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Religión, fanatismo y violencia: Las guerras confesionales en los siglos XX y XXI

Los últimos atentados yihadistas ponen nuevamente en el tapete los devastadores efectos del fanatismo religioso, con su secuela de terror y muerte. ¿Cuál ha sido el papel de la religión en la política, particularmente en un convulsionado Medio Oriente, durante el siglo XX y las primeras dos décadas del presente siglo? Escribe Omar Locatelli / Especial para DEFonline

Existe una concepción de la religión que la interpreta como un sistema coherente de creencias, instituciones y rituales obligatorios centrados en un Dios sobrenatural. A partir de esta definición, todas las personas tienen la posibilidad de buscar refugio en cuestiones confesionales particulares a fin de satisfacer sus necesidades espirituales. Toda religión busca que la persona se eleve a su Dios, bajo distintas formas y doctrinas. Con la evolución de los tiempos, se la concibió como dogma espiritual que podía atravesar todos los aspectos de la vida, incluidas la guerra y la política. A finales del siglo XIX, entró en crisis la creencia de que la separación de Iglesia y Estado permitía asegurar un futuro sin guerra y, a partir de ese momento, cada gobernante pasó a hacer una interpretación particular de la conducción política de su Estado. La espiritual naturaleza humana se enfrentaba a los intereses naturales del Estado-nación.

A partir del siglo XX, la religión comenzó a colaborar con el Estado para demonizar a quien enfrentara sus intereses. La aparición de los nacionalismos seculares, contrapuestos a los colonialismos, sumados a las tradiciones religiosas regionales, mantuvieron a la política dentro de la religión. Esta forma de actuar incrementó las tensiones confesionales externas e internas. La solución pasó por acciones armadas para eliminar minorías “étnicas y culturales”. La fuerza militar, que siempre ha sido necesaria para el auge de los estados, pasó a ser imprescindible para sustentar intereses estatales enmarcados en la búsqueda de “soluciones” religiosas.

La violencia organizada amparada en cuestiones religiosas evolucionó en forma exponencial desde principios del siglo XX. El interrogante de hoy día es si la secularización armada es un derivado religioso de última generación o es la continuación de un ideal fundamentalista necesario de mantener a fin de sustentar una creencia. Como problema adicional, surge el inconveniente de que todos los combatientes están convencidos de que Dios está de su lado.

La guerra como respuesta a las nuevas amenazas

A su vez, con las nuevas amenazas de los siglos XX y XXI, el uso de la palabra “guerra” ha variado y ha pasado a ser entendida como cualquier acción armada que busque derrotar a cualquiera de las amenazas actuales: así surgen expresiones como “guerra al narcotráfico”, “guerra al crimen organizado”, etc. Si bien el empleo del término es correcto, la polémica gira en torno a quién debería conducir esa “guerra”. Así es como, en este nuevo escenario, FF. AA., fuerzas de seguridad o incluso grupos especializados (contratistas actuales) ejecutan acciones armadas en representación de intereses estatales, sin representarlos específicamente.

Las nuevas amenazas cambiaron las modalidades de las acciones armadas, lo que hizo que el siglo XX fuera dominado por guerras mundiales, guerras territoriales o alianzas de estados. La guerra dejó de ser un monopolio de los Estados. La misma evolución hizo que, en el siglo XXI, las operaciones armadas excedieran al control de los gobiernos, que utilizaron a sus agentes autorizados (o no) para ejecutarlas. La única característica que se ha mantenido es el hecho de recurrir a la violencia para solucionar controversias.

En la actualidad, la justificación de la violencia se basa en un argumento humanitario que toma en tres presupuestos: que las situaciones intolerables del mundo contemporáneo (matanzas o genocidios) exijan una intervención ajena para su solución; que no hay otra forma de solucionar la crisis; y que los beneficios serán superiores a los costos. No obstante, la complejidad para lograr alguna solución humanitaria ha hecho que la línea divisoria entre la guerra y la paz sea cada vez más difusa.

La caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética hicieron suponer que la bruma de las guerras religiosa se disiparía. La metamorfosis de la guerra hizo que cambiaran los argumentos utilizados para justificar el uso de la violencai. El fundamentalismo actual, entendido como la extrema defensa armada de creencias religiosas, ha hecho que los grupos activistas cuenten con el apoyo popular de sus masas, tales son los casos de Al Qaeda, Al Fatah, Hamás, Hezbollah y la Yihad Islámica palestina, que han encontrando en el fanatismo religioso una fuente de reclutamiento permanente. Irrumpe así la violencia política con carácter de sistemática globalidad.

A diferencia de los activistas de siglos anteriores, estos nuevos movimientos son pequeñas minorías cuyos militantes suelen ser más cultos y provienen de un entorno social más elevado que la comunidad a la cual pertenecen o dicen representar. La razón del cambio radica en que los ciudadanos del actual Estado-nación han reducido su lealtad a él y pocos quieren morir por su Patria.

Hezbollah encarna el radicalismo de la rama shiíta del Islam. / Foto: AFP

Los conflictos religiosos en Oriente Próximo

Como muestra de los conflictos religiosos que derivaron en luchas confesionales, el siglo XX se inició con la atribución de responsabilidades que los Jóvenes Turcos endilgaron a sus soldados armenios tras su derrota frente a los rusos en la batalla de Sarikamis. Estos sucesos desencadenaron en 1915 el genocidio armenio. A mediados de la guerra, para desmembrar el imperio otomano, las potencias hegemónicas aliadas, encabezadas por Gran Bretaña y Francia y avaladas por Rusia, estipularon la división de Oriente Próximo. La conveniente división consagarada en el acuerdo Sykes-Picot, de mayo de 1916, dividió los países con un criterio confesional –sunitas y shiítas–, sin tener en cuenta el origen étnico de sus habitantes. Eso hizo que, por ejemplo, los kurdos sunitas quedaron, hasta el día de hoy, separados entre cuatro países, lo que originó su enfrentamiento con gobiernos de diferente confesión. El posterior tratado de Sèvres, de agosto de 1920, buscó una solución de compromiso para turcos y kurdos. No obstant, al no ser ratificado por las partes interesadas ya que despojaba en forma humillante de sus tradicionales territorios a Turquía, provocó una revolución interna de la mano de Kemal Atatürk secularizó el gobierno de este último país, lo que convirtió a Turquía en la primera potencia islámica sin injerencia religiosa.

Tomando como ejemplo el empuje revolucionario de Turquía, bajo el lema de que “la solución está en el Islam”, se creó en 1928 la Sociedad de los Hermanos Musulmanes egipcia, primer atisbo de nacionalismo religioso islámico. Esta nueva forma de hermandad fue el origen de todos los posteriores movimientos y organizaciones que buscaron rescatar la religión a través de cualquier método, desde los espirituales a los armados. Posteriormente, a partir de 1938, el descubrimiento del potencial económico del petróleo en la región hizo que los gobiernos de diferentes países árabes contaron con un mayor respaldo financiero para apoyar sus acciones confesionales, haciendo que se iniciara una nueva búsqueda de la hegemonía islámica entre sunitas y shiítas, a través de la influencia que pudieran ejercer Arabia Saudita e Irán como potencias hegemónicas.

Diez años más tarde, en mayo de 1948, se creó el Estado de Israel, enemigo confesional común de todos los estados árabes. Se inició así el enfrentamiento entre judíos y palestinos, que arrastraría luego a conflictos internos entre los propios árabes en torno a la forma de eliminar a Israel, así como a diferendos externos respetco de la consolidación de sus originales territorios. Como reacción a la instalación del Estado judío, surgieron movimientos internos en los países árabes que, que encabezados por Egipto, darían origen al “panarabismo” en 1956. Estos movimientos buscaban desestabilizar a las petromonarquías, que no parecín tan incómodas con el establecimiento del Estado israelí. La religión siguió entonces impulsando acciones armadas para instalar un nacionalismo teñido de religión.

En un intento por lograr su expansión política dentro del Islam, el entonces presidente egipcio, Gamal Abdel Nasser, decidió nacionalizar el canal de Suez. Gran Bretaña y Francia presionan a Israel para que recuperara por la fuerza el control del canal, lo que desencadenó la guerra de 1956. Los soldados judíos enfrentaron a los árabes sunitas, en un intento por disminuir la influencia del nacionalismo islámico, que se había proclamado defensor de su fe ante el avance confesional extranjero en la región.

