Para las dotaciones de científicos y personal militar que habitan las bases argentinas durante todo el año, la protección del entorno es una rutina diaria indispensable. Entre plantas de tratamiento de agua y estrictas tareas de clasificación de desechos para su evacuación al continente, estas son algunas de las labores clave que se llevan adelante a fin de mantener la preservación ambiental del “laboratorio del mundo” en la Antártida y ser un modelo de sustentabilidad.
“La protección del continente depende de hábitos simples que pueden ir desde levantar un papel, una semilla o cualquier cosa que caiga al suelo, hasta cerrar bien una canilla”, explica el suboficial segundo Marcos Vilte, quien junto con el sargento primero Javier Gómez y la sargento Julia Carrizo son los responsables de Medio Ambiente en la Base Antártica Esperanza.
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Gestión y separación de residuos en Base Esperanza
—Uno de los temas más relevantes en cuanto al cuidado ambiental es la gestión de los residuos. ¿Cómo se lleva a cabo y en qué consiste su labor?
— Es un trabajo permanente: la separación empieza en cada lugar de la base y continúa durante todo el proceso, hasta el almacenamiento y la posterior evacuación al continente.
La Base Esperanza tiene 13 viviendas, además de la escuela, el casino, las áreas de trabajo, el parque automotor, los galpones de materiales, el incinerador y la usina. En todos esos sectores hay recipientes diferenciados. Los residuos se retiran aproximadamente una o dos veces por semana, aunque la frecuencia depende de las condiciones climáticas y de las necesidades de cada sector.

— ¿Cómo se clasifican estos desechos?
— Se clasifican en cuatro grupos principales. El Grupo I abarca los residuos biodegradables y combustibles -como restos de alimentos, trapos, papel y mader- que se pueden tratar en el incinerador de la base. El Grupo II reúne los no biodegradables -plásticos, polietilenos y cenizas del Grupo I, materiales que no se pueden quemar y deben almacenarse para su evacuación. En el Grupo III entran los residuos peligrosos, como aceites, hidrocarburos, envases de pintura, pilas, gasas, etc. El Grupo 4 corresponde a los desechos inertes, entre los que se encuentran chapas, latas, estructuras metálicas y restos de obras o reparaciones, entre otros que se compactan para reducir el volumen. Y, por último, el V, que son los líquidos biodegradables como aguas residuales.
— ¿Todos los miembros de la dotación reciben una capacitación previa?
—Sí, todo el personal aprende los procedimientos durante el curso antártico. De todos modos, el equipo ambiental supervisa la tarea, organiza la recolección y prepara los residuos para la evacuación correspondiente.
— ¿Qué camino siguen los residuos una vez retirados de las viviendas?
—En los días de nieve, el retiro se realiza con el vehículo oruga y, cuando las condiciones lo permiten, usamos camiones. La basura muchas veces es llevada a una zona de acopio habilitada cerca del casino o, si la meteorología se complica, la retiramos casa por casa. De allí la trasladamos al incinerador, donde efectuamos la clasificación. Los residuos de los grupos II, III y IV se almacenan en tambores de combustible reutilizados, identificados y sellados con tornillos para evitar pérdidas, hasta que son trasladados al continente a bordo del rompehielos A.R.A. Almirante Irízar.
— ¿Cómo opera el proceso de incineración?
—Solo se incineran los residuos del grupo I, práctica permitida bajo determinadas condiciones y de acuerdo con las normas del Tratado Antártico. El incinerador tiene un sistema de doble combustión y un filtrado húmedo que reduce el humo y las emisiones tóxicas.
La quema tiene que ser controlada y nunca a cielo abierto. Las cenizas resultantes pasan a formar parte del grupo 2 de residuos para su evacuación.

