La detención de Nicolás Maduro en Venezuela y su posterior traslado a Estados Unidos generó repercusiones a nivel internacional. Rusia, uno de los principales aliados del chavismo, se destacó por un marcado silencio de su presidente, Vladímir Putin, quien aún no se pronunció al respecto.
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Durante años, el gobierno de Maduro mantuvo una estrecha relación con Rusia, basada en afinidad política y cooperación estratégica, lo que convirtió a Venezuela en un socio clave para la proyección rusa en América Latina. Los acontecimientos recientes, sin embargo, pusieron en evidencia los límites de ese vínculo frente a la capacidad de acción de Estados Unidos en la región.
Rusia y la imposibilidad de un pronunciamiento frente a la situación en Venezuela
La detención de Nicolás Maduro afectó de manera directa la relación entre Rusia y el régimen venezolano. Durante años, Venezuela había sido uno de los principales aliados políticos de Rusia en América Latina, con una cooperación sostenida en ámbitos diplomáticos, energéticos y de defensa.
Tras los acontecimientos, Putin no realizó declaraciones públicas sobre la situación en Venezuela. La posición oficial de Rusia se expresó a través de canales diplomáticos, sin anuncios de medidas concretas.

La falta de un pronunciamiento presidencial se dio en un contexto en el que Rusia no cuenta con capacidad operativa ni presencia militar en América Latina que le permita intervenir frente a una acción llevada adelante por Estados Unidos. A esto se suma la prolongada guerra en Ucrania, que mantiene hace casi cuatro años.
El episodio dejó a Rusia sin uno de sus pocos socios políticos activos fuera de su entorno geográfico inmediato, y en una región clave como lo es América Latina. Además, expuso las dificultades para sostener alianzas a largo plazo en el escenario internacional actual.
Doctrina Monroe: qué es y por qué Rusia ve una oportunidad en su reactivación
La doctrina Monroe es un principio histórico de la política exterior de Estados Unidos que establece que América Latina forma parte de su área de influencia. Formulada en el siglo XIX, esta doctrina fue invocada en distintos momentos para justificar la intervención o el control político estadounidense en la región.

En el contexto actual, el accionar de Estados Unidos en Venezuela volvió a instalar la lógica de las esferas de influencia en el debate internacional. Esta idea plantea que las grandes potencias ejercen predominio en regiones consideradas estratégicas para sus intereses de seguridad y política exterior.
Para Rusia, la consolidación de estas áreas de influencia refuerza la idea de que una potencia puede ejercer primacía en una región estratégica como América Latina, amplia en recursos naturales, con altos niveles de dependencia extranjera y la cual cuenta con una ubicación estratégica ante posibles conflictos.
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En ese marco, Rusia encuentra una oportunidad en esta idea para utilizarla como argumento para justificar su margen de acción en áreas que considera parte de su entorno prioritario, entre ellas Europa y Asia Central.
De esta manera, la crisis en Venezuela no solo implica la pérdida de un aliado para Rusia, sino que también se inscribe en un esquema internacional que legitima, desde el punto de vista de las grandes potencias, la delimitación de zonas de influencia, lo que serviría como argumento para respaldar la invasión rusa sobre Ucrania.