La ONU restituyó por decreto el canal de Suez a los egipcios, lo que encumbró a Nasser como el líder confesional que dirigiría la unificación de los islámicos en contra del colonialismo extranjero y de su aliado, Israel. Enfervorizados por la acción de Nasser, comenzaron a surgir movimientos y organizaciones en los distintos países islámicos para continar esa lucha. En territorio palestino, pueblo aún sin un Estado propiao, se formó en 1959 una organización para su lucha armada: el Movimiento para la Liberación de Palestina (Fatah). Apareció en escena un líder palestino,Yasser Arafat, quien perseguía la independencia del pueblo palestino y el fin de la ocupación israelí. Este movimiento, origen posterior de la organización para la Liberación de Palestina (OLP), comenzaría actuar en contra de Israel, lo que daría lugar a una nueva etapa del enfrentamiento entre sunitas palestinos y judíos israelíes.

Los estados árabes exportadores de petróleo buscaron entonces evidenciar su influencia, al regular el precio del barril en el comercio mundial, como forma de incrementar su poderío militar para enfrentar a Israel. Crearon en 1960 la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Israel, acuciado por su escaso territorio, buscaba asegurar una profundidad estratégica mínima expandiendo sus fronteras hacia Egipto, Siria y Jordania. Tras la derrota árabe en la Guerra de los Seis Días (1967), se tensaron las relaciones entre palestinos y sus supuestos defensores. En Jordania, sede de la OLP, se produjo en 1970 el llamado “Septiembre Negro”, que terminó con la expulsión de la OLP del territorio jordano y el comienzo de nuevas acciones armadas entre los mismos sunitas. Apenas tres años después, en octubre de 1973, los Estados árabes, liderados por Egipto, buscaron recuperar sus límites fronterizos originales con Israel y provocaron un ataque conjunto que termina en la Guerra del Yom Kippur o del Ramadám.

La nueva derrota árabe ante fuerzas israelíes provoca un nuevo enfrentamiento civil, en este caso en Líbano, a partir de 1975. La influencia shiíta externa de Siria e Irán enfrentó en ese conflicto a las minorías cristianas, que buscaban mantener su presencia y su influencia dentro de la estructura de poder de la sociedad libanesa. Los shiítas buscaban, además, erigirse en los líderes del Islam y de su combate contra los infieles de cualquier confesión. Con la revolución en Irán en 1979, dio inicio la influencia de un Estado islámico de diferente confesión a la dominante hasta ese momento en la región. La expansión iraní encontró, sin embargo, un freno en el conflicto, de tintes petroleros, con su vecino Irak, entre septiembre de 1980 y agosto de 1988. Sin un resultado decisivo, la guerra solo logró incrementar el poderío militar de ambos países y el interés de las potencias hegemónicas externas. La disputa entre sunitas y shiítas por la hegemonía islámica se incrementaba.

Como consecuencia del intento israelí de contener la guerra civil en Líbano y la vulnerabilidad de su frontera norte, sus Fuerzas de Defensa irrumpieron en el territorio libanés. Esa ocupación daría paso, en 1982, a la creación de una organización de resistencia libanesa, de confesión shiíta, que revolucionaría las acciones armadas hasta hoy: el grupo Hezbollah. Por su parte, los palestinos, que se sentían abandonados a su suerte por el resto de los países árabes, protagonizaron la primera  Intifada en contra de Israel, entre diciembre de 1986 y septiembre de 1993. Esa acción terminaría por formalizar la creación de la organización Hamas y, tras los acuerdos de Oslo de ese último año, la consagración de la Autoridad Nacional de Palestina (ANP) como expresión política para la reivindicación de sus derechos y territorios.

Por su parte, el líder iraquí Saddam Hussein, afectado económicamente por cómo terminó su guerra contra Irán, buscó una solución invadiendo Kuwait, para usufructuar las regalías petroleras comunes a ambos países. Esa invasión daría paso a un nuevo enfrentamiento entre pueblos con mayoría de similar confesión, pero con distintos intereses externos en juego. La comunidad internacional respondió, a través de la ONU, apoyando a Kuwait en la primera “Guerra del Golfo” (1990-1991).