Bioseguridad y prevención de riesgos
— ¿Cuáles son los principales riesgos ambientales que genera la presencia humana en el continente?
—Aparte de los residuos, existe el riesgo de introducir accidentalmente tierra, semillas, plantas o enfermedades que no son propias del continente. Por eso tenemos pautas muy precisas y mucho cuidado con la limpieza de ropa, calzado y herramientas antes de desembarcar.
Ya en la base hay que ser muy cuidadoso: basta pensar que cualquier objeto, aun el más pequeño como un pedazo de plástico o un tornillo, puede convertirse en un problema si es ingerido por un ave o un pingüino.
El reto de la obtención y conservación del agua
—El agua es un recurso crítico en la Antártida. ¿Cómo se obtiene en Esperanza?
—En las cercanías de la base tenemos una laguna. En verano se puede extraer y utilizar directamente mediante bombas y un sistema de cañerías, mientras que en invierno tenemos que picar el hielo para llegar al agua líquida. Después se transporta hasta la usina, se almacena en grandes tanques y desde allí se distribuye a las viviendas. Con temperaturas muy bajas y fuertes vientos, una manguera puede congelarse en cuestión de minutos. Hay que trabajar rápido para evitar que se rompan las cañerías.
— ¿Cómo influye esta dificultad en los hábitos cotidianos de la base?
—Muchísimo. Acá el agua se cuida de una manera muy concreta porque sabemos lo que cuesta obtenerla. No se dejan canillas abiertas, se controlan las pérdidas y se evita desperdiciar agua potable. También se puede descongelar nieve y hielo para producir agua y reutilizar, por ejemplo, el agua del lavado de ropa en los baños. Son prácticas que recordamos en reuniones y que transmitimos a nuestras familias.

— ¿Qué tratamiento reciben las aguas residuales?
—Corresponden al grupo 5 (residuos biodegradables líquidos). El tratamiento depende del tamaño de la base y de la cantidad de personas. El Anexo III del Protocolo al Tratado Antártico permite que las bases de hasta 30 personas viertan directamente al mar sus aguas residuales y residuos líquidos domésticos biodegradables; mientras que las bases más grandes deben ser tratados previamente. Es el caso de Esperanza, donde contamos con una planta de tratamiento.
Educación, planificación e infraestructura sostenible
— ¿Se trabaja la conciencia ambiental con los niños que viven en la base?
—Sí. La educación ambiental en la escuela de la base es muy práctica. Docentes y alumnos visitan distintos lugares de trabajo donde reciben explicaciones sobre mantenimiento, limpieza, gestión de residuos y cuidado del entorno. También participan científicos; este año contamos con Mara Smith, bióloga marina, entre los miembros de la dotación que suele dar clases relacionadas con la protección ambiental.
— ¿Existe una transición en las instalaciones hacia el uso de energía eléctrica?
—Sí, se busca sustituir paulatinamente los equipos a combustible por opciones eléctricas (como sistemas de calefacción y cocinas) para disminuir los costos y el consumo asociados al transporte. No obstante, este cambio se realiza de manera gradual, ya que las bases fueron diseñadas para operar con combustible y adaptarlas resulta complejo.
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La experiencia en la Antártida con el cuidado del medio ambiente
— ¿Cómo llegó a la Antártida y cómo vivió la experiencia de su primera invernada?
—Tengo 42 años y entré a la Armada inspirado por mi padrino de comunión, que era excombatiente de Malvinas. Hasta hace algunos años, la participación de la Armada estaba más vinculada a las campañas de verano. Desde 2018, cuando el Comando Antártico pasó a ser conjunto, se amplió la posibilidad de realizar invernadas. Esta es mi primera experiencia y vine solo; mi esposa quedó en Buenos Aires.

Los primeros meses fueron difíciles. La distancia y saber que no existe la posibilidad de volver cuando uno quiere generan preocupación. Para alguien acostumbrado a navegar y regresar a los 90 días, es un cambio importante. Sin embargo, con el tiempo uno se adapta y la buena convivencia ayuda. Creo que tuve mucha suerte con la dotación 2026 y, sin dudas, me siento afortunado.
—Tras esta vivencia, ¿qué enseñanza ambiental se lleva para la vida cotidiana?
—En la Antártida uno toma conciencia de que nada es infinito. El agua, el combustible, los materiales y hasta el espacio para almacenar los residuos requieren trabajo y recursos. Muchas veces en la vida cotidiana subestimamos el impacto de abrir una canilla, tirar un plástico o descartar un material sin separar. Acá la experiencia compartida nos enseña determinadas disciplinas, que cada cosa tiene un costo y que cuidar el ambiente es una responsabilidad cotidiana.




