flores con la estampa entre las manos. Afuera, el mundo continúa. Seguramente, en algún lugar del país, alguien prepara una peregrinación, enciende una vela o se detiene a rezar. Quizás allí esté la mejor fotografía del catolicismo argentino: una fe que, con sus contradicciones y preguntas, sigue encontrando formas de hacerse presente.

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