Grupos islamistas radicalizados se preparan para el combate en Siria. / Foto: AFP

Del 11-9 a las guerras en Irak, Siria y Yemen

A su vez, la efervescencia islámica en su versión más extremista daría lugar a reivindicaciones, en distintas regiones, en búsqueda de reimplantar un califato universal. Esa fue la consigna del ideólogo islámico de origen saudita, Osama Bin Laden, y de su organización terrorista, Al-Qaeda. En una acción muy simbólica, los atentados del 11 de septiembre de 2001 dejarían a Occidente herido y sacudido por los nuevos métodos utilizados por los “débiles” frente a las fuerzas convencionales. Con el uso de aviones comerciales para atacar los centros de poder, el Islam –en su concepción radical– se ponía de pie para volver a expandir su califato.

En su respuesta al ataque de Al-Qaeda, EE. UU. decidió, además de actuar contra los Talibán en Afganistán y derrotarlos, poner fin al régimen de Saddam Hussein en Irak. La invasión dio lugar a la segunda “Guerra del Golfo” en 2003. Esta conflagración contra Irak, a diferencia de la anterior, suscitó el rechazo de la mayoría de los países árabes que, no obstante su oposición, no estaban en calidad de enfrentar a Occidente en una acción armada. Sin embargo, Hezbollah sí se sintió impulsado a demostrar al resto del Islam que una organización subestatal estaba en calidad de enfrentar, al menos, al socio de EE. UU. en Medio Oriente. Así fue como estalló la segunda “guerra del Líbano”, esta vez entre Hezbollah e Israel, entre julio y agosto de 2006.

La ebullición religiosa comenzó, mientras tanto, a difundirse a través de las redes comunicacionales, haciendo que las sociedades islámicas buscaran una mayor y mejor participación en la vida cotidiana. El estallido de la Primavera Árabe en 2011 revolucionó a las sociedades árabes, que hicieron sentir sus reclamos por mejoras democráticas y sociales. Se inició en Túnez y se expandió en toda la región. El gobierno sirio de Bashar al-Assad, como había hecho en el pasado su padre Hafez, buscó solucionar las protestas sociales mediante represión. Facilitó el inicio de la guerra civil prolongación indefinida de la Primavera Arabe, que dura hasta hoy en el país. Este enfrentamiento de grupos rebeldes sunitas contra fuerzas gubernamentales shiítas, dirigidas por un gobierno de confesión islámica alauita (rama minoritaria del Islam shiíta), hizo que diversas organizaciones de toda la península arábiga buscaran participar en la lucha.

El apoyo financiero de los países sunitas a favor de sus rebeldes en Siria provocó la intervención de organizaciones armadas, que solo buscaban incrementar su poderío económico como forma de crecimiento. Aparece así, en 2013, el Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS, por sus siglas periodísticas en inglés) como catalizador de las acciones entre ambos contendientes. El grupo formado en Irak se expandió hacia la frontera con Siria, declarándose independiente para hacer resurgir al Islam. ISIS surgió como una nueva amenaza por su intención de conformar un nuevo califato, siguiendo las ideas originales de Bin Laden. El problema comenzó a exceder a sunitas y shiítas, y a transformase en una amenaza para la estabilidad de la región. Nuevamente se necesitaba una coalición armada para contener esta expansión de una guerra confesional.

La Primavera Árabe también se extendió a Yemen, a partir de que los rebeldes Houthis –shiítas– se apoderaran de la capital, Saná, en septiembre de 2014, y declaran, más tarde, que estaban en control del país después de un golpe de estado. Así estalló una guerra civil, que intentó ser sofocada por una intervención militar dirigida por Arabia Saudita para prevenir el colapso del gobierno incipiente del presidente Abdo-Rabbo Mansour Hadi. Al ver amenazada su influencia en Yemen, el régimen iraní comenzó a apoyar a los shiítas houthis. ISIS, al sentirse cercado en su pretendido califato sirio-iraquí, también intervino en la contienda.

