Desde el inicio de la “Operación Furia Épica”, la guerra que Estados Unidos e Israel lanzaron contra Irán, se abrió una grieta profunda dentro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). El motivo principal es que varios gobiernos europeos respondieron con restricciones ante los pedidos de la potencia militar, y dejaron en claro que no se sienten parte de esta guerra.
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La causa principal de la tensión es que ninguno de los aliados fue consultado antes del inicio de los bombardeos. Esa falta de aviso previo encendió una reacción política en cadena, con varios gobiernos que explicaron que sus tratados bilaterales y el marco del derecho internacional no los habilita a sumarse a una acción bélica que no cuenta con el aval de la ONU ni de la propia OTAN.
Guerra en Irán: el mapa de rechazo europeo hacia Estados Unidos
España fue la primera en fijar una postura contundente. Cuando estalló la guerra, el presidente, Pedro Sánchez, calificó la acción de Estados Unidos e Israel como una escalada que contribuye a un orden internacional más incierto y hostil. En los días subsiguientes, la ministra de Defensa, Margarita Robles, confirmó que ni el uso de bases ni el del espacio aéreo español estaban disponibles para operaciones vinculadas al conflicto desde el primer momento.
Italia siguió un camino similar, aunque con un tono más contundente al denegar el permiso para que aviones militares estadounidenses aterrizaran en la base aérea de Sigonella, en Sicilia, antes de dirigirse a Medio Oriente. Estados Unidos no había solicitado autorización ni consultado a los mandos militares italianos, tal como exigen los tratados que regulan el uso de esas instalaciones. El gobierno de Giorgia Meloni, aliada de Trump, dejó claro que cualquier operación ofensiva fuera de los acuerdos bilaterales requiere autorización parlamentaria.

Más adelante, Francia fue señalada directamente por el presidente de Estados Unidos. El mandatario expresó que París no había permitido que aviones con destino a Israel, cargados de suministros militares, sobrevolaran su territorio. Sin embargo, fuentes militares francesas aclararon que no se restringió el sobrevuelo de aviones militares estadounidenses en general, sino que limitaron las condiciones de aterrizaje, y permiten únicamente aviones de transporte logístico en las bases de Istres y Avord.
Por su parte, el Reino Unido mantuvo una posición ambigua al permitir el uso de algunas bases tras una negativa inicial, pero condicionadas únicamente a acciones defensivas. El primer ministro, Keir Starmer, dijo que su país no está dispuesto a unirse a una guerra que no respeta la legislación internacional y que no tiene un plan viable detrás.
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Alemania, en tanto, adoptó un tono crítico en lo político, aunque en los hechos se permitieron operaciones de drones estadounidenses vinculadas al conflicto.
La fractura de la OTAN y las amenazas de Trump
A diferencia del rechazo por parte de algunos países europeos, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, apoyó incondicionalmente las acciones militares de Estados Unidos, lo que dejó por sentado una gran discrepancia entre el organismo y los gobiernos de la región.
La jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, dejó claro que esta no es la guerra de Europa, aunque reconoció la necesidad de prepararse ante interrupciones del suministro energético provocadas por el cierre del estrecho de Ormuz.

Desde Estados Unidos, y a modo de respuesta, el secretario de Estado, Marco Rubio, dijo que Washington tendrá que reevaluar el valor de la OTAN después del conflicto, y cuestionó si la alianza sigue cumpliendo su propósito o si se convirtió en una calle de sentido único.
Por otro lado, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, sumó presión al advertir que su país podría llegar a renunciar a la cláusula de defensa colectiva (Artículo 5) que vincula a todos los aliados de la OTAN, donde se establece que un ataque a un estado aliado es un ataque contra todos.




