El 30 de septiembre aparece como la fecha en la que Estados Unidos culmina la retirada total de sus fuerzas militares desplegadas en Irak, un proceso que pone punto final a una presencia que se extendió por más de dos décadas. La salida fue confirmada por ambos países y llega en un contexto marcado por la exigencia iraquí de desarmar a las milicias que operan fuera del control estatal.
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Además, el anuncio representa uno de los cierres más significativos de la política exterior estadounidense en Medio Oriente de los últimos años, y pone a prueba la capacidad de Irak para sostener su propia seguridad sin apoyo militar extranjero directo.
El repliegue se da en el marco de un acuerdo bilateral que estableció una transición gradual desde una misión de combate hacia un rol de asesoramiento y cooperación económica. La decisión también está atravesada por la relación cada vez más tensa entre Estados Unidos e Irán, cuya influencia sobre grupos armados iraquíes es motivo de fricción en la región.
Estados Unidos en Irak: el fin de una presencia militar que se extendió por décadas
El primer ministro iraquí, Ali al-Zaidi, fue quien confirmó públicamente que las fuerzas estadounidenses abandonarían por completo el país tras un encuentro con el presidente Donald Trump, en Washington. El mandatario iraquí condicionó ese repliegue al desarme de las milicias respaldadas por Irán, un asunto históricamente delicado en la política interna del país árabe.
Al-Zaidi planteó que, una vez concretada la salida de las tropas, ningún grupo armado por fuera de la estructura estatal tendrá justificación para portar armas. Esa postura busca consolidar el monopolio del uso de la fuerza en manos del Estado iraquí, algo que gobiernos anteriores no lograron imponer con éxito frente a las milicias proiraníes.

El repliegue afecta a un contingente que en los últimos años rondaba los 2500 efectivos, dedicados sobre todo a tareas de entrenamiento y asesoramiento a las fuerzas de seguridad iraquíes. Esa cifra contrasta con el pico de despliegue que Estados Unidos llegó a tener en el país, cuando superó los 170 mil soldados durante las operaciones de contrainsurgencia más intensas.
El propio primer ministro sostuvo que la relación entre ambos países pasará de estar centrada en lo militar a priorizar la cooperación económica, energética y comercial, con inversión estadounidense como contrapartida del repliegue castrense.
De la guerra con Irak a la presencia militar estratégica
La presencia militar estadounidense en Irak se originó con una invasión, en el año 2003, liderada por Estados Unidos, con el argumento de que el régimen de Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva, una acusación que nunca pudo confirmarse en los términos planteados inicialmente. La ofensiva derrocó a Saddam Hussein, pero abrió un largo período de ocupación, inestabilidad institucional y violencia sectaria entre comunidades chiitas y sunitas.
Durante los años siguientes, Irak atravesó una intensa insurgencia armada que enfrentó a las fuerzas estadounidenses y al nuevo gobierno iraquí con distintos grupos rebeldes y milicias locales. Ese período dejó varias víctimas civiles y militares, además de un Estado profundamente debilitado en su capacidad de control territorial.

Hacia fines del 2011, Estados Unidos formalizó el fin de su misión de combate y retiró a la mayoría de sus tropas, aunque mantuvo asesores y personal de apoyo en el país. Sin embargo, esa retirada resultó prematura, ya que en 2014, con Barack Obama en la Oficina Oval, el Estado Islámico aprovechó el vacío de poder y la fragilidad institucional para apoderarse de extensas zonas de Irak y de la vecina Siria.
Ese avance yihadista obligó a Estados Unidos a liderar una coalición internacional para combatir al grupo extremista, lo que implicó el regreso de tropas estadounidenses al país en un rol distinto al de la ocupación original. Con el correr de los años, esa coalición logró expulsar al Estado Islámico de la mayor parte del territorio que había ocupado, aunque el grupo mantuvo capacidad de acción en focos aislados.
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Diez años más tarde, en 2024, ambos gobiernos negociaron formalmente el cierre de esa misión de combate contra el Estado Islámico, donde establecieron una transición en dos fases hacia una relación de seguridad puramente bilateral. La etapa actual de retirada total es la culminación de ese proceso, y coincide con el intento iraquí de desarmar a las milicias proiraníes que, en los últimos años, protagonizaron ataques contra tropas estadounidenses en la región.
El desafío que queda abierto es si Irak logrará sostener la estabilidad interna sin la presencia militar extranjera que, con distintos formatos, marcó su historia reciente durante más de dos décadas.