Con la prolongación de la guerra civil en Siria, mientras tanto, el conflicto ha tomado un matiz internacional, dada la presencia abierta de Rusia, EE. UU y Turquía. Las confesiones islámicas se sienten apoyadas por diversas potencias, que hasta ilusionan a los kurdos con la búsqueda de su independencia. La notoriedad alcanzada por ISIS comenzó, poco a poco, a ser frenada en todos sus campos de acción, desde el militar al económico financiero. Después de la caída de ambas capitales del autoimpuesto califato del ISIS, Raqqa (Siria) y Mosul (Iraq), la organización se replegó al desierto fronterizo entre ambos países, siendo combatida en 2016 y 2017 por las fuerzas de una heterogénea coalición local e internacional. Al mismo tiempo que la degradación de la situación militar parecía hacer mella del ISIS, esa circunstancia marcó la expansión de diferentes atentados con un nuevo tipo de combatiente en Europa y Asia: el ingimashi. Los fundamentalistas sunitas de ISIS quieren mostrar, de esa forma, su poderío atacando todo tipo de símbolo o confesión religiosa de las potencias que actuaron en su contra. El mundo comienza a sentir ahora la cercanía del efecto terrorista.

Los últimos meses han incrementado la tensión en Medio Oriente, a partir de la provocación del presidente estadounidense Donald Trump a los países árabes, al anunciar en diciembre de 2017 el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel. Hamas movilizó a su tropa e inició, a partir de ese momento, la tercera Intifada. No contento con el revuelo provocado, EE. UU. anunció en mayo de 2018 su salida del acuerdo nuclear con Irán. La situación ha provocado una escalada de peligrosa solución diplomática, que enfrenta no solo a las confesiones islámicas sino que involucra también a las otras dos grandes religiones monoteístas: los judíos de Israel y los cristianos de Europa. La amenaza de una escalada nuclear por parte de Irán no solo preocupa a Israel, sino también a su enemigo en la región dentro del mundo musulmán, Arabia Saudita. Por su parte, la Unión Europea duda sobre su capacidad de controlar, sin la ayuda de Washington, la evolución nuclear de Irán o si deberá salir ella misma del acuerdo de Viena, lo que dejaría abierto un conflicto con un final inimaginable.

No obstante, para tranquilidad de la región, las conversaciones que tuvieron lugar en Astaná (Kazajistán) entre noviembre y diciembre de 2018 y que sentaron en la mesa a Rusia, Irán y Turquía, junto a los contendientes del conflicto sirio, dieron pie a un principio de solución al conflicto. Al anunciar un eventual repliegue de sus tropas, Washington desescala las acciones armadas en Siria, pero favorece un aumento de la tensión en el conflicto yemení. El retiro kurdo de la localidad siria de Manbij, en enero de 2019, alivia la tensión en el norte sirio. Por su parte, las últimas declaraciones del líder de Hezbollah, el sheikh Hassan Nasrallah evidencian una política de mayor moderación hacia Israel.

Una bandera con la inscripción “¡Oh, Hussein!”, lema shiíta, flamea en la frontera entre Israel y Líbano. / Foto: AFP

¿Epílogo?

La religión, que por principio siempre ha buscado la paz interior de sus seguidores como fin último, es utilizada hoy como herramienta de la guerra como fin primero para lograrlo. La disyuntiva entre principios e intereses es una confusión más de los siglos XX y XXI. Las guerras en nombre de Dios han evolucionado, encubriéndose con religiosos beneficios, que muchas veces han estado hasta opuestos a los idearios o devoción de sus propias confesiones. El resultado es que todo movimiento religioso que ha intentado controlar la violencia ha absorbido parte de su agresividad.

Esta evolución hace necesario el entendimiento de sucesivos hechos políticos de los siglos XX y XXI, para demostrar la vinculación de intereses estatales con soluciones confesionales que originaron nuevos enfrentamientos. Esta rápida concatenación de acciones muestra la dificultad de separar intereses políticos de intenciones religiosas. No obstante, hay que lograr que el concepto de religión siga siendo aquel que busca construir una sensación de comunidad global que cultiva el respeto y la responsabilidad de los gobiernos hacia los pueblos que los sustentan. Ojalá que, al menos, se comprenda este concepto para tratar de lograrlo.

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